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EL FIN, EL CAMBIO, EL PRINCIPIO (y 3)

Foto: https://www.lainformacion.com/
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LA CRÍTICA, 24 JULIO 2020

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A lo largo del discurso escatológico el Señor en el que habla de las realidades últimas, aparecen entremezcladas tres profecías: la ruina de Jerusalén -conquistada y arrasada por las tropas del emperador Tito en el año 70-, la descripción del final del mundo y la venida definitiva de Cristo (...)

... En espera del acontecimiento de estas tres realidades, el Señor invita a la vigilancia y la oración. Conviene señalar que es fácil confundir los signos y los tiempos de la destrucción de Jerusalén con los signos y los tiempos del fin del mundo y segunda venida de Cristo, ya que para los judíos del tiempo de Jesús, la destrucción de Jerusalén es una figura o tipo de la consumación final. Por eso, impresionados los discípulos por el anuncio dramático de la destrucción del Templo preguntan al Señor sobre el momento de su realización que debía coincidir con el fin del mundo. El Señor habla aquí con el estilo y lenguaje propio de los profetas, los cuales anuncian las cosas futuras sin explicar con detalle el orden en que van a suceder y sirviéndose de imágenes y simbolismos.

“La abominación de la desolación”: Jesús se refiere a una profecía de Daniel (Dan 9,27; 11,31; 12,11), en la que el profeta previó que el rey (Antíoco lV) ocuparía con sus tropas el santuario y levantaría sobre el altar de los holocaustos imágenes de dioses falsos. Así fue, y el ídolo que, en efecto, edificó sobre el altar, quedó como manifestación de abominación (la idolatría) y de desolación. Nuestro Señor aplica este episodio de la historia de Israel a la futura destrucción de Jerusalén. Por esto pide -“quien lea, entienda”- una mayor atención al texto de Daniel. Vendrá, dice Jesús, una nueva manifestación desoladora, que arrasará el Templo para introducir la idolatría. En efecto, el año 70 d.C. El Templo fue destruido y profanado por las tropas romanas. Más aún, en el siglo ll del d.C., el emperador Adriano mandó colocar una estatua de Júpiter en el Templo. Y así, cuando Jesús habla de acortar el tiempo de la tribulación porque, en caso contrario, no se salvaría a nadie, habría que preguntarse: ¿de qué salvación se trata? En primer lugar, de la salvación física: si Dios, por su misericordia, no acortara el tiempo de la tribulación, nadie escaparía a la muerte. En segundo lugar, de la salvación eterna: la prueba será tan dura que Dios tendrá que reducir su tiempo para que los elegidos no sean vencidos por la tentación y puedan salvarse. Hay que tener en cuenta que la tribulación incluye un aspecto físico de cataclismos sin precedentes, y otro espiritual de falsos profetas, herejías y doctrinas equivocadas. (Sagrada Biblia, Evangelio según San Mateo, Editorial Universidad de Navarra, 1985, capítulo 24, pp. 331 y ss.)

En este capítulo también se hace referencia al Anticristo, el enemigo de Cristo que vendrá al fin de los tiempos (1 Jn 2, 18a 4,3). Es el hombre del pecado, el hijo de perdición, que se contrapone y levanta contra todo lo que es Dios y es digno de veneración… Su venida irá acompañada del “poder de Satán, de todo género de señales y prodigios engañosos y de seducciones de iniquidad para los destinados a la perdición…” (2 Ts 2,3-10). Ya, en tiempos muy posteriores, por ejemplo, Wicleff, Lutero, Melancton, el catecismo de Heidelberg, etc., interpretaron que el Anticristo era el Papa.

Los semitas escribían con frecuencia los números con todas sus letras, sistema que seguramente se usó muy pronto en Israel, si bien los antiguos hebreos emplearon simultáneamente, al parecer, tanto el sistema decimal de los egipcios, como el sistema duodecimal de Mesopotamia.

La bestia que aparece en apocalipsis 13, el Anticristo en persona, simbolizado por una personalidad histórica, se designa en 13,18 por el número 666, el “número de un hombre”. Según la más extendida de las muchas explicaciones posibles, el número 666 encierra el valor numérico de las dos palabras “César Nerón”.

En realidad debe considerarse el número 666, triple repetición del número seis que siendo igual a 7 que significa la perfección -1 simboliza la imperfección, como símbolo dado que se repite 3 veces, número perfecto de la absoluta indignidad y malicia; o mejor, como el símbolo misterioso de un gran poder (una persona, o más bien un poder impersonal).

Así, el calificativo de la “bestia” era el más peyorativo, dado que, aunque la bestialidad, el bestialismo, era usual entre los cananeos (Lv. 18,23-25), los egipcios y tal vez también entre los babilonios, en Israel se castigaba con la muerte, tanto de la persona humana como del animal (Ex. 22,18 Lv. 20,15 S).

Pues bien, llegados a nuestros días, me comentaban dos personas bien informadas que resulta difícil que antes de 20 años no se produzca una guerra. Se conocen, con cierta aproximación las ojivas nucleares que poseen algunos de los países y que de menos a más, son: Corea del Norte, Israel, India, Pakistán, China, Reino Unido, Francia, Estados Unidos y Rusia. Se comprende que la descripción escatológica de las estrellas cayendo del cielo o la apocalíptica de la bestia haciendo bajar fuego del cielo a la tierra, resultan acertadas, si se piensa en un bombardeo con bombas atómicas y de hidrógeno.

Hoy día se dice que ningún Estado, por poderoso que sea, tiene enemigo pequeño, porque en un simple garaje, tres o cuatro expertos, con medios asequibles en la actualidad, pueden producir, por ejemplo, un virus informático de consecuencias incalculables. Piénsese en el sturtex, el virus que se escapó y que nos hubiera dejado sin electricidad de no haberse “matado” a tiempo. La falta de electricidad supone, al parecer, que los coches y aviones no podrían repostar, puesto que para el bombeo de la gasolina se necesita electricidad y lo mismo el abastecimiento del agua y el funcionamiento de la luz eléctrica, de los frigoríficos, de internet, lo que impediría la actividad de los bancos, de la mayoría de las fábricas y empresas, ya no se podría hablar por lo teléfonos móviles ni funcionarían los ordenadores. Se comprende que la profecía referida a levantarse pueblo contra pueblo, sería comprensible para conquistar, por ejemplo, los lugares con agua y alimentos.

Con relación a una pandemia letal producida por un virus, es posible que se extienda sin intencionalidad. Un científico español, Javier Pérez Castells, comentaba en un video que en el laboratorio de Wuhan, donde se experimentaba con virus muy peligrosos (tal y como hacen otros muchos países), según el informe de un grupo de expertos que lo visitó no se seguían las normas del protocolo de seguridad, por lo que bastaría que una de las personas integrantes del laboratorio saliera de él contaminada, sin saberlo, para que un virus tan difusivo como el actual se extendiera con global rapidez.

Finalmente, por lo que se refiere a la marca de la “bestia” sin la cual los derechos más elementales del ciudadano quedan anulados, me contaba un conocedor y amante del pueblo chino (yo también quiero y admiro al pueblo chino), que debido a los millones de cámaras que allí existen (supongo que en otros países, en proporción, existen y vigilan a sus ciudadanos igualmente), y a las gafas que lleva la policía y que incorporan unos marcadores, que tanto de frente (la distancia entre los ojos) o de perfil, la oreja tan segura como las huelas dactilares, reconocen a la persona en cuestión. Al parecer y a pesar de su número todos los ciudadanos chinos adultos están clasificados. Esta persona me dijo, aunque es difícil de creer, que a un buen estudiante le habían denegado la entrada en una universidad, porque su padre estaba calificado como un mal ciudadano (no recuerdo si porque no había pagado unas multas o se había subido a un tren sin billete). Y otra persona, me añadió que, cerca del domicilio de un ciudadano mal calificado se exponía una fotografía suya, bien a la entrada del medio de transporte, bien en su interior.

En fin, como conclusión, que ante un cambio de época, de cultura, de civilización, es obligado conocer los signos de los tiempos que determinan esa nueva época, que están incidiendo en la concepción de nuestra vida, nuestras costumbres, nuestras relaciones, nuestros valores, nuestras creencias más profundas, y un largo etcétera.

Francisco Ansón
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