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Semana santa. Humana pasión

Procesión de Los Pasos (León)
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Procesión de Los Pasos (León)

La Crítica, 7 Abril 2017

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En la Semana Santa son muchas las personas, hombres y mujeres, que llevan tiempo con su sitio cogido en las cofradías, bien sea para llevar el trono o para salir vestidos de nazarenos. Si se hiciese una encuesta entre ellos ¿cuántos católicos practicantes habría entre todos los «devotos»? Muchos de los que llevan el trono seguirían llevándolo si le quitaran la imagen del Señor y le colocaran un muñeco… A ellos lo que les importa es el folclore y el figurar ante los demás, el sentimiento ante lo que hay sobre el trono es lo de menos. ¿Es esto hipocresía?

El párrafo anterior no es de mi autoría. Está entresacado del artículo de Miguel Ángel Jiménez, Extraño ateísmo, publicado el 23 de abril de 2007 en periodismocatolico.com (Red de periodistas y escritores católicos de habla hispana). E incluso cuando alguien pudiera pensar que suscribo su contenido, muy al contrario, pues, aun cuando parece que se pregunta algo ―¿es esto hipocresía?― bien se puede constatar que el juicio, los juicios, temerarios y de intenciones, ya están hechos con anterioridad a la citada pregunta. Por esto, por similitud a algunos que posiblemente se producirán al ver aquí mi firma y mis palabras, quiero aprovecharlo como puerta estrecha por la que acceder a la exposición de mis sentimientos con respecto a las celebraciones procesionales que se producen durante la Semana Mayor del calendario litúrgico católico como asiduo contemplador que soy de las de León y en especial de la de Los Pasos.

Y para ello, siendo públicas y sabidas mis profesiones, me acojo a los bíblicos «no juzguéis para que Dios no os juzgue; porque Dios os juzgará del mismo modo que vosotros hayáis juzgado y os medirá con la misma medida con que hayáis medido a los demás» (Mateo 7:1-2) y «así, pues, no juzguéis antes de tiempo. Dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que se esconde en las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones del corazón. Entonces cada uno recibirá de Dios la alabanza que merezca» (Primera carta de Pablo a los Corintios 4:5), y también, cómo no, al humano «No juzguéis» de André Gide (Nobel de Literatura 1947) quien, después de su experiencia como jurado en un tribunal, escribió: “ahora sé que es muy distinto hacer justicia y ayudar a hacerla uno mismo… pude sentir con profunda angustia hasta qué punto la justicia humana es dudosa y precaria” para, sin más objeto que cumplir un amistoso requerimiento, hablar, escribir, de una de mis contradicciones: la emoción que me intima a la contemplación de la mayoría de las procesiones y, en especial, repito, la de Los Pasos.

Qué duda cabe que mi emoción es una más de las muchas que se conciertan a través de las variadas lecturas o experiencias que pueden suponer las procesiones de este tiempo litúrgico católico.

Como de toda contemplación, nace de ésta una necesidad de reflexión, y se inician en mí una serie de preguntas al simple y paulatino pasar de los pasos.

Hago voluntaria abstracción de otras muchas que se harían presentes por su propia ausencia (intereses hosteleros y hoteleros, turísticos, políticos, etc.) igual que no hablaré del fervor religioso y confesional, propio de los católicos, que conmemoran el poder salvífico de la pasión y muerte de Cristo, y que, por respeto, a vosotros dejo reservado.

Pero sí puedo, debo y quiero hacerlo sobre la aparición de Jesús de Nazaret, del Cristo sufriente, solidario, limpio, claro, inconveniente, molesto, humano que ejerce, consecuente su creencia y su libertad, en un medio nada fácil: entre el gran poder del Imperio Romano y el esperante pueblo judío colmado de profetas, levitas, zelotas, fariseos, saduceos, escribas y publicanos. Esa representación del hombre justo castigado y perseguido por ser fiel a sí mismo, a la que cree su obligación moral y ética, que sintió pavor y angustia, que se sintió traicionado y tanto amó, me conmueve. Me emociona ese Cristo doliente, que apuesta por la bondad en medio del padecimiento y que me enfrenta a tanta y tanta renuncia y acomodación, tanta inconsecuencia. Y no digo ajena, que hablo de mi íntima emoción.

Y cómo no emocionarme ante las representaciones de la amistad traicionada (El Prendimiento o el antiguo Beso de Judas), la del humano y solidario amor (La Verónica), la del amigo fiel (Juan), la de la sufriente madre (Madre Dolorosa), su Encuentro. De qué prejuicio debería ser yo esclavo para no ver en todas estas representaciones —artísticas, hermosas, conmemorativas— una glorificación del humano sentir y hacer, de nuestras propias pasiones.

Y si esto siento ante los pasos, cómo dar respuesta no temeraria a la íntima motivación de cada una de las personas, de mayor o menor edad, de distinto sexo, de variado estado y condición que participan en las procesiones. Haré referencia concreta a mi ver pasar la de los Pasos en mi habitual lugar de la calle Santa Cruz. Salvo en los niños del cuerpo de monaguillos, manolas y devotas que siguen algunos pasos, busco normalmente las miradas y pies de los papones, es decir, los escruto buscando respuestas a su íntima motivación para ese penitenciar. Y encuentro viejas y nuevas miradas de orgullo, de sano orgullo, alguna que otra desafiante, pocas indiferentes, que quizás sólo sean de pretendida naturalidad, un no pasa nada, bastantes de recogimiento, reflexión, otras de dolor e incluso alguna de gratitud. Por qué he de suponer que no van ellos como yo estoy, cada cual con su pena, su alegría, su preocupación, su debilidad, su fuerza, su anhelo, su pesar, con su vida, conociéndose e intentando explicarse tantas y tantas cosas que nos provocan tribulación.

Qué lleva a algunos de los papones a buscar mayor penar procesionando a pies descalzos; qué conciencia, qué sensibilidad, qué se han preguntado, qué respuesta buscan, qué se responden. Quién soy yo para juzgar, quién para calificar las íntimas razones que, bien desde sus mentes, bien desde sus corazones, los saca cada año, desde siglos, ya niños, ya adultos, ya ancianos, a representar, a conmemorar en la calle el padecimiento y muerte de Jesús Nazareno.

Por qué entonces suponerles a unos y otros mejores o peores que yo. Por qué no iguales aun cuando distintos. Si varias son las cofradías que pueblan la semana, si cada papón siente alguna de especial manera, con afecto especial, por qué cuestionar o negar la varia lectura que las procesiones en sí pueden tener para cada uno de nosotros, frente a nosotros mismos, nuestras propias creencias y nuestra propia conciencia.

Por qué no admitir entonces, como siempre digo, con Javier Otaola, Gran Maestro de la Gran Logia Simbólica Española, que “hay por tanto en la Semana Santa una experiencia ética y estética que está abierta a todos, que la convierte en patrimonio de la Humanidad, en una experiencia felicitaria, emocionante, de esas que esponjan el corazón”.

Juanmaría G. Campal

(Artículo publicado en la revista de la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno de León, 2008)

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