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LA ESPAÑA INCONTESTABLE

El Camino Español: España, protagonista de la mayor empresa logística en siglos

'El Camino Español', óleo de Augusto Ferrer Dalmau.
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"El Camino Español", óleo de Augusto Ferrer Dalmau.

LA CRÍTICA, 14 NOVIEMBRE 2021

Por Íñigo Castellano Barón
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Desde los tiempos macedónicos no se había dado una empresa de tal envergadura que permitiese desplazar a todo un ejército y sus familias, atravesando una compleja geografía y pertrechado con todo tipo de armas y bagajes a lo largo de unos 1.000 kilómetros, sin otros medios que la firme voluntad de llegar y la fortaleza indomable de los españoles, escenificados en los famosos Tercios de Flandes. La Guerra de los Ochenta Años daría lugar a una movilización de recursos en siglos nunca vista. (...)

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Era la época de un vasto Imperio, cuando Felipe II se vio obligado a pacificar los territorios sublevados en los Países Bajos Españoles (Flandes) que comprendían Diecisiete Provincias, muy prósperas. Un amenazante calvinismo surgió contra la política imperial de homogeneidad religiosa heredada del emperador Carlos V. Comenzó la Guerra de los 80 años (1518), así llamada por su período de duración en el conflicto generalizado entre católicos y protestantes de varias potencias europeas, y al que luego se incorporaron las Provincias nórdicas (1568), siendo Margarita de Parma, hermana de Felipe II, quien entonces gobernaba en aquellas latitudes. El Camino Español llamado por algunos historiadores el Milagro Español se diseñó como una gran operación logística para cruzar un continente hostil geográfica y militarmente.

España distaba de la zona de conflicto cerca de 1.500 kilómetros por lo que el envío de los Tercios se hizo difícil y costoso, más aún teniendo en cuenta que Francia era un enemigo permanente. La ruta marítima desaconsejaba esta alternativa para el envío de tropas, pues tanto Francia como Inglaterra, que controlaba el Canal de la Mancha, y los piratas holandeses, suponían un gravísimo riesgo hasta alcanzar las costas nórdicas.

En este escenario de una Europa en guerra, Felipe II envió (1568) al III duque de Alba (el Gran Duque) para imponer el orden y soberanía en unos territorios que legítimamente había heredado la Corona española de los Habsburgo. Fue así que el Gran Duque organizó un camino terrestre que empezaría con el embarco de tropas en la costa española levantina para poner rumbo a Génova, república aliada de España que dio grandes hombres como Andrea Doria y Ambrosio Espínola, y desde allí dirigirse al ducado de Milán que se encontraba bajo dominio español y desde este punto, iniciar el llamado Camino Español o Camino Sardo. Otra vía de entrada en la península itálica fue Nápoles, donde los soldados inexpertos o bisoños recibían parte de su primera formación.

Para fijar el trazado que habría de discurrir durante esos 1.000 kilómetros citados, hubo que recurrir a una logística inmensurable que solo el ánimo y la fe en la victoria pueden justificar semejante empeño. La monarquía hispánica asumió el reto para vencer a los insurrectos holandeses.

Numerosos pintores hubieron de desplazarse para retratar el terreno por el que habría de diseñarse el camino, facilitando a los militares la toma de decisiones para descubrir la ruta más idónea. Fueron numerosas las pinturas realizadas sobre la ruta analizada entre valles y montañas. El primer tramo se consideró desde Génova a Milán para a continuación atravesar en una primera etapa el ducado de Saboya (aliada hispana en un primer momento) y los cantones suizos protestantes, hostiles especialmente el de Ginebra y el Palatinado del Rin. Este último hubo de ser sometido por los Tercios para asegurar el tránsito. Tras éste, una nueva etapa del recorrido desembocaba en una posesión de la Corona española como el Franco Condado, para seguir por el ducado de Lorena hasta el de Luxemburgo, ya en los Países Bajos, teniendo como destino Bruselas. Inicialmente fue éste el primer recorrido, pero posteriormente Francia, debido a su intrigante cardenal Richelieu, atrajo a su ámbito de influencia al duque de Saboya y hubo que trazar una segunda ruta partiendo de Milán y atravesando los valles de Engadina y Valtelina, llegar al Tirol y cruzando en Alsacia el ducado de Lorena hasta llegar a Luxemburgo para terminar igualmente en Bruselas.

Al esfuerzo pictórico antes mencionado para describir la geografía del terreno se sumó el análisis de los ingenieros que tuvieron que interpretar la mejor forma de cruzar los Alpes y otros notables accidentes montañosos. Luego llegó el turno de los gastadores o zapadores del ejército que hubieron de explanar los terrenos y materializar el camino con los medios humanos de entonces. Miles de hombres con carretas, familias, pertrechos, caballerías, intendencia de víveres, etc. esculpieron sus huellas en los senderos de una anchura suficiente en aquella agreste geografía hasta llegar al destino. También se alzaron planos de las etapas estableciéndose puestos de abastecimiento en ellas a distancias de un día de marcha a lo largo de toda la ruta.

En el caso que nos ocupa, se batieron records de tiempo en los trabajos preparatorios que hoy consideraríamos auténticas obras de ingeniería para aquel entonces así como también en la rapidez de marcha de aquellas muchedumbres. El Camino Español se organizó en dichas etapas que cubrieron distintas necesidades logísticas. Se contó con comerciantes privados que incrementaron sus negocios con el abastecimiento de víveres, mediante un sistema de contratos o asientos previamente concertados que requirieron de auditores expertos para la contabilización y supervisión de los precios más baratos ofrecidos. Del mismo modo se estipularon los pagamentos de dichos víveres y sus plazos. Todo ello se registraba puntualmente en los libros de cuentas minuciosamente detallados, siempre bajo el control de un delegado de recaudo, cuyo cometido era el cumplimiento de los encargos. Los víveres y suministros abarcaban desde alimentos, munición, prendas de vestir, hasta el forraje de las bestias. Todo fue pesado, medido y anotado.

El Gran Duque de Alba mantuvo una impecable disciplina en sus ejércitos al punto que los excesos de las tropas eran duramente castigados. Por otro lado y a lo largo del recorrido, se estableció un nuevo comercio entre esta enorme migración militar y las poblaciones por las que atravesaban. La construcción de casas, como otras actividades se incrementaron al paso de los Tercios españoles que durante casi cincuenta y cinco años protagonizaron un hito sin paragón en los últimos siglos en su deambular por El Camino.

El intento de apaciguar Flandes del deseo independentista de las Provincias del Norte, derivó más adelante en una nueva guerra llamada de Los Treinta años (1618-1648), tiempo en el que los tercios españoles coaligados con el Sacro Imperio Romano Germánico obtenían sonoras victorias frente a los ejércitos protestantes que representaban igualmente una amplia coalición. Se registran hasta 80.000 hombres que llegaron en un momento determinado a componer los ejércitos españoles. Cabe recordar que Miguel de Cervantes se alistó en el ejército del Gran Duque cuando tuvo noticia de ello, y escribió sobre su marcha por este Camino.

La logística española llegó a abarcar todos los órdenes de la organización de un pueblo en marcha, pues los tercios avanzaban con mujeres, hijos, servidores quienes podían, e incluso prostitutas que acompañaban a los valientes y sacrificados soldados que por una exigua paga apostaban con sus vidas. Entre las batallas más sobresalientes puede recordarse la mantenida contra la considerada inexpugnable ciudad de Breda, bajo el mando de Justino de Nassau, que fue sitiada (1624-1625) durante nueve meses hasta su rendición, por el general Espínola, catapultado a la fama en Europa. Frente a los muros de la urbe y a pocos kilómetros de ella, se estableció un asentamiento donde se aposentaron militares, comerciantes, curiosos, espías y artistas por el largo tiempo. A diario, una caravana de cuatrocientos carros abasteció a los sitiadores al tiempo que servía para recoger a heridos y enfermos. Todo se previó, como los diques de contención de un río próximo a la ciudad para evitar que se anegase el campamento por su posible e intencionado desbordamiento, e incluso a mayor gloria se facilitó el acceso de informadores y pintores a las construcciones que Espínola ordenó hacer como trincheras, defensas y fortificaciones para evitar que la ciudad recibiera refuerzos. El mismo rey de Polonia y el duque de Baviera visitaron aquella posición, y la fama del sitio de Breda y su asentamiento, se propaló por todas las Cortes europeas. Una serie de batallas se sucedieron para gloria de los Tercios. Pero tristemente para España, el destino ya había trazado los hilos de la encrucijada de Flandes siendo estos contrarios a la posesión española de aquel territorio de los Países Altos (Holanda). Nördlinger (1634) sería el último y definitivo enfrentamiento, que dejaría fuera de combate al ejército sueco de Gustavo Adolfo II de Suecia que había entrado en el conflicto. Los españoles combatiendo junto a los imperiales le derrotaron. Allí alcanzó mayor fama el marqués de Leganés bajo cuyo mando supremo pudieron vencer, tras dejar el campo sembrado de miles de muertos de un ejército sueco más moderno. Destacó igualmente el tercio del vasco Martín Idiáquez y Camarena, maestre de campo, y los arcabuceros del Tercio Fuenclara, del aragonés D. Enrique de Alagón y Pimentel.

Una importante manifestación pictórica se produjo cuando el arte flamenco empezó a invadir los gustos hispanos y con ello una ingente falsificación de pinturas que entraban a España y por la que se había de pagar los impuestos correspondientes. La cadena logística se incrementó, y el soberano español Felipe IV, nieto de Felipe II, descubriría su pasión por esos mismos pintores, especialmente holandeses.

España terminó perdiendo sus dominios y la Paz de Westfalia (1648) supuso el fin de las guerras de Flandes. Sólo la Historia quedó para grabar en oro la memoria de la ingente al tiempo que sorprendente empresa logística, así como del valor español y su decidida actuación en defensa de su Corona.

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