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Trumpismo, un síntoma

El expresidente norteamericano Donald Trump. (Foto: www.bbc.com / Getty Images).
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El expresidente norteamericano Donald Trump. (Foto: www.bbc.com / Getty Images).

LA CRÍTICA, 9 ABRIL 2021

Por Manuel Pastor Martínez
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Trump, según sostienen el Establishment y las izquierdas de todo el mundo, perdió las elecciones de 2020, pero según las encuestas el Trumpismo, es decir los más de 74 millones de sus votantes, parece que sigue vivo y “coleando” (aunque nuestra vicepresidenta Carmen Calvo asegura que son sus “últimos coletazos”). (...)

Supongo que este artículo escandalizará a muchos porque, en síntesis, se trata de un modesto elogio al ampliamente denostado Populismo democrático en general, y al Trumpismo en particular (pese a la opinión de la señora Calvo) durante y después de la presidencia de Trump.

Conviene dejar claro que, en rigor, el auténtico Populismo no es Comunismo ni es Fascismo. Ciertamente existe una relación histórica entre los narodnikii (populistas rusos de finales del siglo XIX y principios del XX) y los bolcheviques pero el Comunismo de Lenin, como ideología y sistema totalitario en el poder, liquidó todos los rasgos que pudieran seguir existiendo del Populismo tras la Revolución (golpe de Estado) de Octubre. El partido camaleónico español Podemos y sus diversas ramificaciones han adoptado rasgos populistas pero su fondo ideológico, su núcleo duro, sigue siendo el Comunismo.

La relación histórica del Populismo –especialmente el de las ligas campesinas en el sur de Italia– con el Fascismo (no con el Nazismo, caso diferente por la importancia destacada en éste del factor racista y antisemita) es más estrecha y compleja, pero al final el primero también quedaría diluido o como una corriente más en el sistema sincrético y autoritario inventado por Benito Mussolini.

Aparte de estos ejemplos clásicos de Populismo, ambos izquierdistas (por anti-capitalistas y estatistas anti-liberales), más recientemente, en nuestra época, han aparecido otras formas de Populismo de derechas, democráticos, en defensa de las libertades constitucionales, de la sociedad civil y de la propiedad. En los Estados Unidos hay precedentes, entre otros, en el partido Progresista de Teddy Roosevelt, en el liderazgo del demócrata disidente Huey Long (quien predijo en los años 1930s que el fascismo en América aparecería como “antifascismo”), en la New Right, en la Moral Majority, y en diversos candidatos como Ross Perot, Pat Buchanan, Newt Gingrich, el Tea Party, etc. El Trumpismo es el modelo más cabal e interesante.

Parece razonable pues aceptar que existen dos tipos de populismo muy diferentes. Así lo afirma y expone el gran historiador y analista político de la Hoover Institution Victor Davis Hanson en su excelente ensayo Dueling Populisms (“Defining Ideas”, Hoover Institution Journal, 2018), y yo mismo lo he hecho en varios artículos (en Libertad Digital, Kosmos-Polis y La Crítica, entre 2010-2016, a propósito del Tea Party y del Trumpismo). También Steve Hilton en su programa televisivo The Next Revolution (FNC) dedicado monográficamente a lo que viene llamando, desde la irrupción de Trump en la arena política en 2016, “populismo positivo”.

Es imposible no ver en ello síntoma de una crisis profunda de la democracia, especialmente la bipartidista, crisis al mismo tiempo del “Establishment” (en los EU) y de la Partitocracia (en la UE). Y paralelamente un fracaso del centrismo y de los partidos-bisagra (también podrían llamarse partidos-veleta). Véase, como ejemplo en nuestros lares, las derivas y tanteos erráticos o contradictorios de UCD, PSP, PSA-PA, PAD, CDS, PNV, CiU, CC, UPyD, etc., y últimamente Ciudadanos.

Ciudadanos, como el movimiento francés En marcha de Macron, tuvieron inicialmente rasgos de un “Populismo mainstream” frente al bipartidismo tradicional (según observó agudamente Alain Minc; yo los califiqué de “Trumpismo light”), pero pronto evolucionaron hacia posiciones escoradas al centro-izquierda socialdemócrata, típico del Establishment. Como casi todos partidos españoles mencionados, hoy Ciudadanos también se encuentra en peligro de extinción.

Conceptos como “Guerra Cultural” y “Nacionalismo vs Globalismo” (enunciados originalmente por Pat Buchanan, respectivamente en 1992 y 1996), y retomados por el Tea Party desde 2009, inspirarán a Trump en su confrontación con la “Corrección Política” y en sus valientes decisiones sobre política exterior y comercio internacional.

Lou Dobbs ha destacado como los principales objetivos del Trumpismo la tríada de problemas “Jobs, Immigration, China”. Yo añadiría también como un gran objetivo su decidida política “Pro-Life”.

Trump es reconocido como claro “disruptor” del sistema partitocrático del Establishment, especialmente en el momento histórico de máxima degeneración y mutación radical o socialista del partido Demócrata (H. Mansfield).

Aparte de autores críticos como John Bolton (2020), Michael Schmidt (2020) o el inevitable Bob Woodward (2018, 2020), la literatura liberal-conservadora favorable a Trump y el Trumpismo cuenta ya con notables autores (Phyllis Schafly, Ann Coulter, David Horowitz, Newt Gingrich, Bill O´Reilly…). Personalmente destacaría las obras del académico Victor Davis Hanson, The Case for Trump (2019) y del veterano periodista –víctima de la nueva censura progresista– Lou Dobbs, The Trump Century (2020).

Sospecho que el Trumpismo (y partidos como VOX en España), a pesar de las percepciones politológicas de la vicepresidenta Calvo, es un síntoma más bien de los “últimos coletazos” del bipartidismo en el Establishment estadounidense y en la Partitocracia española y europea. Y de manera muy concreta es también el síntoma de un “populismo positivo” (S. Hilton), de la resistencia frente a los elitismos supremacistas, y de la batalla decisiva por necesaria en nuestra cultura política de la democracia liberal contra las mutaciones hacia una democracia colectivista (D. Nunes). De las libertades individuales frente a los estatismos anti-liberales de cualquier signo.

Manuel Pastor Martínez

Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

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