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EL SUEÑO DE UN IMPERIO

EL SUEÑO DE UN IMPERIO

Autor: ÍÑIGO CASTELLANO Y BARÓN

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La larga noche de Europa


Título: EL SUEÑO DE UN IMPERIO. LA LARGA NOCHE DE EUROPA

Autor: Íñigo Castellano y Barón, conde de Fuenclara

ISBN: 978-84-944904-3-9. Tamaño 17 x 24 cm; encuadernación rústica con solapas; 404 páginas

Precio: 20 €; Haga su pedido aquí: pedidos@csed.es SIN GASTOS DE ENVÍO


ÍNDICE

INTRODUCCIÓN, 17

El sueño de un Imperio, 17

CAPÍTULO I. LA EUROPA DE LAS FAMILIAS, 33

La larga noche de Europa, 33 – Los estados territoriales en la Europa del siglo XVI, 34 – Felipe de Habsburgo y la Orden del Toisón de Oro, 41.

CAPÍTULO II. EL HUMANISTA ERASMUS DE ROTTERDAM REPASA EN LAS POSTRIMERÍAS DE SU VIDA LA EUROPA QUE LE TOCÓ VIVIR, 47

Yo, Desiderius Erasmus de Rotterdam, 47.

CAPÍTULO III. EL INICIO Y ELECCIÓN DEL EMPERADOR CARLOS I COMO REY Y EMPERADOR; LAS GUERRAS CIVILES EN SUS PRIMEROS AÑOS DE REINADO, 59

El inicio y sus personajes, 59 – Guerras civiles, 69.

CAPÍTULO IV. PROCLAMACIÓN DEL EMPERADOR DE EUROPA Y EL INICIO DE LA REFORMA LUTERANA. DERROTA COMUNERA E INVASIÓN DE NAVARRA, 77

La proclamación del emperador, 77 – Derrota comunera y la invasión de Navarra, 80 – Martín Lutero y la Reforma, 82.

CAPÍTULO V. LA INGLATERRA DE ENRIQUE VIII Y LOS CONFLICTOS EN EL MEDITERRÁNEO, 91

Enrique VIII de Inglaterra, 91 – El campo del Paño de Oro, 95 – Los hermanos Barbarroja, 97.

CAPÍTULO VI. LA EUROPA MERCANTIL Y LAS AMBICIONES FRANCESAS POR LOS TERRITORIOS DEL IMPERIO ESPAÑOL, 103

El comercio en Europa y la crisis textil en Castilla, 103 – El inicio de las Guerras del Milanesado, 109.

ALGUNOS DE LOS PERSONAJES DE ESTA HISTORIA (Ilustraciones), 121

ALGUNOS DE LOS LUGARES Y BATALLAS DE ESTA HISTORIA (Ilustraciones), 129

CAPÍTULO VII. LOS GRANDES CENTROS DE PODER: EL IMPERIO OTOMANO, EL PAPADO Y EL SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO, 137

El Imperio otomano, 137 – El Papado, 140 – El poder del Sacro Imperio: el Saco de Roma, 145.

CAPÍTULO VIII. RELIGIÓN Y CULTURA EN LA EUROPA DEL SIGLO XVI, 149

El «Siglo de Oro», la Inquisición y la mística española, 149 – Brujas y herejes, 152.

CAPÍTULO IX. POLÍTICA MATRIMONIAL DE LOS HABSBURGO. LA CORONACIÓN IMPERIAL Y GUERRAS EN EUROPA, 157

Boda imperial, 157 – La boda de un Habsburgo con un Valois, 158 – Las coronaciones reales, 160 – Nuevos vientos de guerra, 164.

CAPÍTULO X. EXPANSIÓN DE LA PIRATERÍA Y EL TRÁFICO DE ESCLAVOS A LO LARGO DEL SIGLO Y SIGUIENTES, 167

Los territorios americanos y las rutas oceánicas; el desarrollo de la piratería y de la esclavitud, 167.

CAPÍTULO XI. EL PODER QUE ALGUNAS REINAS Y GOBERNADORAS DETENTARON EN LA EUROPA DE LAS FAMILIAS, 177

Las grandes señoras de Europa, 177.

CAPÍTULO XII. INFLUENCIA IMPERIAL EN LA EUROPA DEL NORTE. EL SOLDADO EMPERADOR EN ÁFRICA, 193

Los estados europeos del Báltico y el cruel destino de una archiduquesa de Austria, 193 – El soldado emperador, 204.

CAPÍTULO XIII. UNA ORDEN MONÁSTICA CONVERTIDA EN REINO. LA DIATRIBA QUE CAMBIÓ EL MUNDO. NUEVA VICTORIA DE BARBARROJA, 213

La Orden Teutónica, 213 – La coalición de los príncipes protestantes, 214 – Juan Calvino, el látigo de la Reforma, 216 – La Compañía de Jesús, 217 – Argel, el amargo sabor de la derrota del emperador, 219 – La Europa carolina y su proyección, 222.

CAPÍTULO XIV. EL CAOS EN LA EUROPA DE LAS FAMILIAS. «LA UNIÓN DEL DIABLO». EL CONCILIO DE TRENTO, 229

Nuevas guerras con Francisco I, rey de Francia, 229 – La batalla de Mülhberg, 231 – El Concilio de Trento, 235 – Felipe II de España y su herencia, 238.

CAPÍTULO XV. FRANCIA EN GUERRA. EL MORTAL TORNEO REAL, 245

Guerras entre cristianos, 245 – El torneo real, 254.

CAPÍTULO XVI. EL EMPERADOR SE MUERE, Y OTRAS VICISITUDES, 261

Yo, Carlos de España, 261 – La esclava y sultana del Imperio Otomano, 266 – El intento de rapto por Barbarroja, 270.

CAPÍTULO XVII. LA INGLATERRA DE ISABEL TUDOR, TIEMPOS EN LOS QUE EN ESPAÑA LOS MORISCOS SE REBELAN Y LAS GUERRAS DE RELIGIÓN EN FRANCIA ALCANZAN SU APOGEO, 273

Isabel Tudor para una nueva Inglaterra, 273 – Los moriscos se rebelan, 281 – Guerras de religión, 282.

CAPÍTULO XVIII. ARDE EUROPA; ESPAÑA SE IMPONE EN EL MEDITERRÁNEO, 289.

Hogueras en Europa y las guerras en Flandes, 289 – La derrota otomana en el Mediterráneo, 295.

CAPÍTULO XIX. LA UNIÓN IBÉRICA. GUERRAS CIVILES EN FRANCIA. FRUSTRADA INVASIÓN DE INGLATERRA, 303

La Guerra de los Tres Reyes, 303 – Guerras civiles en Francia, 308 – La Grande y Felicísima Armada, 312.

CAPÍTULO XX. LAS CORTES EUROPEAS, 321

La vida cortesana en Europa, 321.

CAPÍTULO XXI. ¿FINAL DE LA HISTORIA?, 331

El cambio de siglo, 331 – La literatura, el pensamiento y el arte, 336.

APÉNDICES, 343

Datos genealógicos de las familias soberanas europeas, siglos XVI y XVII, 345 – Cronología, 371 – Bibliografía consultada, 381

ÍNDICE ONOMÁSTICO, 383


INTRODUCCIÓN

El sueño de un Imperio

Si el siglo XIX supuso el periodo que marcó el paso de la Edad Moderna a la Contemporánea, el XVI es el tiempo histórico que configuró el tránsito de la Edad Media a la Moderna. La sociedad europea estaba en aquel momento perfectamente estructurada en estamentos de clase: nobleza, clero y campesinado. Todos ellos defendían privilegios, pero para los desheredados, segundones de nobles casas, el pueblo llano y comerciantes de las emergentes ciudades que iban conformando una pequeña burguesía, los cambios suponían en muchos casos oportunidades de alcanzar una mejor posición de la que venían disfrutando y la guerra para algunos un medio de encontrar una paga y quién sabe incluso una tierras o el favor de un señor.

En la Europa de las familias del siglo XVI, continente de reinos y ciudades feudales, se produjo un importante crecimiento demográfico junto a un renovado espíritu reformista. Un nuevo orden aparece cuestionando al viejo mundo. Se abren a la civilización otros continentes y culturas y una incipiente burguesía emerge aportando nuevos recursos económicos que actuaban sobre un comercio cuyas grandes áreas geográficas de actividad confluían en: las regiones bálticas, las hanseáticas que representaban una amplia red comercial de carácter marcadamente textil entre Flandes, Brujas, Ypres y Gante con Lübeck y Dancing y la ciudad de Londres; en la zona de la cuenca mediterránea que luego se expandiría por el Atlántico y en las ciudades hispanas como Sevilla y Medina del Campo e italianas como Génova y Venecia. Es la Europa que desarrolla la imprenta inventada en el anterior siglo; la del Renacimiento que se interioriza plasmándose en una corriente humanística y en un creciente desarrollo de centros urbanos tanto marítimos como en el interior que incrementaban cada vez más su población; la Europa de la reforma protestante y la contrarreforma; la de creación del capital como elemento de producción; la Europa viajera al Nuevo Mundo en donde consolida sus conquistas. Es en definitiva el Imperio que a golpe de remo y vela por mar y a uña de caballo por tierra busca una monarquía universal cristiana.

Una Europa que asumió el Renacimiento proveniente de Italia junto a una reforma religiosa que trajo consigo un indecible número de guerras y conflictos entre los reinos y los propios ciudadanos que conduciría a una contrarreforma autoritaria e intolerante que avivó las fanáticas pasiones de unas y otras confesiones. Una Europa que se consumía en guerras contra los turcos al tiempo que aumentaba su construcción naval para satisfacer la demanda de conflictos bélicos y del comercio. Es la Europa de las grandes estirpes europeas, la de las familias que reparten sus estados conforme a políticas matrimoniales más o menos acertadas, haciendo de ello el germen de derechos dinásticos ostentados por distintos linajes que reivindican territorios o ciudades y que provocan permanentes rivalidades solventadas por nuevos pactos de familia o guerras. Sobre este particular el rey de Hungría Matías Corvino del linaje de los Hunyadi en el siglo XV escribió la famosa frase referida a los Habsburgo: «Otros hacen la guerra en donde tú, dichosa Austria, haces un matrimonio. Venus te da aquello que Marte da a los otros».[1]

La concepción territorial de la Europa del siglo XVI es la heredada de la Edad Media por la que los estados o reinos son patrimonio personal de sus señores. Para entender el mapa político de esa Europa que paulatinamente se adentraba en la Edad Moderna hay que observar primero la falta de un derecho supranacional que regulase la convivencia entre las naciones ya que sus ciudadanos aun teniendo sus propios órganos de representación y estructuras jurídicas internas dentro de sus estados, dependían de sus reyes o señores naturales y su destino quedaba condicionado al de estos. Solo existía una voluntad aceptada por todo el orbe cristiano pero no siempre respetada cual era el arbitrio del papa quien a través de bulas legitimaba los territorios y la soberanía sobre ellos. Lo cierto es que la discrecionalidad del papa, señor temporal además de Vicario de Cristo en la Tierra era en muchos casos parcial e interesada aun teniendo el arma más poderosa y temida en la época por todos los soberanos como la excomunión. Pese a este autoritario instrumento del que gozaba el sumo pontífice, en el siglo XVI se producen cismas como los de la Iglesia luterana y la anglicana al tiempo que prosperaron otras confesiones a la luz de la nueva Reforma demostrándose que no siempre la excomunión resultaba un arma eficaz y suficiente.

Tres formas de detentar el poder sobre un estado pueden entenderse en la época que nos ocupa: primera, la herencia basada en las múltiples relaciones familiares; segunda, la conquista que en principio debía estar legitimada por el papa; y tercera, la cesión o intercambio de territorios o estados según los tratados que se hubiesen suscrito, lo que ocurría con frecuencia y de los cuales algunos no se cumplían. Así pues el mapa político era variable con base en las circunstancias expuestas y todas ellas dependían no como hoy de las Constituciones de cada país y de las normas de un derecho internacional aceptado que preservan el orden de las naciones, sino del complejo entramado de las relaciones familiares que imperaban. Este conglomerado familiar supuso en igual medida un cúmulo de intereses que las guerras o pactos dirimían a veces pero no siempre, como por ejemplo las guerras de Italia que duraron varias décadas.

En todos los tiempos y lugares del mundo, desde oriente a occidente, han surgido míticos líderes en cuyo torno se han construido grandes Imperios de vastos territorios; el gran Alejandro Magno en el siglo IV a. de C. pasando por los Césares del Imperio romano o por el mítico conquistador Gengis Kan en el siglo XIII. Pero fue quizás Carlomagno en el siglo VIII quien por sus características sea el antecedente más próximo al que nos ocupa en esta obra. Hay que tener en cuenta que al tiempo que se construyen los Imperios surgen en paralelo otros movimientos cuyos líderes contrapesan el desorbitado poder acumulado en manos de aquellos. La historia es implacable y tiene al igual que la propia naturaleza sus propios recursos de destrucción y regeneración. Como los incendios ajenos a la mano del hombre que arrasan dejando una tierra yerma donde poder regenerarse nuevos bosques, igualmente en el ciclo humano, otras fuerzas nacen para oponerse a la concentración de poder en manos de tan solo un hombre o de un sistema. En este vital e ineludible ciclo surge un modesto y estudioso monje agustino, Martín Lutero que encabezaría una reforma de imprevisibles consecuencias para Occidente y cuyo alcance se proyectaría en el futuro hasta nuestros días.

No puedo en este prólogo dejar de hacer referencia a la para mí magnífica introducción que en su libro «Carlos de Europa, emperador de Occidente»[2] hizo el escritor inglés D.B. Wyndham Lewis que copio literalmente: «El europeo medieval se consideraba miembro de esa liga de las naciones del espíritu, antes que ciudadano del Estado en que hubiera nacido. Compartía, con sus compañeros de Europa, una fe universal común a todos ellos, una misma civilización y una idéntica comunidad en la moral, y en las ideas sociales, y por último, un análogo modo de encauzar el pensamiento y la expresión».

La personalidad de Carlos de Gante y la fascinación que me despierta la Europa de aquel siglo XVI estremecida por factores de diversa índole y afectada por los sucesos que pudieran ocurrir desde el norte de África a las más lejanas latitudes del continente europeo, fue el motivo que me impulsó a escribir este libro. Las incursiones militares a Túnez, Argel, Trípoli y otros territorios norteños africanos tuvieron sus repercusiones en el nuevo orden político como sucedió con las campañas militares llevadas a cabo tanto en las frías tierras de Alemania y Flandes; en las más norteñas y gélidas de los países que conformaban la Unión de Kalmar como en las soleadas campiñas de Italia y Francia. Otras inmensas personalidades y perfiles humanos de variado signo se añadirían a la del emperador Carlos, como la del gran sultán de Constantinopla, Solimán el Magnífico; el pirata Barbarroja; el humanista Erasmus de Rotterdam; el monje agustino Martín Lutero; el pintor Miguel Ángel y un sinfín de nombres universales que se sumarían igualmente al bien llamado Siglo de Oro del pensamiento y de las letras españolas, coincidiendo todos ellos con el mayor esplendor de su entonces más importante rival: el Imperio otomano.

En estas primeras líneas he querido señalar algunas reflexiones que tan solo me surgieron una vez acabada la obra que hoy presento tras más de un intenso año de lecturas y trabajo. La razón es bien sencilla dada la perspectiva histórica que obtuve cuando concluida mi narrativa entendí algunas observaciones que pongo a mi amable lector para su consideración especialmente en aquel que se encuentre en los inicios del conocimiento de la Europa del siglo XVI. Pero antes de entrar en las mismas debo confesar un pequeño secreto y es que estas primeras líneas introductoras con las observaciones a las que he aludido, son las últimas que escribí y que he insertado en este inicio de la Introducción por considerarlo más justo y ordenado sin por ello querer establecer prejuicios a su lectura. Estas observaciones a las que aludía son en realidad sentimientos contradictorios que me embargaron cuando tras relatar a uno de los primeros y principales personajes que aparecen en este trabajo, partiendo de mi más admirada consideración sobre la figura de Carlos de Gante, acabé la narración llegando a cuestionarme aspectos de este a la luz del actual siglo XXI y de la visión que hoy preside en la sociedad occidental.

Haciendo la salvedad del contexto europeo de aquel entonces, me resultó aun así difícil entender la relación filial que unió o mejor dicho casi no existió de Carlos hacia su madre la reina Juana de Castilla a quien pocas veces visitó y pocos tiempos dedicó con las excepciones hechas en 1524 cuando pasó un mes con ella con motivo de los preparativos de la boda de su hermana pequeña Catalina con Juan III de Portugal y años después, unos días de Navidad con su esposa la emperatriz y sus hijos junto algunas otras visitas de corta duración. A esta primera observación no puedo llegar a comprender que si bien el interés del reino se imponía a cualquier otra consideración dada la frecuente enajenación mental de su madre, no por ello pienso que tuviese que ser necesario el casi total abandono de afectos al que se sometió a doña Juana, arrebatándola hasta de su cuidado y amor para con su pequeña hija Catalina de Habsburgo al tiempo de imponerla un enclaustramiento físico y una vigilancia extrema a lo largo de toda su vida que quién sabe pudo agravar todavía más su ya precaria salud mental. Incluso habiendo estado amenazada la ciudad de Tordesillas por la peste no se permitió a la reina su salida. A ello debe añadirse los confusos episodios sobre el destino del tesoro de la Corona pues consta como dato cierto que durante la estancia del emperador ya mencionada, mandó este sacar algunos cofres del caserón donde vivía su madre la reina Juana. Estos hechos y otros serían posteriormente mandados investigar por su nieto Felipe II.[3]

He intentado buscar en ese contexto en el que nos movemos la razón de este comportamiento y sinceramente solo he encontrado motivaciones que no causas suficientes que justifiquen la personal conducta del emperador Carlos en referencia a este tema. Mi segunda reflexión va en esta línea al conocer la vida de toda la familia imperial especialmente la referida a sus hermanas, llegando igualmente a la conclusión de que las poderosas razones de estado estuvieron siempre muy por encima de cualquiera otra relación de tipo fraternal, sin importar convertir a las jóvenes archiduquesas de Austria en meros instrumentos de canjes o pactos, sumiéndolas en la desesperanza y frustración aunque para ello hubiesen sido preparadas. A este respecto las princesas conocían de sus tristes destinos pero la cuestión es ¿qué sentimientos embargarían al emperador al tener que sacrificar a toda la familia en aras de un sueño que nunca llegó a cumplirse y más tratándose del caso de sus propias hermanas a las que siempre manifestó gran cariño?

La tercera es referida a la Europa de las familias como la denomino en este siglo. ¿En qué medida la ignorancia y ambición llegaba hasta concertar alianzas a través de matrimonios con consanguinidades múltiples y repetidas en varias generaciones? ¿Sería cierto que se pensase que la consanguinidad llevada a ese extremo era una mejora de la estirpe? La última observación es: ¿Cómo separar el personal sueño y la casi pretendida predestinación del poder imperial del que el emperador estaba imbuido, de la realidad de las razones de estado? Era Juana de Castilla la reina propietaria y siendo así, ¿bajo qué análisis se podría justificar que en un determinado momento su hijo Carlos se auto denominara rey sin que todavía se hubiese producido el acta de avenencia o consentimiento que posteriormente firmara su madre, la reina? ¿Tendría razón el sagaz y maquiavélico Fernando el Católico para recelar tanto de su nieto Carlos de Gante?

En cualquier caso este autor no plantea cuestiones éticas ni morales que tengan que sopesarse a la luz de la historia sino que tan solo señala de manera somera y conforme a los tiempos actuales, algunas observaciones que cuanto menos dejan sombras sobre las merecidísimas luces de las que se alumbró Carlos I de España y V de Alemania cuya personalidad fue tan grande como lo fuera su Imperio.

En Castilla de 335.000 kilómetros cuadrados de superficie, tres veces superior a la de Aragón, quiso la historia que germinara la semilla que su reina propietaria Juana, último vástago de la dinastía de los Trastámara había dado al mundo. No eran derechos de conquista lo que legitimaría a la nueva monarquía sino las herencias recibidas de los Habsburgo, de los Borgoña y de los Trastámara que incluían la inmensa y rica Castilla engrandecida por las nuevas tierras recién descubiertas en el Nuevo Mundo, a lo que se suman los reinos de Aragón bajo cuya corona se encontraban los de Navarra, Sicilia, Nápoles, Valencia, Cataluña, Baleares y los territorios en el norte de África. Eran pues los reinos hispanos los protagonistas y hacedores del futuro emperador aunque las piruetas de la historia hicieran que Carlos naciera en Gante en el mismo año que fallecía su tío Miguel, heredero de los Reyes Católicos y por tanto hermano de su madre Juana quien junto a su esposo Felipe de Habsburgo gustaban más de residir en la lujosa y divertida corte de Flandes que en la más austera de Castilla. Carlos de Gante fue nombrado desde su nacimiento duque de Luxemburgo y Caballero de la Orden del Toisón de Oro y a los seis años reconocido como conde de Flandes[4] y del Tirol. Un año después su tía Margarita, regente de los Países Bajos[5] por decisión de su padre el emperador Maximiliano I de Austria, estableció su corte en Malinas en la región de Amberes donde el futuro emperador creció bajo su amparo y sin que su destino todavía estuviese designado. Fue aquí donde Carlos de Gante escogió su divisa, Nodum que posteriormente cambiaría por la de Plus Ultra. En 1515 Carlos de Gante sería nombrado duque de Borgoña, siendo el mismo año en el que fallecía el rey Luis XII de Francia. En 1516 en la iglesia de Santa Gúdula se le proclamaría rey de España, hecho que fue contestado con protestas en algunas ciudades y señoríos hispanos y que el hábil cardenal Cisneros supo amainar evitando duras confrontaciones de carácter civil entre los partidarios de doña Juana, quien no había renunciado a ninguno de los títulos que le acreditaban como reina propietaria de Castilla y los partidarios carolinos que veían al nuevo rey más proclive a sus particulares intereses.[6]

El «sueño de un Imperio» siempre estuvo presente en el mundo hispánico desde los tiempos de Alfonso X el Sabio cuando pretendió los derechos de su madre Beatriz de Suabia para ser nombrado Imperator Romanorum, propósito que no logró por diferentes razones. Lo cierto es que tuvieron que transcurrir algo más de doscientos cincuenta años para que la corona imperial se alzase en la cabeza de un rey hispano; pero en este caso la idea europeísta primó sobre la meramente hispana. Las Españas de Carlos I debieron supeditarse y sacrificarse al Imperio europeo de Carlos V. No hubo pues una identificación de un solo reino con una sola Hacienda y una sola administración, lengua o incluso de una sola moneda; pervivía tan solo una corona bajo un gran príncipe de fe inquebrantable. Diferentes circunstancias y la poderosa Castilla atrajo hacia sí a este César español que supo ver la grandeza de sus abuelos Isabel y Fernando y la importancia que para sus fines suponía la riqueza proveniente del Nuevo Mundo recién descubierto. Se había forjado una idea como defensor y valedor de la cristiandad frente al belicoso e imponente Imperio otomano. Por ello los reinos hispanos eran el icono victorioso contra el infiel y su instrumento Castilla a donde decide finalmente venir para instalar su sede imperial. En este sentido se expresa en una carta del 26 de junio de 1520[7]estampada en Bruselas, dirigida a la ciudad de Valladolid en la que dice: «Estos reinos en los cuales entendía estar, y vivir, por tenerlos por fuerza principal de su estado real y de seguridad de todos los otros sus reinos y señoríos».

Comienza así el «sueño de un Imperio» del que el propio transcurrir de los acontecimientos y distintos avatares se encargaron de despertar bruscamente ya desde su comienzo con el surgir de la reforma luterana que acarrearía permanentes guerras y desolaciones además de altísimos costes para el mantenimiento de aquel y para lo que hubo que recabar impuestos y cargas que pesaban sobre las poblaciones de Europa y especialmente sobre la propia España. Se produjo un descontento general manifestado en guerras de entremezclados y oscuros intereses y se terminó en lo que este autor denomina la larga noche de Europa, entendiéndola como un periodo de oscuridad, inseguridad y zozobra en el que los estados europeos se vieron inmersos por muchas décadas. Una noche cuyas sombras permanecieron prolongándose hasta el subsiguiente siglo XVII dejando bajo sus tinieblas millones de muertos y una gran devastación.

Carlos V como último caballero medieval se erige en baluarte y defensor de la fe católica. Su libro de cabecera Amadís de Gaula le sirve de guía para referenciar su comportamiento como se deduce y explica de su reto a duelo con Francisco I quien aceptándolo no asistió al mismo en la Isla de los Faisanes en medio del río Bidasoa, lugar fijado para la justa. La palabra dada era para el emperador inviolable y no entendió de su incumplimiento y quizás peor no aprendió de las arteras mañas de su oponente. La palabra de caballero era el mejor blasón del que hacía alarde y así habiendo en 1547 su hermano Fernando rey de romanos, pactado una tregua ventajosa para Solimán el Magnífico de quién se reconocía tributario de treinta mil ducados anuales como signo de vasallaje, el emperador mantuvo el compromiso y en este sentido dio instrucciones a su hijo Felipe en referencia a aquella: «…[sic]… cuanto a la dicha tregua que he por mí ratificado, miraréis que ella se observe enteramente de la vuestra, porque es razón que lo que he tratado y tratéis se guarde de buena fe con todos, sean infieles o otros y es lo que conviene a los que reinan y a todos los buenos…».[8] Su espada fue la guía que debía imponer el orden imperial marchando el primero al frente de sus ejércitos como era costumbre en el Medievo; la fe, su fuerza espiritual que le llevó incluso a exigir al propio papa la convocatoria de un concilio como contrarreforma a Lutero y a las relajadas costumbres que imperaban en el orbe eclesiástico, empeño en el que se esforzó muchos años hasta conseguir que se reuniese en Trento.

Carlos V vio en Lutero al enemigo que debía abatir y para lo que Dios le había entregado un Imperio. Lo cierto era que había heredado esos inmensos territorios por diferentes causas de carácter dinástico que convergieron en él, llevándole a pensar que la disposición divina había trazado tan sublime destino. Incluso su hermano el Infante Fernando que ya se perfilaba como soberano de los reinos de Aragón con la aquiescencia de su abuelo Fernando el Católico, por avatares distintos y quizás con la ayuda de alguna mano humana, fue apartado de ese reino a favor de Carlos que sería elegido más tarde emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Con Carlos V de Alemania y I de España se inicia el camino hacia una monarquía absoluta que en España perdurará hasta la muerte del rey Fernando VII en el siglo XIX y que en Europa se instaló hasta finales del XVIII. Si las monarquías hispanas anteriores se habían caracterizado por el poder de sus Cortes o Consejos e instituciones representativas que mediatizaban el poder de la Corona, siendo especialmente relevante en los reinos de Aragón; con el Habsburgo se inicia una concepción sagrada del poder que emana de Dios y lo deposita en la Corona, relegándose a un segundo plano las instituciones que regían secularmente. El poder se centra en la persona del rey en detrimento del clero y de la nobleza a la que para congraciarla con los nuevos vientos que soplan y compensarla de la merma de poder, el emperador otorga privilegios y honores alineándola de este modo a su persona. Podría ser un ejemplo la creación de los Grandes de España[9]a los que con esta distinción acerca a su causa personal en vez de tenerlos enfrentados a su potestad pues en aquel tiempo tanto el poder como el orgullo que detentaban iban parejos al punto de que algunos miembros de la alta nobleza fueron distinguidos con la más alta dignidad de Europa cual era el ser miembro de la insigne Orden del Toisón de Oro. Pero no todos los nominados fueron seducidos por ello pues el sentimiento nacionalista afloró en algunos, como el caso entre otros del conde de Benavente.[10] El emperador mantenía el sentimiento superior de Majestad influido por su madre doña Juana reina propietaria de Castilla quien en el día de su coronación le dijo: «Hijo mío, buen emperador, las leyes os llaman y dicen ser señor del mundo. Y es, como dicen los doctores, de protección, y defendimiento y jurisdicción y sois príncipe de todo el orbe de iure y, después de Dios, común padre de todos».[11]El tratamiento de alteza que normalmente se daba en Castilla y Aragón es cambiado por el de Sacra Cesárea Católica Real Majestad, símbolo del origen divino, introduciéndose también el término de señor. En estas circunstancias todos los elementos históricos confluyen a favor del nuevo emperador para conducirle a la cúspide del poder absoluto aunque este no pudiese ejercerlo de manera tan determinante como la propia realidad de los hechos demostraron.

Carlos de Gante era ante todo como muy bien explica Salvador de Madariaga,[12] el primer europeísta que hubo. Nació y vivió en Flandes en su primera juventud y adoctrinado por su ayo Adriano de Utrecht, concebía a Europa como una Universitas Christiana siendo sus reinos españoles unos más a sumar al conglomerado de otros muchos que la Providencia había puesto en sus manos. El gran escritor italiano y protegido de los papas, Gian Giorgio Trissino, dice:[13] «V.M. está dispuesto a enmendar los abusos y torcidas interpretaciones de las leyes de la Cristiana Religión, ha liberado a Italia de Guerras, sustraído el África a las turcas manos, unido la Francia en amistad, enderezando la Alemania hasta reducirla al verdadero culto de la Iglesia Católica y, si Dios lo quiere, salvará aún el Asia y la cristiandad toda de la insidia de los otomanos, y así, como Justiniano devolvió al Imperio la silla de la antigua Roma… así, queriéndolo Dios, V.M. le recobrará la silla de la Roma Nueva, esto es, Constantinopla…».

En 1519 el joven Carlos de Gante coronado rey de romanos en Aquisgrán explica encontrándose celebrando las Cortes catalanas en Barcelona y al informarle de su elección, las razones que le llevan a anteponer su nominación imperial a la de rey de Castilla y de Aragón exponiendo entre otras: «El Imperio precede a las otras dignidades seglares, por ser la más alta y sublime dignidad que Dios instituyó en la tierra».[14] Posteriormente en 1530 es coronado emperador en Bolonia por el papa Clemente VII con el nombre de Carlos V, dignidad que ostenta hasta 1556 fecha en la que abdica retirándose al monasterio de Yuste hasta el final de sus días.

Con este inmenso poder territorial procedente como se ha explicado de las diferentes casas dinásticas y linajes de la que era heredero, tuvo que aplicar una política «imperial» para una confederación de reinos más o menos agrupados y de distinto grado de evolución y desarrollo. Ya en 1522 el joven emperador emprendería la reforma del Consejo de Castilla, creando el de Hacienda y el de Indias y al poco se convertiría en Juez Supremo con derecho a veto en las dietas imperiales. Asesorado por su canciller imperial Mercurino Gattinara,[15]creó el Consejo de Regencia e instauró la Corte Imperial de Justicia como órgano judicial contra los príncipes protestantes. El emperador siempre estaba dispuesto a escuchar a quienes consideraba buenos consejeros, encontrándose entre estos: Francisco de Los Cobos y Nicolás Perrenot de Granvelle que tuvieron un destacado papel junto al soberano durante un largo periodo de tiempo y el propio Erasmus de Rotterdam que le dedicaría su obra acerca de la educación de los príncipes, «Institutio Principis Christiani».

La política «Imperial» se definió en cuatro etapas[16] conforme se entendieron las prioridades. En una primera, se encuentra un espíritu de cruzada y mantenimiento de la paz en los territorios heredados tanto en la península ibérica como en la italiana. En una segunda fase, sus esfuerzos se encaminan al Mediterráneo teniendo como protagonistas las campañas de Túnez, Argel y Provenza. En la tercera, la lucha se mantiene contra Francia que desea anexionar los Países Bajos y contra los príncipes protestantes celosos del poder del emperador. Y en la última, se esfuerza en evitar la segregación de su herencia entre su hijo Felipe y su hermano Fernando, propósito fallido ya que el mismo Carlos de Gante comprendería más tarde lo imposible de mantener una Corona recibida tan solo por el casual destino de la historia y no por la unidad política, social y lingüística de los reinos que la comprendían.

Los grandes Reyes Católicos habían sido un referente en Europa haciendo que el heredero de los mismos tuviese especial predicamento a la hora de ser elegido emperador frente a las pretensiones de Francisco I rey de Francia, de Enrique VIII de Inglaterra, de Federico el Sabio de Sajonia o de otros electores menos relevantes. Castilla había sabido jugar su baza debido a su prestigio en aquella Europa de múltiples reinos y más variados intereses; no en vano fue el reino que cerró las puertas y expulsó a los árabes en la frontera sur de un continente que ahora permanecía amenazado en su flanco este por el Imperio otomano. A eso habría que añadir la inestimable ayuda financiera de la familia Fugger[17]decidida a apoyar la causa de Carlos de Gante frente a sus otros opositores a la elección; del apoyo de los también banqueros alemanes, los Welser[18]a los que en contraprestación se dio la explotación y colonización de Venezuela y la ayuda económica de los banqueros genoveses, Vivaldi.

En este siglo XVI, mientras el Imperio europeo se empeña en preservar sus larguísimas fronteras frente a las continuas pretensiones del Gran Turco y del rey Francisco I de Francia que guerreaba permanentemente en el Milanesado y en el Mediterráneo, España inicia el llamado Siglo de Oro español. En el plano político, el «sueño de un Imperio» se hace una tarea difícil por los variados estados que lo componen y sobre lo que ya apuntaba el Gran Canciller de Borgoña, Jean Le Sauvage al entender el peligro que entrañaba el posible abandono del príncipe a la nación a la que se debe «por tener que dedicarse a otros asuntos y a otras naciones» y sobre cuyo particular Erasmus de Rotterdam escribió a su amigo Tomás Moro una carta en la que se mostraba preocupado cuando el emperador se dirigió a España acompañado de su corte flamenca,[19]abandonando sus estados de Flandes.

Los conflictos sociales y guerras que se produjeron en el interior de España al poco de la elección de Carlos como emperador tuvieron de base un cúmulo de circunstancias entre las que pueden destacarse: la reivindicación de la supresión de impuestos y la protesta por los servicios que se demandaban para sufragar los gastos ocasionados por la misma elección como fue el viaje que debió realizar para ser coronado en Aquisgrán; las ambiciones de muchos nobles despechados más preocupados por alcanzar mayores privilegios junto a las intrigas de particulares intereses de algunos comerciantes del sector textil y el ostensible abuso que cometieron los consejeros flamencos de su Majestad Imperial. Todo ello provocaría el germen e inicio de las guerras civiles llamadas Guerras de las Germanías y casi simultáneamente las de las Comunidades a las que España estuvo abocada en esos años.

En el transcurso de su ajetreada vida, Carlos V se dio cuenta de lo frágil de su Imperio y de las grandes amenazas que sobre él se cernían como fueron las tensiones por la herencia entre su hijo el príncipe Felipe con su tío Fernando de Habsburgo rey de Bohemia; la necesidad de imponer una paz que acabase con las guerras de religión que venían fraguándose con la Liga de Esmalcalda;[20]el hostigamiento de Francia que permanente acechaba sus fronteras y la decepción por el fracaso que supuso el proyecto matrimonial de su hijo Felipe con su tía segunda María Tudor quien al fallecer en 1558 abortó los proyectos de consolidación del catolicismo que había constituido de nuevo en Inglaterra frente al protestantismo que desde ese momento lideró su hermana de padre, la nueva reina Isabel I. Estas circunstancias le hicieron meditar serenamente acerca de abandonar su sueño y desmembrar su Imperio, cosa que empezaría a llevar a cabo a partir del año 1554. Una decisión comentada tras la batalla de Túnez a su buen amigo Francisco de Borja, duque de Gandía.[21]

Felipe II que llegó a ser rey de Inglaterra e Irlanda por un período de cuatro años por su matrimonio con María I y ante cuya corte estaría representado por el conde de Feria, construiría un Imperio puramente hispánico que aglutinaba los inmensos territorios de América, Nápoles, Milán, Países Bajos, Borgoña, Sicilia y Portugal. El Sacro Imperio Romano Germánico quedaría en la persona del hermano de su padre, el emperador Fernando proclamado en 1558 Electus Romanorum Imperator Semper Augustus. Felipe II se consideraría un rey hispano cuya vocación fue administrar los muchos reinos heredados. Su espíritu menos belicoso que el de su antecesor le impulsó lo primero y principalmente a buscar y administrar la paz, empeño siempre más complicado y ambicioso que cualquier gobernante intenta, más si se reina sobre vastísimos territorios de diferentes lenguas y concepciones religiosas y culturales y en segundo lugar a la creación de un Estado como realidad política, concepto solo vagamente formulado por Maquiavelo en su obra «El Príncipe». Por otro lado estableció de manera permanente la Corte en Madrid, ciudad que contaba con treinta mil habitantes a mediados del siglo XVI, cifra que duplicaría a finales del mismo, lo que significó dejar de ser una corte itinerante.

Esta obra de naturaleza histórica narrativa glosa los aspectos económicos, políticos y religiosos que dibujaron una Europa claramente plurinacional y de culturas manifiestamente diversa. He pretendido ofrecer una mejor comprensión de la Europa del mencionado siglo en el que el lector, conocedor o no de las situaciones y personajes aquí descritos, encuentre más facilidad en la interrelación y evolución de los sucesos ocurridos y de sus protagonistas para lo que puede consultar al final de la misma en el apartado que denomino «Apéndices».

En esta Europa compleja y en opinión de este autor, la obsesión de Carlos de Gante por la universalidad cristiana en todo el Imperio como destino ineludible y de cierto carácter mesiánico produjo en una primera etapa de su vida una sustancial dicotomía entre el rey Carlos I de España y el emperador Carlos V de Alemania. Los dos Carlos se muestran en una sola persona obligada a representar intereses contrapuestos. Los intereses del Imperio prevalecen sobre los de las Españas, abocando a estas a mantener el «sueño imperial» y a perder el irrecuperable tiempo de la historia que le hubiera servido para su desarrollo. Quizás para compensar el coste y sacrificio que hubo de soportar España en aras de aquel, vino a morir aquí, a la paz de Yuste… ‌

[1] Cada representante familiar tenía su propio lema, siendo el más conocido y de carácter general el que proclama: «¡Bella gérant alii, tu, felix Austria, nube! » (¡Deja a otros la guerra, tú, feliz Austria, cásate!).

[2] Espasa Calpe, colección Austral, séptima edición. 1962.

[3] Miguel Ángel Zalama, «Vida cotidiana y arte en el palacio de la reina Juana I en Tordesillas». «Estudios y Documentos, 58», Valladolid, Universidad de Valladolid, 2000.

[4] Flandes era un condado al norte de Francia, cuya capital era Bruselas. (Actual Bélgica).

[5] Los Países Bajos en el siglo XVI estaban constituidos por diecisiete provincias: los ducados de Brabante, Limburgo, Luxemburgo y Guelders; los condados de Artois, Hainaut, Flandes, Namur, Zutphen, Holanda, Zelanda; el marquesado de Amberes y los señoríos de Friesland, Mechlin, Utrecht, Overyseel y Groningen.

[6] Para historiadores como Ramón Menéndez y Pidal, Joseph Pérez, Rodríguez Sánchez y algunos otros, la proclamación en Bruselas de Carlos de Gante como rey de las Españas fue un claro «golpe de estado» ya que solo ostentaba su condición de heredero y gobernador, no habiendo habido por medio renuncia de su madre, soberana de Castilla.

[7] Prudencio de Sandoval, «Libro V», XLII, pág. 177.

[8] Instrucciones de Carlos V a Felipe II (Testamento político del emperador). Augsburgo, 18 de enero de 1548, (Corpus, III, pág. 39). Cita hecha por Manuel Fernández Álvarez en su obra «Felipe II y su tiempo».

[9] Conde de Portalegre, «Vida de don Diego Hurtado de Mendoza», Valencia, 1776. Citado por Salvador de Madariaga en «Carlos V», Ediciones Grijalbo, 1980. pág. 63. Se cuenta como tradición oral que siendo embajador don Diego de Mendoza en Roma en 1548, y ante la convocatoria del Concilio en la ciudad de Bolonia en vez de en Trento, protestó enérgicamente de aquello a lo que el papa le replicó y advirtió que no estaba en su casa para mantener tal postura. El orgulloso embajador parece ser que contestó: «Soy caballero, y mi padre lo fue, y como tal he de hacer al pie de la letra lo que mi Señor me mande, sin temor alguno de Su Santidad, guardando siempre la reverencia que se debe a un vicario de Cristo, y siendo ministro del emperador, mi casa es donde quiera que ponga los pies».

[10] El conde de Benavente rechazó la distinción respondiendo al emperador: «Que él era muy castellano y que no quería insignias de borgoñones, que Castilla las tenía tan antiguas y tan honradas y más provechosas; que la diera S.M. a quien quería más el collar de oro que las cruces coloradas y verdes con que sus abuelos habían espantado tantos infieles…». Prudencio de Sandoval, «Historia del emperador Carlos V», ed. cit., III, págs. 171-172.

[11] Anthony Pagden, «El imperialismo español y la imaginación política», op. cit., pág. 61.

[12] Salvador de Madariaga, «Carlos V». Ediciones Grijalbo. 1981.

[13] F. Ugolini, «Carlos V en la literatura italiana de su tiempo», Cuadernos hispanoamericanos. Monográfico sobre Carlos V, nov.-dic. 1958, pág. 337.

[14] Reproducido por Fernando Diaz-Plaja, op. cit., pág. 110.

[15] Manuel Rivero Rodríguez, «La edad de oro de los virreyes». Akal/Universitaria. El piamontés Mercurino Arborio di Gattinara, hombre de la mayor confianza de la familia Habsburgo, tenía el concepto de la Monarquía Universal como un buen medio de gobierno para el ejercicio del poder. Su pensamiento era claramente contrario al de Jean Le Sauvage que consideraba al Imperio como una distracción perversa del poder. Gattinara perteneció a un grupo denominado los mendicantes tiránicos, partidarios sin paliativos del poder de la casa Habsburgo y declarados enemigos del humanista Erasmus de Rotterdam, J. D. Tracy (1978), nº 29; «Erasmo a Moro», Lovaina, 5 de marzo de 1518. E, de Rotterdam (1906-1958), vol. III, nº 785, pág. 238.

[16] Manuel Fernández Álvarez, «Política mundial de Carlos V y Felipe II», págs. 75-76.

[17] En 1557, Luis Ortiz, contador real de Felipe II, declararía la bancarrota de las arcas reales iniciándose así la caída de la poderosa familia Fugger.

[18] No encontraron gran fortuna los alemanes en esta región española de América. Una suerte de episodios desgraciados hizo que tres miembros de la familia alemana Welser fueran muriendo por diferentes causas: por una flecha india, por enfermedad cuando buscaba El Dorado y otro fue ejecutado. De manera que no encontraran el oro que buscaban pues esa era su intención y no la de colonizar el país.

[19] Ramón Puig de la Bellacasa, «Presentación a Erasmus de Rotterdam», (2000), págs. 14-15.

[20] Se creó en Turingia entre algunos de los príncipes alemanes en cuyos territorios predominaba el luteranismo para defenderse del emperador Carlos V que imponía la religión católica a toda costa. De hecho el emperador se enfrentó abiertamente a los príncipes tras las medidas que estos fueron adoptando a favor de la reforma luterana, como eran las confiscaciones de bienes de la Iglesia y algunas expulsiones de obispos y otros grandes señores fieles a Roma.

[21] San Francisco de Borja, jesuita y compañero de San Ignacio de Loyola, estuvo muy allegado a la emperatriz Isabel, esposa del emperador quien le estimaba por su gran rectitud y cordura. Esta confidencia del emperador a San Francisco de Borja es recogida por J. A. Vaca de Osma, «Carlos I y Felipe II frente a frente» op. cit. pág. 402. Fue también quien en 1555 a la muerte de la reina propietaria de Castilla, Juana de Trastámara, le asistiera en la religión en sus últimos momentos. Gran amigo del emperador Carlos fue a visitarle a Jarandilla, en Extremadura, lugar donde se hospedó hasta su definitivo retiro en Yuste, celebrando los oficios religiosos en Valladolid en sus exequias.

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