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TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA CORRUPCIÓN (1)

La corrupción en la España democrática

Foto: www.elderecho.com
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LA CRÍTICA, 14 JULIO 2020

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Mi primera reflexión ha de ser, necesariamente, de tranquilidad y sosiego: ni España es más corrupta que otros países de nuestro entorno desarrollado y democrático ni sus actores directos más corruptos que el resto de la sociedad que no tiene acceso a los mecanismos que permiten y caracterizan la corrupción: el poder y el dinero. (...)

... La corrupción es intrínseca a la condición humana y solamente es entendible y por lo tanto explicable desde esa óptica. La corrupción anida en el deseo, más que en la oportunidad. Pero no solo, como veremos a lo largo de las páginas que siguen.

Otra cuestión diferente es el cumplimiento de la Ley en cuanto a los comportamientos tasados por la misma, referidos en su mayor parte al ejercicio de la función pública en todas sus derivadas, y que tienen como denominador común el correcto empleo de los fondos públicos que ha de ajustarse a las normas y condicionantes de dicha Ley[1]. Esta premisa induce a asociar sin más el concepto de corrupción con el ámbito público y en aspectos de carácter económico, como casi su única expresión —que algunos llaman corrupción política sin demasiada fortuna—, siendo que la corrupción es, en realidad, la transgresión en mayor o menor medida del conjunto de valores que conforman nuestras modernas sociedades y a quienes las integramos.

Todo esto al final es un laberinto en el que se pierden por un lado la moral y la ideología —sean cualesquiera— y, más cerca de la noticia, la Justicia y la opinión pública, sean también cualesquiera que sean, que para elegir hay sobradas dependiendo del binomio espacio temporal en el que a cada individuo le haya tocado en suerte vivir. Razón por la que me ciño al nuestro: España y democracia, para no caer como es habitual en digresiones histórico-ideológicas que, a pesar de los esfuerzos de nuestros sesudos pensadores, no llevan a ninguna parte[2].

Conviene pues seguir acotando y definir la ‘corrupción’ a la que voy a referirme en este trabajo, haciéndolo en esta necesaria introducción —de otra forma no podría salir tampoco yo del laberinto—, como aquella en la que, exclusivamente, alguno de sus actores o intervinientes está en el lado de la función pública y sus aledaños[3], sea esta política, administrativa o de difícil catalogación. Y por supuesto corrupción referida también exclusivamente a los comportamientos tasados por las leyes existentes al efecto, dejando aparte espacios enormes como los antedichos de la moral y la ideología. El resto vamos a considerarlo como propio del ámbito de lo privado, en el que numerosas leyes recogidas en los Derechos Civil, Penal y Administrativo dan buena cuenta de sus transgresiones y transgresores.


Notas:

[1] No entraré ahora —pero sí más adelante— en la corrupción que afecta directamente a las leyes, que haberla hayla y de no poca monta.

[2] Me hago eco del I Congreso Internacional de historia de la corrupción política en la España contemporánea (siglos XIX-XXI), auspiciado por el “Grup d'Història del Parlamentarisme” de la Universidad de Barcelona y el “Comisionado de Programas de Memoria” del Ayuntamiento de Barcelona, celebrado en esa repetida ciudad los pasados días 14 y 15 de diciembre de 2017. Si el lector tiene curiosidad, como la tuve yo, en adentrarse en el mismo aquí va un poco de información. Las ponencias se organizaron en tres atractivos talleres en su concepción inicial: 1) Corrupción en el poder y en las distintas administraciones públicas; 2) Corrupción electoral, clientelismo y denuncia contra prácticas inmorales, y 3) Relaciones entre el poder político y económico. La construcción social del concepto de corrupción: miradas y cambios en la delimitación entre espacio público y espacio privado. Muy interesante si quiere usted adentrarse en las covachuelas de la corrupción en la España napoleónica, en la Isabelina, en la Restauración y su caciquismo; en las dictaduras de los generales Primo de Rivera y Franco Bahamonde… pero poco o nada más. La participación de Paul Preston, Ricard Vinyes y Ángel Viñas, como no podía ser de otra manera, no defrauda. En cuanto a dotar a este libro de un poco de sesuda reflexión ajena, la lectura de las ponencias a las que tuve acceso —que no fueron todas pero sí muchas—, es obligado decirles que no me sirvió para nada.

[3] Los aledaños de lo público son tantos y tan sofisticados que resultan ser extraordinariamente propicios para el ejercicio de la corrupción metódica, cuando no son creados específicamente para tal fin.

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