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¿Cuál de estos dos misterios le parece más difícil?

(Ilustración: www.muyinteresante.es)
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(Ilustración: www.muyinteresante.es)

LA CRÍTICA, 12 ENERO 2020

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Los dos grandes misterios que desconoce el hombre y que, conforme va sabiendo más de ellos, más se da cuenta de lo que ignora, esto es, que lo que ignora sobre los mismos va aumentando en lugar de reducirse, son: el universo y su cerebro. (...)

... Pero, hay que quedarse con lo primero, es decir, que cada año se sabe más, y algún año mucho más, bien sea sobre el Universo, bien sea sobre el cerebro.

Lo que ocurre, es lo que me explicaba un catedrático de Psicología, con el que tuve el honor de colaborar. Este catedrático, Mariano Yela Granizo, aclaraba la afirmación de Sócrates: “Sólo sé que no sé nada”. En efecto, si representamos lo que abarcan nuestros conocimientos en el círculo que contiene una circunferencia y lo que desconocemos es lo que está fuera de ella, entonces, si esta circunferencia es pequeña, los puntos de contacto que tiene fuera de ella son escasos y nos parece que lo que no sabemos es poca cosa. No obstante, si nuestros conocimientos aumentan y con ello aumenta el tamaño de la circunferencia, que se hace continuamente más grande, es evidente que nos hacemos conscientes que nuestro puntos de contacto con lo que desconocemos son cada vez más numerosos y profundos, al punto que podemos decir, cada vez, con mayor verdad: “Sólo sé que no sé nada”. Por tanto, esta afirmación únicamente puede sostenerse con certeza cuando sabemos mucho, como era el caso de Sócrates, uno de los fundadores indiscutido del pensamiento occidental.

Los misterios que rodean nuestro universo son muy numerosos. Elijo uno de ellos, no sólo por su importancia, sino por lo mucho que se está investigando sobre el mismo: la materia oscura, y que Carlos Muñoz -al que sigo en mi exposición-, divulga con gran acierto.

La materia oscura parece que integra algo más del 26 por ciento del universo, y sumada a la energía oscura alcanza el 95 por ciento, es decir, que la inmensa mayoría de nuestro universo está constituido por estos dos componentes. Se ha comprobado, hasta la saciedad, la existencia de la materia oscura por sus efectos gravitacionales sobre la materia. Pero es difícil encontrarla porque los científicos no saben exactamente lo que buscan.

No obstante, el telescopio IceCube que está enterrado a más de 1 kilómetro y medio bajo el hielo de la Antártida, más un laboratorio de neutrinos, SNOLAB, a dos kilómetros de profundidad en Canadá, más un laboratorio cuántico, igualmente, en torno a 1 km y medio bajo tierra, en Dakota del Sur que permite eludir la radiación cósmica que puede interferir en la detección de la materia oscura, más el Colisionador de hadrones en Suiza y un largo etcétera, que buscan encontrar y conocer esta materia, ya han alcanzado algunos éxitos importantes.

Asimismo, se ha demostrado que existe un “viento” de materia oscura que es mayor en verano. Se explica este hecho, porque la Tierra se mueve alrededor del Sol a 30 kilómetros por segundo y éste, a su vez, gira alrededor del centro de nuestra galaxia a 220 kilómetros por segundo. En verano la tierra se mueve en la misma dirección del sol y en invierno lo hace al contrario y, por tanto, más lentamente, de manera que el flujo de materia oscura es mayor en verano que en invierno. Al parecer un laboratorio español ya ha podido detectar este “viento”, pero ahora deben confirmarlo también otros laboratorios, que ya están en ello.

En resumen, el conocimiento de la materia oscura nos permitirá: “Entender cómo es el Universo, cómo se formó cuál es su destino,…” (Carlos Muñoz, EN BUSCA DE LA MATERIA OSCURA. LA PIEDRA FILOSOFAL DEL UNIVERSO, NATIONAL GEOGRAPHIC, 2019, pp. 122-124).

Para no cansar al lector con datos –apasionantes- y terminología del tema, la conclusión es la de que, dada la inversión que se está haciendo en medios económicos y material tecnológico avanzado, así como la cantidad de científicos y laboratorios que están investigando este importante misterio, cabe asegurar que ya en este siglo se conocerá la materia oscura.

Por lo que respecta al otro gran misterio, el cerebro humano, es preciso recordar que las cifras que describen del cerebro son astronómicas: sus cien mil millones de neuronas utilizan más de la mitad de los genes que componen nuestro cuerpo y se enlazan entre sí formando ¡mil millones de conexiones por cada milímetro cúbico! de corteza cerebral. Dependiendo de la talla del individuo adulto, el cerebro pesa entre 1300 y 1500 gramos y su tamaño (volumen) calculado, es de ¡1100 cm3! Sin embargo, lo más relevante para la transformación del funcionamiento del cerebro, no es el número, es la complejidad dada por las conexiones que se establecen entre las distintas partes del encéfalo. Cada neurona se conecta, a su vez, con otras mil, y forma millones de circuitos lineales que se entrecruzan en redes complejas cuyo número aún no se ha podido calcular. Por tanto, como se dice, lo más relevante para la transformación del funcionamiento del cerebro, no son los astronómicos números y cifras, sino la complejidad de las conexiones que se establecen entre las diferentes zonas del encéfalo. (EL CEREBRO, José Viosca, NATIONAL GEOGRAPHIC, 2017, p.18).

Pero es preciso añadirle otra dificultad para conocer nuestro cerebro. A lo largo del siglo XIX estuvo muy extendida la hipótesis vitalista que, se fundamentaba en el argumento de que la consecuencia no puede ser superior a su causa sin que intervenga un principio vital espiritual. Así, durante el siglo XlX la Química Inorgánica estaba completamente separada de la Orgánica, como lo inanimado, lo puramente material, lo está de la vida.

Diversas investigaciones fueron demostrando, poco a poco, la falsedad de esta teoría. De hecho, hubo un experimento que asestó un golpe mortal a la hipótesis o teoría del vitalismo. Wholer demostró, sin género de dudas, que el cianato amónico, al descomponerse en ácido ciánico reacciona con el amoniaco para producir vida.: la urea. Por tanto, sustancias evidentemente inorgánicas, esto es, inanimadas, pura materia, producían la urea, que, con igual evidencia, pertenece al mundo de lo vivo. (NEURONAS Y LIBRE ALBEDRÍO, Javier Pérez Castells, Digital Reasons, 2018, p. 92). Piense el lector en los centenares y centenares y centenares de millones de interacciones que se están produciendo continuamente en el cerebro y constatará la dificultad, casi insuperable, de conocer completamente el cerebro y su funcionamiento.

Este emergentismo, es decir, que el todo no es igual a la suma de sus partes, sino que es capaz de producir algo nuevo, algo tan inconcebible y revolucionario como pasar de lo inerte, lo inanimado a lo animado, a la vida, junto con otras razones (como las que se derivan de la concepción cuántica de la materia y más exactamente de los microtúbulos permanentes en nuestras neuronas, que se comportan conforme al principio de indeterminación), me hace concluir que el misterio del cerebro, resulta más difícil de desentrañar que el del universo.

Francisco Ansón
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