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Luego llegó el siglo XVIII, y la ausencia de herederos del último Austria, Carlos II, ofreció a Francia la oportunidad del desquite, estableciendo en España la dinastía francesa de su nieto Felipe de Anjou como Felipe V de España. Los angevinos vencidos en el sur de Europa desde el siglo XIII ocupaban ahora el trono de sus vencedores.
Aunque no bastaba con dominar España políticamente. Era necesario deshacer lo que había significado para el mundo hasta el siglo XVII, y Francia contaba con el elemento clave para ello, la Ilustración, que, sin entrar en análisis que extenderían ahora el artículo, logró, con su novedad, algo que parecía difícil de conseguir: que los propios españoles creyeran ciegamente todo cuanto les llegaba de Francia, y, por tanto, comenzaran a considerar negativo cuanto había sido su devenir histórico hasta ese momento.
Por poner un ejemplo, la batalla de Rocroi (19 de mayo de 1643), en la que los famosos Tercios fueron derrotados, comenzó a ser intencionadamente considerada por la historiografía francesa —y creído así por la española durante muchos años— como el fin del Imperio español y el principio de la invencibilidad gala. Pero ni fue el final del Imperio, que continuaría incluso con los reyes borbones españoles, ni fue el final de los Tercios, que aún tuvieron en aquella Guerra de los Treinta años victorias sobre Francia como la de Tuttlingen en noviembre de ese mismo año de 1643 o la de Valenciennes en julio de 1656.
No importaba la realidad. El objetivo a conseguir era que los españoles creyeran en la primacía permanente de Francia, y la desgracia de su historia en los siglos anteriores.
A los viejos clichés de la Leyenda Negra se añadieron entonces los de atraso e ineficacia, por lo que los españoles fueron considerados ignorantes, decadentes, acientíficos, ineficaces, racistas y negados para la cultura. Con esas características, era impensable reconocer la Reconquista como una gesta, y su valor como base del empuje de un pueblo que ensanchó el mundo en sus caminos marítimos y terrestres.
El hecho de que, con la toma de Granada en 1492, volaran de júbilo todas las campanas de Europa, no importaba. Había que negar incluso el nombre, Reconquista. Porque tal nombre no existía durante aquellos siglos, lo cual era cierto; pero existía el término y concepto de “Restauración”, que tenía el mismo sentido al significar la puesta en valor del reino visigodo e hispano-romano frente al invasor islámico.
Además, había que anular la idea de brutal de invasión musulmana, y sustituirla por la de sucesivos ataques de unos bárbaros del norte sobre una España islámica, en paz, diversa, tolerante y feliz.
En los círculos universitarios ilustrados —españoles incluidos— comenzó entonces la transposición de términos para justificar ese paraíso y su destrucción por racistas ignorantes.
Las expediciones islámicas fueron consideradas como actitudes defensivas, por eso consiguieron en un sólo siglo —sin duda “defensivamente”— extender su dominio por lo que fue el Imperio Bizantino, incluso en el norte de África, por España y por amplias zonas de Asia.
Lo ocurrido en la Península, por tanto, no fue para unos revisionistas una invasión, sino una simple “expansión” (¿quizá como la “expansión” británica en la India, por ejemplo?) y para otros una “conversión” por la que los hispanorromano-visigodos se convencieron de las bondades predicadas por ulemas y alfaquíes, y decidieron islamizarse por iniciativa propia.
El término yihad (por cierto, el yihad, no la yihad), que en árabe significa “esfuerzo”, debía interpretarse como superación personal, como lucha interior por mejorar y avanzar en el camino de Dios, pero no como guerra santa. No importaba que la mayoría de los historiadores musulmanes lo consideraran precisamente como una lucha obligatoria para combatir a los infieles.
Como Ibn al-Qutiyya (m.977), de origen visigodo, que cuenta como Tariq arenga a los guerreros con el beneficio de sufrir el martirio haciendo el yihad.
Como Al-Jusaní (m. en Cordoba en 971), que presenta al gobernador Uqba ibn al-Hayay al-Saluli (m. 741) “como un valiente campeón del yihad, un guerrero de las fronteras, ardiendo en deseos de destruir a los politeistas”.
Como Ibn al-Kardabus (siglo XII), que dice que “los musulmanes lucharon con bravura y atacaron a los politeistas, a quienes Alá había abandonado”.
Como el mismo tratado de jurisprudencia Al-Tafrí, de ibn al-Gallab, que deja claro que “quemar las ciudades de los infieles, cortar sus árboles, matar a sus animales y destruir todo lo que pueda ser destruido, está permitido en el yihad”.
Se podrían poner muchos más ejemplos, porque el infundir terror era una táctica habitual en las “expansiones defensivas” islámicas, como mejor modo de obtener la victoria o la sumisión, y la fuerza mostrada para ello estuvo en la base de los pactos que lograron una mayor rapidez en la extensión del dominio islámico. O pactas y te sometes incondicionalmente, o te destruyo. Además, con el aliciente de que el Corán permite al guerrero apropiarse de cuando pertenece al vencido, incluidas sus mujeres.
Pero no es la profundización en este tema lo que nos ocupa, sino el cambio de consideración del Islam en los ámbitos historiográficos ilustrados, que mantuvieron su hegemonía hasta el siglo XX, propiciando la imagen de un al-Andalus tolerante, diverso y de convivencia, sin caer en la cuenta de que esas ideas no eran precisamente las que regían en los tiempos de la invasión musulmana en España ni durante su pervivencia posterior.
Con esas invenciones, crearon una ficción histórica de especialistas, pero también una imagen para el común con la que el romanticismo del XIX hizo de España un país misterioso, donde la aventura, y el exotismo de buscar rincones perdidos de ese al-Andalus mítico, se ponían al alcance de cualquier visitante.
Y se escriben gran cantidad de libros de viaje que incitan a esa visita, cuya característica común es la necia presunción de que, con una corta y parcial impresión, se puede definir un país y sus gentes. El mejor ejemplo de esa especie de utopía buscada es la frase de que “África empieza en los Pirineos”, atribuida al parecer a Alejandro Dumas, que nunca estuvo en España.
Para unos y para otros era esencial, y sigue siendo para los taifas modernos, mantener la idea de la Arcadia de al-Andalus basada en la tolerancia, aunque con métodos tan intolerantes como negar la existencia cívica e intelectual a quienes se oponen a tal falacia, como, por poner un ejemplo, el acoso al gran arabista español Francisco Javier Simonet (1827-1897), que no pudo publicar en vida su obra sobre los mozárabes, por la oposición de sus colegas “liberales” que le acusaron de realizarla desde puntos de vista “católicos” y “conservadores”, poco respetuosos con la España islámica. A esos objetores se les olvidó decir que la España islámica que ellos imaginaban era poco realista con la violencia interna y externa de la sociedad islámica andalusí.
Al igual que con el Cambio Climático, para cuya extensión conceptual fueron fundamentales las subvenciones que recibían los que lo defendían en el Panel Intergubernamental IPCC, intentando la muerte científica a los independientes que lo negaban, así las posteriores aportaciones económicas de los países árabes a los centros universitarios occidentales siguen forzando en ellos el predominio de teorías, exclusivas aunque cada vez menos excluyentes, sobre los valores absolutos del Islam en la ciencia, la cultura, la paz y la tolerancia, presentes e históricos.
Aunque de todo esto hablaremos más extensamente en otra ocasión, queda aquí reflejado cómo intentaron cubrir la historia de España con otro velo, esta vez islámico, sobre la Leyenda Negra española.
Alfredo Vílchez