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SANTOS CON HISTORIA

San Juan Crisóstomo: ¿El mayor orador de la Humanidad?

San Juan Crisóstomo. (Antioquía, 347 - Comana Pontica, 407).
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San Juan Crisóstomo. (Antioquía, 347 - Comana Pontica, 407).

LA CRÍTICA, 29 AGOSTO 2021

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Juan, uno de los cuatro Padres de la Iglesia de Oriente, es recordado por su elocuencia difícilmente igualable, que le consagró como máximo orador entre los Padres griegos y si no el mayor, sí entre los mayores oradores de la humanidad, al punto que se le atribuye a partir de siglo VI, el sobrenombre de “Boca de oro”. (...)

... Declarado Doctor de la Iglesia por San Pío V en 1568, se celebra su fiesta el 13 de septiembre (hasta 1969, el 27 de enero) y para el estudio de su vida contamos, además de con las fuentes históricas del siglo V, sus mismos escritos y, sobre todo, con el Dialogus Historicus del obispo Paladio, escrito en el 417 en forma de diálogo.

No se ha conseguido determinar la fecha exacta del nacimiento de Juan, pero se da por seguro que nació entre los años 344 y 354, si bien algunos historiadores, dignos de crédito, afirman que nació el años 347 en Antioquía, la segunda ciudad más importante del Imperio Romano de Oriente y la tercera del Imperio, tras Roma y Alejandría. Antioquía fue fundada a finales del siglo IV a.C. por Seleuco Nicator, en memoria de su padre Antíoco y fue capital de la provincia romana de Siria desde su conquista por Pompeyo el año 64 a.C. Conviene señalar que si bien la población de Antioquía en aquel tiempo ascendía a unos 500.000 habitantes, de ellos 200.000 eran esclavos y la ciudad, por su situación, había sido siempre un crisol de culturas y religiones y sus habitantes tan amigos de fiestas y placeres como insumisos y turbulentos.

El padre de Juan, Secundo, general del ejército de Siria, dejó a su mujer, Antusa, viuda con sólo 20 años. Antusa, profundamente cristiana y muy austera, sin embargo, no ahorró en gastos en la educación de Juan, que demostró un don extraordinario para la retórica de la mano de su maestro Libanio, el orador y literato griego más importante de su época, que comprendió en seguida el prometedor futuro de Juan. Pero Juan se encontró casualmente con Melecio, que dirigía entonces la Iglesia de Antioquía y que también se dio cuenta de la valía de Juan, por lo que durante tres años le permitió acompañarle. Melecio convencido ya de la autenticidad de la fe de Juan lo bautizó y lo nombró lector.

Ahora bien, la espiritualidad de Juan le llevó a la vida retirada y allí coincidió con un anciano de Siria, con el que permaneció cuatro años. Siempre siguiendo los dictados de su conciencia se retiró a una cueva para poder vivir mejor el testamento de Cristo. Sin embargo, la dureza de su vida le pasó factura y enfermó de tal manera que tuvo que volver a la ciudad, Antioquía, donde Melecio lo ordenó diácono y el año 386, Flaviano, sucesor de Melecio, lo ordenó sacerdote.

“El siglo que le tocó vivir a San Juan Crisóstomo se caracteriza por la estabilización del Imperio a la defensiva, la existencia de una relativa movilidad social, y el indiscutible triunfo del Cristianismo… La enseñanza escolar se iniciaba con el aprendizaje gramatical y continuaba con el de la retórica en la fase superior y terminal. La enseñanza retórica exigía la atenta lectura e imitación de determinados textos literarios, considerados clásicos por su forma y contenido. Esta enseñanza de la retórica igualaba en su formación y apetencias culturales tanto a los intelectuales paganos como los cristianos… El cristianismo no sólo conservó la cultura clásica y amplió su campo de atención: trató de extenderla a las masas populares, que hasta entonces habían estado apartadas de una cultura urbana y de élite. De esta forma, a finales del siglo IV los humildes y los poderosos, el mundo urbano y el rural, volvían a tener un mismo objetivo cultural, lo que no ocurría en el mundo mediterráneo, al menos desde el siglo V a. C.” (Luis García Moreno, Historia Universal. La Antigüedad clásica, Ed. Eunsa, 1979, p. 458).

Juan llegó a ser obispo de Constantinopla. La influencia e importancia de esta ciudad habían crecido tanto, que en el segundo Concilio ecuménico, celebrado en Constantinopla, el año 381, así se le reconoció jurídicamente, al punto de calificarla como la “Segunda Roma” y con el tiempo disputarle la jurisdicción a la sede de Roma hasta llegar al cisma. Y es que el cristianismo se difundió rápidamente en ella, con la peculiaridad que los cristianos procedían del paganismo y no del judaísmo.

Juan, a la fuerza tuvo que aceptar el Episcopado, pero con el propósito de dedicarse sólo a su diócesis. En este sentido, llevó a cabo una profunda reforma entre el clero: clérigos corruptos con un comportamiento tan lujurioso que era motivo de escándalo, unido a abusos de todo tipo; suprimió todas las prebendas económicas consiguiendo una Iglesia austera y él mismo, entendiendo que los bienes y retribuciones de obispo eran excesivos mandó construir con ellos un hospital. Pero, sobre todo, afeó una y otra vez con palabras muy duras el comportamiento de los ricos.

“Lo mismo que en Antioquía, ahora, en Constantinopla, tampoco sentirá el más mínimo temor de pegar fuerte, de condenar valientemente los vicios de los propios cristianos y de denunciar todas las flaquezas y todos los pecados de los ricos y de los poderosos de este mundo. A los monjes, numerosísimos en Constantinopla y muy dados a frecuentar la mesa de los ricos, imitando a los clérigos y a vagar incontrolados por calles y plazas, el obispo Juan los obligó a encerrarse en sus monasterios y ejercitar en sus celdas los ideales de la vida ascética que habían profesado. Pero sobre todo fustigó el afán de lujo y de acaparamiento de riquezas, porque todo eso redundaba inexorablemente en mengua y daño de los pobres y humildes, que en su corazón ocupaban siempre el lugar más destacado y eran el centro de su amor.” (Argimiro Velasco Delgado, O. P., Nuevo Año Cristiano –director: José a. Martínez Puche–, editado Edibesa, 2001, p. 228).

Juan no pudo conseguir su propósito de atender únicamente a su diócesis. El emperador Arcadio, de carácter débil e inestable, propenso a la ira, que delegó sus funciones de gobierno en el eunuco Eutropio, le encargó los más diversos asuntos que afectaban al Imperio, que Juan tuvo que aceptar y resolvió todos con acierto.

Sin embargo, como la diócesis de Constantinopla era un cargo muy apetecido por su importancia e influencia, el nombramiento de Juan le hizo ganarse como enemigo al obispo Teófilo, de manera que a la muerte del eunuco Eutropio –en quien, como ya se ha dicho, Arcadio había delegado el gobierno y que fue el que decidió el nombramiento de Juan en contra de Teófilo–, el poder pasó a manos de Eudoxia, a la que Juan atacó sin contemplaciones por su desmedido lujo, que hizo caso a los maledicentes contra Juan y sobre todo, a Teófilo.

Juan fue desterrado, pero le tuvieron que reponer en su cargo y sufrió un intento de asesinato, hasta que consiguieron volver a desterrarlo. Pero como los feligreses seguían yendo donde estaba Juan, decidieron que el destierro fuera en un lugar más lejano, y en aquel viaje atroz, enfermo como estaba, impidiéndole descansar, falleció Juan. Su biógrafo, ya citado, Paladio, en la obra también citada, Historicus Dialogus, que recoge mucho de lo que en vida dijo y predicó Juan, escribió sus últimas palabras antes de morir: “Gloria a Dios por todo”. Corría el año 407.

Termino con unas consideraciones de Carlos Pujol, con las que coincido y que me parece que resumen la manera de ser y la espiritualidad de este santo:

“Hijo de un general del imperio bizantino, algo tiene de la inquebrantable decisión del espíritu militar: es un hombre brusco, violento, poco diplomático, y a esa característica suya se atribuyen las desdichas que se abatieron sobre él… (Fue) una voz sin contemplaciones, sin miedo, en la Constantinopla que hervía de intrigas, lujos y vanidades. Luego, arzobispo de Constantinopla frente a todos, la Corte, las turbas, los intrigantes palaciegos;… Juan morirá en el destierro,… Su emblema es una colmena de abeja, alusión metafórica a su elocuencia, dulce como la miel.” (Carlos Pujol, La Casa de los Santos, Ediciones Rialp, 1989, p. 308).

Pilar Riestra
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