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Teresa de Ávila, santa española universal

Santa Teresa de Ávila. Óleo de Francois Pascal, barón de Gérard (1770-1837) para la capilla de la Enfermería María Teresa de París.
Santa Teresa de Ávila. Óleo de Francois Pascal, barón de Gérard (1770-1837) para la capilla de la Enfermería María Teresa de París.

(Publicado el 1 de octubre de 2018)

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Santa Teresa de Ávila o de Jesús, nacida, como Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, el 28 de Marzo de 1515, es, quizá, la santa española más conocida e internacional. Vivió la época de mayor...

... influencia de España en Europa. El Siglo de Oro Español -aunque no hay acuerdo sobre sus fechas-, cabe considerar que se inició, en 1492, con el final de La Reconquista, el descubrimiento del Nuevo Mundo y la primera obra de una lengua románica, la Gramática castellana, de Antonio de Nebrija, concluyendo, en 1681, con el fallecimiento de Pedro Calderón de la Barca.

Por consiguiente, Teresa conoció, entre otras muchas cosas, la conquista, colonización y evangelización de América, el protestantismo, el Concilio de Trento, la reforma católica, Lepanto, el predominio político y militar de España en el mundo conocido, el prestigio de las Universidades españolas, sobre todo las de Salamanca y Alcalá de Henares, así como el de conspicuos representantes de diversas áreas culturales: Velázquez y el Greco; Tomás Luis de Victoria; Juan de Herrera, José de Churriguera; Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Quevedo, Garcilaso de la Vega, San Juan de la Cruz,...sin olvidarse de ella misma, a la que se le reconoce no sólo su magistral prosa, sino que, junto a san Juan de la Cruz, llegaron a las principales cumbres de la mística cristiana de todos los tiempos, y a Teresa, igualmente, se la admira como una de las maestras universales de la vida espiritual.

Se dice de Teresa que era tan femenina (aunque, ya en la época de sus fundaciones, se llegó a afirmar de ella que tenía la energía de un “hombre muy barbado”), que rozaba la coquetería y que si algo rechazaba era ser monja, si bien, en un primer momento, le gustaba leer la vida de los santos (de hecho, con 7 años, se fugó de casa con su hermano Rodrigo para ser “descabezada por los moros”); pero, a partir de los 14 años, se entusiasmó con los libros de Caballería. No obstante, la lectura de las Cartas de San Jerónimo le impresionaron de tal manera que, con 20 años, decidió ingresar en el Carmelo de la Encarnación, que a la sazón contaba con unas 150 monjas. Allí permaneció 27 años y contrajo una enfermedad de tal gravedad que la consideraron muerta y no la enterraron gracias a su padre, que afirmaba que todavía “había mucha vida“ en el cuerpo inerte de Teresa.

Durante años intentó compaginar su vida de monja con cierto relajamiento que, a veces, se producía en los conventos de aquella época. Sin embargo, la lectura de las Confesiones de San Agustín y la contemplación de un “Cristo muy llagado”, que se conserva, la convirtieron definitivamente, cuando contaba 40 años, a la vida de la oración y a intentar una refundación, que permitiera a las monjas observar la Regla de la primitiva Orden del Carmelo, sin contar con dotes y sólo confiando en la Providencia.

Con una oposición, casi generalizada, fundó su primer “palomar” -como ella llamaba a sus conventos, constituidos por una docena de monjas-, el monasterio de San José, donde pudo aplicar la Regla primitiva de la Orden carmelitana, uno de cuyos principios lo resumía en que, “más que en pensar mucho consiste en amar mucho y saberse amada”. A esta primera fundación, siguieron otras dieciséis: Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas, Sevilla, Caravaca, Villanueva de la Vera, Valencia, Soria, Granada y Burgos. Ello le valió el calificativo de “andariega” que se le hizo, no tanto como hecho positivo sino negativo, por cuanto procede del nuncio apostólico que la condenó llamándola “ fémina inquieta y andariega, desobediente...”. Pero, además, su reforma se extendió a los varones, ayudando a san Juan de la Cruz, dando lugar al Carmelo descalzo o teresiano.

Murió en Alba de Tormes al anochecer del día 4 de octubre de 1582 -pero como en ese día se pasó del antiguo calendario juliano al gregoriano, de Gregorio XIII-, se convirtió en el día 15 de octubre, que es en el que celebran su onomástica las “Teresa” de Ávila o de Jesús. Fue canonizada en 1622 y declarada doctora de la Iglesia en 1970.

Sus escritos, que se publicaron después de su muerte, están reconocidos como una de las mayores contribuciones a la literatura mística y espiritual de la Iglesia, amén de una obra maestra de la prosa española. Pero no hay que olvidar sus numerosísimas cartas, así como sus poesías -y dado que se han escrito muchas biografías de esta santa y es muy conocida- deseo, intentando hacer algo original, resaltar tres manifestaciones de su vida y espiritualidad, mediante tres breves fragmentos de esas poesías.

La primera dimensión de su personalidad es su vida interior, su vida contemplativa, su -valga la posible redundancia- vivencia de la vida de Dios:

Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero.

La segunda hace referencia a su vida diaria, también transida por su presencia de Dios, que le hacía decir, “entre los pucheros anda el Señor” y que “Marta y María deben andar juntas”, lo que le llevaba a tranquilizar con sus consejos a las muchas personas que se lo pidieron, poniendo en su justo valor las cosas, adversidades y preocupaciones de esta vida, puesto que el encuentro con Cristo, que es la Persona completa y realizada, aporta un equilibrio y una paz que son capaces de serenar los ánimos y de hacer reencontrar a la persona con ella misma:

Nada te turbe,
Nada te espante,
Todo se pasa,
Dios no se muda.
La paciencia
Todo lo alcanza;
Quien a Dios tiene
Nada le falta:
Sólo Dios basta.

Finalmente, la tercera manifestación, ya que es de justicia destacar su proverbial alegría, dado que, como dice santo Tomás, “la alegría es una virtud no distinta del amor”. En este sentido, se constata en su vida y en sus relaciones, su constante sentido del humor, incluso en las contrariedades y adversidades. En efecto, con motivo de una gran epidemia de piojos, el convento se llenó de ellos, así como los vestidos o sayales de las monjas, y a Teresa no se le ocurrió otra cosa que hacer una procesión dentro del propio convento cantando todas las monjas unos versos que compuso ella: “Pues nos dais vestido nuevo, / ¡Rey celestial¡ / librad de la mala gente / este sayal. / Hijas pues tomáis la cruz / tened valor / y a Jesús que es vuestra luz / pedid favor. / Él os será defensor en trance tal. / Inquieta este mal ganado / en la oración / El ánimo mal fundado / en devoción. / Mas en Dios el corazón / tened igual. / Pues vinisteis a morir / no desmayéis / y de la gente incivil / no temeréis. / Pues nos dais vestido nuevo / ¡Rey celestial ¡/ librad de la mala gente este sayal.”

Desde el punto de vista litúrgico, en la colecta de su Misa: “Señor, Dios nuestro, que por tu Espíritu has suscitado a Santa Teresa de Jesús, para mostrar a tu Iglesia el camino de la perfección, concédenos vivir de su doctrina y enciende en nosotros el deseo de la verdadera santidad”; y en la oración sobre las ofrendas: “Señor sean aceptables a tu majestad los dones que te presentamos, como te fue grato el don de sí misma que te ofreció santa Teresa de Jesús”. También se manifiesta que como santa Teresa afirmó que su vida era el “libro de las misericordias de Dios”, el Salmo recuerda: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades”.

Termino reproduciendo dos textos de sendos hagiógrafos: “Mujer excepcionalmente grande purificó la vida religiosa española de principios del siglo XVl y contribuyó a fortalecer las reformas de la Iglesia católica desde dentro, en un periodo en el que el protestantismo se extendía por toda Europa. Hoy mismo se gana, con su grandísima humildad, la simpatía de todos los que la conocen a través de sus obras. Vivió -tanto en éxtasis como entre pucheros- la naturalidad sobrenatural; sí, eso que a primera vista parece paradójico.” (Francisco Pérez González, Dos Mil Años de Santos, Ed, PALABRA, 2001, p. 283).

“Pero la vocación bautismal nos estimula también a nosotros a buscar la verdadera perfección (Mc 5,48) hasta poder decir: “que muero porque no muero”. La cumbre de la mística se ofrece a todos y no ha de confundirse con ninguna de las experiencias pseudomísticas de moda oriental o de marca inmanente-panteísta, porque brota del amor de la humanidad del Verbo encarnado.” (Enzo Lodi, LOS SANTOS DEL CALENDARIO ROMANO, Ed. San Pablo, 1992, p. 416). No hay que olvidar la devoción que Teresa tenía a la humanidad de Cristo, al punto que le gustaba hacer su oración acompañando a Jesús en el Huerto de los Olivos, porque, pensaba que allí se encontraba especialmente solo.

Pilar Riestra

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