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Porque una parte significativa de la tradición política de la izquierda española ha mantenido históricamente una relación problemática con ese tipo de relatos. No es un fenómeno nuevo ni puede explicarse únicamente por la coyuntura actual. Tiene raíces más profundas.
Durante la Segunda República, por ejemplo, no fue casual que determinados sectores miraran más hacia 1789 que hacia 1808. El propio proceso constituyente republicano arranca simbólicamente el 14 de julio de 1931 con la apertura de las Cortes Constituyentes. No era una coincidencia inocente. Como tampoco lo era la presencia habitual de “La Marsellesa” en actos políticos de la época. El contraste lo expresó con claridad Manuel Azaña cuando advirtió en las Cortes que España no podía construirse “contra su propia historia”, una tensión que atravesó todo el periodo republicano. Más aún, en sus Memorias políticas, Azaña deja entrever la dificultad de articular un proyecto moderno sin romper del todo con el pasado nacional.
El contraste con el 2 de mayo es evidente. Porque lo que en Francia se celebra como liberación, en España se recuerda también como invasión. Y no una invasión cualquiera: una que dejó tras de sí una devastación documentada por Goya en los Desastres de la guerra, pero también por testimonios contemporáneos como los de Blanco White o el conde de Toreno, que describen saqueos, ejecuciones y una violencia sistemática sobre la población civil. Las cifras exactas siguen siendo discutidas, pero el historiador Charles Esdaile o, en el ámbito español, Emilio La Parra, coinciden en señalar la magnitud extraordinaria del conflicto: una guerra total para los estándares de la época, con centenares de miles de víctimas y un país profundamente devastado. Aquí aparece la incomodidad de fondo.
Porque, junto a esa memoria, también ha existido —desde el siglo XIX— una corriente que interpretó la invasión napoleónica como una oportunidad frustrada de modernización. Desde los afrancesados hasta regeneracionistas posteriores, se sostuvo que España había rechazado, junto con la ocupación, una vía de transformación política. Ortega y Gasset, sin llegar a justificar la invasión, sí insistió en la idea de que España arrastraba una dificultad estructural para incorporarse a la modernidad europea, lo que alimentó indirectamente ese tipo de interpretaciones. No fue una posición mayoritaria, pero sí persistente. Y suficiente para generar una ambivalencia que llega hasta hoy.
Resulta difícil sostener simultáneamente una admiración —aunque sea cultural o simbólica— por la tradición revolucionaria francesa y una reivindicación plena de un episodio histórico que se define precisamente por la resistencia frente a su proyección imperial. La solución, durante décadas, ha sido ambigua: desplazar el foco, relativizar el significado o evitar que el 2 de mayo ocupe un lugar central en el relato político propio. Eso es, en buena medida, lo que sigue ocurriendo hoy. El problema para el actual Gobierno no es Ayuso. El problema es el 2 de mayo. Porque el 2 de mayo remite a una idea de España que no se deja disolver fácilmente en abstracciones. Es un recordatorio incómodo de que la política no nace en los principios, sino en los pueblos; no en los discursos, sino en la historia. Por eso cada gesto institucional, cada ausencia, cada matiz en torno a esta fecha se interpreta —y se vive— como algo más que protocolo. Es una toma de posición.
Frente a ello, la Comunidad de Madrid ha optado por hacer exactamente lo contrario: convertir el 2 de mayo en afirmación política explícita. No solo como memoria, sino como identidad. Y ahí radica su eficacia: en ocupar un espacio que otros han decidido abandonar. Y ahí se produce el choque. No entre dos dirigentes, sino entre dos formas de entender la legitimidad política. Una que reconoce la nación como sujeto histórico y otra que, incómoda ante ese concepto, prefiere diluirlo o relegarlo. El resultado es el que vemos: una fecha que debería unir se convierte en línea divisoria.
Porque, en el fondo, el problema no es cómo se celebra el 2 de mayo. El problema es lo que el 2 de mayo recuerda: que hubo un momento en que España se defendió como nación. Y no todo el mundo está cómodo con esa idea.
Juan Manuel Martínez Valdueza
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