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Debí de imaginarlo en 2014, cuando heredó la Corona por la abdicación de su padre Juan Carlos. Como director del Departamento de Ciencia Política de la histórica primera universidad española, la Universidad Complutense, conseguí que por unanimidad se propusiera al joven monarca para el Doctorado Honoris Causa de la prestigiosa institución. El Decano y el Rector transladaron la propuesta al palacio de La Zarzuela.
Poco después llegaría la respuesta en una carta de Jaime Alfonsín, el cara de palo Jefe de la Casa del Rey, en que lamentaba que la propuesta quizás no era oportuna, ya que podía molestar a las izquierdas (no hacía mucho se había nombrado por la Junta de la Facultad de Ciencias Políticas a Pablo Iglesias Turrión “Profesor Honorífico”). Curioso pretexto para practicar el “borboneo” blando y pasivo, timorato o cobardón.
¿Habremos llegado ya (o quizás regresado) a lo que Leonardo Sciascia llamaba un “régimen borbónico”, consecuencia de lo que el escritor siciliano, citando a Baltasar Gracián llamaba “malignidad hispánica, un mal español”, y citando asimismo a Américo Castro “un modo de ser”? (Nero su Nero, Torino, 1979).
Ahora otro Jefe de la Casa del Rey, un tal Camilo Villarino, filosocialista, parece que le ha aconsejado a Felipe que se disculpe por los “abusos de la Conquista” ante el embajador del Estado fallido de México.
Para abusos -verbales, pero abusos- los reiterados del presidente López Obrador y su colega la presidenta Sheinbaum contra España y la Corona Española. Abusos históricos y materiales los de criollos como López Obrador contra los indígenas mejicanos en el pasado y contra los demócratas mejicanos en el presente. Y abusos criminales los de narcos mejicanos contra las víctimas en todo el mundo, sin ir más atrás, bajo las administraciones MORENA de López Obrador y su sucesora.
Los graves errores de Felipe, como antes los de su padre, no me llevan a renegar de la Monarquía, de la misma manera que los errores de los Papas no me hacen renegar de la Iglesia Católica. Estoy todavía muy lejos de aquella frase pomposa y ridícula de Ortega en 1930: Delenda est Monarchia. Incluso mantengo una confianza condicional en la presente dinastía. He dicho, como pensamiento desiderativo (wishful-thinking) siguiendo el refrán “A la tercera va la vencida”, que tengo esperanza sincera en que la Corona Española, paralelamente al propio sistema político después del franquismo, se consolide democrática y constitucionalmente, si Dios quiere, con la hoy Princesa y futura Reina Leonor.
Repito: democrática y constitucionalmente. Los procesos históricos son más lentos de lo que se piensa. Vengo sosteniendo que la democracia en España tiene la consolidación pendiente: la inicial democracia ha degenerado en partitocracia, y la Constitución -citando a Karl Loewenstein- es puramente nominal, no normativa (como reconocía Felipe recientemente, la Constitución se debe cumplir). La Corona tiene que ser estrictamente neutral respecto a los partidos y las políticas partidistas, pero nunca respecto a los valores históricos hispánicos y los principios constitucionales.
Evitar el “borboneo” implica rechazar las ideologías y políticas de la partitocracia (entre ellas, la ideología woke y la Leyenda Negra anti-española), abrazando con decisión y coherencia el imperio de la Ley, es decir, la normatividad material y efectiva de la Constitución.
Manuel Pastor Martínez
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