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...Ni la madre que la parió

...Ni la madre que la parió
Por Francisco Ansón Oliart
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Tres conocidos, cuyo criterio respeto mucho, me han dicho que los datos que proporciono en el artículo sobre EL HOMO OECONOMICUS, son insuficientes para la conclusión que deduzco.

Me he releído el artículo y tienen razón...

Como ya escribí con anterioridad, formo parte de una tertulia virtual en la que, a día de hoy, soy el único que no tiene webcam. La que motivó el artículo en cuestión, trató por extenso la proposición de que constituía un acierto fomentar la transformación digital de distintos sectores de nuestra economía, y que en las Facultades de estudios de Economía y Empresa se debía impartir a los alumnos una profunda formación digital.

Con este motivo se inició un intercambio de opiniones sobre economía política y aquí sí intervine, por cuanto dicho aspecto del saber económico hace referencia directa a la antropología cultural, al comportamiento humano en sociedad, respecto de un componente tan importante como es el deseo del hombre de poseer bienes materiales.

Naturalmente, los otros componentes de la tertulia, que saben de economía, lo relacionaron con el homo oeconomicus, nombrado por primera vez en el siglo XlX, por lo comentaristas de la obra de John Stuart Mill. Más aún, uno de ellos, llamado Chisco (que se niega a darme su nombre, pero del que tarde o temprano me enteraré, a pesar de que el resto de los tertulianos se han juramentado para no decirlo), ha tenido la amabilidad de leer un antiguo libro que escribí sobre Caracterología y Tipología, e identificó el homo oeconomicus de la Economía con algunos de los tipos psicológicos, del que el paradigma sería el homo oeconomicus de Spranger.

Difiero, dado que el homo oeconomicus de Spranger (lo formulo caricaturescamente) considera que el homo theoreticus, si no crea instrumentos productivos, debería de pagar impuestos por dedicar su tiempo a cosas inútiles. Lo mismo el homo estheticus, por cuanto pintar, esculpir, versificar es un lujo y no digamos si nos habla del homo religiosus o del homo socialis. Únicamente se entiende, en bastante medida, con el homo politicus.

Sin embargo, el homo oeconomicus propio de la Economía, es, igualmente utilitario, tanto como productor como consumidor, pero de manera más racional, que mide si posee suficientes recursos para conseguir los bienes que tanto apetece, e incluso si, aun teniendo los medios, el esfuerzo o el riesgo, lo aconsejan.

En todo caso, el homo oeconomicus de la Economía es capaz de disfrutar con el saber, aunque no tenga una utilidad práctica inmediata, y con la pintura, la poesía y el arte en general. E incluso puede, de hecho se han dado varios casos a lo largo de la historia, de personas que aun cuando podrían incluirse, quizá con matices, en el tipo del homo oeconomicus propio de la Economía, han subvencionado a pintores, escultores, músicos, filósofos, poetas, etcétera.

Pero es claro, que este tema no es propio de un artículo, sino de una conferencia o un ensayo, porque tratar el homo oeconomicus de la Economía, su historia, sus características, algo variables a tenor de los cambios sociales, sus posibles incoherencias, etcétera, y hacer lo mismo con el homo oeconomicus propio de la Psicología y relacionar ambos tipos, excede con mucho lo pertinente para un artículo periodístico.

Sirva, pues, lo que acabo de escribir, como excusa por la forma tan incompleta con la que traté esta cuestión.

Hasta aquí, quizá, no merecía escribir el presente artículo, pero el dato que proporciono a continuación, proveniente de la tertulia virtual de ayer, sí constituye una cierta aportación.

Desde finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, he tenido la ocasión de impartir clase a centenares y centenares de funcionarios, desde Auxiliares a Técnicos de Administración Civil, pasando por Ingenieros Industriales al servicio de la Hacienda Pública. Puede parecer un exceso hablar de centenares y centenares de alumnos, pero se trataba de cursos de 25 o 30 funcionarios que, salvo excepciones, duraban una semana. Durante dichos cursos, por si les ayudaba en el desempeño de su trabajo en la Función Pública, les aplicaba algunos cuestionarios, confeccionados por mí, con objeto de que les dieran una noticia sobre su inteligencia factorizada, su carácter, sus intereses y sus valores. Los cumplimentaban con entera sinceridad, dado que no podían dejar constancia de su nombre sino que hacían un signo o escribían unas letras o números que les permitiera, una vez corregidos los cuestionarios, recoger cada uno el suyo. Naturalmente, les comentaba los resultados de su grupo, los comparaba con los que habían obtenido, por ejemplo, en el caso de que se tratara de Técnicos de Administración Civil, con los de otras promociones y finalmente con el baremo que tenía de los funcionarios en general. La misma oportunidad tuve con mis clases en la Universidad.

Pues bien, el valor cultural de Spranger que predominaba, entre mis alumnas y alumnos, era el correspondiente al homo religiosus, que considera que lo que le rodea es bello y valioso, dado que es obra de Dios. Su valor mayor es el de la unidad, puesto que desde su valor, todo tiene sentido en la vida, un valor total, que le permite pensar y comportarse de un modo unitario, coherente, proporcionándole el sentido más alto y definitivo a su vida.

Y aquí viene la aportación. Este tertuliano ha aplicado mi cuestionario, que confeccioné con preguntas y cuestiones derivadas directamente del libro de Spranger, traducido al inglés (Spranger, Eduard (1928): Lebensformen. Halle (Alemania): Niemeyer,1914. Types of men, traducido al inglés por P. J. W. Pigors; Nueva York: GE Stechert Company, 1928), y como se trata del mismo cuestionario, el posible sesgo del mismo, se aplicó exactamente igual, tanto a mi colectivo como al suyo, constituido únicamente por estudiantes de estos ocho últimos años, en los que parece que, por su juventud, deben vivir de manera más intensa de ideales.

No obstante, el dato aportado por nuestro tertuliano fue tan contundente como revelador: el valor que predominaba en su colectivo era el del homo oeconomicus. Ello supone un cambio importante, en relativo poco tiempo, y me recordó lo que dijo un político, cuyo nombre está en la memoria de todos, referido a que, con su partido en el poder, a España no la iba a reconocer “ni la madre que la parió”.

Francisco Ansón

Francisco Ansón Oliart

Investigador y escritor; licenciado y doctor en Derecho (Universidad Complutense de Madrid); doctor of Philosophy and Psychology (K-University, California); licenciado en Ciencias de la Información (Universidad Complutense de Madrid); doctor en Ciencias de la Comunicación (Universidad Camilo José de Cela)