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Lamentablemente, esta parte del trabajo habrá de quedarse poco más que en el título. Tal es la zozobra y desasosiego que me produce navegar por esos años trágicos de nuestra Historia, que no son relato de batallitas sino la expresión de las más bajas pasiones del hombre llevadas al paroxismo. Los más de 40.000 libros dedicados a contar o a explicar tamaña tragedia no llegan ni a arañar su superficie. (...)

El dilema de la libertad

La libertad es un afán, una necesidad del hombre. Pero ¿de qué libertad se habla cuando esta es un arma arrojadiza de la política? Parece claro que dependiendo de la ideología –o mejor, de la militancia política o partidista– la libertad puede ser cosas muy distintas. ¿Acaso los sublevados contra la República lo hicieron contra la libertad? Si el lector ha seguido este relato sobre el devenir de la Segunda República puede responder a esa pregunta fácilmente: más bien todo lo contrario. ¿Por qué, sin embargo, los defensores de la Segunda República, de entonces y de ahora, se presentan como defensores de la libertad y luchadores por la misma, y así han pasado a la Historia o, al menos, así es como se nos hace creer, y los sublevados por el contrario lo hacen como heraldos de la opresión y destrucción de las libertades? Parece evidente que para sus defensores y para la misma República la libertad política solamente era aplicable a sus afectos, a sus partidarios, y no al resto de los españoles, que eran sus desafectos. Libertad política: libertad para elegir pero, sobre todo y por encima de todo, libertad de ser y de vivir. La afección o su contrario vendrán después, en ejercicio de esa libertad.

¿Alguien puede poner en duda que desde el primer momento de la sublevación militar de 1936 eclosionó, en aquellos lugares en que esta fracasó, la revolución larvada durante años, revolución sangrienta y expresión máxima de la falta de libertad, simplemente para vivir, de miles y miles de religiosos y desafectos, por el hecho de serlo unos y otros, llevados todos como corderos al matadero? Porque, incluso siéndolo, religiosos y desafectos, se les habría negado la justicia de los hombres, abominable paripé, por cierto, entonces. ¿De qué libertad, por tanto, hablamos?

Comprendo que esta es una cuestión difícil pero, a la hora de analizar la deriva de la República y su caída en el pozo negro de la Guerra Civil, es necesario abordarla por ser incuestionable que la revolución sangrienta se produjo dentro del ámbito legal republicano. Admitiendo que, como suele pasar, la responsabilidad de tales hechos no puedan ser imputados a esa mitad más o menos de españoles afectos a la República, ajenos a los planes y objetivos de unos cuántos miles, bien pertrechados y a la espera de la mejor ocasión para mostrar sus verdaderas cartas.

Desde el siglo XXI todo esto parece realismo mágico, realidad imposible: tal es la adaptación de los hombres del común al olvido, a la transgresión de la realidad vivida por ellos o por los suyos, al caer los hechos en manos de una ingente legión de torcedores del pensamiento y de la Historia para adecuarla a los intereses que marquen sus tiempos –cuando coinciden con los suyos propios–, cuando no directamente al afán de revancha por la propia derrota, por las ofensas recibidas en sus ideas y en sus carnes en un tiempo lejano e incluso muy lejano.

La Guerra Civil

Lamentablemente, esta parte del trabajo habrá de quedarse poco más que en el título. Tal es la zozobra y desasosiego que me produce navegar por esos años trágicos de nuestra Historia, que no son relato de batallitas sino la expresión de las más bajas pasiones del hombre llevadas al paroxismo. Los más de 40.000 libros dedicados a contar o a explicar tamaña tragedia no llegan ni a arañar su superficie. Ni siquiera la Guerra de la Independencia, con un número sensiblemente mayor de muertos, o la vida cotidiana de un pueblo como el mejicano, que la iguala al peso en muertos con violencia cada quinquenio, se acerca al tremendo fracaso de la condición humana que es nuestra guerra civil más próxima.

El mayor tributo que podemos hacer hoy a los hombres y mujeres, nuestros mayores, que se vieron envueltos en aquella tragedia, unos víctimas y otros faltos de conciencia, llevados todos por la institucionalización del odio sin sentido, es el silencio. El silencio culpable y el silencio consolador. Como quisieron e impusieron los hombres y mujeres responsables de la Transición, tan cuestionados hoy por una parte de nuestra sociedad con menos de dos dedos de frente.

Esta es la segunda vez que interrumpo a lo largo de los años el poner sobre el papel el detalle de mis propias ideas e investigaciones sobre nuestra historia luctuosa de la Guerra Civil, y las dos de la mano del Archivo Histórico Nacional, testigo mudo en sus fondos de los detalles de la tragedia, abierto hoy más que nunca al que quiera acercarse a él. La primera, han pasado veinte años, buscando información sobre un candidato a diputado a Cortes en 1936 por la provincia de Albacete, para mi estudio sobre las Elecciones y Cortes de 1936. Su familia directa me había proporcionado datos sobre su nueva vida en Jaén, cuando huyó de la quema de los primeros días de la sublevación y sus consecuencias en la zona fiel a la República. Pero en Jaén le perdí la pista.

El azar quiso que, revisando procedimientos judiciales de los Tribunales Populares, para otro trabajo sobre la actuación de los mismos durante la Guerra Civil, en el Archivo Histórico Nacional, viniera a mis manos uno de estos procedimientos, en el que reconocí el nombre del candidato de Albacete. Ante mi sorpresa e incredulidad leí detalladamente el contenido del procedimiento, confirmando que se trataba precisamente de dicho candidato. Un montón de papeles, unos escritos a mano y otros con máquina de escribir, reflejaban diligencias, testimonios –el único testigo decía de su puño y letra haberlo visto entrar en la sede de un partido político de derechas, en Albacete capital, el 18 de julio de 1936–, traslados, consultas, etc., para terminar con el original de un telegrama dirigido desde Valencia al Tribunal en el que el Gobierno de la República se daba por enterado de la sentencia de muerte, dando su placet. Y un último oficio de las fuerzas del orden en el que se informaba al Tribunal de que la sentencia había sido ejecutada. No tuve fuerzas ni valor para informar a la familia del desafortunado resultado de mis investigaciones. Lo que sí hice fue no volver a pisar el Archivo Histórico Nacional, tal fue el estado anímico de desolación que me produjo.

Les aseguro a ustedes que no es fácil leer, tocar, sentir esos papeles amarillos del tiempo en las manos y evitar sentir los temblores, el aliento, la miseria, el miedo y el corazón roto de tantos hombres y mujeres empujados a una muerte sin sentido por ser afecto o desafecto a un régimen, a un partido político o a la misma inmensidad del universo.

Hace unos días, preparando una síntesis de la Guerra Civil, y dado que ahora no hay que desplazarse a la vera de la Residencia de Estudiantes, en Madrid, pudiendo hacerse de forma digital, volví a entrar en el Archivo Histórico Nacional y, sin poder evitarlo, a los documentos de la provincia de Albacete dándome de bruces nuevamente con los abrumadores detalles de las listas de gentes a matar, de las sacas de las cárceles para ser matados, de las denuncias y de las venganzas, de la mirada aviesa de los delatores, de las represalias justicieras, de las ejecuciones, de la muerte siempre a cada paso y de nombres, muchos nombres de personas, de apellidos, de alias, de gente como usted y como yo, que no de marcianos, que les tocó en suerte vivir y morir entonces.

Si usted quiere, tiene, como ya he apuntado, muchos miles de libros sobre la Guerra Civil donde historiadores y comentadores españoles, franceses, ingleses, americanos y de muchos otros países les tratarán de convencer de la multitud de causas que explican, para unos y para otros, nuestra tragedia: económicas, culturales, políticas, geopolíticas, estratégicas, de ámbito nacional e internacional, y un largo etcétera, en una muy gran medida ajenas a la realidad y ajustadas a intereses académicos, ideológicos y partidistas cuando no carentes de la más mínima credibilidad. Eso sí, la abrumadora mayoría se distribuyen, como no podía ser de otro modo y eso es lo preocupante, en seguidores a ultranza de uno o de otro bando, ganando por goleada los seguidores del bando republicano. Cuando una abrumadora mayoría se inclina por uno u otro bando, para mí al menos, queda claro que la Historia no enseña nada y que para la inconsciencia no hay vacuna que valga.

Continuará en:

Así se reescribe la Historia. El ejemplo español. 7) El Franquismo
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