A partir de ese instante, por mucho que forcemos la mezcla, por mucho que agitemos el vaso con violencia, el líquido se vuelve incapaz de absorber una sola molécula más. El exceso de soluto se vuelve visible, se desgaja de la solución y cae, inerte y pesado, hacia el fondo del recipiente. Los químicos llaman a ese residuo indisoluble «el precipitado». Algo parecido ocurre en Física con el magnetismo, la electrónica, o en dinámica de fluidos como las masas de aire cuando forman nubes o niebla.
Este principio elemental de la física de la materia sirve como una lente perfecta —y dolorosamente lúcida— para diagnosticar el estado actual de la opinión pública en las democracias contemporáneas, con una especial y dramática incidencia en la España actual.
Si trasladamos la analogía al cuerpo social, el disolvente universal es la capacidad de atención, procesamiento psicológico e indignación moral de la ciudadanía. El soluto, vertido a paladas diarias, es el caudal incesante de noticias sobre corrupción, colonización institucional y redes clientelares que asolan el panorama político. Durante años, los medios de comunicación independientes y no subvencionados por el poder de turno han cumplido con su deber democrático: agitar el vaso. Han investigado, fiscalizado y desentrañado los mecanismos mediante los cuales organizaciones con estructuras sospechosamente similares a las criminales, camufladas bajo siglas de partidos políticos, asaltan los recursos públicos con el único fin de enriquecerse y perpetuarse en el poder.
Sin embargo, algo ha cambiado en la dinámica del fluido social. Las exclusivas periodísticas que antes hacían temblar gobiernos hoy apenas provocan un pestañeo generalizado. Los datos ya no se disuelven en la conciencia colectiva; simplemente precipitan al fondo del debate en forma de apatía estéril. El vaso social se ha saturado.
- La caída de las audiencias: el mecanismo de defensa biológico
Un síntoma inequívoco de esta saturación química de la sociedad es el comportamiento reciente de las audiencias. Las cadenas de televisión, cabeceras digitales y programas de radio que mantienen una línea editorial implacable de denuncia frente a la corrupción gubernamental están experimentando una paradójica e injusta caída en sus métricas de seguimiento. Ante este hecho, los analistas de laboratorio político se preguntan: ¿Se ha vuelto la sociedad cómplice del corrupto? ¿Ha triunfado el relato oficialista que minimiza el saqueo institucional? La respuesta, analizada desde la psicología de masas, es más compleja y tiene que ver con la pura supervivencia emocional.
El cerebro humano, al igual que cualquier organismo vivo, rechaza el estímulo doloroso continuado si comprueba que carece de mecanismos para evitarlo. En las ciencias del comportamiento, este fenómeno se conoce como indefensión aprendida. Cuando un ciudadano es expuesto diariamente a sumarios judiciales desoladores, a grabaciones explícitas de dirigentes políticos repartiéndose el erario público y a la constatación de que las consecuencias penales o políticas son lentas, escasas o directamente anuladas por indultos y reformas legislativas a la carta, la mente extrae una conclusión lógica y desesperante: «Haga lo que haga, e infórmeme de lo que me informe, nada va a cambiar».
La desconexión de la audiencia no es, por tanto, un acto de cobardía o de ignorancia voluntaria, sino un mecanismo de defensa selectivo. Ante la imposibilidad de procesar tanta inmundicia sin caer en una neurosis crónica, el individuo opta por la evasión. Es la transición de la indignación a la anestesia moral. El ciudadano apaga la tertulia política y enciende el infoentretenimiento, busca plataformas de ficción o se refugia en la intrascendencia. El problema estriba en que, al castigar involuntariamente al mensajero que no se deja comprar, el lector debilita el último dique de contención que le queda a la sociedad civil frente a los abusos del poder.
III. La paradoja del corrupto y las derivadas del sedimento
Esta saturación produce una serie de derivadas sociopolíticas de extrema gravedad que configuran el escenario ideal para el autoritarismo de baja intensidad y la delincuencia de cuello blanco.
La primera y más perversa de estas derivadas es el triunfo involuntario del corrupto. Paradójicamente, la saturación beneficia a las organizaciones criminales incrustadas en el poder. En un ecosistema saturado, la acumulación de escándalos ya no suma indignación, sino que la resta. Si un gobierno arrastra un solo caso de corrupción, la atención pública se concentra en él, convirtiéndolo en un misil de flotabilidad política. Pero si ese mismo gobierno encadena diez escándalos semanales de dimensiones colosales, los casos se canibalizan entre sí. La acumulación funciona como un escudo de ruido. Al final, la ciudadanía percibe la corrupción no como una anomalía ejecutada por criminales específicos, sino como una condición climática inevitable: «Todos son iguales, el sistema está podrido, qué más da uno más». El gobernante desaprensivo descubre así que la mejor manera de ocultar un elefante en el salón no es sacarlo de allí, sino meter una manada entera.
La segunda derivada es la polarización estéril de la resistencia. Cuando una sociedad se satura y la gran masa central se desconecta por fatiga, los únicos que permanecen pegados a la pantalla y al transistor son los sectores más radicalizados de la opinión pública. La información ya no se consume para formarse un juicio crítico o para exigir responsabilidades en las urnas, sino para alimentar el sesgo de confirmación y el rencor partidista en una polarización estéril. Los medios de comunicación se ven empujados a una dinámica de bucle cerrado, donde se predica para los ya conversos. El dato riguroso pierde su valor transformador y se convierte en mera munición para una guerra de trincheras dialéctica que no altera el mapa del poder real.
Por último, asistimos a la erosión de la ejemplaridad pública. Cuando el soluto precipita y se deposita en el fondo, la sociedad normaliza lo intolerable. La delincuencia institucionalizada se asimila como parte del paisaje, lo que rebaja drásticamente los estándares éticos exigidos a los nuevos liderazgos. El listón de la decencia cae al mismo ritmo que caen los audímetros de los programas de investigación.
- Hacia un cambio de estado: la necesidad de nuevos catalizadores
Si el diagnóstico es la saturación por exceso de soluto y fatiga del disolvente, la solución en medios editoriales no puede seguir consistiendo en agitar el vaso con más fuerza o verter más cantidad de la misma sustancia pues se corre el peligro de castigar al mensajero. El periodismo libre y la sociedad civil que aún se resiste a la demolición institucional necesitan operar un cambio de estado físico en sus narrativas.
El modelo de la denuncia pura, basado en el goteo interminable de folios de sumarios y cifras astronómicas de dinero malversado, ha alcanzado sus límites biológicos de absorción. Para recuperar a esa audiencia que ha huido hacia la evasión, es imprescindible introducir elementos catalizadores en la ecuación informativa. Esto implica transitar desde el periodismo del lamento y la descripción del horror hacia un periodismo de consecuencias y soluciones.
No basta con relatar cómo se forran las organizaciones criminales incrustadas en el Estado; es necesario explicar didácticamente cómo afectan esas dinámicas al bolsillo, a la sanidad y al futuro laboral de los hijos de ese ciudadano que ha apagado la televisión. Se debe sustituir la saturación del dato abstracto por la nitidez del impacto humano. Asimismo, los medios deben convertirse en faros que muestren las herramientas de resistencia legal, civil y económica que le quedan al individuo, devolviéndole la sensación de control y combatiendo la indefensión aprendida.
Una sociedad saturada es una sociedad en peligro de descomposición, pues el fondo del vaso, repleto de ese precipitado inerte que es la indiferencia, es el suelo más fértil para que los tiranos y los saqueadores prosperen sin oposición. Modificar la disolución, oxigenar el fluido social y devolverle la capacidad de reaccionar ante el veneno de la corrupción es, hoy más que nunca, el principal desafío de la supervivencia democrática.
Leonardo G. Llamas