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Religión (1)

(Ilustración: La Crítica / IA)
(Ilustración: La Crítica / IA)

LA CRÍTICA, 13 ABRIL 2026

Por Carlos cañeque
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En mi infancia y primera adolescencia experimenté la religión en un colegio del Opus Dei. Recuerdo mis silenciosos monólogos dirigidos a Dios, mis rezos, mis íntimas confesiones, la emoción de la primera comunión y el atractivo mundo estético que implicaban aquellas aventuras mías de la imaginación por la Tierra, el Cielo y el Infierno. Nunca olvidaré algunos sueños en donde conocía a Jesús y hablaba con él, un hombre que yo percibía cercano y bondadoso. A veces el sueño se transformaba en pesadilla porque aparecía el demonio (un tipo asqueroso de color rojo sangre) y me despertaba sobresaltado en medio de la noche. (...)

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A los quince años, una vecina del Liceo Francés (que yo quería convertir en mi novia) me prestó un libro que cambió mi vida: “Por qué no soy cristiano” de Bertrand Russell (1927). Era el primer ensayo que leía pero recuerdo que me pareció muy claro y sensato. Creo que comprendí muy bien sus argumentos centrales, que no eran otra cosa que una bomba que demolía el edificio que hasta entonces había considerado una realidad indiscutible. Sí, una bomba porque, como argumenta Russell, si todo tiene causa, ¿por qué Dios no? Sus ideas me parecieron tan razonables como rotundas. El mundo parece bien diseñado, pero también está lleno de imperfección, sufrimiento y caos, ¿sería ese el diseño de un ser bondadoso y perfecto? Aprendimos que sin Dios no existiría ni el bien ni el mal, pero Russell responde: “si el bien depende de Dios, es arbitrario, y si no depende, entonces no necesitamos a Dios”. En este libro, Russell también cuestiona que Cristo fuera el “mejor de los hombres” y señala pasajes evangélicos en donde actúa con dureza o intolerancia. Y critica la idea del castigo eterno (infierno) “un ser moralmente perfecto no condenaría eternamente a nadie”. Finalmente, Russell sostiene que la religión nace del miedo a la muerte, a lo desconocido y al castigo, y concluye que el cristianismo ha obstaculizado el progreso, reprimido la libertad (especialmente sexual y de pensamiento) y fomentado la sumisión al poder establecido. Ningún hallazgo científico puede venir de la fe, ni de los milagros ni de la infalibilidad del papa.

Creo que los seductores argumentos de Russell me llevarían años después a elegir la carrera de Filosofía y a toparme, ya en el primer curso, con El Anticristo (1889) de Nietzsche. Me pareció un libro tan claro y razonable como el de Russell. Su idea central postula que el cristianismo no supuso una elevación del hombre sino su decadencia. Para él, el cristianismo (sobre todo a partir de Pablo de Tarso) institucionaliza una religión que culpabiliza y castiga invirtiendo los valores: la debilidad se convierte en virtud, el sufrimiento en mérito y la sumisión en ideal. El cristianismo, concluye Nietzsche, reproduce el resentimiento de los débiles contra los fuertes, “la moral del esclavo”. Nietzsche acusa al cristianismo de despreciar el mundo real, inventar un “más allá” y negar el cuerpo y la vida.

Unos años después conocí personalmente al filósofo Fernando Savater, con el que hice un viaje a Japón y Tailandia. Él me recomendó a Borges, un autor que ha sido muy importante en mi modesta trayectoria. A veces, la simplificación de un asunto filosófico es especialmente lúcida desde la literatura. Borges sugiere que la esencia ética de la tradición judeocristiana es muy caprichosa. En su poema Cristo en la Cruz (1985), escribe: “El pecado de una pareja en un jardín / bastó para culpar a toda la humanidad / y el sufrimiento de un judío una tarde en una cruz / bastó para salvarla”. Me parece muy irónico lo que albergan estos versos porque toda ética tiene que basarse necesariamente en la responsabilidad, y ningún ser humano puede ser responsable del pecado que cometieron Adán y Eva.

La religión puede entenderse como un sistema de creencias, valores, símbolos, ritos y ceremonias que se relacionan con lo sagrado. El ser humano ha experimentado la religión desde su aparición en la Tierra. Todas las religiones combinan elementos racionales con otros irracionales, y tienden a proyectarse intentando dar respuestas a preguntas relacionadas con la creación del universo, el propósito de la vida, la naturaleza humana, la definición del bien y del mal y, tal vez lo más importante, con todo lo concerniente a lo trascendente o metafísico. Las religiones tienen como objetivo establecer relaciones entre los participantes y las fuerzas sagradas. Etimológicamente, la palabra religión procede del término latino “religare”, es decir, volver a ligar, vincular el misterio sagrado con la ceremonia o el rito presente. El gran historiador de las religiones rumano Mircea Eliade postulaba que el rito no recuerda, sino que “reactualiza el misterio”.

Todo ser humano mantiene a lo largo de su vida una relación más o menos importante con la religión, una relación que siempre se desarrolla colectiva e individualmente. No existe una religión creada y practicada por un solo individuo porque todas comparten mitos y arquetipos que se han repetido a lo largo de la historia. Probablemente la idea del superhombre de Nietzsche sea el intento más osado de crear una religión individual capaz de producir valores personales.

La religión, a pesar de no ser yo creyente, me ha interesado siempre mucho. Mi tesis doctoral y primer libro (Dios en América, Península 1988) trató de dar cuenta del fundamentalismo en los EEUU, un país especialmente religioso si lo comparamos con otras democracias consolidadas. Mi primer corto se titulaba Monoteísmos y mi último largometraje Sacramento. También he publicado un disco de composiciones al piano titulado Sacrilegio… Es una extraña querencia.

Otro libro que todavía conservo de mi época de estudiante de filosofía, lleno de subrayados y de anotaciones en los márgenes, es La Esencia del Cristianismo de Ludwig Feuerbach. Publicado en 1841, Feuerbach explica su concepción filosófica de la religión y su teoría de la “alienación”, que sería más tarde utilizada por Karl Marx, primero en sus Manuscritos y luego en su Tesis sobre Feuerbach. Su idea central es que Dios no creó al hombre sino que fue el hombre quien creó a Dios. La religión, por tanto, es una proyección de la esencia humana. El ser humano toma sus cualidades más elevadas como el amor, la justicia, la inteligencia o la perfección, y las externaliza, las coloca fuera de sí, en el caso del cristianismo en un ser infinito. Para Feuerbach Dios sería un ser humano idealizado. Al proyectar su esencia en Dios, el ser humano se empobrece a sí mismo, se somete a su propia creación y se arrodilla ante lo que él mismo ha producido. Cuanto más grande es Dios, nos dice este filósofo alemán, más pequeño se vuelve el hombre. Los antropólogos deben estudiar las religiones porque son una proyección que refleja las distintas culturas. Cuanto más “divino” parece el cristianismo, más humano resulta. La religión es el ser humano mirándose en un espejo sin reconocer que es él mismo el que se mira. Marx toma la idea de “proyección” y la materializa. Si Feuerbach postula que el hombre proyecta su esencia en Dios, Marx nos dice que “el proletariado” cree en Dios porque vive en las condiciones sociales alienantes que crea el capitalismo con artefactos culturales como la religión. Por eso la famosa frase de Marx: “la religión es el opio del pueblo”.

La religión es un tema inabarcable. Las distintas disciplinas han planteado preguntas y respuestas que pueden complementarse o no. ¿Qué autores han sido los más relevantes por su relación con la religión? En el campo de la Filosofía, además de los ya mencionados, creo que podemos destacar a Platón, San Agustín, Santo Tomás, Pascal y Hegel. En Sociología podríamos pensar en Durkheim (Las formas elementales de la vida religiosa 1912), Max Weber (La ética protestante y el espíritu del capitalismo 1905) y en Peter Berger (El dosel sagrado 1967). En Antropología acaso Levi Strauss y Malinowski sean los más importantes estudiosos de la religión. En Historia de las religiones, Mircea Eliade puede ser el que hizo las mejores tipologías evolutivas y el que introdujo el concepto “hierofanía” como manifestación de lo sagrado en lo cotidiano.

Cuando un mito, un ritual o un tabú (como el del incesto) se repite en casi todas las culturas, lo llamamos arquetipo, que es, para muchos autores, la expresión de una estructura profunda de la mente humana. Para pensadores como Voltaire o Hegel, el monoteísmo supuso un avance frente al politeísmo, ya que ganó en sencillez, racionalidad y coherencia.

Borges decía que la teología es una rama de la literatura fantástica. No lo decía para burlarse, sino porque le parecía que la teología construye mundos con reglas internas coherentes, entidades invisibles creadas con portentosa imaginación, lógicas propias, como ocurre en cualquier gran ficción literaria. Le fascinaban conceptos como la redención, la Trinidad, la encarnación, la omnisciencia y, sobre todo, ideas como la eternidad y el infinito, que le parecían artefactos narrativos de altísima sofisticación estética y literaria.

No tengo dudas de que las religiones producen efectos sociológicos y psicológicos muy positivos en la mayoría de las comunidades. Generan cohesión social, confianza, valores altruistas, sentimientos de pertenencia, identidad compartida, códigos éticos y apoyo mutuo. Incluso la siniestra idea del castigo trascendental (en casi todas la religiones hay infiernos) puede reducir conductas que serían criminales sin ese miedo, aunque recuerdo que Fernando Savater me decía que una ética basada en el premio y el castigo es un poco infantil: “Si no te portas bien no te compraré la muñeca”. También recuerdo a Savater diciéndome que la ética altruista de las monjas, los misioneros y los sacerdotes se vería debilitada si su entrega se produjera para ganarse el cielo. Entonces dejaría de ser realmente altruista. El lado negativo de las religiones es el que genera exclusión y violencia, guerras de religión, persecuciones, dogmatismo, teocracias o terrorismo. En muchos momentos históricos y actuales la violencia se vuelve sagrada, es decir, justificada en nombre de un ser superior. La identidad que protege también expulsa. Las religiones han generado la mayoría de las guerras. Como decía Durkheim, “lo sagrado crea comunidad, pero toda comunidad traza fronteras”.

Aunque hoy vivamos en sociedades secularizadas, seguimos necesitando rituales, momentos significativos y emociones compartidas. El fútbol, el nacionalismo, el populismo carismático, los conciertos en estadios, los tatuajes o los nuevos símbolos que nos impone la publicidad son nuevas formas de sacralización moderna. Los actores famosos, los cantantes o los jugadores de fútbol que aparecen en un póster recuerdan las estampitas de los santos o las representaciones canónicas del propio Cristo. En Argentina, y en muchos otros países, existe una institución llamada Iglesia Maradoniana. Tiene mandamientos y oraciones (“Diego nuestro”). En 2024 la Iglesia Maradoniana contaba con más de 500.000 seguidores de todo el mundo. Es como si lo sagrado no desapareciera nunca y solo cambiara de máscara. Continuará.

Carlos Cañeque es profesor de Ciencia Política, escritor (premio Nadal 1997), músico y director de cine.


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Carlos cañeque

Profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Barcelona, escritor y director de cine

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