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En defensa del Rey

El rey Felipe VI en la quinta edición del 'Wake Up, Spain'. (EFE/JJ Guillén).
El rey Felipe VI en la quinta edición del 'Wake Up, Spain'. (EFE/JJ Guillén).

LA CRÍTICA, 19 MARZO 2026

Por Gonzalo Castellano Benlloch
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¡Qué país! ¡Qué necedad! ¿De verdad hemos llegado al punto en el que todo ha de mirarse bajo un prisma en el que solo existen el blanco y el negro? ¿Dónde quedan la moderación, la reflexión pausada, el sentido común y, en definitiva, el intento de alcanzar puntos de acuerdo a pesar de las diferencias? Nada importa: solo imponer un relato.

Soy una persona de derechas y, tradicionalmente, una de las mayores críticas que podía hacer a la izquierda era el uso sistemático de postulados populistas; es decir, abordar cuestiones muy complejas desde planteamientos simplistas. Durante mucho tiempo, ese parecía ser un coto exclusivo. Pero, desgraciadamente, parte de la derecha se ha contagiado de la misma enfermedad y trata los asuntos con idéntica irresponsabilidad. (...)

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Las redes sociales están que arden por las recientes declaraciones de S.M. Felipe VI, quien —según parece—, en una conversación con el embajador de México durante una exposición en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid sobre el México prehispánico, señaló que hubo abusos en la Conquista. Soy un profundo admirador de las enormes gestas que llevaron a cabo generaciones de españoles y que constituyen, sin duda, uno de los procesos históricos más relevantes de la humanidad. Ahora bien, tras el descubrimiento se produjo una conquista, y como toda conquista, se hizo a sangre y fuego. Negarlo es tan absurdo como negar que la Tierra gira alrededor del Sol. Y que se cometieron abusos es también una obviedad, sobradamente documentada y fuera de toda duda historiográfica.

Defender a España no consiste en construir una “leyenda rosa”; es algo muy distinto. Y, además, no la necesita: España se defiende sola con sus hechos, incluso cuando estos incluyen errores.

El Rey se ha limitado a decir algo bastante razonable: que conviene evitar el presentismo al juzgar hechos ocurridos hace cinco siglos y que la Monarquía trató de proteger a los indígenas, aunque en la práctica no siempre fue eficaz y se produjeron abusos. Nos guste más o menos, esto refleja de forma bastante fiel el consenso historiográfico.

Pero hay más: la postura de España, solo por esto, resulta extraordinaria en su contexto. España se cuestionó a sí misma prácticamente desde el inicio. Ya con las Leyes de Burgos (1512) comenzó a plantearse el tratamiento debido a los indígenas, articulando una voluntad normativa de regulación y protección que presupone que no son mera propiedad. En 1542, las Leyes Nuevas prohíben expresamente su esclavitud, limitan las encomiendas y los reconocen como vasallos de la Corona. Y pocos años después, en 1550, Carlos V ordena suspender las conquistas hasta resolver el problema de su legitimidad.

Es decir, para la Corona, la protección del indígena fue un asunto relevante desde el comienzo, aunque ello no impidiera que se cometieran abusos. Y tiene razón Su Majestad al hablar de presentismo: no tiene sentido juzgar la eficacia de aquellas medidas como si hubieran contado con los medios actuales. Cruzar el océano era entonces una hazaña titánica; muchas expediciones eran empresas privadas autorizadas por la Corona, que actuaban a miles de kilómetros de distancia. El conocimiento de los abusos podía tardar meses o años en llegar, y la respuesta —incluidos los juicios de residencia— también se demoraba. No había ni teléfono ni internet. Parece una obviedad, pero conviene recordarla.

Lo verdaderamente extraordinario es que ese proceso de autocrítica dio lugar a un marco normativo orientado a la protección del indígena. Hubo abusos, por supuesto, y en ocasiones muy graves. Pero solo puede hablarse de abuso cuando existe una norma que se vulnera; sin ella, lo que hay es pura arbitrariedad. Y esto, que hoy nos parece evidente, no fue la norma en otras potencias de la época.

En definitiva, podemos reconocer errores y abusos y, al mismo tiempo, afirmar que la posición de España, en el contexto de su tiempo, fue notablemente avanzada. Es más, el proceso intelectual que arranca en la Escuela de Salamanca puede considerarse uno de los primeros intentos de formular derechos humanos de carácter universal.

Reconocer los abusos no empequeñece a España: la engrandece. Porque, siendo inevitables las sombras de la condición humana, hubo un esfuerzo consciente por contenerlas y someterlas a norma. Eso no alimenta la leyenda negra, sino que evidencia una verdadera grandeza moral.

Ahora bien, el problema de parte de la derecha es que, aun sabiendo que hubo abusos, recurre a argumentos forzados para evitar reconocerlos, como si ello perjudicara la imagen de España. Y es justo lo contrario: lo que perjudica su imagen es negar la realidad. Nadie va a creer en una conquista perfecta; es un relato insostenible.

Se llega así a comparaciones improcedentes: “sí, hubo abusos, pero los aztecas hacían cosas peores”. Y uno se pregunta: ¿qué tiene que ver? Aun admitiendo esa premisa, ¿acaso no puede alguien actuar mejor que otro y, aun así, cometer errores? Esto no es más que un falso dilema.

Y entonces aparece el culpable: el Rey, acusado de traidor por reconocer hechos históricos, como si ello supusiera abrazar la leyenda negra. No es el caso.

Mi única crítica —si es que puede llamarse así— es que sus palabras pueden ser malinterpretadas en un contexto diplomático delicado con México, cuyos dirigentes llevan tiempo solicitando una disculpa formal por la conquista. No creo que el Rey se haya disculpado en ese sentido; lo que ha dicho se ajusta bastante a la realidad histórica. Pero es posible que algunos utilicen sus palabras interesadamente para presentar una supuesta debilidad de España. Puede que el momento no fuera el más oportuno. Ahora bien, de ahí a hablar de traición hay una distancia enorme, tan grande como el océano que cruzó Colón. Es una acusación falaz, interesada y falsa.

Concluyo: España se defiende con la verdad. Y la verdad de España es, en su conjunto y pese a sus errores, extraordinaria y difícilmente comparable. No necesita ser instrumentalizada por nadie. Esa derecha con la que tantas veces coincido nos perderá si pretende que aceptemos relatos insostenibles.

V.E.R.D.E

Gonzalo Castellano Benlloch


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