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MUJERES HISPANAS

María Pacheco después de Villalar. Cuadro de Vïcente Borrás Mompó en el Museo del Prado
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María Pacheco después de Villalar. Cuadro de Vïcente Borrás Mompó en el Museo del Prado

MARÍA PACHECO, LA ÚLTIMA COMUNERA

LA CRÍTICA 6 OCTUBRE 2026

Por Íñigo Castellano Barón
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Hay personajes que entran en la Historia acompañados por el estrépito de una batalla. Otros revelan su verdadera talla cuando la batalla ya está perdida. María Pacheco pertenece a estos últimos. En abril de 1521, los capitanes comuneros fueron derrotados en Villalar y Juan de Padilla, su marido, murió en el cadalso. Castilla parecía dispuesta a cerrar aquella página. Ella, con veinticinco años, abrió la siguiente. (...)

Nació en Granada hacia 1496, en la poderosa casa de los Mendoza. Su padre, Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla y después marqués de Mondéjar, ejerció el gobierno militar del reino de Granada. María creció cerca de la Alhambra, entre los asuntos de la corte, las decisiones de gobierno y una educación poco habitual para una mujer de su época. Aprendió latín, griego, historia y matemáticas; recibió una formación que le permitió intervenir en la vida pública con recursos propios. No surgió de la nada cuando Toledo necesitó una dirigente: llevaba años aprendiendo a observar el poder desde dentro. En 1511,  A los catorce años contrajo matrimonio con Juan de Padilla, caballero toledano de rango inferior al suyo. El matrimonio unió a dos personas de procedencia distinta dentro de la nobleza castellana y terminó ligando sus nombres a una misma causa. Tuvieron un hijo, Pedro.

    El reino atravesaba una crisis profunda. Carlos, llegado de Flandes, despertó recelos por el peso de sus consejeros extranjeros, la distribución de cargos y las exigencias fiscales. Su elección imperial elevó todavía más la necesidad de dinero. Las ciudades castellanas discutieron quién debía autorizar los servicios, cómo debía gobernarse el reino y qué lugar correspondía a sus representantes. En 1520, aquellas tensiones se transformaron en rebelión. La Guerra de las Comunidades reunió agravios políticos, intereses urbanos, disputas sociales y proyectos diferentes para Castilla. Toledo se convirtió en uno de sus centros. La revuelta no hablaba con una sola voz. Había quienes deseaban limitar los abusos de los consejeros, quienes reclamaban que el reino decidiese sobre sus impuestos y quienes aspiraban a cambios más hondos en el reparto del poder. Aquella diversidad daba vigor a las Comunidades y al mismo tiempo, complicaba cada acuerdo. Padilla tenía que reunir soldados de ciudades con intereses diferentes; María debía sostener en Toledo una coalición semejante sin perder la confianza de sus vecinos.

 

Detalle del cuadro del sufrimiento de María Pacheco, obra de Vicente Borrás Mompó

     Padilla salió a dirigir tropas, mientras María adquiría autoridad en una ciudad donde la guerra se decidía también en reuniones, nombramientos, suministros y mensajes. En marzo de 1521 llegó el obispo Antonio de Acuña, otro protagonista de la revuelta. María trató con él y con los dirigentes toledanos. Aún vivía su marido y ella ya intervenía en la política comunera. Padilla conoció tanto el entusiasmo como las rivalidades del movimiento. La toma de Torrelobatón fue un éxito militar que devolvió ánimo a los comuneros, pero no resolvió la falta de una estrategia compartida. Al abandonar aquella plaza rumbo a Toro, su ejército avanzó por un terreno castigado por la lluvia. La caballería del rey lo alcanzó antes de que pudiese ordenar una defensa eficaz. El 23 de abril, en Villalar, las fuerzas comuneras fueron derrotadas. La meseta castellana olía a pólvora, tierra mojada y sangre. Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado fueron capturados. El 24 de abril recibieron sentencia y fueron ejecutados. En apenas dos días, una causa que había movilizado a buena parte de Castilla perdió a tres de sus figuras más visibles. La noticia viajó a Toledo con una pregunta que nadie podía eludir: ¿qué hacer cuando el ejército está roto y el enemigo espera la rendición? María Pacheco hizo algo: se vistió de riguroso luto, cubrió su rostro con un velo negro, colocó un pendón con la imagen de su esposo decapitado en la fachada de su palacio y salió a las calles. No pedía clemencia. Pedía venganza y libertad.

     La tradición conserva una carta de despedida atribuida a Padilla para María. En una de sus versiones le confía lo último que puede dejarle: «Mi ánima, pues ya otra cosa no tengo, dejo en vuestras manos». Es fácil imaginar a María hundida por el dolor. El pintor Vicente Borrás Mompó convirtió siglos después ese momento en una escena de luto. La imagen conmueve, pero la continuación histórica resulta aún más poderosa. María, con solo 25 años y debilitada por una enfermedad crónica que le causaba fiebres y dolores constantes, asumió el gobierno civil y militar de Toledo, la capital moral de la rebelión. Los documentos de la época comenzaron a llamarla «La Leona de Toledo». Su liderazgo no fue meramente simbólico. Con una firmeza que asombró a sus aliados y aterrorizó a sus enemigos, organizó la defensa de la ciudad resistiendo el cerco de las tropas imperiales. Sus partidarios se hicieron con el Alcázar. Organizó la defensa, buscó capitanes y hombres, dispuso vigilancia en las puertas y reunió artillería. Toledo, lejos de inclinarse de inmediato ante los vencedores, siguió en pie.

     La resistencia necesitaba mucho más que un nombre célebre. Había que pagar soldados, mantener abastecida la ciudad, buscar pólvora y evitar que las disputas internas abrieran las puertas al adversario. María envió comunicaciones, negoció apoyos y sostuvo una autoridad siempre discutida. Cada decisión militar tenía un coste político; cada demora podía agotar la paciencia de los vecinos. Desde el Alcázar gobernaba una mujer obligada a elegir entre opciones difíciles. La autoridad de María tampoco anuló las fracturas entre los propios rebeldes. Antonio de Acuña era un aliado de enorme peso, pero su presencia añadía rivalidades por el mando y por la orientación de la lucha. El clero toledano, los regidores y los capitanes no compartían siempre sus prioridades. Aquel gobierno exigía persuadir a los indecisos, frenar a los impacientes y mantener unidos a quienes solo coincidían en que no querían entregarse todavía. Su temple se midió en esas discusiones tanto como en el cerco.

     Entre los episodios más controvertidos figura la obtención de plata de la catedral para financiar a los combatientes. Para sus enemigos fue la prueba de un exceso intolerable; para los resistentes, una respuesta extrema a la falta de recursos. Precisamente muestra hasta qué punto la guerra había entrado en la vida cotidiana de Toledo y cuán lejos estaba María de ejercer un mando simbólico. El dinero de las tropas, la relación con el clero y el orden dentro de la ciudad pesaban tanto como los cañones situados frente a las fuerzas reales.

     A medida que avanzaba el verano, el aislamiento se hizo mayor. Las demás ciudades habían perdido la capacidad de sostener la rebelión. Toledo se convirtió en su último foco importante. María debía responder al enemigo exterior y a quienes, dentro de las murallas, pensaban que prolongar la lucha solo multiplicaría las pérdidas. La piedra resistía, pero el cansancio de una ciudad no puede medirse por el grosor de sus muros. En octubre de 1521 llegó el armisticio de la Sisla. Hubo negociación, concesiones y un perdón real para numerosos participantes, aunque la paz dejaba cuestiones pendientes. Los comuneros abandonaron el Alcázar, pero conservaron armas y presencia en Toledo. María seguía allí, atenta al cumplimiento de lo acordado. Aquello no era ya una victoria, pero tampoco una rendición sin condiciones. La ciudad vivió durante meses en un equilibrio precario, con dos legitimidades enfrentadas en sus calles.

   

Amparo Rivelles en un fotograma de la pelicula de 1951 "La leona de Castilla" relativa a María Pacheco

  El 3 de febrero de 1522, día de San Blas, estallaron nuevos enfrentamientos. Hubo combates entre los partidarios de la Comunidad y las fuerzas del rey. Esta vez no quedaba un ejército capaz de acudir en socorro de Toledo. María comprendió que permanecer significaba exponerse a la captura sin salvar la causa. Buscó refugio y una noche de tormenta, disfrazada de aldeana y ayudada por sus sirvientes más fieles y familiares, María Pacheco logró colarse entre las patrullas imperiales que custodiaban las puertas de Toledo. Cabalgó a la desesperada hacia la frontera con Portugal. El rey Carlos I, enfurecido por la fuga de la mujer que lo había desafiado durante casi un año, promulgó un decreto que la condenaba a muerte en rebeldía y confiscaba todos sus bienes. Además, ordenó demoler hasta los cimientos el palacio de los Padilla en Toledo y sembrar la tierra con sal para que nada volviera a crecer allí.

     Pese a las grandes dificultades, María Pacheco consiguió huir disfrazada hacia Portugal. La hija de uno de los grandes linajes castellanos salía de la ciudad que había mandado como una fugitiva. En esa fuga hay más verdad que en muchas escenas de victoria. Dejó atrás la casa, los bienes y las calles donde había sostenido la resistencia. Llegó a Portugal bajo la protección de personas dispuestas a acogerla, pero dependiente de una hospitalidad incierta. Su familia tenía influencia suficiente para intentar gestiones en su favor. No bastó. Mientras otros antiguos comuneros pudieron acogerse a medidas de perdón, María continuó excluida y fue condenada en rebeldía.

     Los documentos de aquellos años permiten medir la caída material de quien nació rodeada de privilegios. La Corona intervino sobre sus bienes. Se persiguió incluso el destino de objetos que le habían pertenecido. Para quien antes ordenaba una defensa urbana, el exilio trajo la estrechez y la dependencia de quienes le ofrecían amparo. Allí permaneció, lejos de Castilla, mientras la vida de su país seguía su curso sin ella. El destierro debió de ser especialmente duro para alguien que vivió la centralidad del poder. Ya no podía convocar a los hombres de Toledo ni hablar desde sus murallas; sus noticias llegaban por cartas y por los viajeros que cruzaban la frontera. La vida que había defendido continuaba lejos de su alcance. Mientras el emperador Carlos afianzaba su autoridad, la última dirigente comunera vivía pendiente de un permiso de regreso que no obtuvo.

     Los últimos años de su vida en Portugal fueron un testimonio inquebrantable de coherencia. Su familia, alineada con el rey, intentó en varias ocasiones gestionarle el perdón imperial. Carlos I puso una sola condición: que pidiera clemencia y reconociera su traición. María Pacheco se negó rotundamente. Repitió una y otra vez que no tenía de qué arrepentirse, pues defender los fueros y la libertad de Castilla contra la tiranía no era un crimen, sino un deber. Prefirió vivir en la más absoluta pobreza, dependiendo de la caridad de nobles portugueses, antes que hincar la rodilla ante el emperador.

     Murió en Oporto en marzo de 1531, todavía joven. Su deseo de descansar junto a Padilla no llegó a cumplirse. La distancia entre ambos, impuesta primero por Villalar y después por el destierro, sobrevivió a sus vidas. Toledo acabó bajo la autoridad de Carlos I; el proyecto comunero fue vencido.  María mandó hombres, sostuvo una ciudad, asumió decisiones impopulares y negoció cuando negociar era imprescindible. Resistió durante meses después de que la derrota militar pareciera definitiva. Basta seguir sus pasos desde el Alcázar hasta el camino de Portugal para comprender por qué dejó de ser únicamente «la mujer de Padilla».

    Su figura emergió siglos después como un símbolo universal de resistencia, justicia e igualdad. En una época donde las mujeres estaban relegadas al silencio doméstico, María Pacheco no solo levantó la voz: empuñó la espada, gobernó una ciudad en guerra y le plantó cara al imperio dominante de la era moderna. El nombre de la Leona de Castilla nace de ahí: de una mujer que recibió la noticia de la muerte de su esposo, miró a una ciudad amenazada y decidió hacerse responsable de ella. Padilla cayó en Villalar. María sostuvo Toledo. Y cuando ya no pudo conservar sus murallas, conservó algo que ningún decreto podía confiscarle: la memoria de haber resistido. Y la dignidad de su linaje.

 

Íñigo Castellano Barón

Escritor, historiador y articulista..

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