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Alberto Reig Tapia: el delator historiográfico

Victor McLaglen interpretando a Gypo en 'El delator' de John Ford (1935).
Victor McLaglen interpretando a Gypo en "El delator" de John Ford (1935).

26 JUNIO 2018

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(...) Para mí resulta obvio que la obra historiográfica de Alberto Reig Tapia carece, en general, de toda relevancia intelectual y moral. Esto resulta si cabe más evidente cuando leemos La crítica de la crítica...

“Sé de buena tinta que Alberto Reig, a estas alturas de la polémica y teniendo en cuenta los exabruptos del susodicho, está pensando en retitular su capítulo para próximas ediciones en términos más adecuados como Pedro Carlos González Cuevas. El patético caso del profesor chiflado. Homenaje a Jerry Lewis”. Así se refería un tal José María Lama a una eventual réplica de Alberto Reig Tapia, en una hipotética segunda edición de su libelo La crítica de la crítica, a mi artículo “Entre la necedad y el parasitismo: el caso Reig Tapia”. Naturalmente, la segunda edición de su libelo tan sólo existía en los deseos del sempiterno discípulo de Tuñón de Lara o en la imaginación del tal Lama. Nunca llegó, ni llegará. Me consta que el libelo es un auténtico fracaso de ventas y que no ha sido objeto de recensiones por parte de ninguna revista de historia; tan sólo un comentario de su señor y amo Ángel Viñas, pero eso era obligado dado el celo apologético y de la fidelidad de nibelungo que Reig Tapia profesa hacia su persona y obra. Poco menos que una relación feudal. Sé de buena tinta que el señor Reig Tapia envió ejemplares de su libelo a historiadores y politólogos muy cualificados para que comentaran sus planteamientos en la prensa. Nadie ha querido hacerlo. “Es un libro que cuya lectura me ha resultado insoportable”, me dijo un conocido catedrático. Y un no menos conocido historiador afirmó: “Esa obra nunca podrá comentarse en una revista decente”. “Me niego a leerla”, afirmó en mi presencia una de los autores más atacados en La crítica de la crítica. “Bah, cosas de Reig Tapia, lo de siempre”, añadió un célebre hispanista. Fue presentado, eso sí, en la librería Marcial Pons, por un tal Tomás Rodríguez –de la editorial Akal, aquella que hace años publicaba algunas obras de Stalin-, no asistió, en cambio, Fernando Hernández Sánchez por motivos personales. Lo hizo casi un año después en otra presentación del libelo en la librería vallecana Muga. Poca cosa para su desmesurada ambición.

No obstante, la réplica llegó con el significativo título de “Pedro Carlos González Cuevas como paradigma del insulto y la distorsión de la historia. El patético caso del profesor chiflado” y fue publicado en la revista digital Historia a debate, cuya tendencia ideológica es claramente radical. Pero eso es lo de menos. El artículo apenas contiene novedades. En realidad, el señor Reig Tapia es un hombre reiterativo y carente de imaginación. Siempre ha escrito el mismo libro. En consecuencia, sus tesis no varían: soy muy malo, lo mismo que Francisco Franco; y ya está, tal es su mensaje. No hay otro. Ni una idea nueva ni un planteamiento novedoso.

En realidad, lo que desea es construir un maniqueo. Todo son insultos, diatribas y argumentos ad hominem. Como dice un refrán abulense, que yo tuve oportunidad de escuchar muchas veces en el pueblo de mi padre (Candeleda): “La linde acaba, pero el tonto sigue”. Y como decía Forrest Gump: “Tonto es el que hace tonterías”. Pues en eso estamos. En el nuevo artículo aparezco como “Jerry Lewis redivivo”, pero no explica el porqué de este calificativo, no necesariamente peyorativo. A mi Lewis no me parecía un mal actor. Luego aparezco como “Marcelinín Menendecín y Pelayín”. Pues muy bien. ¿Y qué? A mí Reig Tapia me parece un ignorante concienzudo y reiterativo. Igualmente soy “Gongorilla”. Y es que recurre, para difamarme, a un conocido poema de Francisco de Quevedo, en el que acusa al poeta andaluz de judaizante. Y, la verdad sea dicha, no me resulta extraño, ya que, como luego veremos, una de las facetas de Reig Tapia como libelista es su tendencia a la delación. Pero no adelantemos acontecimientos; sigamos. Igualmente, soy “el nuevo bobo de Coria”. Califica de “mala” mi biografía de Gonzalo Fernández de la Mora, pero opinan lo contrario Dalmacio Negro Pavón, Stanley Payne, Michael Seidman, Carlos Dardé, Juan Pablo Fusi, Octavio Ruíz Manjón, Andrés de Blas, etc, etc. Me acusa de sostener una “exaltación angelical de los prohombres de la derecha y la descalificación demoníaca de las izquierdas”. Falso de toda falsedad. Basta con leer mis libros sobre Acción Española o sobre la historia de las derechas para llegar a la conclusión contraria. No hace mucho hice para Revista de Libros un comentario a la biografía de José María Gil Robles de Manuel Álvarez Tardío, destacando las contradicciones del líder cedista y su “semilealtad” al régimen republicano; lo cual fue recogido en un interesante artículo, publicado igualmente en Revista de Libros, por Enrique Moradiellos. Resulta igualmente falso que yo critique a ciertos historiadores o intelectuales por su ideología izquierdista. Todo lo contrario. Tengo gran admiración por la obra de Edward Palmer Thompson, Perry Anderson o Pierre Bourdieu. En el caso español, creo que uno de nuestros mejores historiadores es el ya mencionado Enrique Moradiellos, un izquierdista liberal y razonable. Únicamente critico a los que juzgo malos historiadores, como Reig Tapia y otros, pero no por su filiación política, sino por el contenido de su obra. Desde luego, el de Reig Tapia lo considero ínfimo. El sempiterno discípulo de Tuñón de Lara se defiende de mi acusación de que debe su puesto de catedrático en Tarragona a la influencia de Borja de Riquer y Josep Fontana, alegando la diferenciación entre Ciencia Política e Historia. Sin embargo, tal alegato resulta muy superficial, pues todos sabemos los vasos comunicantes que existen entre las distintas áreas de conocimiento y las redes de influencia en las que el señor Reig Tapia se encuentra inserto. Josep Fontana y sus acólitos nunca suele pasar por alto estos temas, a la hora de garantizar la hegemonía ideológica en las universidades catalanas.

Sin venir al cuento, continua emprendiéndola con mi aspecto físico, haciendo referencia, aunque no me conoce personalmente, a “mis grasas rezumantes”. Como puede verse, un gran argumento historiográfico; con él pretende acabar de inmediato con mi trayectoria académica. Recurre igualmente, sin razón alguna, al Digesto de Justiniano. Nombra a Cristina Cifuentes y a Fernando Suárez Bilbao, a los que no conozco y cuyos nombres tampoco vienen al caso. Y lo mismo hace con Pío Moa y Ricardo de la Cierva. Del primero, hace tiempo que dije lo que tenía que decir. Si a alguien le interesa mi opinión sobre el segundo, lea mi artículo “Ricardo de la Cierva: de Guardián de la Historia a historiador erradicado”, en El Catoblepas nº 183, primavera de 2018.

Me acusa Reig Tapia de no haber leído la biografía que Julio Aróstegui dedicó a Largo Caballero. Lo que parece ignorar es que publiqué dos extensas reseñas en El Catoblepas y Razón Española. Aróstegui fue profesor mío y estuvo en el tribunal de mi tesis doctoral, que obtuvo la calificación de “sobresaliente cum laude”. Lo de la “bolchevización” del PSOE, al igual que la “fascistización” de la CEDA es sinónimo de radicalización. ¿Qué tiene qué decir el señor Reig Tapia de la insurrección de octubre de 1934? Según su idolatrado Tuñón de Lara, fue la primera revolución socialista ocurrida en suelo español. Por el contrario, el paleohistoriador Ángel Viñas, la considera “irrelevante”. Tiene que decidir. Vuelve a meter la pata cuando denuncia mi presunta ignorancia de las obras de Santos Juliá y de Andrés de Blas dedicadas al PSOE. No sólo conozco sus obras, sino que el primero ha sido el director de mi Departamento de Historia Social y del Pensamiento Político; y el segundo ha prologado dos libros míos, Historia de las derechas españolas y Estudios revisionistas sobre las derechas españolas. Además, hemos escritos juntos artículos sobre el nacionalismo español en Claves de Razón Práctica y en el Diccionario político y social del siglo XX español. A mi modo de ver, lo que se deduce de la lectura de las obras de Aróstegui, Juliá y De Blas, no es que largo Caballero y su partido no fuesen revolucionarios, sino que eran muy malos revolucionarios; unos peligrosos aventureros que llevaron a la clase obrera a una encrucijada política sin horizonte, ni expectativas de victoria. A la tragedia de la guerra civil.

Es decir, que el señor Reig Tapia habla por boca de ganso; no tiene ni idea de mi trayectoria intelectual. Claro que de un personaje que, en su obra Franco. El César superlativo, afirmó que era “imprescindible abusar (el subrayado es mío) de la memoria de las víctimas”, puede esperarse cualquier cosa. Mala, por supuesto. Naturalmente, sigue considerando a Manuel Tuñón de Lara como “un gran maestro”. No me extraña nada, porque aquí no sólo aparecen motivos de carácter historiográfico, intelectual y/o político, sino claramente edípicos. No entraré en esos ámbitos; son demasiado íntimos. En cualquier caso, pretende que someter a crítica su obra, como yo hago, es “sólo comprensible desde la más aguda patología” y que resulta, además, “inútil”. Parece como si su padre espiritual fuese invulnerable a la crítica. ¿Acaso pretende presentarlo como un santo incorrupto? Vano empeño, aquí no hay nada sagrado. Y mucho menos Tuñón de Lara, cuya obra hace ya muchos años que fue demolida en sus cimientos no por franquistas como Ricardo de la Cierva, a quien tanto odia incluso después de su muerte, sino por historiadores de izquierdas y liberales. El propio Pierre Vilar, prototipo del historiador marxista, hizo referencia al “marxismo pequeño”, teóricamente indigente, de Tuñón de Lara. En el mismo sentido se expresaron, por ejemplo, José Álvarez Junco y Manuel Pérez Ledesma –recientemente fallecido-, que, por cierto, se consideraban amigos personales del historiador madrileño. Durante algún tiempo, Tuñón de Lara disfrutó de fama porque encarnaba el antifranquismo historiográfico, pero pasado cierto tiempo, y una vez consolidado el régimen de partidos, se le consideró anacrónico y pasó a mejor vida intelectual. En el fondo, su caso fue análogo al de la poesía social de Gabriel Celaya, pronto abandonada por los jóvenes poetas, que calificaron a sus seguidores de miembros de la denominada “generación de la berza”. Podríamos calificar igualmente la historiografía de Tuñón de Lara como representante de esa generación. Otros, como el liberal José Varela Ortega, no sólo destruyeron los fundamentos de la tesis tuñoniana sobre el bloque de poder oligárquico, sino que acusaron directamente al historiador madrileño de “deformar el pasado como herramienta de futuro”. Javier Tusell lo calificó de simplificador. Y Juan Pablo Fusi lo consideraba más próximo a Dickens que a Marx. De ahí mi crítica a su moralismo que el pobre Reig Tapia en su indigencia no entiende. Y es que el marxismo de Tuñón de Lara era una mezcla indigesta de “althusserismo” –en el sentido de Edward Palmer Thompson: la primacía de la teoría y el desprecio por los datos empíricos- y de, siguiendo a Ernst Bloch, marxismo “frío” y marxismo “cálido”. Es decir, por un lado pretendía mostrarse como científico, pero, al mismo tiempo, moralista, emocional, con una descripción patética de los sufrimientos de aquellos que denominaba “los hombres sencillos”. Esta última faceta, que para mí resultaba insoportable, fue la que provocó, al margen del antifranquismo, su éxito editorial y el favor del público. Las simplificaciones y esquematismos de Tuñón de Lara tenían, además, la consecuencia de sustraer a sus lectores y discípulos de un planteamiento serio y riguroso de los problemas históricos. Leían algunos su célebre artículo sobre la formación del bloque de poder oligárquico en la Restauración y creían poseer la clave interpretativa de toda la historia contemporánea de España. Ya todo estaba dicho y no había nada más que añadir. El bloque de poder lo resolvía todo. Huelga investigar.

Al mismo tiempo, Reig Tapia defiende la devoción de su padre espiritual hacia la figura y la obra de Antonio Machado; un Machado, por cierto, bastante cutre y kitsch en la pluma tanto de Tuñón de Lara como del Reig Tapia. A mí no me duelen prendas. Lo confieso. No soy admirador de Antonio Machado; y creo tener buenas razones para ello. En primer lugar, porque desconfío de los hombres maduros que se casan con adolescentes. En segundo lugar, por su machismo declarado. Y es que el inefable “Juan de Mairena” no dudaba en pronunciarse abiertamente por la discriminación política de la mujer: “Conviene que la mujer permanezca abacia, carente de voz y voto en la vida pública, no sólo porque la política sea, como algunos pensamos, actividad esencialmente varonil, sino porque la influencia política de la mujer convertiría muy en breve el gobierno de los viejos en gobierno de las viejas, y el gobierno de las viejas es gobierno de las brujas. Y esto es lo que a toda costa conviene evitar”. En tercer lugar, porque su poesía resultaba ya en su época, frente a las aportaciones de Eliot, Benn, Pound, Yeats, Tzara o Auden, bastante anacrónica y superficial. En cuarto lugar, porque su actuación en la guerra civil, lejos de resultar ejemplar, siempre me ha parecido no ya sectaria, sino deplorable. Y es que, a lo largo de la contienda, no existe en su producción ni en su actuación pública el menor signo de comprensión o de solidaridad con las víctimas del proceso revolucionario. ¿Dijo algo sobre los asesinatos de los sacerdotes o sobre la muerte de su compañero de generación Ramiro de Maeztu? No me consta. Sus versos de homenaje a Enrique Líster o sus alabanzas a la Unión Soviética no pueden ser leídos hoy sin disgusto e incluso con asco. Es hora de desmitificar a ciertos iconos sagrados; porque es un acto de salud pública. El régimen de Franco quiso rescatar al poeta andaluz. Ahí está, por ejemplo, el prólogo de Dionisio Ridruejo a sus obras completas poco después del final de la guerra civil. A los veinte años de su muerte, el filósofo falangista Adolfo Muñoz Alonso presidió en Soria un homenaje a su obra y a su memoria, en el que participaron Heliodoro Carpintero, Rafael Morales, Manuel Alcántara, Luis López de Anglada, Salvador Jiménez y Pérez Valiente. Todos ellos fueron tachados, con notoria injusticia, por el poeta comunista Gabriel Celaya –el gran representante de la generación de la berza- como “poetas vendidos” y de “segunda fila”. La denuncia triunfó finalmente; ya casi nadie se acuerda de los asistentes a ese acto. De esta forma, Antonio Machado ha disfrutado, hasta ahora, gracias igualmente a la vulgarización de su poesía por parte de cantantes como Juan Manuel Serrat y Paco Ibáñez, de una especie de inmunidad histórica y política. Hay que buscar unos iconos venerables más presentables desde el punto de vista intelectual, ético y político.

Y termino. Para mí resulta obvio que la obra historiográfica de Alberto Reig Tapia carece, en general, de toda relevancia intelectual y moral. Esto resulta si cabe más evidente cuando leemos La crítica de la crítica. Pero no restemos importancia a su significación. Hace ya treinta y cuatro años, Manuel Tuñón de Lara publicaba, en El País, un artículo titulado “La vigilancia del intelectual”, en la que glosaba favorablemente la significación del Comité de Vigilancia de Intelectuales Antifascistas, creado en Francia en marzo de 1934. Y lo presentaba como un ejemplo para “nuestra democracia”. Reig Tapia ha ejercido esa función de vigilancia, es decir, de delación. Lo ha hecho igualmente Ángel Viñas. Tal es la significación de La crítica de la crítica: ofrecer una lista de los historiadores disidentes de las tesis de la extrema izquierda historiográfica. Es el Gypo Nolan de la historiografía española, aunque sin las contradicciones del personaje de O´Flaherty y luego de John Ford, en la novela y la película El delator. La trayectoria de Reig Tapia es rectilínea; siempre ha dicho lo mismo y perseguido el mismo objetivo: poner fuera de la ley a los que no piensan como él. Ya en su primera diatriba contra el señor Moa, decía significativamente: “No es un problema de censura, es un problema de higiene cultural (sic) no permitir el uso del espacio público a estos provocadores sociales y delincuentes culturales. Es una cuestión meramente sanitaria (sic), preventiva para evitar epidemias mentales y/o políticas mucho más peligrosas que otras que asustan tanto al común” (Alberto Reig Tapia, Anti-Moa. Barcelona, 2006, p. 111).

Y ahora puede conseguirlo. No en vano, el PSOE ha propugnado una totalitaria revisión de la Ley de Memoria Histórica, en la que se propone la instauración de una orwelliana “Comisión de la Verdad” y se amenaza con penas de cárcel, inhabilitación para la docencia y elevadas multas a quienes mantengan opiniones divergentes a la verdad única, la destrucción y quema de las obras o estudios no gratos y la expropiación, destrucción o transformación de una parte del patrimonio nacional. La apología del fascismo, el nazismo y el franquismo serían delitos tipificados en el código penal. Una auténtica dictadura ideológica. ¿Qué puede entenderse por apología? ¿Quién decide? ¿Quiénes formarán parte de esa “Comisión de la Verdad”? ¿Reig Tapia? ¿Ángel Viñas? ¿Francisco Espinosa?

Contra tal proyecto nos rebelamos unos cuantos historiadores e intelectuales en un “Manifiesto por la Historia y la Libertad”. Pero muchos tememos que, con la ilegítima llegada al gobierno de Pedro Sánchez, ese documento quizá no sirva para nada. Ahí tiene el señor Reig Tapia su victoria. En cualquier caso, será pírrica, porque estos planteamientos represivos suelen ser contraproducentes incluso para quienes los propugnan. Pero cualquier cosa que pueda ocurrirnos a algunos historiadores será igualmente responsabilidad de las prácticas delatoras del señor Reig Tapia y sus acólitos. A cada cual lo suyo.
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