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PRESENTACIÓN EL DÍA 2 / NOV EN BEMBIBRE

Democracia para idiotas, de Pedro F. R. Josa

Democracia para idiotas, de Pedro F. R. Josa

LA CRÍTICA, 28 OCTUBRE 2018

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El 2 de noviembre a las 20:15h en el Salón de Actos de "La Obrera", primera presentación del nuevo libro de Pedro F.R. Josa Democracia para idiotas.

Madrid: Sekotia, 2018

Que la realidad es todo lo que está fuera de nosotros es algo que solemos olvidar. El ser humano es así de arrogante, cree que su percepción es la única realidad, y así vamos, de una desilusión a otra. Y la democracia no escapa a esta regla de nuestra existencia. El descontento actual hacia dicho sistema político se debe principalmente a que, sin saber muy bien en qué consiste, todos creemos que nuestra concepción del mismo es la única verdadera, y que por tanto, yo soy el más demócrata de todos. Por eso, y por muchos más motivos, conviene delimitar claramente nuestro objeto de estudio, conocer sus orígenes, definir sus elementos principales, ver cómo ha evolucionado a lo largo de la historia…solo así se podrá contestar a las preguntas tan simples pero tan esenciales que me han llevado a escribir este ensayo, ¿qué es la democracia? Y, sobre todo, ¿qué significa hoy ser demócrata?

En principio, no parece gran cosa para un Occidental hacerse ese tipo de preguntas, para la mayoría de nosotros es el único sistema político que hemos conocido y el que mejor preserva y se adapta a nuestra condición humana. Entonces, ¿por qué tanto descontento en torno a ella? ¿Por qué hay tantas visiones confrontadas sobre lo que es y lo que no es la democracia? ¿Por qué es utilizada para justificar en su nombre incluso las acciones más antidemocráticas? Si hay algo claro, es que hoy no existe un consenso en torno a lo que es la democracia, qué supone para nosotros y cuáles son sus implicaciones.

Y no lo hay porque, en primer lugar, desconocemos casi por entero sus orígenes, allá por la Grecia del siglo V antes de nuestra era. Hemos idealizado lo que en la práctica fue una breve anomalía en el devenir histórico del ser humano. Una irregularidad que permitió por un corto periodo de tiempo disfrutar a un pequeño porcentaje de hombres de una libertad e igualdad desconocidas hasta el momento. Y ahí se acabó todo, las guerras, como hacen siempre, acabaron con el sueño democrático, y su camino fue abandonado por mucho tiempo.

Hasta que dos Revoluciones, veintidós siglos más tarde, recuperaron el ideal democrático para la modernidad. O al menos eso nos han contado, porque no fue así ni en Estados Unidos ni en Francia. En ambos casos, las revoluciones fueron alimentadas por la fe republicana, tan preocupada por los excesos democráticos. El fracaso de los dos procesos revolucionarios, más evidente en el caso francés pero no menos real en el estadounidense, dieron paso a nuestras democracias, tan distintas a las imaginadas por los revolucionarios de París y Boston, no digamos ya de la practicada por los ciudadanos atenienses.

Si nuestras democracias no son lo que querían los revolucionarios de finales del siglo XVIII ni la que practicaron los griegos durante los siglos V y IV se debe a un segundo factor. Simplemente no hemos prestado atención a sus elementos básicos. Como los alquimistas que mezclaban con tesón los más dispares elementos para alcanzar la fórmula secreta de la vida eterna y la transmutación de metales viles en oro, por cierto, sin mucho éxito, así nosotros hemos ido añadiendo y quitando elementos a la fórmula democrática, hasta crear este engendro que hoy denominamos democracia social y de derecho, donde el Estado ha sustituido a la virtud y la igualdad a la libertad.

Así pues, sin haber prestado atención a sus orígenes ni a sus elementos constituyentes, hemos ido construyendo este edificio democrático sobre unas bases nada democráticas, y como era de esperar, tarde o temprano, las incoherencias de semejante estrategia han salido a la luz y son evidentes para casi todos. Las soluciones aportadas hasta el momento no mejorarán el vicio de origen, ya no somos los atenienses de Pericles ni los revolucionarios de la Bastilla. Por mi parte, solo espero haber ayudado a comprender la raíz de semejante desbarajuste. No pretendo fundar un nuevo orden, tan solo señalar las fallas del presente, con la esperanza de evitar el destino de quienes nos precedieron en esta infausta labor de progresar del idiota al ciudadano.

Pedro Francisco Ramos Josa

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