.
lacritica.eu

La memoria histórica de insignes republicanos

Don Miguel de Unamuno y Jugo. (Foto: Real Academia de la Historia).
Ampliar
Don Miguel de Unamuno y Jugo. (Foto: Real Academia de la Historia).

LA CRÍTICA, 10 MAYO 2023

Por José Mª Fuente Sánchez
Add to Flipboard Magazine. Compartir en Google Bookmarks Compartir en Meneame enviar a reddit Compartir en Yahoo
Las inauditas salvajadas de las hordas marxistas, rojas, exceden toda descripción y he de ahorrarme retórica barata. Y dan el tono, no socialistas, ni comunistas, ni sindicalistas, ni anarquistas, sino bandas de malhechores degenerados, expresidiarios criminales natos sin ideología alguna que van a satisfacer feroces pasiones atávicas. Y la natural reacción a esto toma también muchas veces, desgraciadamente, caracteres frenopáticos. Es el régimen del terror. Así de dura y trágicamente se iniciaba el Manifiesto de don Miguel de Unamuno, Rector de la Universidad de Salamanca, ferviente republicano que había contribuido con su pluma a la llegada del nuevo régimen, pero que pronto se desencantó ante los incendios, muertes violentas, leyes agresivas, política religiosa hostil, falta de libertad democrática, etc. (...)

...



Y continuaba dando rienda suelta a su decepción por lo que veía, vivía y sufría, tan lejos del régimen republicano ordenado, racional, pacífico y justo que ilusionaba para su patria: España está espantada de sí misma. Y si no se contiene a tiempo llegará al borde del suicidio moral. Si el desdichado gobierno de Madrid no ha podido querer resistir la presión del salvajismo apellidado marxista debemos esperar que el gobierno de Burgos sabrá resistir la presión de los que quieren establecer otro régimen de terror. En un principio se dijo, con muy buen sentido, que ya que el movimiento no era una cuartelada o militarada sino algo profundamente popular, todos los partidos nacionales antimarxistas depondrían sus diferencias para unirse bajo la única dirección militar sin prefigurar el régimen que habría de seguir a la victoria definitiva.


Cabe resaltar que -a pesar de su hastío por lo que veía y sufría- Unamuno no perdía su equilibrio de ferviente demócrata, denostando objetivamente la barbarie que vivía, pero, al mismo tiempo, alertando -con su lenguaje y con sus ideas- sobre la posible pérdida de libertades que -según él- podría sobrevenir tras la victoria de los sublevados, aludiendo directamente a la llamada Falange -partido político aunque lo niegue- o sea el fascio italiano muy mal traducido. Y éste empieza a querer absorber a los otros y dictar el régimen futuro. Y por haber manifestado mis temores de que esto acreciente el terror, el miedo que España se tiene a sí misma y dificulte la verdadera paz; por haber dicho que vencer no es convencer, ni conquistar es convertir, el gobierno fantasma de Madrid me destituyó de mi rectoría, que luego el de Burgos me restituyó con elogiosos conceptos.


Con su referencia al gobierno de Burgos, afirmaba Don Miguel que el sagrado deber del movimiento que gloriosamente encabeza Franco es salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional, ya que España no debe estar al dictado de Rusia ni de otra potencia extranjera cualquiera puesto que aquí se está librando, en territorio nacional, una guerra internacional. Y es deber también traer una paz de convencimiento y de conversión y lograr la unión moral de todos los españoles para rehacer la patria que se está ensangrentando, desangrando, arruinándose, envenenándose y entonteciéndose.


Y nuestro gran pensador y maestro arremetía contra la zafiedad de lo que veía, tan lejos de su sueño republicano. Ya no se hable de ideología, que no hay tal. No es sino barbarie, zafiedad, suciedad, malos instintos y, lo que es peor, estupidez, estupidez. De ignorancia no se hable. He tenido ocasión de hablar con pobres chicos que se dicen revolucionarios, marxistas, comunistas, lo que sea, y cuando, cogidos uno a uno, les he reprochado, han acabado por decirme: "Tiene razón don Miguel, ¿pero qué quiere que hagamos?". Daba pena oírles en confesión. Pero luego se tragan un papel antihigiénico en que sacian sus groseros apetitos ciertos pequeños burgueses que se las dan de bolcheviques (.). Tragaldabas que reservan ruedas de molino soviético para hacer comulgar con ellas a los papanatas que las leen.


Don Miguel nos dejaba bien claro que el llamado Frente Popular había hecho bien su nefasto "trabajo" -supuestamente "liberador"- de convertir a España en algo así como una "selva africana", razón por la cual podía afirmarse -rotundamente- que nuestra recién estrenada República había dejado de ser una democracia, como afirman los historiadores independientes, en particular los extranjeros. Todo indicaba, por tanto, que el levantamiento no fue una juerga de militares desocupados. España era una selva y nadie podía vivir en paz, ni de derechas ni de izquierdas. Era lógico que se produjera un levantamiento. Había miedo, incluso, a las llamadas Fuerzas del Orden, pues un grupo de las mismas había asesinado a Calvo Sotelo, jefe de la oposición monárquica. No nos privábamos siquiera del bloque comunista que recibía órdenes directas del Kremlin.


Siguiendo con los intelectuales que nos han enseñado a pensar, recordemos también el testimonio de don José Ortega y Gasset, republicano insigne -y probablemente el primero de nuestros grandes filósofos contemporáneos- que se desahogaba así: Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora desasosegados y descontentos: ¡No es esto, no es esto! La República es una cosa. El radicalismo es otra. Si no, el tiempo. Pero lo curioso es que nuestro mundo occidental había recibido una información exquisitamente manipulada de lo que sucedía en España. Razón por la cual, Ortega y Gasset en su "Epílogo para ingleses", protestó -muy literariamente- contra la frivolidad indocumentada de la opinión internacional, en los términos siguientes: Tendrá el inglés todo el derecho que quiera a opinar sobre lo que ha pasado y debe pasar en España, pero ese derecho es una injuria si no se acepta la obligación correspondiente de estar bien informado sobre la realidad de la guerra civil española, cuyo primero y más sustancial capítulo es su origen, las causas que la han producido. Ya es irritante que el prójimo pretenda intervenir en nuestra vida, pero si además revela ignorarla por completo, su audacia provoca en nosotros frenesí. Mientras en Madrid los comunistas y sus afines obligaban, bajo las más graves amenazas, a escritores y profesores a firmar manifiestos, a hablar por radio, etc., cómodamente sentados en sus despachos o en sus clubs, exentos de toda presión, algunos de los principales escritores ingleses firmaban otro manifiesto donde se garantizaba que esos comunistas y sus afines eran los defensores de la libertad. Evitemos los aspavientos y las frases, pero déjeseme invitar al lector inglés a que imagine cual puede ser mi primer movimiento ante hecho semejante, que oscila entre lo grotesco y lo trágico.


Pero la demostración más clara y expresiva de la España de enero de 1937 que nos había dejado el salvajismo apellidado marxista -como decía Unamuno- se recogía en el estremecedor Informe del ministro republicano Irujo, que tituló "Memorandum sobre la persecución religiosa", documento que debe conocer toda persona que pretenda estar bien informada de la barbarie que presidió los excesos revolucionarios:


La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal [republicano], excepto el vasco, es la siguiente:

  • Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio.
  • Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido.
  • Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron.
  • Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales.
  • En las iglesias se han instalado depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles y otros modos de ocupación diversos, llevando a cabo -los organismos oficiales que los han ocupado- en su edificación obras de carácter permanente, instalaciones de agua, cubiertas de azulejos para suelos y mostradores, puertas, ventanas, básculas, firmes especiales para rodaje, rótulos insertos para obras de fábrica y otras actividades.
  • Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados o destruidos.
  • Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin información de causa por miles; hechos que, si bien amenguados, continúan aun, no tan sólo en la población rural -donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje- sino en las capitales. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso.
  • Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía, que practica registros domiciliarios buscando en el interior de las habitaciones de la vida íntima, personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerda.

A la vista de ese trabajo destructivo tan bien "ejecutado" y mejor expuesto por el ministro republicano Irujo, subrayamos, de nuevo, que la evidencia de remanso de paz -como algunos desean calificar la situación de la II República española- no aparece por ninguna parte. Más bien se pone de manifiesto que lo que se está viviendo en 1937 se parece más a la batalla de los Campos Cataláunicos, con la diferencia de que los que caen no son romanos sino curas, frailes y templos. Llama la atención que, como siempre, en cualquier situación revolucionaria de la historia de España, la violencia siempre termina derivando hacia los púlpitos y sus servidores.


Si cambiamos de gremio y entramos de lleno en el grupo de los políticos protagonistas de nuestro período republicano, nos sorprende la noble confesión de don Niceto Alcalá Zamora, ex presidente de la II República española, cuando, junto a su indignación, denunciaba que se había aprobado una Constitución que invitaba a la Guerra Civil, desde lo dogmático, en que impera la pasión sobre la serenidad justiciera, en que la improvisación, el equilibrio inestable, sustituyen a la experiencia y a la construcción sólida de poderes. Las primeras siete semanas del Frente Popular fueron las últimas de mi presidencia, desde el 19 de febrero al 7 de abril de 1936, con el Ministerio Azaña. Durante cierto período, uno de los Poderes de Estado, el que yo ejercía, escapaba todavía al Frente Popular. Durante los cien días que siguieron y que precedieron a la guerra civil, la ola de anarquía ya no encontró obstáculo. La táctica del Frente Popular se desdobló. En las Cortes se atrevió a todo; en el Gobierno quedaba débil pero provocadora. El Frente Popular se adueñó del poder el 16 de febrero gracias a un método electoral tan absurdo como injusto, y que concedió a la mayoría relativa, aunque sea una minoría absoluta, una prima extraordinaria. De este modo, hubo circunscripción en que el Frente Popular, con 30.000 votos de menos que la oposición, pudo conseguir 10 puestos más. Este caso paradójico fue bastante frecuente.


Qué decir de la sorprendente declaración de don Claudio Sánchez Albornoz, Presidente la II República española en el exilio, cuando comentaba que Los viejos republicanos eran masones y rabiosamente anticlericales. Por cierto, que tenía abundantes razones para estar resentido contra los gobiernos de la República, toda vez que le desposeyeron de su cátedra. Y así podríamos seguir con la larga lista de ilustres republicanos decepcionados, entre los que destacan Azorín, Menéndez Pidal, Marañón, Madariaga, Zuloaga, Pío Baroja, Pérez de Ayala, Manuel de Falla, etc. Recordaremos tan solo los desahogos de Salvador de Madariaga cuando recordaba que Los revolucionarios llevaban meses ensañándose con la Iglesia y sus sacerdotes. Nadie que tenga a la vez buena fe y buena información puede negar los horrores de esta persecución. Añadiendo que Con la revolución de 1934, la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936.


Y, como muestra de historiadores, recordaremos a Gabriel Jackson,
importante hispanista norteamericano, no precisamente de derechas, que reconoció que Los primeros tres meses de la guerra fueron el período de máximo terror en la zona republicana. Las pasiones republicanas estaban en su cenit. Los sacerdotes fueron las principales víctimas del gansterismo puro.


Estas transcripciones -que no opiniones ni interpretaciones- nos dan idea perfecta de lo que estaban viviendo y sufriendo aquellos republicanos insignes que luchaban por una república de paz y democracia. A la vista de lo que todos estos insignes republicanos vieron, vivieron y sufrieron, "parecería" que la Memoria Histórica que -con rango de decreto ley- se pretende imponer como opinión oficial obligatoria, adolece de ciertos errores no precisamente ortográficos. Porque no parece verosímil que nos hayan engañado con sus testimonios don Miguel de Unamuno -prestigiado y comprometido republicano, Rector de la Universidad de Salamanca-; don José Ortega y Gasset prestigiado y comprometido republicano -probablemente el mejor filósofo español del siglo XX-; don Niceto Alcalá Zamora -primer presidente de la II República española-; el ministro republicano Irujo -con su terrorífico Informe-; y don Claudio Sánchez Albornoz - presidente de la República española en el exilio-. Todos coinciden en que nuestro país no era un remanso de paz monástica sino más bien una selva amazónica. En una palabra, como antes hemos indicado, en la España de 1936 la democracia ya no existía, como lo han reconocido todos los historiadores y políticos independientes. La gente tenía miedo en las calles, claramente inseguras. También tenía miedo en las propias casas, donde abundaban los registros repentinos en busca de pertenencias religiosas, al parecer más peligrosas que las armas y los explosivos, dado que los rosarios y las estampas podían suponer la inmediata entrada en la cárcel o en la cheka. Millones de familias españolas que tenían parientes en ambos bandos, así lo han confirmado. Todo era así de trágicamente simple. En una situación revolucionaria como ésta, surge la obligada pregunta: ¿puede afirmarse, sin sonrojo, que todo lo que hacía el gobierno promovía el bien común y que, por tanto, los militares y civiles que se rebelaron, lo hicieron innecesariamente?


Lo terrible es que todo esto -que recogen también, en mayor o menor medida, autores como Hugh Thomas, Stanley Payne, Gabriel Jakson, Salas Larrazábal, Paul Preston, Vicente Palacio Atard, Salvador de Madariaga, etc- es absolutamente desconocido por millones de jóvenes españoles de la Logse, gracias al silencio, sino a la manipulación, de los textos escolares, auspiciada por la extrema izquierda y tolerada acomplejadamente por la derecha. Porque los historiadores profesionales parece que ya no cuentan en estas lides literarias. Son los políticos los que reescriben la historia con sorprendente eficacia adoctrinadora de las nuevas generaciones. Pero la historia real es únicamente la que han escrito los historiadores independientes o la que hemos recibido de nuestros padres que la vivieron y la sufrieron directamente. Y, al respecto, resulta oportuno recordar que la libertad de opinión de los ciudadanos es la condición sine qua non de una democracia. Dictar un pensamiento único es propio, sólo, de repúblicas bananeras que no han conocido, ni conocen -y me temo que no conocerán- ni la libertad ni la prosperidad democráticas.


Permítaseme también subrayar que las sociedades no cambian, "las" cambian. Y el mejor instrumento para hacerlo es la enseñanza, madre de todas las batallas civiles. A tal fin se ha utilizado la LOGSE y se empieza a utilizar la temible ley Celáa, que -si Dios no lo remedia- "echará" al mundo sucesivas generaciones históricamente desinformadas, moralmente en ayunas, patrióticamente "no se trata" y humanamente ocupadas en una perpetua "búsqueda de identidades" tan innecesaria como preocupante. Una vez más, nos toca recordar aquello tan repetido y jamás cumplido de que quien olvida su historia está condenado a repetirla tal como sentenció, hace más de veinte siglos, un sabio que ejercía como tal, llamado Marco Tulio Cicerón.


Mayo de 2023


José María Fuente Sánchez
Coronel (R) DEM, economista y estadístico,
Asociación Española de Militares Escritores (AEME)

José Mª Fuente Sánchez

Coronel (R) de Caballería, diplomado de Estado Mayor, economista y estadístico De la Asociación Española de Militares Escritores (AEME)

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
1 comentarios