Porque tanto las monarquías como las repúblicas pueden ser buenas o pueden ser malas. Nada asegura su éxito permanente, todo depende de su gestión, de sus intenciones y principios y de la ideología de sus ciudadanos. Sí puede asegurarse que las monarquías europeas son buenos ejemplos de monarquías democráticas, como también lo son las repúblicas alemanas, francesas, italianas, etc. Todo ello teniendo siempre presente que, por nuestra condición humana, puede haber variaciones de acierto en su aplicación, como hemos ya adelantado. Incluso hay excepciones históricas como la actual de nuestro país, más cercana al tercermundismo izquierdoso que a la ortodoxia occidental.
Cabría preguntarse por las ventajas e inconvenientes de estas dos formas de Estado posibles: es cierto que al presidente republicano se le elige democráticamente y al rey no. Pero también es cierto que el rey no pertenece a un partido y un presidente republicano sí, lo que "complica" su neutralidad. No se puede tampoco negar -los números cantan– que el coste de unas elecciones de presidente de república cada cuatro años es grande; gasto que no se precisa en una monarquía. También es cierto que el rey necesita un palacio donde residir y una seguridad con la que protegerse, pero también lo necesita el presidente de una república. Resumiendo, puede afirmarse que los gastos de residencia/seguridad son prácticamente iguales en las dos formas de Estado. Por tanto, en este campo hay empate presupuestario.
Pero las que no son iguales son las sucesivas sociedades en la historia de cada país que, pueden ser muy distintas en costumbres, valores, cualidades, creencias, educación, formación, cultura, etc. Y -no olvidemos- que las sociedades son las que, en una democracia, eligen a sus gobernantes. Sí puede afirmarse que en España la monarquía ha sido la forma de Estado más aceptada por la mayoría de la población a lo largo de la historia. Todo lo anterior sometido permanentemente a la presión constante que el marxismo -inventado en 1848 y los odios que éste encendió por su pretendida cualidad de “mejor salva-patrias”- han generado lo que llamamos las "dos Españas". Odios que parecen ser inevitables en nuestro país, sobre todo si la enseñanza pública y los medios de comunicación afectos a los que mandan adoctrinan y manipulan a la juventud. Lo dramáticamente curioso de las dos Españas de que hablamos es que no compiten, solo se odian con las siguientes particularidades: prácticamente en España no hay izquierda moderada y la extrema izquierda está convencida de que hay que hacer cualquier cosa -bueno o malo, legal o ilegal, con sangre o sin ella- y aliarse con lo que sea porque están convencidos de que lo que llaman derecha destruiría la nación y la alejaría de la "modernidad", que para ellos es el colmo de los bienes físicos, morales y "celestiales", de los que sería un delito de lesa patria alejarse.
Con este marco permanente de comportamientos, de prejuicios y de supuesta superioridad izquierdosa, cabe preguntarse por qué y cómo llegó el 14 de abril de 1931 la Segunda República y por qué y cómo llegó el 18 de julio de 1936. Para ello, caminemos por la historia del último siglo y observemos el discurrir de la gobernanza de nuestra España. Así lo presentaron el Sr. Marx y el Sr. Pablo Iglesias en sus primeros tiempos, con sus propuestas claramente comunistas, rematadas por los dos con el dicho que acabamos de recordar: <>. Pero -seamos realistas- tomando nota de un detalle que nos presentan los hechos y que, intencionadamente, ha sido poco divulgado: no habido nunca, ni hay ahora, ningún país comunista que disfrute de ningún bienestar ni político, ni económico, ni social. Eso sí, "disfrutan" de una nula libertad.
Porque, en primer lugar: ¿Quiénes querían una república? Existían diversos grupos: uno el de españoles que creían firmemente en que esa forma de Estado –la república, que era su verdadera ideología - terminaría con los muchos desmanes que, según ellos, se estaban produciendo. En relación con tales fines, se nos habla de una reunión en la calle Atocha de Madrid, en la que se gestó el denominado Pacto de San Sebastián, inicio de una conspiración destinada a establecer una república que, supuestamente, iba a remediar la situación de desgobierno que, según ellos, la población padecía.
Había también numerosos españoles que creían honradamente -¿por qué no?- en las virtudes de la república. Incluso existían personajes conservadores como el ex monárquico Alcalá Zamora que apoyaba el experimento republicano y lo presentó en un teatro valenciano como el acontecimiento que iba a resolver todos los problemas nacionales. Unos y otros intentaron conseguirlo y lo consiguieron a través de las elecciones municipales convocadas para el 12 de abril de 1931 que, de facto, se convirtieron en un referéndum entre monarquía y república. Y la tal conversión les salió bien "de facto" porque entiendo que no "de iure". Porque nada más que empezar la República se empezaron a producir infinitos desórdenes: asesinatos, incendios de iglesias, fusilamientos de curas y monjas, allanamientos de morada y el asesinato del líder de la oposición monárquica. ¿Es esto normal?
Tras las invasiones de fincas, el asesinato del líder monárquico de la oposición, la nueva Constitución; el primer golpe de Estado de 1934, dirigido por Largo Caballero, la "situación selvática" creciente a partir de 1936 y el segundo golpe de Estado dirigido por el General Franco -llamado por unos Alzamiento y por otros rebelión- y la subsiguiente y terrible guerra civil. Todo era anormal respecto al contenido habitual de una república democrática occidental. Porque ¿es normal "retorcer" el ámbito de aplicación jurídico y político de unas elecciones, que pasaron de ser municipales a convertirse en nacionales, para, con "cuasi manu militari", echar con prisas al rey y sustituirlo por un presidente? Pareciera que NO.
Pero tras estos agitados precedentes, lo primero que hicieron los diputados fue redactar una Constitución -digamos- "a gusto de los consumidores ideológicos". ¿Y cuál fue el resultado? Pues el resultado fue desastroso, como era de esperar, porque las dos Españas y la obsesión anti iglesia católica son estigmas imposibles de eliminar de nuestra historia española. Porque –realmente- fueron las motivaciones ideológicas las que influyeron en el texto constitucional y, sobre todo, las masónicas, eso que los supuestos intelectuales de nuestro país aseguran que no existe. Porque en la ya citada reunión en casa de Alejandro Lerroux se encontraban Manuel Azaña, Álvaro de Albornoz, Marcelino Domingo y Fernando de los Ríos, que pertenecían a la masonería, y en esa reunión secreta se gestó el ya citado Pacto de San Sebastián, que perseguía, desde el principio, echar al rey mediante un proceso revolucionario, que incluía –incluso- un golpe militar. Naturalmente, su visión de la historia era tan marxista que sigue teniendo seguidores del gremio comunista actual –digámoslo claramente, poco leído- que agrupa a personas que no se han enterado del siglo y medio de fracaso de las visiones comunistas de Karl Marx. Porque, como se temía, el texto de la Constitución era muy agresivo y estaba contaminado por la ya citada Porque, como se temía, el texto de la Constitución era muy agresivo y estaba muy contaminado por la ya citada, patológica y enfermiza obsesión anti iglesia que siempre enardece a la extrema izquierda. Era una Constitución que, según Alcalá Zamora, invitaba a la guerra civil, ya que contenía, entre otras cosas, las siguientes decisiones: las confesiones religiosas serán consideradas como asociaciones sujetas a una ley especial; se suprimirá el presupuesto del clero; las confesiones religiosas no podrán ejercer la enseñanza; sus bienes podrán ser nacionalizados y pasar a propiedad del Estado todas las iglesias, conventos y demás edificios religiosos, etc., etc. También incluía la disolución de la Compañía de Jesús; la prohibición de las procesiones; etc., etc. Tal acoso a la mayoritaria población católica española no podía generar más que indignación, odio y división entre los españoles. Surgía, por enésima vez, el ya citado eterno problema de las dos Españas, hoy calificado de “muro” por el actual gobierno social-comunista-populista, que vive de la tiranía política que genera dicha división, de la que, por cierto, ya hablaba Julio César.
Y sucedió lo que la agresividad constitucional recién inaugurada hacía temer. Empezaron a arder conventos e iglesias y se inició una ofensiva anarquista de la CNT con un pistolerismo inclemente que asesinaba con impunidad. Todo ello unido a multitud de disturbios laborales, huelgas, violencia sin control, ocupación de fincas y toda suerte de desmanes, sin que las autoridades republicanas intervinieran con eficacia, convencimiento y decisión 4para poner fin a esta situación. Imperaba la ley de la selva.
Sociológicamente, nunca suele fallar la ley de Newton relativa a secuencia acción-reacción. Y en este caso tampoco falló. La población empezó a tener miedo de lo que había traído el nuevo régimen republicano que había sustituido al monárquico. El miedo era lógico no por cambiar de régimen -porque tanto las monarquías como las repúblicas pueden ser buenas o malas- sino por lo que estaba sucediendo tras el citado cambio de régimen, ya que la república que se iniciaba venía cargada de odios y de comportamientos agresivos. Del miedo se pasó a la hartura y de la hartura al rechazo. Y, como era de esperar, esto se reflejó en las siguientes elecciones de noviembre de 1933: se produjo un claro giro hacia el centro-derecha. La historia nos dice que la reacción de la extrema izquierda fue de rabia y desesperación y que se presionó a Alcalá Zamora, presidente de la República, con peregrinas razones, para que anulase el resultado de las elecciones, al mismo tiempo que se producían grandes disturbios en diversas ciudades importantes de la nación. Todo esto por el hecho de que la izquierda social-comunista española sigue estando convencida de su “misión salvífica” como eterna salvadora de los pueblos y de que su ideología política, económica y social -es decir, lo que anteriormente hemos bautizado como retroprogresismo- genera inexorablemente la paz, la prosperidad, la justicia y la felicidad de las sociedades. El caso es que la historia nos muestra lo contrario, a saber, donde hay comunismo hay hambre, subdesarrollo, ausencia de libertad y, generalmente, gobierno tiránico. Pero para la izquierda social-comunista no cuenta lo que digan los Adam Smith de turno con sus recetas liberales. Que, por cierto, son las únicas que han traído prosperidad a las naciones. Pero una no pequeña parte de la sociedad española del siglo XXI, especialmente nuestros jóvenes -quizá por cierto déficit de lectura y manipulación de su enseñanza- no se ha percatado de que los defectos del liberalismo se corrigen, mientras que los defectos del social-comunismo son estructurales y de imposible corrección. Así nos lo atestigua la historia. Obsérvese, como ejemplo todavía vivo, lo que ha pasado en Hispanoamérica tras la segunda conquista marxista acaecida recientemente. Sin olvidarse del reciente fenómeno llamado Maduro –“Diz” que estadista y ex presidente de Venezuela gracias a la “cortesía” del presidente Trump.
Pero, mira, por dónde, Largo Caballero, “el Lenin” español, el más comunista de los comunistas, no está de acuerdo y organiza el primer golpe de estado El segundo fue el del general Franco.
Sobre este bagaje histórico de fe marxista española, el social-comunismo español de 1934 no se resignaba a soportar el triunfo democrático del centro-derecha en las elecciones de noviembre de 1933. Largo Caballero, puso en marcha, bajo su dirección intelectual y operativa- la llamada “revolución de octubre”. Según dicen todos los historiadores que pretenden ser neutrales,
Largo Caballero había planeado perfectamente el golpe de Estado –que lo era contra el gobierno de la República, no lo olvidemos- sobre la permanente convicción marxista de que la derecha no tiene que gobernar jamás, porque, según ellos, es puro fascismo. Igual que en nuestros días. Casi cómico, si no fuera trágico. Pues bien, la citada revolución de octubre triunfó tan sólo en Asturias y Barcelona y dejó 1.400 muertos y 3.000 heridos. Lo cual nos hace 5pensar en si –tras la masacre resultante- puede justificarse la dedicación en Madrid de una calle y una importante escultura al entusiasta director del primer golpe de Estado contra la República, Largo Caballero. Cabe añadir también -como dato curioso- que la revolución en Asturias fue dominada por el general Franco, curiosamente designado para ello por el gobierno de la República. Además, en Barcelona, el presidente de la Generalitat proclamó el Estado catalán y su rebelión contra la República fue rápidamente dominada por el general Batet, en perfecta coordinación con el gobierno central republicano, que era el agredido, no lo olvidemos. Ante este lamentable panorama, merece la pena subrayar la muy sensata reflexión de un republicano español insigne, primer jefe de la Sección de Desarme de la entonces Sociedad de Naciones, Salvador de Madariaga, que declaró que <>. Por otra parte, el historiador Stanley Payne, hispanista norteamericano de primer orden, se sorprende por la radicalización de aquel socialismo español durante los años 1933 y 1934, en contra de la tendencia imperante en los demás partidos socialistas y socialdemócratas de la Europa occidental. Según este historiador, nuestro socialismo celtibérico quería el poder a toda costa y, si no podía conseguirlo por procedimientos democráticos, no le hacía ascos a conseguirlo por procedimientos revolucionarios. Como muestra del trágico “ambiente” en que se vivía, baste recordar la estremecedora proclama que el periódico “El Socialista” publicó en septiembre de 1934: <>.
Parecía una premonición. Premonición revolucionaria que tomó cuerpo y condujo a la creación del llamado Frente Popular en enero de 1936 mediante un convenio de unidad de acción del socialismo marxista de Largo Caballero con los tres partidos republicanos de izquierda, uno ellos –el de Azaña- que era el más radical. Según el citado historiador norteamericano Stanley Payne, Largo Caballero propugnaba como objetivo la bolchevización del partido socialista español o sea su conversión en instrumento revolucionario como el soviético de Rusia en 1917. En estas condiciones, naturalmente, los comunistas estaban encantados con el Frente Popular y sus objetivos. Como se temía, a partir de esa alianza, la seguridad y el orden decrecieron y la violencia aumentó exponencialmente. En esta <>, como la definió el historiador Javier Tussel, se convocaron elecciones, a celebrar en febrero de 1936, que dieron como resultado la mayoría absoluta de los partidos del Frente Popular. Eso sí sobre la base de numerosas y llamativas irregularidades en al menos seis provincias. En aquella situación, que ya tenía muy poco de democrática, el orden público seguía siendo el gran problema nacional: incendios, vandalismo,
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manifestaciones cargadas de violencia y, sobre todo, la gran obsesión enfermiza anti-Iglesia de la extrema izquierda española de destruir conventos e iglesias. Pero las mayores tensiones se produjeron en el campo, donde se sucedieron múltiples ocupaciones directas ilegales de terrenos con participación de miles de jornaleros y minifundista. La acción revolucionaria del Frente Popular en la primavera de 1936 fue determinante en el estallido de la Guerra Civil. Aquello no era la acción de las izquierdas, que las hay en el mundo -muchas sensatas y civilizadas-. Se trataba de las extremas izquierdas, masas revolucionarias que nada tienen que ver con la democracia que falsamente pregonan. Pues es la palabra extrema la que imprime carácter y genera el paso a un mundo incivilizado, en el que no existen ni principios, ni valores, ni seguridad, ni libertad, ni justicia, ni orden, sino sólo, exclusivamente, el odio al adversario político, al que se quiere destruir sin más consideraciones. Y así lo reflejaron los múltiples desmanes que se sucedieron, que incluían más de 2.000 muertos entre 1934-36, miles de detenciones arbitrarias, grandes huelgas, incautación ilegal de propiedades, ola de incendios, incautación de iglesias y propiedades eclesiásticas, declive económico, amplia extensión de la censura, impunidad de los delitos de los frente-populistas, politización de la justicia, alteración de los resultados de las elecciones democráticas, subversión de las fuerzas de seguridad e incremento de la violencia política y, como ya hemos apuntado, el inicio de la larga serie de asesinatos de religiosos -7.000-, de incendios de iglesias, etc.¿Se puede llamar república democrática deseable, cuyo regreso se añora, la que empleo su tiempo y su odio en fusilar a 7.000 curas y monjas?.¿Es que esa sangre dignificaba al régimen y lo convertía en democrático?¿Existe algún caso parecido?
Por tanto, frente a las falacias históricas que se han divulgado en nuestro país, la mayor parte de los historiadores extranjeros admiten que el levantamiento del 18 de julio no fue un divertimento de militares subidos de copas, sino que era deseado por la mayoría de nuestra sociedad, incluidos republicanos insignes hastiados y decepcionados, que habían propiciado el advenimiento de la república -Unamuno, Ortega y Gasset, Madariaga, Irujo, Alcalá Zamora, etc- pero no querían seguir viviendo eternamente con miedo e inseguridad. En palabras de don Miguel <. Igualmente, claro era el historiador Gabriel Jackson: <> Y el destacado republicano Madariaga que comentaba <>. No podemos dejar de recordar lo que podríamos llamar el "lamento del buen republicano" que entonó nuestro gran filósofo Ortega y Gasset, uno de los más importantes impulsores del advenimiento de la República, cuando comentaba < colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora desasosegados y descontentos: ¡No es esto, no es esto! La República es una cosa. El radicalismo es otra.>> En cualquier caso, el conocimiento general sobre la II República que se ha inoculado a los españoles desconoce la tragedia que realmente fue y lo vivieron y la sufrieron los españoles, incluyendo preclaros republicanos. Realidad trágica que han refrendado importantes historiadores españoles y, sobre todo, extranjeros. Al que suscribe, que es uno de esos millones de depositarios de lo que nos contaron nuestros padres, le resulta difícil comprender cómo pudo llegar la II República por procedimientos democráticos. Y mucho más difícil todavía entender la citada ley de Memoria Histórica que pretende obligarnos a creer -casi teocráticamente- que, efectivamente, España accedió a una democracia sacrosanta en 1931 y hay procurar volver a aquellos gozos. Había, por tanto, sobradas y justificadas razones para apelar al derecho de rebeldía de que nos habló en el siglo XIII Tomás de Aquino <>, el liberal inglés Locke <>. Amén de Juan de Mariana <>.
En una palabra, <>, como afirmaba el hispanista y catedrático norteamericano Stanley G. Payne contestando a la pregunta que le formulé tras su conferencia en el CESEDEN.
José María Fuente Sánchez,
Coronel de Caballería diplomado de Estado Mayor,
economista y estadístico,
de la Asociación Española de Militares Escritores (AEME)