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Tras el desastre del cabo de San Vicente y ante el bloqueo inglés, Mazarredo reorganizó la defensa de la bahía gaditana, reforzó buques, dispuso baterías y articuló una fuerza sutil de lanchas cañoneras que hostigaron eficazmente a los británicos. La tradición recuerda que aquellas embarcaciones pequeñas, bien manejadas, maniobreras y armadas con decisión, fueron capaces de incomodar a una marina imperial que se creía dueña del mar.
La enseñanza histórica no está en la nostalgia, sino en la proporción moral entre medios, mando y voluntad. Mazarredo no tenía a su favor la comodidad de una situación favorable. Tenía enfrente a la Royal Navy, a Nelson, a Jervis, a una potencia marítima en ascenso y a una España ya herida por los errores políticos y estratégicos de su tiempo. Pero entendió algo elemental: cuando el enemigo domina por fuerza, velocidad o iniciativa, la respuesta del Estado no puede ser la resignación. Hay que pensar mejor, armar mejor, mandar mejor y proteger mejor a quienes se juegan la vida.
Por eso la vieja copla gaditana adquiere hoy un eco doloroso al mirar hacia las costas andaluzas. Entonces las lanchas cañoneras eran instrumento del Estado frente al agresor exterior. Hoy, demasiadas veces, las lanchas veloces parecen estar del lado del desafío criminal, mientras los servidores públicos, nuestros guardias civiles, salen al mar con una mezcla admirable de valor y precariedad.
El último Informe de Seguridad Nacional ha puesto cifras oficiales a una realidad que en el Campo de Gibraltar, Huelva, Cádiz, Málaga o Almería hace años que se conoce: más de 600 embarcaciones tipo go-fast, vinculadas o sospechosas de actividades de narcotráfico, operan especialmente en el entorno del Estrecho de Gibraltar. El mismo informe advierte de una mayor agresividad de estas redes, del empleo de medios cada vez más sofisticados y, en algunos casos, de armas de guerra o embestidas contra fuerzas policiales.
La comparación resulta casi insoportable. A finales del siglo XVIII, Cádiz celebraba que Mazarredo tuviera lanchas cañoneras para contener a los ingleses. Hoy en pleno siglo XXI, España contempla cómo centenares de narcolanchas campan por sus aguas mientras la Guardia Civil denuncia desde hace tiempo falta de medios, envejecimiento de parte de la flota, carencias de personal y una desproporción creciente entre el músculo económico del crimen organizado y la dotación material de quienes deben combatirlo. La muerte reciente de dos guardias civiles durante una persecución a una narcolancha frente a Huelva ha vuelto a poner de manifiesto el riesgo extremo de estas operaciones.
Y aquí está el fondo del asunto. No se trata solo de contar lanchas. Se trata de saber quién manda en el mar. En tiempos de Mazarredo, la defensa de Cádiz fue un problema militar, pero también un problema de soberanía. El puerto, la bahía, el comercio, la población y la dignidad nacional estaban en juego. Hoy, salvando todas las distancias históricas, también hay una cuestión de soberanía: la soberanía del Estado frente a organizaciones criminales que compran voluntades, corrompen entornos, reclutan jóvenes, intimidan barrios, desafían a los agentes y convierten algunas zonas del litoral en corredores de impunidad.
La Guardia Civil hace lo que siempre ha hecho: servir. Lo hizo en los caminos, en los montes, en los pueblos, en las fronteras y ahora también en un mar convertido en autopista del narcotráfico. Pero el valor de sus agentes no puede servir de coartada para la insuficiencia de los medios. Una nación seria no envía a sus mejores hombres a enfrentarse a mafias enriquecidas con instrumentos inferiores, protocolos confusos o respaldo político intermitente. El heroísmo individual honra a quien lo ejerce, pero no absuelve a quien lo necesita porque no ha sabido prevenir la desigualdad del combate.
Mazarredo comprendió que la técnica, la disciplina y la previsión eran formas de patriotismo. No se limitó a invocar glorias pasadas ni a confiar en la improvisación. Organizó. Armó. Distribuyó fuerzas. Estudió el terreno marítimo. Utilizó embarcaciones pequeñas para neutralizar, en parte, la ventaja de buques mayores. Dio sentido operativo a lo que tenía. Esa es la lección que hoy debería recuperarse: frente al crimen organizado no bastan comunicados solemnes, homenajes posteriores ni minutos de silencio. Hace falta una política de Estado sostenida, con medios navales suficientes, cooperación efectiva con la Armada, inteligencia financiera, jueces especializados, legislación adecuada y protección real para los agentes.
Porque el narcotráfico ya no es una delincuencia pintoresca de contrabandistas menores. Es una economía paralela, violenta, tecnificada y transnacional. Utiliza lanchas rapidísimas, comunicaciones cifradas, drones, redes logísticas, depósitos de combustible, menores reclutados como vigías y una capacidad de intimidación que degrada el principio mismo de autoridad. Cuando una narcolancha embiste a una patrullera, no solo intenta huir: está lanzando un mensaje. Y cuando ese mensaje no recibe una respuesta contundente del Estado, se convierte en pedagogía de la impunidad.
La vieja copla de Cádiz era burlona porque expresaba confianza. Los gaditanos podían reírse del inglés porque sabían que detrás de aquellas lanchas había mando, estrategia y resolución. La posible copla de nuestro tiempo sería mucho más amarga: de qué sirve a España tener leyes, uniformes y discursos si quienes la desafían cuentan con más velocidad, más dinero y menos miedo que quienes la defienden. No deberíamos permitir que esa copla llegue a escribirse.
La Guardia Civil no necesita únicamente elogios; necesita medios. No necesita solo funerales con honores; necesita embarcaciones adecuadas, respaldo judicial, cobertura política y una estrategia que entienda que el Estrecho, Huelva, Cádiz o el litoral andaluz no son periferia, sino frontera. Frontera marítima, frontera criminal, frontera moral.
Mazarredo ganó prestigio porque supo convertir las lanchas cañoneras en símbolo de inteligencia defensiva. La España de hoy corre el riesgo de convertir las narcolanchas en símbolo de abandono. Entre una imagen y otra hay más de dos siglos de distancia, pero una misma pregunta de fondo: si el Estado no domina sus aguas, si no protege a quienes las patrullan, si no impone respeto frente al crimen organizado, ¿quién ejerce realmente la soberanía?
La respuesta no puede quedar en manos de los narcotraficantes. Tampoco puede recaer solo sobre el pecho valiente de un guardia civil en mitad de la noche, a muchas millas de la costa, persiguiendo una lancha que corre más, maniobra mejor y sabe que detrás de ella hay una red poderosa.
La copla de Mazarredo hablaba de una España que, aun herida, sabía defenderse. La tragedia de nuestras costas nos exige volver a esa lección elemental: el valor de los hombres debe ir acompañado por la responsabilidad de quienes gobiernan. Porque sin medios, la heroicidad se convierte en sacrificio; y sin autoridad, el mar deja de ser frontera de España para convertirse en territorio del crimen.
Iñigo Castellano y Barón
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