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Paolo Benanti, al que cabe considerar un hombre sabio, no sólo por el libro que acaba de publicar –cuya lectura es decididamente aconsejable–, sino por sus anteriores libros, que revelan profundos conocimientos de teología, filosofía, de la Inteligencia Artificial (IA), de sus efectos y consecuencias sociales, y que es uno de los máximos expertos mundiales en la ética de la IA, preside el grupo de trabajo de IA del gobierno italiano y de la comisión de expertos de la ONU sobre esta cuestión, y que, con relación al tema planteado en los dos primeros párrafos, ha escrito:
“En los debates públicos factuales, estamos desorientados: incapaces de hablar el mismo idioma o de reconocer una misma verdad… El problema no es la polarización, ya que esas divisiones en bandos ya caracterizaban el período de posguerra y el final del siglo XX. Hoy está claro que las fracturas actuales están desgarrando las democracias, creando dentro de ellas lo que parecen ser países distintos. Basta mirar a los republicanos y demócratas en Estados Unidos: se están convirtiendo como en dos países distintos que reclaman el mismo territorio, pero con dos interpretaciones opuestas de la Constitución, la Economía y la Historia estadounidense.… Y está ocurriendo no sólo entre los políticos, sino en el corazón mismo de la sociedad civil: en universidades, empresas, colegios profesionales, museos e incluso familias. A veces, la forma que adopta es la de diferencia cultural conocida como cultura de la cancelación u otras formas de extremismos ideológicos y culturales, reconocibles por su terminación en ismos.” (Paolo Benanti, El colapso de Babel, Kindle, Amazon).
Por su parte, otro gran estudioso, sostiene con gran lucidez , profundidad y erudición, con ejemplos y casos muy documentados y bien analizados, desde la historia, la literatura, el pensamiento –incluidas las pseudo–mentiras, entre ellas los chistes– que, por primera vez, la humanidad afronta un desafío radical en la búsqueda de la verdad, sobre el destino de la misma, porque, en efecto, la inexistencia de la verdad impide la comprensión, el entendimiento entre los hombres y arriesga el futuro de la sociedad. (George Steiner, ¿Tiene futuro la verdad?, Almuzara).
En la tierra de Senaar (Babel), poco después del Diluvio, hacia el año 2.000 a. de C., los hombres decidieron construir una torre que llegara hasta el cielo para, según una de las interpretaciones, en caso de un nuevo diluvio subir hasta la cima y protegerse. Dios, quizá con objeto de que poblaran toda la tierra, no les hizo hablar, en sentido estricto, lenguas diferentes, sino que no se entendieran en la misma lengua y se dispersaran.
El autor citado, aunque no se refiere a la anterior interpretación del colapso de Babel, pero sí considera que, en la actualidad, debido a la IA y a las redes sociales, puede estar ocurriendo lo mismo.
Como se sabe, las plataformas sociales son sitios web y aplicaciones digitales que permiten a personas y organizaciones crear, compartir información y comunicarse en tiempo real. Destacan las redes sociales.
Ya en 2025 el uso global de redes sociales superó los 5.240 millones de usuarios, con un promedio diario de uso de 141 minutos. Las redes sociales más utilizadas a nivel mundial en 2026 son: Facebook, con algo más de 3.000 millones, Instagram, con cerca de los 3.000 millones, lo mismo que WhatsApp; YouTube y TikTok se encuentran también entre las cinco plataformas más populares, por el consumo de contenido en video. En España las redes sociales más utilizadas son: WhatsApp (con un uso diario del 93 por ciento), seguida por Instagram y Facebook; Twitter, Spotify y LinkedIn son las siguientes, referidas, sobre todo, a noticias, música y ámbito profesional.
Quizá los primeros que detectaron el peligro de las redes sociales fueron los Institutos y Colegios, y ahora de manera original, ilustrativa y sugerente lo hace Paolo Benanti, al afirmar que, si bien, en la primera década de este siglo las redes sociales parecían haber conseguido el ideal de la libertad de expresión, superando a los regímenes más represivos –piénsese en las Primaveras Árabes–, en la segunda década se ha producido, como en Babel, un verdadero colapso, como demuestra el asalto al Capitolio que, seguido minuto a minuto, constató, “el poder de las plataformas digitales para movilizar a las masas y transformar la desinformación en línea en acciones reales y violentas… por lo que una convivencia civilizada y democrática exige que las tecnologías digitales sean diseñadas de forma ética y responsable, con el objetivo de reducir el riesgo de manipulación.” (José María Navalpotro, https://www.omnesmag.com/recursos/paolo–benanti–problema–ia–complejidad/).
En efecto, desde el momento en que las redes sociales, se difundieron masivamente, a principios de la pasada década, gracias a los smartphone, y se convirtieron en empresas destinadas a maximizar sus beneficios, a conseguir información de los usuarios para mantenerlos el mayor tiempo posible en la red, unido al desconocimiento digital de los mismos, la falta de transparencia de sus algoritmos, etcétera, están consiguiendo la transmisión continua de los datos de esos usuarios que pueden monetizarse, … y puede ocurrir que cuando los abuelos hablen con el nieto sobre la persona, éstos la relacionen con algo tan decisivo para la misma, como la identidad sexual, sobre la que han recibido centenares de noticias, opiniones, videos y comentarios, durante una década, que les han convencido y lo aceptan como normal, que existen no sólo dos, sino tres, cuatro o más identidades sexuales, a diferencia de los abuelos; o si dialogan sobre la familia, el nieto lo relaciona y lo acepta como normal que existen varios tipos de familia, sobre las que le ha informado, durante años, numerosas veces, su red social, a diferencia de los abuelos; o si tratan de la sociedad y de los valores, ocurra lo mismo: los cuatro están hablando de lo mismo en el mismo idioma, pero con dificultad para entenderse. Más aún, el conocimiento que la red social tiene, después de su uso constante por parte de los cuatro usuarios durante una década, al hacerle esos cuatro usuarios la misma pregunta a la misma red, pueden obtener respuestas algo diferentes, porque los avances del aprendizaje automático han sido tales, que las redes sociales no sólo conocen el perfil de grupos de personas sino de cada individuo, al punto que, en un futuro próximo, si van los cuatro a ver una película vean cuatro películas bastante distintas, de acuerdo con lo que la IA sabe de los gustos, aficiones e intereses de cada uno, dado que la programación de la película es capaz de adaptarse a ellos.
Por tanto, las redes sociales, junto con otras tecnologías, están cambiando el estilo de vida, la comunicación, el aprendizaje de las personas, reduciendo las interacciones presenciales, fomentando la violencia, sobre todo la escolar, el aislamiento social, los extremismos, el cyberbullyng o acoso, la desinformación, alteraciones en la salud mental hasta llegar a la adicción, el riesgo de perder la privacidad, la polarización fundada en nichos informativos grupales, e incluso individuales, que han contribuido a exacerbar las divisiones y la falta de entendimiento entre personas o grupos que antes no tenían dificultad para entenderse, comprenderse. Naturalmente el colectivo más castigado es el de la Milicia, al punto que la desinformación, los bulos, los ataques cibernéticos se consideran, cada vez más, un campo de batalla, que integra la defensa y el ataque.
Ahora bien, las redes sociales también han tenido y tienen unos efectos muy beneficiosos para la persona, la familia, el trabajo, la milicia y la sociedad. Debido a sus millones de usuarios, es posible la relación instantánea con cualquier parte del mundo con colegas, compañeros de armas, de estudio y de trabajo, amigos, familiares, al extremo que puede afirmarse que las redes sociales han transformado y siguen transformando, la manera en que nos comunicamos, trabajamos y nos informamos. Las personas que conozco tienen wasap y algunos también otra u otras redes sociales. La maravilla que es el teléfono, tiene el inconveniente que, al llamar, no sabemos en qué momento se encuentra la persona a la que llamamos: trabajando, de maniobras, de excursión, en una tertulia de amigos, en familia y atendiendo o jugando con sus hijos, o visitando a sus padres o abuelos. De ahí, el beneficio insustituible que, desde el punto de vista afectivo, están suponiendo para los centenares de miles de personas solas que viven en España y que gracias a los wasap, que se pueden enviar y leer o escuchar en el momento más oportuno, reciben noticias de voz o por escrito, links, fotografías, videos, de sus compañeros, amigos, familiares, hermanos, hijos y nietos, de sus voces, de sus imágenes; en fin, que ayudan de manera importante –a veces insustituible–, a mantener las relaciones, familiares, de amistad, etc.
Por ello, es preciso legislar, tal y como se hace con el tabaco o el alcohol, prohibiendo su consumo a menores, pero evitando invadir otros espacios de libertad, puesto que lo más necesario es educar a lo largo de todo el proceso educativo, dado que los constantes avances de las redes sociales (ahora, también, de los asistentes virtuales), incluso en la educación superior, pueden ayudar de manera significativa, tanto a docentes como a discentes y prevenirles, igualmente, sobre las posibilidades rechazables de estas herramientas, lo que implica primar la consideración ética, tal y como se señalaba en el artículo publicado en el anterior número de esta revista.
Francisco Ansón
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