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LA ESPAÑA INCONTESTABLE

El homenaje a la comunidad hispanoamericana en tres de los santuarios principales de España: Covadonga, el Pilar y Guadalupe

Ofrenda de banderas hispanoamericanas a la Virgen en el monasterio de Guadalupe, Cáceres, en 1960. (Fotograma: Filmoteca Española).
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Ofrenda de banderas hispanoamericanas a la Virgen en el monasterio de Guadalupe, Cáceres, en 1960. (Fotograma: Filmoteca Española).

LA CRÍTICA, 18 MAYO 2024

Por Hugo Vázquez Bravo
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Uno de los aspectos que más llama la atención de los peregrinos y turistas que visitan el santuario de Covadonga, la catedral-basílica del Pilar y el monasterio de Guadalupe, es la presencia y exhibición en dichos templos de todas las banderas de los Estados que integran la comunidad hispanoamericana. (...)

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Un folleto que hace años se repartía en la propia basílica de Covadonga llamaba la atención sobre esta particularidad, explicando que esto respondía a que justamente allí el cristianismo se había logrado imponer al islam a comienzos del siglo VIII, dando comienzo a la Reconquista; que la fe en Cristo había renacido y consolidado tras la conquista de Zaragoza a comienzos del XII por Alfonso I el batallador, y que ya en el XVI, sobresalientes aventureros extremeños como Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Hernando de Soto o Francisco de Orellana habían orado en Guadalupe antes de iniciar sus periplos, contribuyendo a expandir el catolicismo por el continente Americano y, más adelante, por el sudeste asiático.


No obstante, si lo anterior bien pudiera ser cierto, no parece que esta coincidencia haya respondido a un proyecto concreto, sino a tres impulsos independientes y en momentos distintos.


De cómo llegaron y por qué se instalaron en la catedral-basílica del Pilar tenemos sobradas noticias. El promotor fue Ramón Ángel Jara, obispo de la diócesis chilena de San Carlos de Ancud. En 1899 estuvo en Madrid tras haber participado en un congreso en el Vaticano. Fue entonces cuando ideó esta iniciativa como reconocimiento al papel jugado por España en América y, en especial, por haber llevado allí el catolicismo. Tras años de preparación, en 1908 y con respaldo de otros 90 prelados americanos viajó a Roma, para que el Papa Pío X bendijera un total de 19 banderas de países hispanoamericanos, a las que se sumó la de Filipinas. El día 29 de noviembre entregó los citados paños santificados en el templo del Pilar, tras una ceremonia pública en la que se concentraron en torno a unas 20.000 personas. Según Jesús Crusellas Abián, autor de un estupendo relato donde ofrece todos estos datos, en su discurso pronunció las siguientes palabras: “Zaragoza, como americano te admiro, como cristiano te venero, y como obispo te bendigo”. Se da la feliz coincidencia de que ese mismo año, mediante real decreto, se declaró a esta virgen capitán general del ejército español.


Con el paso de los años, a aquellas 20 banderas originales (hoy por razones de conservación ya han sido sustituidas en al menos un par de ocasiones, una de ellas con motivo del 50 aniversario de la citada ceremonia) se les fueron sumando otras. Al año siguiente se les sumó la de España. En 1952 se incorporó la de la ciudad y en 1983 la de Aragón. En 1953 se decidió realizar un homenaje a los Reyes Católicos, adicionando de igual modo las de sus localidades natales, Sos del Rey Católico y Madrigal de las Altas Torres. También se incorporaron las de Portugal y Brasil, así como las de los Estados Unidos y Canadá, esta última hace tan sólo unos pocos años, en 2021.


Las razones de por qué están en la basílica de Covadonga son más imprecisas y dispares. Según la web de este real sitio, su inclusión se debe a un gesto de gratitud hacia los países hispanoamericanos por su contribución a la construcción del templo, que fue levantado entre 1877 y 1901. Otros sostienen que el motivo guarda relación con el santo Pedro Poveda, que a su paso por esta tierra acometió la fundación de la Institución Teresiana, siendo esa treintena de banderas las pertenecientes a los países donde su obra hoy está presente.


Sea como fuere, el valor simbólico de este santuario tanto en relación a España como al continente americano quedó expresado en un discurso pronunciado por el pontífice Juan Pablo II el lunes 21 de agosto de 1989, durante su visita a la gruta con motivo del viaje pastoral a Santiago de Compostela y Asturias previa a la celebración de la IV jornada mundial de la juventud. Tras denominar a ese “rincón” “casa solariega de España y de la Hispanidad”, continuó: “no debe extrañar al visitante y al peregrino que los muros de la basílica de Nuestra Señora alberguen fraternalmente todas las banderas de Iberoamérica, junto con las de España y Asturias. Es como si quisieran manifestar, en el umbral del V centenario del descubrimiento y evangelización del Nuevo Mundo, la unión fraterna existente entre España y América”.


Según un artículo que incluye la revista Alcántara, el responsable de que esas mismas enseñas estén también en el señero monasterio de Guadalupe fue otro chileno, en este caso Sergio José María Marcos Fernández Larraín, embajador en España entre los años 1959 y 1961. La justificación de este presente radica en que por entonces únicamente la virgen de Guadalupe era patrona de la Hispanidad, al ser coronada canónicamente en 1928 como Hispaniarum Regina por el cardenal primado de España ante el rey Alfonso XIII, y porque también es cierto que la presencia de esta advocación en el nuevo continente estaba y está mucho más extendida. Mientras, la virgen del Pilar fue reconocida como tal en 1984 por el Papa Juan Pablo II. Desde entonces, por así decirlo, ambas comparten ese honor, aunque la popularidad de la virgen extremeña haya ido injustamente decreciendo. Sería bonito poder reivindicar a ambas sin que entrasen en contradicción, pues las dos suponen un patrimonio cultural y espiritual de nuestra patria incuestionable.


Curiosamente, la práctica de rendir homenaje a la comunidad hispanoamericana a través de la exhibición de las banderas de los países en que se fracturó a lo largo de los siglos, también se exportó a América a través de esta última advocación. En 1976 se inauguró la nueva basílica de Guadalupe en Méjico, y fue decisión de sus promotores y arquitectos que estuvieran presentes, siempre y cuando fueran Estados donde el culto a la virgen estuviese extendido. Debido a ello, también se incluyó la del Vaticano y, cómo no, la de Polonia a causa de lo siguiente. El cariño en este país hacia las representaciones marianas tiene mucho que ver con el vínculo tan especial que el pontífice Karol Józef Wojtyła, Juan Pablo II, sentía hacia ellas, llegando incluso a declarar públicamente que fueron ésta y la virgen de Fátima las autoras del milagro que se produjo en 1981, cuando los tres disparos que recibió en el conocido atentado no consiguieron acabar con su vida. Al año siguiente, en visita pastoral en Extremadura, éstas fueron las palabras que dedicó a la relación indisoluble entre los dos santuarios erigidos a una misma advocación, aunque con un océano de por medio: “Es indiscutible la estima tan grande que le tengo a la Virgen de Guadalupe de México. Pero me doy cuenta de que aquí están sus orígenes. Antes de haber ido a la basílica del Tepeyac, debería haber venido aquí para comprender mejor la devoción mexicana”.


Así pues, se comprueba que como antaño, la fe, como el idioma, ha tendido y mantiene parte fundamental de los puentes culturales y sentimentales que aún hoy persisten entre el viejo y el nuevo mundo, entre la madre España y las naciones que sus hijos alumbraron.


Hugo Vázquez Bravo


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