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Los datos objetivos, confirmados por la Fiscalía francesa y las primeras investigaciones, presentan una escena de una violencia primitiva. Quentin Deranque no murió en un "enfrentamiento" o una "reyerta", términos eufemísticos que gran parte de la prensa ha utilizado para diluir la responsabilidad. Fue víctima de un linchamiento voluntario.
Mientras realizaba labores de seguridad en una protesta contra la presencia de la eurodiputada Rima Hassan Mobarak, fue acorralado por un grupo que la policía vincula directamente con La Joven Guardia (Jeune Garde), una organización de ultraizquierda que, pese a haber sido disuelta administrativamente por su violencia, sigue operando bajo el paraguas de la impunidad política.
Lo que hace este caso especialmente sangrante es el perfil de los detenidos. No hablamos de delincuentes comunes, sino de militantes con formación y conexiones políticas directas. Entre los 11 arrestados figura un asistente parlamentario de un diputado de La Francia Insumisa (el partido de ultraizquierda de Jean Luc Mélenchon). Este detalle, que debería haber abierto los telediarios por su gravedad democrática, ha sido tratado por ciertos sectores mediáticos como una nota al pie de página o un "error individual".
La realidad es que estamos ante individuos que, bajo la bandera del antifascismo, ejecutaron una paliza técnica —con patadas en la cabeza cuando Quentin Deranque ya estaba indefenso en el suelo— que solo buscaba un resultado: su muerte.
Es aquí donde el periodismo ha fallado estrepitosamente. Hemos visto cómo medios, tanto en Francia como en España, se apresuraban a rebuscar en el pasado de la víctima para encontrar el adjetivo "ultra" que permitiera a sus lectores sentir una extraña y perversa sensación de alivio. Al resaltar su fe católica tradicionalista o su militancia identitaria por encima del hecho de que fue asesinado a golpes, cierta prensa no informa, sino que contextualiza el horror para hacerlo digerible.
Si aceptamos que una muerte es más o menos grave según la ideología de quien recibe los golpes, hemos perdido la civilización. Como ha señalado el presidente Macron, y tantos otros antes que él, "ninguna ideología justificará jamás el asesinato". Pero para que esa frase sea real, el periodismo debe recuperar su credibilidad y ejercer su función: narrar los hechos sin miedo a quiénes sean los culpables y respetar a las víctimas sin importar su ideología.
Juan M. Martínez Valdueza