...
El primer efecto suele pasar desapercibido: cada estudiante que opta por una universidad privada está pagando, en la práctica, dos veces por la educación superior. Por un lado, financia la matrícula de su hijo en una institución privada; por otro, sus impuestos siguen sosteniendo las universidades públicas a las que ese hijo no acude. En términos presupuestarios, esto equivale a un “subsidio cruzado”: las familias que eligen la opción privada contribuyen a liberar plazas y recursos en el sistema público, que pueden destinarse con más intensidad a quienes tienen menos capacidad de pago. Es un mecanismo indirecto, pero real, de redistribución que muchas veces se ignora en el debate político.
Al mismo tiempo, la expansión del sector privado permite aumentar el gasto total en educación superior sin que todo tenga que pasar por el presupuesto del Estado. En algunos países de la OCDE, la reducción de la financiación pública en momentos de consolidación fiscal se vio compensada por un mayor esfuerzo privado, evitando una caída abrupta en la capacidad del sistema para absorber estudiantes. La idea de fondo es sencilla: las universidades privadas añaden recursos, no los restan.
El segundo impacto tiene que ver con la economía real. Una universidad privada que obtiene beneficios paga impuestos sobre esos resultados, igual que cualquier otra empresa, y genera empleo sin que esas nóminas sean un gasto presupuestario. Profesores, personal de administración y servicios, equipos de tecnología, de orientación profesional o de gestión comercial forman parte de un ecosistema que dinamiza la economía local: alquilan viviendas, consumen bienes y servicios, atraen estudiantes de otras regiones y del extranjero. En ciudades medias, la implantación de una universidad privada puede convertirse en un pequeño motor de actividad, complementario al sector público.
A esto se suma una tercera dimensión: la de la empleabilidad. Por diseño, muchas universidades privadas se han construido con una lógica de proximidad a la empresa y al mercado laboral: prácticas obligatorias, oficinas de empleo activas, programas codiseñados con compañías, itinerarios bilingües o internacionales y una mayor flexibilidad para ajustar la oferta a demandas emergentes. En el caso español y europeo, la evidencia empírica no muestra una superioridad automática de la universidad privada sobre la pública en términos de inserción laboral general, pero sí apunta a diferencias relevantes en algunos ámbitos. En determinadas titulaciones de ciencias sociales y de gestión, estudiar en una institución privada puede reducir el tiempo hasta el primer empleo y mejorar el acceso a redes de contactos y servicios de intermediación laboral más activos.
Además, algunos estudios sugieren que los estudiantes de origen socioeconómico más modesto que acceden a universidades privadas –gracias a becas, descuentos o financiación específica– pueden beneficiarse de manera especial de estos servicios de empleabilidad y del contacto intenso con el tejido empresarial. Es un matiz importante: el debate no es “públicas versus privadas”, sino cómo combinar ambas de manera que el origen social pese menos que el talento y el esfuerzo en las oportunidades de carrera.
En este punto suele aparecer una crítica recurrente: “las privadas tienen peor calidad”. La afirmación suena contundente, pero en sistemas donde existe una agencia de aseguramiento de la calidad o una autoridad reguladora única, es difícil sostenerla sin matices. En Europa, por ejemplo, los estándares de acreditación y evaluación externa se aplican a universidades públicas y privadas bajo los mismos criterios: exigencias sobre profesorado, planes de estudio, recursos, resultados y mejora continua. Si una titulación está verificada y acreditada por la misma autoridad, la crítica no debería dirigirse solo a la universidad privada, sino también al regulador que ha considerado que cumple los requisitos. Lo que tiene sentido es discutir si los criterios de calidad son suficientemente exigentes para todos, no demonizar a un tipo de institución cuando el árbitro es el mismo.
Los ejemplos internacionales ayudan a desmontar tópicos. En Europa, la Università Bocconi, en Milán, es una institución privada de referencia global en economía, gestión, finanzas, derecho y ciencias políticas. Al otro lado del Atlántico, la Universidad de Harvard, fundada en 1636 como institución privada sin ánimo de lucro, se considera de forma sistemática entre las mejores del mundo por su capacidad de atraer talento internacional y su potencia investigadora. Son solo dos nombres de una lista larga de universidades privadas de excelente calidad, que muestran hasta qué punto la dicotomía “público bueno / privado malo” no resiste la comparación con la realidad.
También a escala de sistema, el papel del sector privado resulta evidente. En Europa, el peso de la educación superior privada ha aumentado con fuerza en las últimas décadas, especialmente en Europa central y oriental, donde la transición hacia economías de mercado abrió espacio a nuevos actores. Este crecimiento ha permitido absorber una demanda que las universidades públicas, por sí solas, difícilmente habrían podido atender, y ha contribuido a diversificar la oferta de programas, sobre todo en áreas de gestión, negocios, tecnología aplicada y estudios profesionales. Mientras tanto, los sistemas públicos han mantenido su rol central en investigación básica y formación masiva, configurando de facto modelos mixtos.
En América Latina, países como Chile han financiado una parte significativa de su expansión universitaria a través de instituciones privadas y de modelos de cofinanciación, combinando distintos tipos de centros (tradicionales, regionales, con y sin fines de lucro). Con todos sus matices y polémicas, la presencia de universidades privadas ha permitido elevar de manera notable la proporción de jóvenes con estudios superiores, acercando a esos sistemas a tasas de acceso comparables a las de economías más avanzadas. De nuevo, el punto clave no es tanto la etiqueta “público o privado” como las reglas del juego: regulación de la calidad, información transparente y mecanismos de apoyo a los estudiantes de menor renta.
Otro ejemplo es el de algunos países asiáticos donde las universidades privadas de alta calidad han funcionado como polos de atracción de talento y como “laboratorios” de programas muy orientados al mercado. Allí donde las universidades públicas están sometidas a una fuerte presión de matrícula y a estructuras más rígidas, el sector privado ha introducido innovaciones curriculares, dobles titulaciones, alianzas con empresas tecnológicas y formatos híbridos que luego han sido parcialmente replicados por el sector público. La competencia, bien entendida, actúa como un incentivo para que todo el sistema se mueva.
Todo esto no significa que la expansión de la universidad privada sea un camino sin riesgos. La experiencia de algunos países advierte de los problemas asociados a modelos desregulados: instituciones de baja calidad, titulaciones poco exigentes, endeudamiento excesivo de las familias, concentración de la oferta en áreas con retornos inciertos y escasa transparencia sobre resultados reales de empleabilidad. Sin marcos adecuados de aseguramiento de la calidad y sin información clara para estudiantes y familias, la ampliación de la oferta puede derivar en frustración y en un uso ineficiente de recursos privados.
Por eso, la clave está en el marco institucional. Las universidades privadas aportan valor cuando operan bajo estándares exigentes, con evaluación independiente, con mecanismos de acreditación robustos y con obligaciones de transparencia sobre indicadores esenciales: tasas de graduación, inserción laboral, condiciones de empleo de sus titulados, esfuerzo de investigación y compromiso con la sociedad. A su vez, el sector público debe articular un sistema de becas y ayudas que impida que el precio sea una barrera infranqueable para los estudiantes con menos recursos, tanto en universidades públicas como privadas.
Cuando se dan esas condiciones, el debate deja de ser “si privadas sí o no” y pasa a ser “qué combinación de universidades públicas y privadas maximiza el bien común”. Un sistema mixto, bien diseñado, permite que el Estado concentre más recursos en asegurar la igualdad de oportunidades, la investigación de largo plazo y la cohesión territorial, mientras que el sector privado aporta flexibilidad, inversión adicional y conexiones estrechas con la economía real. Lejos de debilitar lo público, las universidades privadas pueden ayudar a sostenerlo, siempre que se les exija calidad, responsabilidad y contribución efectiva.
En un mundo donde el talento es el recurso escaso, la verdadera pregunta no es quién es el propietario de cada campus, sino si, como país, estamos usando todas las palancas posibles para formar bien, retener y aprovechar a nuestras personas. La universidad privada, regulada y exigente, puede ser una de esas palancas: libera recursos públicos, amplía la inversión total en educación superior, genera empleo y, cuando se orienta de verdad a la empleabilidad, contribuye a que la educación no sea solo un título, sino una oportunidad real de progreso.
Antonio Díaz Morales
Ph.D.