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(Descargas gratuitas los días 22 y 23 de abril de 2016)

En la Corte de los Zares, de Sofía Casanova - Confesiones, de Francisco de Cossío - La pequeña historia de España, de Alejandro Lerrox - Marea interior, de Fernando Álvarez Balbuena - La España actual desde la historia, de Luis Palacios Bañuelos


Un obsequio de La Crítica para sus lectores


Con motivo de las celebraciones del IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes y del Día del Libro 2016, La Crítica le obsequia libros para su disfrute, que podrá descargarse de forma gratuita los días 22 y 23 de abril.


SOFÍA CASANOVA (1861-1958)

Gallega universal y mujer excepcional. Miembro de la Real Academia Gallega desde su fundación. Su matrimonio con Vicente Lutoslawski le hizo perder la nacionalidad española, y con el tiempo quedó anclada en la Polonia comunista, donde murió en el olvido.

EN LA CORTE DE LOS ZARES (DEL PRINCIPIO Y DEL FIN DE UN IMPERIO) (252 págs)

Sofía Casanova

LAS TRES MUERTES DE SOFÍA CASANOVA

Karol Meissner

ISBN: 978-84-936011-4-0 (2007)


ALEJANDRO LERROUX GARCÍA (1864-1949)

Político republicano español. Presidente del Gobierno durante la Segunda República, dejó escritos, con un magnífico estilo, diversos libros de memorias que ponen luz en muchos aspectos de aquel extraordinario periodo de nuestra historia.

...Alejandro Lerroux García es el paradigma del fracaso de la Segunda República española. Y junto a Manuel Azaña, Indalecio Prieto y Niceto Alcalá Zamora compone el conjunto de hombres que, a través del conocimiento de sus trayectorias personales y políticas, nos lleva a comprender ese periodo de nuestra historia tan corto y tan complejo: el de régimen republicano. Y que tuvo consecuencias tan graves para varias generaciones de españoles, incluida la de los que hoy se asoman a la dirección de la cosa pública... JMMV

LA PEQUEÑA HISTORIA DE ESPAÑA (1931-1936) (618 págs)

Alejandro Lerroux García

Prólogo: JM Martínez Valdueza

ISBN: 978-84-936984-6-1 (2009)


LUIS PALACIOS BAÑUELOS

Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Rey Juan Carlos. Sus investigaciones giran alrededor de la España del siglo XIX a la actualidad. Entre sus últimas publicaciones destacan “El franquismo ordinario”, “Donde habita el olvido. Las Humanidades hoy” y “España y los Españoles, una historia básica” (en colaboración con C. Pulpillo y J.A. García).

Desde 1998 es director del Instituto Universitario de Humanidades de la Universidad Rey Juan Carlos donde lleva a cabo una importante labor de investigación, estudio y difusión de las humanidades.

LA ESPAÑA ACTUAL ... DESDE LA HISTORIA (MONARQUÍA, DEMOCRACIA, TRANSICIÓN, VALORES, MAYO’68…) (378 págs)

Luis Palacios Bañuelos

ISBN: 978-84-943135-7-8 (2014)

ÍNDICE

Nota preliminar, 15

LA ESPAÑA ACTUAL…

De la monarquía personalizada de Juan Carlos I a la corona institucionalizada de Felipe VI. Reflexiones de un historiador, 19 - La Transición, cuarenta años después, 45 - La democracia que tenemos, 67 - Reivindicacion de los valores en una España en crisis, 91 - Tarancón, un obispo para la Transición, 101

…DESDE LA HISTORIA

La herencia del Mayo’ 68, 133 - Los judíos en la España del siglo XX, 153 - La nobleza en la España contemporánea, 181 - Las relaciones hispano-islámicas en el Mediterráneo: contexto histórico, 217 - La “realpolitik” en las relaciones hispano-chinas. Una aproximación histórica, 249 - La “España soñada” por la ILE y Machado. El programa educativo, 269 - José Castillejo, una vida dedicada a hacer realidad la “España deseada” de la ILE, 287 - Antonio Machado y la ILE, 315 - Una nueva refundación de España: levantamiento, guerra, revolución y constitución: (1808-1814), 329 - Liberales versus reaccionarios, 347 - Nación y naciones de ciudadanos, 359


FRANCISCO DE COSSÍO MARTÍNEZ-FORTÚN (1887-1975)

Escritor y periodista. Una de las plumas más importantes del siglo XX español. Treinta libros y más de siete mil artículos repartidos por la prensa avalan la obra de Cossío.

CONFESIONES (MI FAMILIA, MIS AMIGOS Y MI ÉPOCA) (390 págs)

Francisco de Cossío y Martínez Fortún

Prólogo: José María Pérez de Cossío

ISBN: 978-84-936505-1-3 (2008)

INTRODUCCIÓN, por José María Pérez de Cossío

Confesiones. Así fue como Francisco de Cossío quiso intitular la obra con la que rubricar lo que él estimaba había sido su vida. Quizás, más que estimar lo que había sido su vida, sería mejor decir lo que él había contemplado como su vida.

Cossío siempre estuvo atento a cualquier espectáculo de cuantos su existencia le vino ofreciendo, y fue la perspectiva de todos aquellos recuerdos que, en su declinar, se le humanizaron, la que desencadenó el que dejase navegar su pluma sobre las cuartillas que, como cartas náuticas en blanco, siempre conservó a su lado para evitar rumbos equivocados o falsas derivas.

Confesiones es, en cierto modo, ese diario de a bordo que los capitanes de barco redactan para dar fe de la travesía que afrontaron y de las maniobras a las que se vieron compelidos. Pero Francisco de Cossío era navegante de tierra adentro. Por ello, como geometría básica, tuvo que recurrir a la horizontalidad de los galgos y a la verticalidad de los álamos, para encontrar el aplome de la Castilla Vieja que lo engendró.

Como hombre de teatro, a la hora de concebir Confesiones diseñó un programa de mano con el que se pudieran seguir los actos de la representación sin tener que preguntar al espectador de la butaca de al lado. En ese programa, que es el que solían repartir los acomodadores cuando la propina era generosa, figuraban, y no por orden alfabético: Su Familia, sus Amigos y su Época. En cada una de estas partes irían apareciendo todos los personajes y los decorados que la función requería, evitando el que los grandes formatos colmasen el escenario. Dramaturgo como fue, Cossío conocía la importancia del saber medir el calibre de los gestos y el volumen de la escenografía.

Consideraba que los hechos que nos parecieron minúsculos cuando se produjeron, vistos a través de los años, se van fijando en nuestra memoria como sucesos decisivos, y así podemos afirmar que lo que nos pareció no tener importancia, es lo que, a la postre, define el carácter de un hombre y una época. Lo que un día nos pareciera una simple sombra al borde del camino o una breve ráfaga de luz acariciando el tronco de un árbol al atardecer, –vislumbres humildes comparados con las panorámicas solemnes que cualquier paisaje reserva para su contemplación–, transcurridos los años, se configuran en nuestro recuerdo como regalos decisivos que salieron a nuestro encuentro para que al cuadro final de la vida no le falten esas pinceladas que son las que acaban conmoviendo al espectador.

Francisco de Cossío fue, antes que nada y después de todo, un espectador. Este oficio, el de espectador, es uno de los más difíciles de aprender y de ejercitar. Se necesita, desde muy niño, haberse educado en tensar ciertos resortes del alma, dejando relajar, al mismo tiempo, la musculatura del espíritu. Los acróbatas de circo, apenas dejan de gatear sobre el serrín de la pista, descoyuntan sus miembros en escorzos inverosímiles, con el fin de que los aplausos del público no lleguen a producirles luxaciones.

Como espectador, Cossío debió comenzar su entrenamiento contemplando, desde muy temprana edad y desde la balconada de la casa de Sepúlveda en la que nació, el bullir de las gentes en la Plaza de la Villa. Desde lo alto de ese mirador, se le ofrecía el trasiego de un pueblo en el que la historia se resistía a cambiar su caligrafía. Dudaban, aquellos descendientes de los repobladores de Castilla, de si el trueque, cambiando la redacción de sus vidas, podría merecerles la pena. El tiempo, caminando a paso de buey, les permitía seguir mascullando lindes y medianerías sin tener que tragar con demasiada premura la saliva.

En los mercados que en la plaza del pueblo se celebraban, los aldeanos calibraban y regateaban sus productos, mientras las viejas piedras construían un caserío asomado al vacío, conforman-do un coro que esperase a que el río Duratón, desde sus hoces, le diera el tono con que vocalizar la música que los siglos, tomando como partitura los blasones y los recovecos del pasado, habían venido componiendo.

Como desde una atalaya, a aquel niño se le ofrecía una doble meditación. Por un lado, la visión de la Plaza principal, a una distancia en la que los ajetreos de los hombres y sus comentarios llegaban tamizados y en sordina. Por el otro, la espectacular panorámica que, utilizando las huertas regadas por el Caslilla como peana, se desbordaba trocando la carretera de llegada al pueblo en unos brazos que, en cada curva, se abrazaban a ellos mismos.

Todo lo que de niño acontece a nuestro alrededor, puede suscitar dos sesgos. El de que nos encaramemos en el escenario de la vida para declamar los libretos que la importancia que nos adjudiquemos nos impela redactar, o por el contrario, estimar que el espectáculo, contemplado desde la prudente distancia que nuestras dioptrías aconsejen, puede llegar a ser más apasionante que el recibir las ovaciones del público. Cossío optó por esto último. La vida no quiso defraudarle, y en vez de regalarle unas manos que aplaudían, le concedió, cuando apenas su infancia se desperezaba, unas manos blancas, las de su madre, orladas por unos encajes que acentuaban su fragilidad. Manos que, después de prodigarse en caricias, se refugiaban en la quietud de la oración. Cossío las recordó toda su vida suspendidas entre los aromas de cedro que el altar del oratorio despedía. Una tarde, cuando el rezo había finalizado y atravesaban la estancia contigua, una ráfaga de viento apagó la vela. El grito de su madre al verse sorprendida por la oscuridad, hizo que el terror irrumpiese por primera vez en la vida de aquel niño. Se le dio a conocer entonces esa parte de nuestra sombra que siempre queremos ignorar, pero que, obstinadamente, acecha para mostrarnos los rincones más inhóspitos de nuestra conciencia.

Aquel grito y aquella oscuridad, quizás fueran el prólogo de la tragedia que, poco tiempo después, iba a desencadenarse en aquella casa: La muerte casi simultánea e imprevista de sus padres.

Tal infortunio quebró la cotidianidad de aquel hogar que, hasta aquel entonces, había sido un claro ejemplo de lo que los mayorazgos ilustrados suponían en una Castilla amodorrada entre sus tópicos y sus carencias.

Con la última vuelta de llave que rubricaba la orfandad de aquella familia, todo se sumió en el silencio. En las estanterías de la biblioteca quedaron, atónitos, todos aquellos libros, algunos de singular rareza, curiosos ejemplares de historia y de literatura, con los que se había pretendido, a través de generaciones siempre atentas al conocimiento y al progreso, que, entre aquellas paredes, jamás se pudiera vivir de espaldas a cuanto pudiera engrandecer el espíritu... Los relojes, sin interlocutores con los que comentar el deje de los minutos, dejaron consumir sus horas en la penumbra que los balcones, precipitadamente cerrados, custodiaban. Ni un solo objeto se movió de su sitio, ni participó en el éxodo que se desencadenó. Sólo acompañó aquel viaje el silencio impuesto por la abuela, para que éste se encargara de borrar todo cuanto había sucedido. Los cuatro hermanos, –Francisco era el mayor–, recalaron en Valladolid, en la casa que su bisabuelo, don Manuel de la Cuesta, comprara siendo rector de la Universidad.

Aquel desarraigo Cossío lo describe en forma tal cual si se tratase de un ejercicio preparatorio para encarar otros que, con el paso de los años, acabarían por llegar.

Reconozco que es en la infancia y en Sepúlveda en donde me he dejado remansar al releer las Confesiones del abuelo (me parece oportuno clarificar, llegado aquí, el grado de parentesco que me une con Francisco de Cossío). Es en la evocación de aquella infancia, donde la prosa, rayando el virtuosismo, adquiere un ritmo como el que por aquel entonces debía de regir la vida en aquel pueblo. Las horas se hacían perezosas en su caminar por las cuestas y las callejuelas, para que las prisas no olvidasen perfilar el contorno de cada sombra. Las campanadas del reloj del Ayuntamiento roban rayos al sol, procurando que el oro de las torres de las iglesias no se marchitase prematuramente. Parsimonia en la luz y en el tiempo. Casi la misma parsimonia con la que Cossío rememora aquellos años.

No más precipitadamente, Cossío recuenta su familia hasta donde los archivos de la misma le permiten. Y no por vanidad, la más pueril de todas las vanidades, sino porque al ser los hombres hijos de sus obras, el análisis de los cimientos heredados es el que aparejará adecuadamente el andamiaje que requerirán éstas para sustentarse con solidez. Para un liberal, la familia, aparte de las connotaciones jurídicas y biológicas desde la que pueda ser contemplada, es una coordenada que, junto a la del tiempo y el espacio, modela nuestro contorno para engarzarlo en una dimensión más amplia que la de la simple singularidad. Se es hijo de algo y de alguien, y ese algo y ese alguien, son los que depositaron en nuestro equipaje los enseres que quizás algún día necesitaremos para reconfortar nuestro viaje.

Como pintor reconozco en los bocetos todas las claves y pautas que éstos proporcionan para la total comprensión de la obra última. Regreso, pues, y con este ánimo, a la infancia de Cossío, para dejarme seducir por dos sucesos que él describe como si fueran los protagonistas de alguna de aquellas charlas en las que gustaba prodigarse para deleite de quienes le escuchaban... Una niñera le dijo que, pegada a la muralla (la casa se encontraba adosada a ella) estaba la cárcel, y que, por las noches, se oía el ruido de las cadenas y los lamentos de los presos. En una cárcel de la entidad que podría tener la de Sepúlveda por aquel entonces, era poco probable que tales hechos aconteciesen. No obstante lo cual, el abuelo tuvo que acunar su miedo durante muchos insomnios Seguramente aquello le dejó el poso de una filosofía que jamás abandonaría... La historia no es lo que los voluminosos tratados que enumeran batallas y acontecimientos contienen, sino esa parte de lo experimentado que hemos aceptado como cierta aunque no lo haya sido. La física quántica va poniendo orden a este estado de cosas.

Napoleón, artífice de la batalla de Waterloo, según lo refiere Stendhal, tuvo que preguntar, en su retirada, a un soldado fugitivo qué es lo que había pasado. Este soldado, con la visión de unos cuantos metros en torno suyo, dio una lección de historia al emperador. Con menos datos quizás que los que exigiría un pormenorizado estudio sobre tan magno acontecimiento, pero suficientes para que este hombre relatase a quien quisiera escucharle, una realidad que, sin necesidad de notas a pie de página, se le impuso como la más veraz historia posible. Todo suceso que no pueda ser contado en una noche de invierno, al calor de la lumbre, sin necesidad de tener que amplificar la voz, y no teniendo que recurrir al criterio de los demás, solamente es una verdad con las lindes entreveradas.

De cualquier manera, todas las reflexiones que yo ahora pueda hacer sobre la existencia humana, todos los dibujos que esboce sobre el esqueleto de la verdad o la musculatura de la mentira, serían sacos de mi cosecha. Lo justo y necesario es dejar que Cossío, en sus Confesiones, nos permita saborear lo que un espectador en estado puro, como él lo era, nos ofrece. Ésa es la riqueza que proporcionan los años cuando se han sabido ir arrancando las hojas del calendario una a una y a su debido tiempo.

Aunque pueda interpretarse como una obsesión, no me resisto a regresar de nuevo a la parte del libro en la que Cossío recala en su infancia. Lo hago, para conocer de una tarde en la que describe el cómo le fue dado contemplar unas fiestas desde la casa del capellán de la Virgen de La Peña, patrona de Sepúlveda. Tras una gran reja, vio una corrida de vacas enmaromadas. El capellán, entre otros muchos objetos piadosos que tenía, le enseñó un rosario cuyas cuentas eran de azúcar. El abuelo, furtivamente pasó su lengua por ellas y comprobó que, efectivamente, eran dulces. En ese instante, sin que él, por sus años, supiera darse cuenta de ello, fue cuando tomó contacto con el laberinto de la fe. Discretamente, para no humillar al cura, en el caso de que su aserto no fuera cierto, el abuelo constató, en vivo y en directo, que si no la lengua, al menos, sí, el sentido común hay que pasarlo siempre por encima de las proclamas, las mieles y las hieles.

En aquel festejo, nació el periodista que llegó a ser y que se exigió, a lo largo de toda su profesión, contrastar el sabor, el olor y hasta el tacto de la noticia. La casa del capellán y la reja desde donde contemplar la fiesta de los novillos enmaromados, fueron el catón con el que comenzó a deletrear el lenguaje de estas tierras que ahora se proclaman tan diversas, pero que a lo largo de muchos siglos compartieron banda y música.

Por estos andurriales, a poco que la lluvia lo permita, nunca falta la bulla y la jarana. El gentío, antes de que se entone la última silaba del ite misa est, ya comienza a porfiar con trompicones, si al caso llega, por hacerse con alguna de las andas del Santo Patrón. Entre vítores y jaculatorias, el paseíllo de la procesión por las principales calles del pueblo se convierte en un plebiscito de mil pelajes y conveniencias. Acabada la función religiosa, y agotada el agua bendita, el personal recurre a enfriar la sangría con pasodobles y pasacalles en los que las distorsiones del bombo suelen emborronar la letra de la partitura.

Aquel rosario que Cossío, de niño, saboreó, es de suponer que tendría como remate una cruz, probablemente no de azúcar. Las cruces, en estos vericuetos, se diseñan a gusto de quien la piensa esgrimir, y siempre con la idea de que, según la altura en la que se entronice, pueda servir lo mismo para un bautizo que para un entierro.

En unas Confesiones como las que escribió Cossío, destiladas sin necesidad de confesionario alguno, y sin esperar absolución por parte de nadie, no podían quedar en el olvido los amigos. Esos amigos que, a lo largo de la vida, fueron apuntalando sus afectos, a sabiendas de que, con lealtades, el tiempo se deja acariciar sin necesidad de tener que cambiar el sentido en las manecillas del reloj.

Cossío fue hombre de fidelidades, porque supo tomar en consideración lo que, desde las otras localidades, por muy alejadas que estuvieran de la suya, los otros asistentes a la representación percibían e interpretaban. A ellos, a sus amigos, dedica una buena parte de su libro, y se nota, cuando su pluma se desliza sobre las cuartillas, cómo medita las interrogaciones, las admiraciones y los puntos y aparte, para que sólo aflore la frase que mejor dé la talla de cada uno de aquéllos con quien compartió avatares, alegrías, duelos y conmemoraciones.

Delibes, refiriéndose en una ocasión a la forma de escribir de un consumado articulista, decía que se notaba cuándo encendía el cigarrillo. En Cossío sólo se notaba el cómo navegaba con su pipa, dejando que el humo dibujase los encabezamientos de cada párrafo a la manera en como los monjes medievales iluminaban las mayúsculas de los códices, para mayor gloria de Dios. Cossío, sin tener que glorificar más que a la propia gloria de haber vivido sin otras pretensiones que el serle permitido ser espectador de la época que le tocó en suerte, echa mano de todo cuanto aconteció a su alrededor, para remachar esa filosofía que los castellanos heredaban en los caminos y las posadas donde al pan se le llamaba pan y al vino no se le echaba agua.

Ningún lugar del mundo le resultó lejano, ninguna idea ajena a su sentir llegó a perturbarle, y ni la adversidad ni el halago le hicieron entonar un suspiro más fuerte que otro. Fumaba, ya lo he dicho, en pipa, algo tan difícil de practicar como el aprender un idioma. En los idiomas hay sonidos que se aspiran y otros que se expelen; si no se llegan a dominar estos malabarismos de la respiración, el humo acaba siempre agonizando sobre los res-coldos de lo que podía haber sido una paz pasada de mano en mano con armonía.

Y hablando de respiración y, a punto de abrir la puerta de despedida de este escrito: Cuenta Francisco de Cossío, cómo en una de las visitas que solía rendir a la Casona de Tudanca, que era donde su hermano José María se había impuesto el convertirla en un santuario de la cultura y el recuerdo, se encontraba hospedado don Miguel de Unamuno. Estimaron conveniente una buena mañana, hacer una excursión y escalar unos riscos desde donde se presumía la visión, de la que se podría disfrutar, sería magnífica. Parte del grupo ascendió en caballerías, pero don Miguel se empeñó en hacerlo a pie. El abuelo, para no hacerle un desaire, se prestó a acompañarle en esas mismas condiciones. Don Miguel, pasado el primer entusiasmo, comenzó a jadear, y cada vez se le hacía más penosa la remontada. Quisieron convencerle de que lo más prudente sería el recurrir a las cabalgaduras que, aparte de conocedoras del terreno, podrían aliviar tanto esfuerzo. Don Miguel, congestionado, apasionado, y no renunciando a ninguno de los principios que alumbraron su vida, exclamaba: ¡Hay que llegar a lo alto!... Que eso fue lo que estuvo persiguiendo toda su vida a base de sonetos crucificados y disecciones poliédrico metafísicas. En España siempre se asciende y se desciende jadeando. Son los pulmones de los genes que nos alumbran y deslumbran los que así vienen configurados de fábrica. Este diseño es el que permite el que se puedan gestar orfeones de una sola voz, y procurando que no se oiga la del de al lado, al que se le supone escolano de ínfimo rango.

Cossío nunca quiso que, cuando en el declinar de sus años, los recuerdos se le hacían más humanos, el libro que surgiera fuera, ni unas memorias ni una autobiografía. Una confesión es lo que deseó. La confesión es el acto más íntimo y sincero al que el hombre puede abandonarse. Sin necesidad de absoluciones, uno se cuenta su vida como él ha creído vivirla; camino éste el más transitable para llegar a la certeza de las cosas. Los hechos y los hombres no son sino como uno los ha percibido. Para ello se necesita esa serenidad de espíritu que el que ha sabido ser espectador atento y desinteresado, llega a adquirir. En un banquete, los comensales discuten y se acaloran. El camarero, quizás fuera el único que, con la perspectiva suficiente, pudiera intervenir en la controversia con mejor juicio, pero se limita a observar para algún día poder dar fe de quién fue el que se comió la tajada más apetitosa, hurtándosela al que por su prudencia le debería de haber correspondido.

Para finalizar. No me sentiría del todo satisfecho, si no celebrase con emoción la reedición de este libro. Confesiones, aparte de una familia y unos amigos, describe una época que muchos han querido, peor que relegar al olvido, adulterar. Han dejado que los lugareños, desde el mojón que mejor apañase el surco que siempre sobra, cantasen y contasen las coplas que, en las fiestas de su pueblo, mejor sirvieron para meter mano a las mozas. Así, saliendo el sol por donde tenía que ponerse y bajando el pan con más miga que corteza, cualquier necedad se convierte en dogma. Cossío fue un grandísimo escritor, digno de mejor recuerdo. Fue un liberal ecuánime y generoso, que tuvo que contemplar y padecer todos los saraos que en España, para que la juerga de siempre no decaiga, se montan sin necesidad de santo ni de romería. Contó su vida sin hurtar luces ni sombras y yo, su nieto, ahora que tanto se estila este tipo de parentesco, no oso añadir ni quitar un solo punto o una coma a cuanto quedó dicho cuando tuvo que decirse.

José María Pérez de Cossío

Segovia, en un mes de Mayo, afortunadamente lluvioso y que se hace llamar dos mil ocho.


FERNANDO ÁLVAREZ BALBUENA

La creación artística, cuando lo es de veras, desborda a sus autores y los distancia de sus obras. Es así que a escritores acostumbrados a la disciplina de la investigación y la cita rigurosa, como es el caso de Fernando Álvarez Balbuena, cuando sueltan amarras y se dejan llevar por el mundo mágico de la poesía les embarga la duda sobre el resultado de su viaje.

Benditas dudas y disciplinas si nos llevan a los demás a poder disfrutar de obras como esta Marea interior, en la que Fernando con su lenguaje es capaz de desnudar a la experiencia de ropajes mundanos para dejar a la vista su esencia misma. Revestida únicamente con su exquisita forma casi siempre, y siempre amparada en la música regalada de sus versos.

MAREA INTERIOR (POEMAS) (78 págs)

Fernando Álvarez Balbuena

ISBN: 978-84-92814-46-6 (2010)


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