Su nombre era Mencía Calderón de Sanabria y su historia nos lleva a mirar de otra manera la presencia femenina en la construcción de la América hispana.
Cuando pensamos en las grandes expediciones españolas del siglo XVI solemos imaginar barcos cargados de hombres, capitanes que observan el horizonte desde la cubierta, soldados dispuestos a internarse en territorios que apenas conocen y navegantes capaces de atravesar un océano con instrumentos que hoy nos parecerían insuficientes para semejante viaje, mientras las mujeres permanecen, casi siempre, fuera de la escena, como si aquella gigantesca circulación de personas que terminó conectando durante siglos dos continentes hubiera sido exclusivamente masculina. La documentación conservada demuestra que aquella imagen es incompleta: miles de españolas viajaron a América durante el siglo XVI y participaron en el poblamiento, en la creación de familias, en la transmisión de la lengua, las costumbres y la fe, en la actividad económica y en la formación de las nuevas sociedades americanas. Entre ellas hubo algunas cuyas vidas fueron tan extraordinarias que cuesta comprender por qué sus nombres continúan siendo prácticamente desconocidos. Mencía Calderón es una de ellas.
Había nacido en Extremadura, en la zona de Medellín y estaba casada con Juan de Sanabria, a quien Carlos I había confiado la empresa del Río de la Plata. El proyecto que esperaba a la familia Sanabria era considerable: había que llevar pobladores hasta una región alejada de los principales centros del poder español en América, reforzar la presencia de la Corona y contribuir a convertir aquellos primeros asentamientos, todavía frágiles, en comunidades capaces de permanecer en el tiempo. Entre quienes debían realizar aquel viaje se encontraba un importante contingente de mujeres, algo que revela hasta qué punto la Monarquía había comprendido que ocupar un territorio era solamente una parte del desafío, porque después había que poblarlo, organizarlo y crear una sociedad que pudiera echar raíces.
Lamentablemente, Juan de Sanabria murió mientras se preparaba la expedición y el título de adelantado recayó sobre su hijo Diego, todavía muy joven, mientras el proyecto comenzaba a enfrentarse a dificultades económicas y organizativas que amenazaban con hacerlo desaparecer. Para Mencía había una salida perfectamente comprensible: volver a Extremadura, recuperar cuanto pudiera de su patrimonio e intentar reconstruir una vida que había cambiado abruptamente con la muerte de su esposo. Su propia madre viajó a Sevilla para tratar de convencerla de ello. Mencía tomó otra decisión y comprometió su hacienda en aquel proyecto, mientras Diego permanecía en España intentando recaudar los recursos necesarios para organizar otra parte de la expedición. Mientras ella partiría hacia América.
Las leyes de la época no contemplaban que Mencía heredara formalmente el cargo de adelantado y, por tanto, el título pertenecía jurídicamente a su hijastro. Sin embargo, cuando llegó el momento de afrontar las consecuencias reales de aquella responsabilidad, fue ella quien se embarcó, mantuvo unido al grupo y terminó convirtiéndose, en la práctica y también en la memoria histórica, en “la Adelantada”. La investigación académica sobre su figura ha recuperado incluso la información que la propia Mencía dirigió años después al rey, una fuente especialmente valiosa porque permite separar, al menos en parte, a la mujer histórica de la leyenda que posteriormente fue creciendo a su alrededor.
En abril de 1550 salieron de Sanlúcar de Barrameda aproximadamente trescientas personas distribuidas en tres embarcaciones y, entre ellas, alrededor de cincuenta mujeres, bajo el mando naval de Juan de Salazar de Espinosa, quien ya conocía aquellas tierras porque había participado en la fundación de Asunción. También viajaban las hijas de Mencía. Para comprender verdaderamente lo que aquello significaba conviene recordar que cruzar el Atlántico en el siglo XVI suponía convivir durante semanas o meses en espacios mínimos, con agua y alimentos que podían deteriorarse, enfermedades para las que existían pocos remedios, tormentas capaces de separar una flota sin posibilidad alguna de comunicación y la certeza de que, una vez desaparecida la costa tras el horizonte, cualquier imprevisto podía convertirse en una cuestión de vida o muerte. El propio Museo Naval recuerda que en aquellas naos los pasajeros dormían donde podían y compartían un espacio extraordinariamente reducido con carga, animales, insectos y ratas.
La expedición de Mencía descubriría muy pronto hasta qué punto podía empeorar cualquier planificación hecha en tierra firme. Las naves fueron dispersadas por un temporal y una de ellas, en la que viajaba Mencía, fue interceptada frente a las costas africanas por corsarios franceses. Se sabe que el episodio ocurrió porque quedó recogido en documentación de la propia expedición: Mencía dejó constancia del ataque y del saqueo sufrido por una nave que viajaba por mandato de Su Majestad. Después vendrían nuevos contratiempos, pérdidas de embarcaciones, naufragios y una llegada a la costa sudamericana que estaba todavía muy lejos de significar la llegada a su destino.
Asunción se encontraba en el interior del continente y llegar hasta allí requería continuar una ruta que acabaría convirtiendo aquella expedición marítima en una interminable marcha terrestre, durante la cual el grupo tuvo que afrontar las tensiones entre españoles y portugueses en una frontera cuya delimitación política era mucho más clara sobre los mapas europeos que sobre el terreno junto a la dificultad de conseguir alimentos, reparar lo que podía repararse, cuidar a los enfermos, proteger a quienes viajaban, mantener la autoridad cuando las expectativas de regresar o avanzar podían parecer igualmente inciertas y seguir creyendo que tenía sentido continuar después de meses que acabaron convirtiéndose en años: 1.600 kilómetros de selva y más de seis años de expedición.
Aquellas mujeres que viajaban junto a Mencía formaron familias, participaron en la vida económica y doméstica, transmitieronsu cultura, educaron a sus hijos y contribuyeron, junto con las poblaciones ya existentes y los numerosos procesos de mestizaje que caracterizaron a la América española, a configurar una sociedad nueva que terminaría desarrollando identidad propia. La expansión de la Monarquía Hispánica dependió de soldados y navegantes, por supuesto, pero su permanencia histórica necesitó también familias, instituciones, lengua, religión, relaciones sociales y vida cotidiana, ámbitos en los que las mujeres tuvieron una enorme importancia. El Museo Naval ha insistido precisamente en esta dimensión al estudiar la participación femenina en la formación del tejido social y económico de Hispanoamérica.
La historia de Mencía permite escapar de dos tentaciones bastante frecuentes cuando hablamos de las mujeres del pasado: juzgarlas exclusivamente con categorías contemporáneas o confinarlas a figuras secundarias cuya relevancia depende del hombre con el que estuvieron casadas. Mencía fue una mujer del siglo XVI, perteneciente a su tiempo, a su cultura y a la sociedad de la que formaba parte, y precisamente por eso es tan interesante comprobar lo que fue capaz de hacer cuando las circunstancias colocaron sobre sus hombros una responsabilidad para la que ninguna norma había previsto que una mujer estuviera preparada.
No necesitó proclamar que estaba rompiendo límites. Los rompió porque había una tarea que cumplir.Durante seis años atravesó una sucesión de dificultades que habría deshecho expediciones mucho mejor preparadas, mantuvo el objetivo que había asumido tras la muerte de su marido y llegó finalmente con los supervivientes al corazón del Paraguay, culminando parcialmente aquella empresa iniciada muchos años antes en Extremadura. La Armada española la incluye hoy entre las mujeres cuya actuación fue relevante en la conquista y colonización de América, y su nombre forma parte de una revisión documental cada vez más necesaria sobre la presencia femenina en aquel proceso.
Hay además algo bastante hispánico en esa historia, porque el viaje de Mencía permite entender que aquello que comenzaba a construirse al otro lado del Atlántico era mucho más que una prolongación administrativa de España: estaba apareciendo un enorme espacio humano en el que personas procedentes de lugares muy diferentes empezarían a compartir instituciones, creencias, vínculos familiares y una lengua que, cinco siglos después, continúa permitiéndonos leer los documentos de aquella mujer extremeña y comprenderlos desde cualquier lugar de la extensa Hispanoamérica.
Por Mariajo Muñoz Leal