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Santa Clara: ¿qué admiramos más?

Isidoro Arredondo: Santa Clara ahuyentando a los infieles con la Eucaristía. 1693. Óleo sobre lienzo. Museo del Prado (Madrid).
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Isidoro Arredondo: Santa Clara ahuyentando a los infieles con la Eucaristía. 1693. Óleo sobre lienzo. Museo del Prado (Madrid).

LA CRÍTICA, 13 SEPTIEMBRE 2020

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Dedicado a Catalina y a las monjas clarisas de Sancti Spiritus

Un hecho, casi único, en la historia de la Iglesia, se produjo con motivo de la aparición de una nueva espiritualidad, revolucionaria y difícil de entender en aquel tiempo, la de san Francisco de Asís. Pues bien, la persona que mejor encarnó, vivió y practicó la nueva espiritualidad no fue un hombre, sino una mujer, (...)

... la futura santa Clara de Asís, que en tanto que mujer y fundadora de las clarisas se enfrentaba a una dificultad mayor que la de los hombres, con relación al “privilegio de la pobreza”.

La futura Santa Clara, nació en Asís (Italia), en 1193. Sus padres, Favarone de Offreduccio y Ortolana, pertenecían a la nobleza y proporcionaron a Clara la educación religiosa y cortesana propia de su linaje.

No obstante, a pesar de los inmejorables partidos que para su matrimonio se le ofrecían, Clara sintió la llamada de Dios, debido a los sermones que escuchó a aquel loco, hijo del rico pañero, que se había quedado desnudo en público ante su padre y permanecía desnudo frente al Obispo y la sala abarrotada de paisanos suyos, desprendido de todo. Pero, a causa de la oposición frontal de su familia, Clara, el 28 de marzo, la noche del Domingo de Ramos de 1212, tuvo que fugarse de su casa y en Santa María de los Ángeles fue el propio san Francisco, el que le cortó los cabellos, la impuso el velo y recibió y admitió su consagración a Dios. Y al unirse a ella una serie de señoras, fundó la Orden de las Hermanas pobres, de las clarisas.

En este sentido, no me parece adecuada la consideración de que San Francisco de Asís haya dejado obscurecida y disminuida la importancia a Santa Clara: “… pero, no han tenido con ella la debida consideración, quizás por una excesiva prudencia o por cierta rivalidad entre las diversas fundaciones franciscanas… Sin estos reparos, santa Clara brillaría entre las más grandes figuras femeninas del historia” (P. Sabatier, Etudes inédites, París, 1932,12).

De hecho, tal vez el mejor hagiógrafo de santa Clara, Julio Herranz O. F. M., recoge el testimonio de los ministros generales de la familia franciscana que describen a Santa Clara de Asís y sintetizan su espiritualidad y su personalidad, como sigue: “De personalidad fuerte, valerosa, creativa, fascinante, dotada de extraordinaria afectividad humana y materna, abierta a todo amor bueno y bello, tanto hacia Dios como hacia los hombres y hacia las demás criaturas. Persona madura, sensible a todo valor humano y divino, que está dispuesta a conquistarlo a cualquier precio” (Clara de Asís, mujer nueva, 5).

Además, ha sido la primera y única mujer en escribir una regla de vida religiosa para mujeres, de contenido y estructura muy diferentes de las reglas monásticas que habían existido hasta el siglo Xlll en el que Clara la redactó; que es Fundadora y su Orden cuenta en la actualidad con unas 18.000 Hermanas, repartidas por los cinco continentes, entre los cerca de 900 conventos de su Orden (en 1228 se fundó el primer convento de la Orden de Santa Clara en España); y un largo etcétera, pero sabiendo que en la vida religiosa, espiritual, las estadísticas sirven para poco, porque lo que importa es la santidad.

Al hablar de santa Clara es preciso relacionarla con la pobreza y más exactamente con el “privilegio de la pobreza”. Clara, defendió este privilegio como si defendiera el mayor tesoro del mundo. Era, quizá, lo más original, lo más propio de su vocación, junto con la fraternidad y la continua oración contemplativa. De manera que, venciendo dificultades y prejuicios, consiguió del papa Inocencio lll (quizá el Papa que más poder ha tenido en la Iglesia) el insólito “privilegio de la pobreza”, de poder vivir sin privilegios, sin rentas, sin poseer nada, a imitación de Cristo que no tenía “donde reposar su cabeza”. Hoy, lo que, a juicio de muchos, más se admira y en lo que más se cree, es en el testimonio, en el ejemplo de la pobreza material voluntaria puesta al servicio de los demás.

Un biógrafo, que tiene la habilidad de sintetizar en unas frases, encarnadas con un ejemplo, toda una espiritualidad, ha escrito: “Señoras pobres’ porque las clarisas insistían de un modo particular en la santa pobreza, queriendo ser como mendigas para vivir sólo de limosna, y aún de limosnas de poca consideración, rechazando los panes enteros y sin aceptar más que mendrugos. Cuando un Papa quiso suavizar esas normas, Clara defendió apasionadamente su pobreza como otras hubieran luchado por conservar el mayor de los bienes.” (Carlos Pujol, LA CASA DE LOS SANTOS, Ediciones RIALP, 1989, p. 271).

Y esta misma espiritualidad continúa en la actualidad. Una ciudad, Astorga, a la que quiero mucho, tuvo en la Edad Media 12 conventos de los que quedan dos: Sancti Spiritus y Santa Clara. Pues bien, con motivo de la desamortización de Mendizábal de los bienes de la Iglesia, que hicieron a los ricos todavía más ricos, y que las monjas de Sancti Spiritus fueran expulsadas de su convento y recogidas en el de Santa Clara. Cuando pudieron volver a Sancti Spiritus, no tenían nada y con la misma alegría que su Fundadora se convirtieron en mendigas para sobrevivir y seguir haciendo el bien.

Al entrar en la iglesia de Sancti Spiritus se nota como una suave brisa de espiritualidad. El templo, del siglo XVl, de una sola nave, bóvedas de crucería, cinco retablos barrocos, el mayor churrigueresco con las características columnas ajarronadas leonesas, es de un convento de terciarias franciscanas, perfectamente limpio y cuidado. En efecto, el aliento espiritual que se nota proviene del fondo, donde detrás de las rejas están las monjas que reciben con una mirada que irradia amor y alegría que llena de paz. Viéndolas, parece que ya no hay problemas.

No obstante, si bien, “El fin primordial es la propia santificación, llevando vida pobre, mortificada y penitente, dedicada a la oración y contemplación. Ya con anterioridad, pero sobre todo desde 1930, se advierte entre las clarisas una apertura hacia actividades externas, como enseñanza, asistencia social, etc., lo que se ha plasmado en realidades en bastantes monasterios, particularmente después de la constitución Sponsa Cristi” (Buenaventura de Carrocera, CLARISAS, Ediciones RIALP, 1971, p. 736).

Con motivo de la aprobación, el año 1223, de la regla de san Francisco para la Orden de los Hermanos Menores, Clara empezó a abrigar la esperanza de que la suya también fuese aprobada, como de hecho así fue, años más tarde, en septiembre de 1252.

Tras una larga y dolorosa enfermedad que la postró en cama, dos días antes de morir, la futura santa Clara, escribió: “… Su amor enamora, su contemplación reanima, su benignidad llena, su suavidad colma, su recuerdo ilumina suavemente, su perfume revive a los muertos y su visión gloriosa hace felices a todos…”; y refiriéndose a ella: “Bendito seas, Señor, porque me creaste”. En efecto, dos días más tarde, el 11 de agosto de 1253, moría Clara en San Damián y al igual que san Francisco, sólo dos años más tarde fue canonizada.

Termino con la reproducción de algunas líneas del biógrafo, antes citado y que es el que más me ha acercado a Santa Clara: “Su lucha por el seguimiento radical de la pobreza y humildad de Cristo fue tan ardiente e inquebrantable, que fácilmente lleva al observador superficial a hacer de ella… la clave única de comprensión de su experiencia humana y espiritual, y de su proyecto y forma de vida,… Clara es también y de manera determinante, una mujer de intensa oración, oración contemplativa,… a la que ella, convertida por la predicación de Francisco, concede un protagonismo excepcional en su experiencia religiosa… Clara es también una mujer de la penitencia, en un contexto en el que hay una verdadera “cultura de la penitencia”… En esto su palabra no siguió a su ejemplo, pues si para con las hermanas y en la regla relativiza la praxis penitencial,… por considerar que la primera y principal forma de penitencia de las hermanas es la radicalidad de forma de vida y pobreza, sin embargo, sus penitencias fueron tales… Como auténtica seguidora de Francisco vive la verdadera alegría en medio de la pobreza:… la alegría que brota de la identificación afectiva y efectiva con Cristo pobre y humilde,… la alegría de las bienaventuranzas.” (Julio Herranz, O. F. M., NUEVO AÑO CRISTIANO - Director: José A. Martínez Puche-, Ed. EDIBESA, 2001, p. 260).

Pilar Riestra
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