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Así, desde el punto de vista del sistema productivo, China ha consolidado un modelo altamente centralizado y orientado estratégicamente con visión de largo plazo. A través de políticas industriales explícitas, el Estado chino ha promovido el desarrollo de sectores clave como los semiconductores, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones avanzadas o la computación cuántica. Este modelo combina planificación a largo plazo, control estatal de los recursos financieros y una estrecha articulación entre el sector público y el privado. Adicionalmente, la capacidad de movilización de recursos y de escalado industrial permite a China reducir rápidamente brechas tecnológicas con la UE y los Estados Unidos, aunque persisten dependencias críticas en componentes avanzados como, por ejemplo, en semiconductores de última generación.
Estados Unidos por su parte, representa un modelo muy diferente, basado en la primacía del sector privado, pero con un papel estatal significativo en la financiación de la investigación y en el impulso de tecnologías estratégicas, especialmente a través del complejo militar-industrial. Es de destacar instituciones como DARPA ha sido fundamental en el desarrollo de tecnologías disruptivas orientadas a la defensa y la seguridad. A diferencia de China, el sistema estadounidense destaca por su capacidad de innovación radical, su ecosistema de capital riesgo y su liderazgo en plataformas digitales globales. Empresas como Apple, Microsoft, Google o Nvidia constituyen nodos centrales de la economía digital global y ejercen una influencia estructural sobre las cadenas de valor tecnológicas, lo cual implica una importante ventaja a nivel internacional.
La Unión Europea, por su parte, presenta un sistema productivo fragmentado y menos orientado estratégicamente en comparación con China y Estados Unidos. Aunque en los últimos años se ha avanzado hacia una mayor coordinación mediante instrumentos como el European Chips Act o los programas de I+D financiados por la Comisión Europea, la capacidad de actuación sigue siendo muy limitada por la distribución de competencias entre los Estados miembros. No obstante, la UE mantiene una posición sólida en sectores industriales de alta complejidad, como la maquinaria de precisión, la aeronáutica, la automoción avanzada y determinadas tecnologías clave en la cadena de valor de los semiconductores.
Centrándonos en el plano empresarial, las diferencias son igualmente significativas. China ha impulsado el crecimiento de grandes conglomerados tecnológicos que operan en estrecha relación con el Estado, siendo utilizadas para llevar a cabo las políticas estatales. Empresas como Huawei o ZTE desempeñan un papel central en el despliegue de infraestructuras críticas, particularmente en redes 5G, que han supuesto importantes debates en el seno de la UE a raíz de los problemas de autonomía estratégica y de posibles problemas de uso de información crítica para algunos países de la UE por parte de China. Además, la agresiva estrategia de fusión entre los ámbitos civil y militar facilita la transferencia de innovaciones hacia el ámbito de defensa, reforzando las capacidades militares del país.
El caso de los Estados Unidos es muy diferente. Mantiene una ventaja estructural en la creación y escalado de empresas tecnológicas globales, las “Big Tech” no solo dominan mercados, sino que también controlan infraestructuras digitales esenciales, como servicios en la nube, sistemas operativos y plataformas de datos. Esta posición se traduce en una capacidad de influencia geopolítica considerable, particularmente en el contexto de la rivalidad tecnológica con China. Hay igualmente, una estrecha relación entre estas empresas y el Departamento de Defensa que refuerza la integración entre innovación civil y aplicaciones militares.
Con relación a la UE, aunque carece de gigantes tecnológicos comparables en el ámbito digital, alberga empresas líderes en nichos críticos (ASML, por ejemplo, es el único proveedor mundial de máquinas de litografía ultravioleta extrema, esenciales para la fabricación de semiconductores avanzados). Por ejemplo, Airbus se erige en un actor clave en la industria aeroespacial y de defensa, mientras que otras empresas europeas destacan en sectores como la robótica, la energía o los sistemas industriales. Sin embargo, la menor escala y la fragmentación del mercado limitan la capacidad de competir en segmentos clave en los que los Estados Unidos o China van muy por delante.
Desde una perspectiva tecnológica, la competencia se articula en torno a varias áreas clave. En inteligencia artificial, Estados Unidos mantiene una ventaja significativa en investigación y ecosistema empresarial muy desarrollado, aunque China ha logrado avances notables gracias al acceso a grandes volúmenes de datos y a una fuerte inversión pública. Sin embargo, China ha alcanzado una posición destacada, especialmente en telecomunicaciones con las infraestructuras 5G, lo que ha generado tensiones con Estados Unidos y sus aliados.
En el ámbito de los semiconductores, la interdependencia global es particularmente evidente. Estados Unidos lidera en diseño y en tecnologías clave, mientras que Asia concentra gran parte de la producción. La UE ocupa una posición estratégica en determinados equipos y materiales, pero debido a la fragmentación ha llevado a una creciente politización de las cadenas de suministro, con medidas como controles de exportación y subsidios industriales y estrategias de relocalización poco afortunadas que actualmente se están deshaciendo.
La dimensión geoestratégica de esta competencia se manifiesta de forma especialmente clara en el ámbito de la seguridad y la defensa. China ha desarrollado una estrategia explícita de integración entre su base industrial civil y sus objetivos militares, lo que le permite acelerar la incorporación de tecnologías emergentes en sus capacidades de defensa. Esto incluye avances en sistemas autónomos, guerra electrónica, ciberseguridad y capacidades espaciales. No obstante, Estados Unidos, por su parte, mantiene una posición dominante (aunque con una rápida reducción de la brecha por parte de China), en el ámbito militar, apoyada en su liderazgo tecnológico. La integración entre Silicon Valley y el Pentágono, aunque no exenta de tensiones, ha permitido el desarrollo de tecnologías avanzadas con aplicaciones duales. Además, la política estadounidense ha evolucionado últimamente hacia un enfoque más proteccionista en sectores estratégicos (America First), con el objetivo de limitar el acceso de China a tecnologías críticas.
La Unión Europea se encuentra en una posición intermedia. Aunque dispone de una base industrial de defensa relevante y de capacidades tecnológicas avanzadas, su fragmentación institucional y las diversas posiciones estratégicas de los Estados Miembro, limita la eficacia de su acción. Iniciativas como el Fondo Europeo de Defensa o la Cooperación Estructurada Permanente (PESCO) buscan precisamente reforzar la integración y la autonomía estratégica. Sin embargo, la dependencia de proveedores externos en ciertos ámbitos sigue siendo un desafío que no es sencillo afrontar.
La competencia tecnológica entre estas tres potencias tiene implicaciones profundas para el orden internacional. Por un lado, está impulsando una tendencia hacia la regionalización de las cadenas de suministro y la creación de bloques tecnológicos. Por otro, plantea riesgos de fragmentación normativa, con estándares divergentes en áreas como la inteligencia artificial, la ciberseguridad o la gobernanza de los datos. En este contexto, la UE ha articulado el concepto de “autonomía estratégica abierta”, que busca equilibrar la necesidad de reducir dependencias con el mantenimiento de un sistema económico abierto. Este enfoque contrasta con la estrategia china de autosuficiencia tecnológica y con el creciente proteccionismo selectivo de Estados Unidos.
En conclusión, la producción de alta tecnología se sitúa en el centro de una competencia geoestratégica compleja entre China, Estados Unidos y la Unión Europea. China destaca por su capacidad de planificación y escalado, Estados Unidos por su liderazgo en innovación y plataformas globales, y la UE por su excelencia en nichos tecnológicos. La evolución de esta competencia determinará no solo el equilibrio económico global, sino también la distribución del poder en el sistema internacional y las capacidades de defensa de las principales potencias.
Antonio Fonfría
Universidad Complutense de Madrid y Academia de las Ciencias y las Artes Militares