No adelantemos acontecimientos: esta es una crítica de baile. Pero reconocerán ustedes que para alguien tan aficionado a cambiar de posición, aprender otra coreografía no debería representar un esfuerzo extraordinario.
Sánchez posee una cualidad artística que todavía no ha sido suficientemente valorada: puede girar ciento ochenta grados sin perder la sonrisa ni admitir que se ha movido. Donde cualquier bailarín acabaría mareado, él aparece mirando a la cámara y explicando que siempre estuvo orientado hacia allí. El suelo es el que ha cambiado de sitio. Probablemente, por culpa de la ultraderecha.
La conga, además, resulta muy apropiada para la vida de partido. Uno se coloca delante, los demás se agarran y todos avanzan sin preguntar demasiado adónde. El mérito consiste en no soltarse. Quien tropieza queda fuera de plano; quien pregunta por el destino demuestra una alarmante falta de compromiso con el proyecto —¿Hacia dónde vamos, presidente? —Hacia delante. —Pero si hemos dado la vuelta…—Eso es lo que quiere que creas la derecha. Y continúa la música…
Los congresos de los partidos deberían incluir un concurso de baile. Nos ahorraríamos muchas explicaciones. En lugar de ponencias sobre regeneración democrática, una pareja ejecutaría el paso de la transparencia: dos movimientos hacia el foco y cuatro detrás de la cortina. Para la rendición de cuentas habría una modalidad especialmente vistosa, consistente en pasarle la factura al compañero sin que se interrumpan los aplausos. El sanchismo podría presentar una especialidad propia: el pasodoble de la permanencia. Se baila pegado al sillón. Mucho giro de cintura, abundante movimiento de brazos y los pies firmemente sujetos al presupuesto de la orquesta.
Porque el verdadero prodigio no consiste en bailar. Consiste en conseguir que toda la concurrencia celebre cada traspié como una innovación coreográfica. Si el jefe pisa a un ministro, el ministro agradece la confianza. Si se lleva por delante al compañero, el compañero declara que ha sido un honor participar en una transformación tan necesaria. Y si alguien señala que el bailarín va desnudo, sale el responsable de comunicación a denunciar una campaña contra la industria textil progresista.
España, entretanto, contempla el espectáculo con esa expresión del invitado que lleva tres horas esperando la cena y descubre que el anfitrión ha contratado otro número musical. Uno pregunta por la vivienda; le acercan una maraca. Otro quiere saber cómo llegará a fin de mes; le recomiendan que no rompa el ambiente. Hay un señor al fondo intentando hablar de responsabilidades, pero el técnico sube el volumen. No se oye nada. Excelente organización.
Ahora bien, el rock de la cárcel exige otro vestuario y una disposición escénica diferente. Conviene precisar que Elvis lo interpretó sin necesidad de que todos sus admiradores tuvieran antecedentes o hubieran comparecido ante los jueces. Aquí se propone como banda sonora satírica, por si algún día el guion político experimenta uno de esos cambios que tanto entusiasman al protagonista cuando los escribe él. La dificultad estaría en acostumbrarse a un público que no aplaudiera por disciplina. Imaginen el desconcierto de solicitar una ovación y recibir una pregunta. O de explicar que todo responde a una conspiración y que el interlocutor, en lugar de corear una consigna, pidiese que se ciñera a lo preguntado. Eso sí sería una experiencia nueva.
Por prudencia artística, yo iría preparando el repertorio. La vida tiene estas cosas: hoy te siguen la conga y mañana te piden cuentas del alquiler del salón. De momento, que siga el baile y la parodia del amor. Hay que entrenarse para el ritmo del Rock de la Cárcel. Que sonrían los ministros, se agarren los compañeros y vigile cada cual dónde pone los pies. Pero alguien debería advertir al encargado de la música que ninguna fiesta se prolonga eternamente.
Y que cuando se encienden las luces, las facturas se leen mucho mejor. ¡Cuidado, que la fiesta se acaba!