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EN MEMORIA DEL GENERAL AGUALONGO

El 12 de Octubre: el triunfo de la Traición y el olvido de la Lealtad

Batalla de Boyaca, 1819, Palacio Federal de Caracas, Autor: Martin Tovar Tovar
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Batalla de Boyaca, 1819, Palacio Federal de Caracas, Autor: Martin Tovar Tovar

LA CRÍTICA, 11 OCTUBRE 2023

Por Juan Ángel López Díaz
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El proceso de sedición hispanoamericano dio lugar a una guerra civil entre españoles, nacidos en la península o en América. Este proceso no fue un levantamiento de los sometidos americanos contra los dominadores españoles, como nos ha querido dar a entender la versión oficialista, ya que entre los americanos autóctonos, en general, prevaleció la lealtad al Rey de España. (...)

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La envidia de los criollos de alta posición por el predominio de los peninsulares en el gobierno de las tierras americanas; la ceguera y la torpeza de nuestros gobernantes; la invasión francesa que supuso el derrumbe de nuestra monarquía y creó un vacío de poder, el ejemplo de la independencia de los Estados Unidos, a cuyo proceso tanto había contribuido el gobierno de Carlos III y sobre todo el apoyo británico, y su deseo de abrir los mercados hispanoamericanos a sus manufacturas, hecho que los jefes independentistas consideraron un factor decisivo para el éxito del movimiento, fueron las principales razones del fin de la presencia española en el continente americano.



Lealtad a la Monarquía


Agustín Agualongo fue un mestizo nacido en la ciudad de Pasto, (Colombia), el 15 de agosto de 1780 y de cuyo nombre y heroísmo casi nadie recuerda en España. Agualongo fue uno de los líderes de origen indio que más combatió y puso en apuros a Simón Bolívar y combatió con sus mejores generales: Sucre; Salón, Mires, Córdoba. Flórez, Valdés, Mosquera, Maza, Sanders, Nariño, Obando… y es menospreciado por los historiadores partidarios de Bolívar porque Agualongo, un campesino, mestizo, el único que alcanzó el grado de Brigadier General de los Ejércitos del Rey Fernando VII, puso en evidencia la ineficacia y la crueldad del caraqueño.


Aunque se inició en las artes plásticas, la pintura, se alistó en las filas de los ejércitos realistas, ascendiendo de soldado a Brigadier en los campos de batalla. Tuvo su bautismo de fuego el 21 de septiembre de 1811 durante la defensa de la ciudad de Pasto, contra el ejército separatista que conquistó la ciudad, pero los realistas consiguieron recuperarla al año siguiente. Por estas acciones es ascendido a cabo segundo y tras la batalla en Catambuco en agosto de 1812, al derrotar a las tropas del norteamericano Alejandro Macaulay, fue ascendido a sargento segundo. En 1814, de nuevo en la ciudad de Pasto y ante otra ofensiva de los separatistas, Agualongo destacó en la batalla de los Ejidos de Pasto, donde fueron derrotadas decisivamente las tropas separatistas dirigidas por Antonio Nariño, quien fue capturado[1]. En 1816 siendo subteniente participó en la batalla de la Cuchilla de El Tambo, cerca de Popayán, el 29 de junio, una importante victoria del ejército realista, en su mayoría compuesto por mestizos e indígenas, quienes fueron mayoritariamente leales a la continuidad con España y contrarios a la independencia propuesta por Simón Bolívar.


Agualongo ya era un destacado hombre de confianza del mando realista y estaba agregado al Virrey de Nueva Granada. En 1820 fue enviado a socorrer a la ciudad de Guayaquil (Ecuador), derrotando a los separatistas en Huachi, siendo ascendido a capitán. Un mes después, vuelve a derrotar al ejército separatista en Verdeloma, por lo que es ascendido a comandante. En 1819, España había prácticamente renunciado a la defensa del continente y es entonces cuando se produce la primera rebelión realista de Pasto o antirrepublicana, en 1822, dirigida por Benito Boves y el propio Agualongo, que declararon la guerra a los enemigos de la religión católica y del rey. Para aplastar aquella sublevación Bolívar envió al mariscal Sucre, que fue derrotado por los hombres de Agualongo en Taindalá. Como había sido una derrota humillante, Bolívar, que había mostrado públicamente su visceral odio a los habitantes de Pasto, envió al mariscal Sucre un regimiento de fusileros ingleses que formaban parte de la Legión Británica, que Inglaterra había enviado a Bolívar en 1818. Con los refuerzos, Sucre derrotó a la milicia de Pasto en batalla de la Cuchilla de Taindalá el 22 de diciembre y entró en Pasto el 24 de diciembre de 1822 y no tuvo piedad, en la conocida como la Navidad Negra, asesinando a más de 400 civiles; hombres, mujeres, ancianos y niños. 200 años después, la matanza todavía está presente en la memoria colectiva de Pasto. Agualongo consigue escapar y logra recomponer un pequeño ejército de 2.500 hombres, todos mestizos e indígenas. Aunque mal armados con viejos fusiles reacondicionados y otras armas rudimentarias, el 12 de junio de 1823 derrotaron al ejército de Bolívar en Catambuco y recuperan la ciudad de Pasto.


Comienza así el segundo levantamiento realista a mediados de 1823, liderado esta vez por Agualongo y Estanislao Merchancano, un teniente coronel también indígena, quienes “contra toda previsión razonable” (Ramos) derrotan al general Juan José Flores de manera bastante humillante para los hombres de Simón Bolívar, tomando la ciudad y restableciendo el gobierno realista. El general Bartolomé Salom tuvo que huir y fue capturado, llegando a ser años más tarde presidente de la República de Colombia; Pedro Alcántara Herrán, quien de rodillas ante Agualongo, suplicó para que no lo fusilara, a lo que Agualongo le respondió: No mato rendidos.


Posteriormente, y con la intención del caudillo de hacerse con el tesoro que reunían en la localidad de Barbacoa los republicanos y para tener una base desde donde atacar Tumaco, punto vital para establecer comunicaciones con los corsarios españoles y peruanos que actuaban en el Pacífico, intenta atacar esa ciudad, a 240 km de Pasto, pero fue rechazado y, herido en una pierna, tuvo que retirarse siendo capturado días más tarde en una emboscada por el Coronel Obando, viejo compañero de armas, que había cambiado de bando, y que también, años más tarde, sería presidente de la República.


Tras trece años de férrea oposición armada a los ejércitos de Bolívar en los territorios del sur de Colombia y norte de Ecuador, Agualongo es condenado a muerte y, a pesar del ofrecimiento del perdón e ingresar en el ejército republicano con el grado de general, mantuvo su lealtad al Rey de España. El propio Obando, dice sobre Agualongo: «Hice esfuerzos porque fueran indultados, por el respeto que me inspiraba un guerrero valiente y generoso, cuya hazañas y moderación había presenciado yo en aquella larga y obstinada guerra. Agualongo había sido demasiado grande en su teatro, tanto por su valor y constancia, como por la humanidad que había desplegado e incompetencia de tantas atrocidades cometidas contra ellos».[2] Sus últimas palabras antes de morir en el paredón, fueron: si tuviese veinte vidas, estaría dispuesto a inmolarlas por la religión católica y por el Rey de España. ¡Viva el Rey![3]



El Triunfo de la traición


Karl Marx
no dudó en criticar con dureza a Bolívar en un texto titulado Bolívar y Ponte[4], escrito en 1858, donde lo presenta como un pésimo militar con tendencia a acaparar poder. Marx culpa al criollo del fracaso, en 1812, de la revolución iniciada por Francisco de Miranda debido a su cobardía. Cuenta Marx que estando Bolívar al frente de Puerto Cabello, la principal plaza fuerte de Venezuela, se produjo una insurrección por parte de prisioneros de guerra leales a la Corona: Aunque los españoles estaban desarmados, mientras que él disponía de una fuerte guarnición y de un gran arsenal, se embarcó precipitadamente por la noche con ocho de sus oficiales, sin poner al tanto de lo que ocurría ni a sus propias tropas, arribó al amanecer a Guaira y se retiró a su hacienda de San Mateo. Esta precipitada huida permitió a los realistas tomar la plaza y, a su vez, forzó a Miranda a aceptar, el 26 de julio de 1812, el tratado de La Victoria, por el que Venezuela regresaba al dominio del Rey. Pero además, Bolívar y varios de sus oficiales arrestaron en persona a Miranda mientras dormía y lo entregaron al jefe realista, que lo envió a Cádiz, donde Miranda murió en cautiverio. Bolívar solicitó un pasaporte para salir de Venezuela, a lo que accedió el mando realista: Debe satisfacerse el pedido del coronel Bolívar, como recompensa al servicio prestado al Rey de España con la entrega de Miranda.


Pero Bolívar faltó a su palabra de marcharse del continente y en 1813 lideró una nueva rebelión contra la Corona. Sus tropas tomaron Caracas y celebró su victoria con un desfile propio de los romanos, como expone Marx: Bolivar apareció de pie, en un carro de triunfo, al que arrastraban doce damiselas vestidas de blanco y ataviadas con los colores nacionales, elegidas todas ellas entre las mejores familias caraqueñas, Bolívar, fue llevado desde la entrada de la ciudad hasta su residencia. Se proclamó, a continuación, dictador y libertador de las Provincias Occidentales de Venezuela y se rodeó de la pompa propia de una corte. Según Marx, esta dictadura degeneró en una anarquía militar, en la cual “asuntos importantes quedaban en manos de favoritos que arruinaban las finanzas públicas y luego recurrían a medios odiosos para reorganizarlas”. El entusiasmo popular en transformó en descontento, lo que dio tiempo a las fuerzas realistas a contraatacar y reconquistar Caracas. Bolívar hubo de refugiarse en Jamaica, en manos inglesas, junto a sus generales de confianza, dejando atrás un grupo de revolucionarios que resistió en Venezuela hasta sus últimas consecuencias. Siempre supo poner tierra de por medio a tiempo. Una tendencia a escapar cuando las cosas pintaban mal que llevó a uno de los generales revolucionarios, Francisco Piar, a amenazarlo con llevarlo a un consejo de guerra por deserción, apodándole con sarcasmo El Napoleón de las retiradas. Estas acusaciones de Piar provocaron su condena a muerte por el Consejo Supremo de la Nación acusado de conspiración contra los blancos, atentar contra la vida de Bolívar y aspirar al poder supremo, siendo fusilado el 16 de octubre de 1817.


Aparte de su escaso decoro en combate, Marx considera al libertador un incompetente en sus decisiones tácticas. En la campaña decisiva que terminó con la independencia de Venezuela, Bolívar acumuló un sinfín de derrotas a pesar de contar con superioridad numérica. A finales de mayo de 1818, el criollo español había perdido unas doce batallas y parte de la ventaja que había obtenido Piar antes de ser ejecutado. La salvación de la causa revolucionaria vino de Inglaterra a través de hombres, buques, munición e incluso oficiales ingleses, franceses, alemanes y polacos. Marx atribuye a los británicos la victoria definitiva en Nueva Granada en el verano de 1819 y responsabiliza a Bolívar de retrasar la campaña por perder tiempo en homenajes en las ciudades que ocupaba. En sus dos últimos años de una dictadura sin disimulo, Marx señala que ejerció durante un tiempo una especie de terror militar, que incluyó la condena a muerte, sin un proceso legal con suficientes garantías, de varias personas acusadas de haberle intentado asesinar. En medio de este ambiente, presentó su dimisión en 1830 ante el Congreso colombiano, si bien murió sin abandonar completamente el país cuando ya buscaba la forma de regresar de nuevo al poder.


Sería de justicia analizar el proceso por el que mientras se ha honrado a aristócratas españoles nacidos en América, como Simón Bolívar, cuya historia real ha quedado blanqueada por una leyenda que se da por cierta sin más y que no fueron sino traidores y crueles enemigos de España y del Rey al que con tanto entusiasmo habían servido, patriotas indígenas como el Brigadier Agustín Agualongo, que dieron ejemplo de lealtad a España hasta su último aliento, están en el más indigno de los olvidos. Si ya es amargo lo desconocida que resulta aquella guerra civil por la gran mayoría de los españoles, no se encuentra justificación para que España nunca haya rendido el homenaje que Agustín Agualongo merece, en lugar de mostrar un reconocimiento injusto hacia los traidores. Es hora de reparar tamaña e innoble injusticia. Pido desde aquí el reconocimiento de Agualongo y los patriotas oriundos americanos que defendieron a su Rey y fueron leales a su verdadera Patria y se les erija un monumento en un lugar destacado de la capital de España como homenaje permanente a su lealtad y valentía.



Juan Ángel López Diaz
Coronel de Infantería de Marina (R)
Miembro de AEME y del Centro de Pensamiento Naval




[1] A. Montezuma Hurtado, Banderas solitarias. Vida de Agualongo, Bogotá, Colombia, Banco de la República, 1981. p.218.

[2] Álvarez, Jaime, SJ (1996). “Agustín Agualongo”, en Manual de Historia de Pasto. Pasto (Colombia): Academia Nariñense de Historia. p.223.

[3] Karl Marx, Simón Bolivar, Introducción José Arico, Madrid 2001. pp. 11 y ss.

[4] Banderas solitarias, opus cit, p. 248.

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