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Batalla naval de Terceira. (Imagen del autor recreada con IA)
Batalla naval de Terceira. (Imagen del autor recreada con IA)

TERCEIRA: ANTES DE LA ARMADA INVENCIBLE

LA CRÍTICA 29 AGOSTO 2026

Por Íñigo Castellano Barón
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El mar no parece dispuesto a concedernos nada. Desde cubierta contemplo la costa oscura de las Azores y tengo la impresión de que toda Europa se ha reducido esta mañana a unas pocas millas de agua. Detrás quedan España, Portugal, Lisboa, Sevilla, los arsenales, los consejos del Rey y las interminables discusiones de quienes deciden las guerras desde habitaciones cubiertas de tapices. Delante está Terceira, una isla perdida en medio del Atlántico, pero nadie que se encuentre hoy a bordo ignora que allí delante no hay solamente tierra. (...)

Está en juego Portugal, está en juego el océano y quizá algo todavía mayor: saber si la Monarquía de Felipe II es realmente capaz de gobernar aquello que dice poseer. El viento hincha las velas y las naves avanzan con esa lentitud majestuosa de los grandes barcos antes de una batalla. Los soldados revisan arcabuces y picas, los artilleros comprueban las piezas y los marineros escrutan el horizonte buscando unas velas que todos sabemos que terminarán apareciendo.

Francia está allí, aunque oficialmente no debería estarlo. Todo había comenzado cuando Portugal se quedó sin rey. Sebastián desapareció en la carnicería de Alcazarquivir y su sucesor, el viejo cardenal Enrique, murió sin descendencia. Felipe II, nieto de Manuel I de Portugal, poseía poderosos derechos dinásticos, aunque en cuestiones de coronas los árboles genealógicos suelen necesitar también soldados. El duque de Alba entró en Portugal, derrotó a las fuerzas partidarias de Antonio, prior de Crato, y Felipe fue reconocido como rey. Parecía terminado, pero no lo estaba. Terceira permaneció fiel a Antonio y durante meses habíamos escuchado hablar de aquella resistencia como de un asunto menor, una isla rebelde perdida a centenares de leguas de la Península. Sin embargo, quienes conocen el Atlántico saben que no existen islas pequeñas cuando se encuentran en el lugar exacto. Por las Azores pasan los barcos que regresan de América, las rutas procedentes de África, las mercancías, los soldados, las noticias y la plata. Quien domine aquellas aguas puede protegerlos o cazarlos. Por eso Felipe II no puede permitir que Terceira quede fuera de su control y por eso Francia ha decidido intervenir discretamente en favor del pretendiente portugués.

Al frente de la expedición francesa está Filippo Strozzi, florentino al servicio de Francia. Frente a él navega Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz. Pronunciar su nombre entre los marineros produce un efecto extraño porque no necesita discursos ni presentaciones. Ha combatido contra corsarios, peleado en el Mediterráneo y participado en Lepanto. Sabe que una batalla naval comienza muchos meses antes del primer disparo, cuando alguien consigue que cientos de toneladas de madera, hierro, pólvora, agua y víveres, junto a miles de hombres, lleguen al mismo lugar y a la misma hora. Y ahora nos ha traído hasta aquí. Es 26 de julio de 1582 cuando las velas francesas aparecen finalmente en el horizonte. Primero parecen manchas; después crecen, una, otra, otra más, hasta que el mar comienza a llenarse de mástiles. Algunos hombres se santiguan, otros aprietan las mandíbulas y alguno intenta bromear sin que nadie encuentre motivos para reír. En el mar existe un instante terrible antes del combate, cuando todavía nadie ha muerto, los barcos permanecen enteros y cualquier desenlace parece posible. Después llega el primer cañonazo y el mundo cambia.

La artillería rompe el silencio, el humo empieza a extenderse sobre el agua y los barcos maniobran buscando posición. Desde cubierta apenas conseguimos abarcar el conjunto; sólo vemos fragmentos de la batalla: una vela desgarrada, un mástil que cae, una nave que desaparece detrás del humo, hombres corriendo sobre una cubierta lejana. El sonido es brutal: madera astillándose, hierro golpeando contra los costados, órdenes gritadas, arcabuces, cañones. El aire se llena de pólvora y durante momentos ya no existe Francia ni existe España; únicamente aquellos barcos intentando destruirse unos a otros. Bazán observa. Los comandantes que realmente dominan una batalla parecen poseer una cualidad extraña: mientras los demás quedan atrapados dentro del caos, ellos consiguen contemplarlo desde fuera. El marqués maniobra, espera y busca concentrar el golpe mientras Strozzi intenta hacer lo mismo. Pero cuando dos barcos terminan uno junto al otro desaparece toda estrategia y regresamos de golpe al siglo de las picas y las espadas: garfios, cabos, tablones y hombres saltando de una cubierta a otra. Los arcabuces disparan casi a quemarropa y el espacio enemigo se convierte en un recinto diminuto donde retroceder puede significar caer al mar.

Vemos la capitana francesa y allí está Strozzi. Los nuestros vuelven a atacar; la nave queda cercada, los disparos retumban contra sus costados y los soldados se lanzan al abordaje. Entonces ocurre. La línea enemiga comienza a deshacerse, primero lentamente: un barco cambia de rumbo, otro intenta escapar, otro queda aislado. Strozzi está mortalmente herido y la formación francesa pierde cohesión. Cuando finalmente el humo comienza a levantarse, el mar está cubierto de tablas, velas, barriles, cuerdas y cuerpos. Hemos vencido. Algunos gritan mientras otros simplemente se sientan donde pueden, porque la victoria nunca tiene el aspecto limpio que imaginan quienes no han visto una batalla. Huele a pólvora, a madera quemada y a miedo. Francia acaba de perder su gran apuesta en las Azores, pero entonces comprendemos que la guerra todavía no ha terminado. Terceira continúa delante de nosotros. Podemos destruir una flota entera y no poseer una sola vara de tierra.

Un año después regresamos. Otra vez julio, otra vez el Atlántico, aunque esta vez no venimos únicamente a combatir barcos: venimos a tomar la isla. La empresa es mucho más peligrosa de lo que parece cuando se contempla sobre un mapa. Hay que aproximar una flota a una costa defendida, introducir soldados en barcas bajo el fuego enemigo, desembarcar pólvora sin mojarla, armas, munición, caballos y artillería, y conseguir que los primeros hombres que pisan tierra sobrevivan el tiempo suficiente para que puedan llegar los siguientes. Los defensores esperan el ataque en los lugares más evidentes, y por eso Bazán decide no acudir donde lo esperan. Estudia la costa y elige Calheta das Mós. La orden corre entre los barcos y descendemos a las lanchas. Ahora sí noto el miedo, no el miedo abstracto a morir algún día, sino el inmediato, ese que permite escuchar la propia respiración mientras la costa se acerca. Los remos entran y salen del agua. Nadie habla. Un disparo rompe el silencio y luego otro. El agua salta junto a las embarcaciones. Un soldado cae. Los demás seguimos.

Todavía faltan varios metros cuando los primeros hombres saltan al agua. La formación perfecta que algún día dibujarán los grabados no existe: hay soldados tropezando, gritando, levantando las armas para que no se mojen, protegiendo la pólvora y avanzando como pueden hacia la playa. Finalmente pisamos tierra y comienza otra batalla. Los defensores atacan mientras los nuestros intentan organizarse antes de ser arrojados nuevamente al océano. Durante minutos todo pende de un hilo porque no existe retirada posible: detrás está el mar y delante el enemigo. Pero los primeros contingentes resisten. Llegan más hombres, después más; las picas forman, los arcabuceros encuentran posiciones y empieza a desembarcar la artillería. Aquello que minutos antes era solamente un grupo de soldados vulnerables junto al agua comienza a convertirse en un ejército. Avanzamos. Las posiciones enemigas van cayendo, los caminos quedan abiertos y Angra aparece ya como el objetivo inevitable. Cuando la resistencia organizada empieza finalmente a quebrarse comprendemos que no hemos conquistado solamente una isla.

Hemos cerrado la crisis portuguesa. Las Azores quedan bajo la autoridad de Felipe II y la última gran resistencia al nuevo rey de Portugal ha sido derrotada. Pero Terceira significa todavía algo más, porque la Monarquía que ahora une las coronas ibéricas se extiende por Europa, América, África y Asia, y aquellos territorios dispersos no forman un imperio continuo, sino una inmensa red cuyas líneas de unión son de agua. Por eso importa esta isla. Un imperio oceánico sólo existe mientras sus barcos puedan navegar, mientras las rutas permanezcan abiertas y mientras nadie consiga instalarse en mitad del camino para interceptarlas. Durante aquellas jornadas comprendemos que el auténtico territorio de la Monarquía no termina en las costas, sino que continúa sobre el mar. Quizá algún día ingleses y holandeses disputarán estas aguas, quizá llegarán derrotas y ningún imperio resultará eterno, pero hoy no. Hoy el Atlántico parece nuestro.

El nombre de Álvaro de Bazán crece todavía más y empieza a hablarse de otra empresa, mucho mayor: Inglaterra. Llevar una gran armada hasta sus costas y resolver definitivamente el desafío inglés. Bazán estudia aquellos planes, calcula barcos, hombres, puertos y provisiones. El mismo hombre que acaba de demostrar en las Azores cómo se libra y se gana una guerra naval parece destinado a dirigir la mayor expedición de su tiempo. Pero la Historia posee una crueldad particular con quienes parecen imprescindibles. En febrero de 1588 Álvaro de Bazán muere y la gran Armada partirá meses después sin él. Durante siglos recordaremos 1588: las tormentas, los errores, los barcos dispersos y el doloroso regreso. Casi nadie recordará 1582.

Y mientras pienso en ello regreso mentalmente a aquellas aguas frente a Terceira, al primer cañonazo, a las velas francesas emergiendo en el horizonte, a Strozzi intentando mantener unida su escuadra, a Bazán observando el mar y a aquellas lanchas aproximándose un año después a una costa enemiga. Nadie que estuviera allí podía saber que contemplaba uno de los grandes momentos del poder marítimo español. Nosotros sólo veíamos humo, agua, madera y hombres cayendo, porque nadie piensa en la Historia mientras intenta sobrevivir a ella. La Historia llega después, cuando los muertos ya no pueden contar lo ocurrido, cuando los vencedores envejecen y otras derrotas más espectaculares terminan ocupando el lugar de antiguas victorias.

Aquella noche de 1583, cuando el combate comenzaba por fin a extinguirse, miré desde tierra hacia el océano. Los barcos seguían allí, decenas de siluetas oscuras balanceándose frente a la costa. Detrás de ellos sólo había agua, miles de kilómetros de agua, y mucho más allá Lisboa, Sevilla y un rey que acababa de unir bajo su corona dos imperios oceánicos. Durante unos instantes nadie dijo nada. Sólo escuchamos el mar. Entonces uno de los soldados que estaba cerca de mí señaló hacia el horizonte y todos miramos. Muy lejos, donde terminaba la luz, apareció una vela. Después otra. Y durante unos segundos ninguno de nosotros supo si eran barcos nuestros o si alguien, en algún lugar de Europa, acababa de decidir que la guerra por el Atlántico no había hecho más que empezar…

Íñigo Castellano Barón

Escritor, historiador y articulista..

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