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LA ESPAÑA INCONTESTABLE

Yo, Desiderius Erasmus de Rotterdam. Un breve recorrido por la Europa del Renacimiento (I)

Erasmo de Rotterdam, por Hans Holbein el Joven. (Museo del Louvre, París).
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Erasmo de Rotterdam, por Hans Holbein el Joven. (Museo del Louvre, París).

LA CRÍTICA, 6 AGOSTO 2022

Por Íñigo Castellano Barón
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Mi nombre es Desiderius Erasmus de Rotterdam, apodado así por haber nacido en esta ciudad holandesa. Mi madre Margaretha limpiaba a veces el convento donde mi padre oficiaba como sacerdote y allí intimaron teniéndome como fruto de esa relación. Eso ocurrió aunque no puedo decirlo a ciencia cierta, allá por el año de 1466. Gracias a los dineros que mi padre pudo obtener, váyase a saber por cuáles artes, maneras o bendiciones, me ordené clérigo de la orden de San Agustín en 1492 poniéndome al servicio del obispo de Cambray. Durante un tiempo convivimos juntos en esta ciudad; ella como su barragana y yo como su hijo bastardo. (...)

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Mi bastardía no me impidió con los años ver con claridad la sociedad en que se mueve esta Europa nostálgica del Imperio romano y bizantino. Las costumbres son claramente más que relajadas y desde los príncipes y señores hasta los clérigos, todos ellos ostentan sus flaquezas y poder sin miedo a ser objetados o criticados…

Recuerdo con claridad que en aquel año de 1492 no había rincón en Europa que no se alabase a España con admiración al tiempo que con inquietud. Castilla y Aragón, encarnadas por los grandes Reyes Católicos. Acababan de tomar Granada, último bastión del Islam que todavía permanecía en el sur del continente. Don Fernando y doña Isabel, flanqueados por el gran cardenal Mendoza y Gonzalo de Córdova a los que proseguían los ejércitos castellanos, recibían del rey nazarí Boabdil, las llaves de la ciudad que tras largo tiempo de sitio se había rendido. Los príncipes cristianos que todavía conservan en su memoria cómo sus reinos, siglos antes, habían marchado en cruzadas a los Santos Lugares a combatir al infiel, ahora mucho tiempo después de aquello, dos reinos peninsulares unidos en una misma corona habían conseguido culminar tal triunfo. Los campanarios de media Europa retumbaban con el repique de sus campanas. Por doquier se oficiaron misas y Te Deum en acción de gracias por la victoria contra el infiel. Tan solo el este quedaba de frontera con el Imperio otomano regido bajo el cetro del despiadado Selim I y luego por su hijo Solimán al que todos en Europa tememos…

Desde todas las cortes europeas, Enrique VII en Inglaterra, Carlos VIII en Francia, Maximiliano en Alemania, Luis II de Hungría, incluso desde la república de Venecia se despacharon embajadores a la corte de los Reyes Católicos con el deseo de establecer desposorios con el joven infante y heredero de las coronas de Aragón y de Castilla, Juan, que posteriormente moriría en el año de 1495, y también en 1500 su sobrino el infante Miguel quien hubiese heredado los tronos de España y Portugal, quedando su hermana doña Juana prometida a Felipe, heredero del emperador Maximiliano I de Habsburgo. Sus hermanas María, Isabel y Catalina igualmente prometidas a otros grandes príncipes. Se estableció así una política matrimonial acorde a los intereses de sus Católicas Majestades bajo el control del poderoso Fernando de Aragón. Recuerdo igualmente que en ese mismo año de 1492 se sumó otro acontecimiento que enalteció la gloria de Castilla como fuera el descubrimiento de las Indias occidentales que tantas riquezas reportaría a los reyes hispanos. Un tal Cristóbal Colón había descubierto inmensos territorios allende de la mar océano. A medida que la noticia fue propagándose por los distintos reinos cristianos, las campanas de las ciudades y villas volvieron a voltear sin cesar y Castilla se engrandeció como nunca antes lo hiciera reino alguno…

Debo confesar que por aquellos años influyó mucho en mí la conversión forzosa [1] que don Fernando y doña Isabel impusieron bajo la pena de exilio a la comunidad judía, obligándola a practicar la religión católica denominando a los nuevos conversos con el sobrenombre de marranos, de igual manera que se forzó a los musulmanes a los que se les llamó moriscos. Cuando esto ocurrió me encontraba estudiando en París imbuyéndome de los grandes pensamientos escolásticos y de las ideas de la cultura greco-romana que consideraba la eternidad de la Tierra de igual forma que nosotros consideramos eterno a Dios. La razón, la fe, la libertad y el espíritu tenían cabida en una misma interpretación de la Sagrada Palabra; sin embargo los Reyes Católicos vinieron a coartar la libertad más íntima del pensamiento y creencia de sus propios vasallos. No puedo olvidar al gran humanista Luis Vives cuya terrible experiencia me fue especialmente dañina. Vives nacido en la ciudad de Valencia, de origen judeoconverso, se había tenido que exiliar a París para seguir sus estudios en la Universidad de la Sorbona. Tiempo después desde allí se desplazó a Brujas y posteriormente a Inglaterra cuando le llegó la noticia de que su padre había sido quemado vivo en la hoguera por orden del Tribunal de la Santa Inquisición. Vives había conocido y trabado amistad con Tomás Moro, con el cardenal Wolsey y con la propia reina Catalina de Aragón quien en su día le pidiera enseñara latín a su hija María Tudor. Tanto él como yo en los tiempos en que Vives volvió a Lovaina estuvimos juntos largos días manteniendo prolongadas conversaciones. En la ciudad de Brujas escribió su «Tratado del socorro a los pobres». Su vida discurre muy paralela a la mía y ambos compartimos muchas observaciones y pasión por Aristóteles aunque divergimos en otros temas pues es él especialmente crítico con la escolástica. La muerte de su padre y la profanación que en España hicieron de los restos de su madre enterrados hacía años, me ha hecho rebelarme aún más contra la fe instituida desde el poder y acercarme más al pensamiento de mi amigo Lutero. Lamentablemente tampoco este último me ha convencido debido a su obstinado anticlericalismo desarrollado al tiempo de sus observaciones y de sus publicaciones que me ha situado en el centro entre ambos pensamientos, el catolicismo y el protestantismo, lo que viene produciéndome no pocas tribulaciones aunque mi obediencia al papa siga siendo inquebrantable. En el repaso de los humanistas que traté, no olvida mi mente al que fuera discípulo de Juan de Quintana, confesor del César Carlos, Miguel Servet [2], teólogo y médico aragonés con el que mantuve largas charlas con motivo de nuestro encuentro en Bolonia en la coronación del emperador. Supe de él también porque fue uno de los que participaron en la Junta de Valladolid para juzgar la ortodoxia de mis textos y quien posteriormente asistiría a la Dieta de Augsburgo. Estando en Basilea quiso Servet mantener una entrevista conmigo pero aquello no fue posible y pudo hacerlo con mi colaborador Ecolampadio con quien yo estaba traduciendo al griego el Nuevo Testamento. Debo decir que públicamente he condenado su radicalismo en algunos temas, especialmente los dos libros que publicó sobre la Santísima Trinidad. La última noticia que he tenido de Servet es que se halla en Lyon manteniendo reuniones con Calvino y que se encuentra al servicio de los hermanos Trechsel, propietarios de una casa editora…

Encontrándome en la Universidad de Cambridge, recuerdo que Roma me otorgó dispensa para vestir con ropaje de laico como erudito y profesor de Teología, lo que me dio en cierta manera mayor credibilidad a mis postulados, libre ya en apariencia del condicionante del hábito…

Reconozco que el pensamiento libre de los griegos tan diferente al entorno en el que vivo en el que el poder feudal de los señores y el temor casi obsesivo a Dios rigen la vida de todos y cada uno de nosotros me impactó mucho, y desde entonces me rebelo de manera instintiva contra cualquier dictamen impuesto por la tradición o por la propia falsa interpretación de los hechos. Los agustinos donde me eduqué detentan su propia verdad bíblica junto a otras órdenes monásticas que interpretan el antiguo y Nuevo Testamento de una manera angustiosa e incomprensible para el resto de los mortales. La razón y en muchos casos la lógica dista de la literalidad escrita en los Santos Evangelios dándose interpretaciones torticeras que ponen al ser humano en verdaderos dilemas frente a su propia existencia. Comprendí que la libertad es un don de Dios tanto para hacer como para pensar y que la autoridad y la disciplina para doblegar a los seres humanos solo hacen que estos sean sometidos de manera artificial y no a través de Su amor…

Repasando viene a mi ya frágil memoria la ocasión muy grata que tuve de conocer a Nicolás Maquiavelo con motivo de un viaje que realizó a Alemania para entrevistarse con el emperador Maximiliano quien en aquellos tiempos pretendía anexionarse territorios italianos; tal fue su elocuencia que el emperador desistió de sus propósitos. Encontrándome en Viena conocí a este gran observador y político humanista. Corría el año de 1515 y Maquiavelo ya había publicado tiempo atrás su obra llamada «El Príncipe» basada en Medici [3], regente de Florencia. Para Maquiavelo, un príncipe debe saber de artimañas y encontrar el medio que sea para un buen gobierno, poniendo en su libro como ejemplo las habilidades de Fernando II de Aragón a quien consideraba referente de inteligencia y buen hacer, dejado de cualquier concepto de ética o piedad para conseguir objetivos que no hubiera alcanzado de otro modo. En ello por tanto estribaba el arte del buen gobierno. Me impresionó sobremanera aquel libro ya que por entonces andaba yo enfrascado en la elaboración de una obra que daría a luz un año después y a la que titulé «La educación del príncipe cristiano» que me serviría para contrarrestar, desde la óptica de la ética y de otros valores avanzados del ser humano, la tesis de Maquiavelo que como he señalado se sustentaba en las habilidades políticas que debía tener un gobernante sin tener en cuenta condicionantes morales. En definitiva creo que a diferencia de Maquiavelo hice una obra más de carácter moral que política…

Recuerdo la figura del rey Católico a quien me hubiera gustado visitar cuando pensé ir a la Universidad de Valladolid y residir durante una temporada en esa Castilla de la que tanto he oído hablar y de la que don Fernando era rey consorte; esa Castilla a donde el propio cardenal Mendoza me había invitado a ocupar una sede episcopal. Pero aun siendo todavía yo joven, una caída me dejó durante largo tiempo sin mucha movilidad por lo que decidí íntimamente postergar mi viaje a tiempos mejores. Pero ahora que acabo de cumplir los sesenta y ocho años ya me encuentro incapacitado de poder hacerlo y Dios bien sabe que lo siento pues habiendo visitado tantos reinos no puedo perdonarme no haber conocido Castilla y Aragón. De este último reino me dicen que es muy montañoso; sus gentes muy esforzadas en las batallas y sus nobles y señores son muy unidos guardando gran poder tanto como el rey don Fernando cuyos territorios por el Mediterráneo le llevaron a conocer de cerca a todos mis contemporáneos renacentistas de los que parece tomó buena nota de sus predicas y enseñanzas. Bien distinto es Castilla, la «flor de Europa». Doña Isabel me dicen había sido más complaciente y de carácter menos severo que su esposo. Hasta su muerte anduvo preocupada por los vasallos de sus nuevas descubiertas tierras dedicando parte de su tiempo a establecer disposiciones para la mejor administración de aquellos. Sin embargo la nobleza de su reino es díscola y de continuo los Grandes de Castilla ponen en un dilema a la corona por sus incesantes y partidistas rencillas…

Continuaré con mis observaciones sobre esta Europa de gran vigor y rivalidad…

Iñigo Castellano Barón

[1] Los Decretos de Conversión fueron dados por los Reyes Católicos.

[2] Por sus escritos especialmente sobre la Santísima Trinidad y sus relaciones con el protestantismo, fue acusado de hereje tras ser denunciado a la Inquisición por el mismo Calvino cuando supo de la publicación que Servet había hecho de su obra «Christianismi Restitutio» donde también cuestiona parte de los postulados calvinistas. Murió en 1553 quemado con leña verde en la hoguera junto a sus libros, en la colina de Champel en Ginebra (Suiza).

[3] Giovanni de Medici fue el gran patriarca de Florencia en donde fundó un Banco e instituyó un lema familiar que perduraría durante tres siglos: «El dinero para conseguir el poder, y el poder para guardar el dinero», siendo responsable de haber dado el Solio Pontificio a cuatro papas.

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