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Privacidad o no (elogio del nudismo)

(Foto: Telemadrid)
(Foto: Telemadrid)

LA CRÍTICA, 18 ENERO 2021

Por Félix Ballesteros Rivas
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No parece haber vacunas efectivas ante la fiebre de privacidadfilia que nos invade. El rechazar cualquier utilización de nuestros valiosísimos Datos es ya un lugar común que se acepta sin margen para razonarlo, y creo que hay bastante que razonar antes de aceptar (o no) las condiciones de, por ejemplo, WhatsApp, tan de actualidad. (...)

... La Pregunta Fundamental, creo, es esta: ¿Realmente tanto nos importaría que las fotos que hemos compartido de la Gran Nevada se compartan entre las dos divisiones estadounidenses de lo que, en la práctica, es una misma empresa? ¿De verdad tanto nos preocupa que la foto de nuestro precioso nieto diese vueltas en un centro de cálculo cerca del círculo polar? Si la respuesta es que sí, deberíamos vigilar también a nuestros contactos, y a los contactos de nuestros contactos, no sólo por si cometen comportamientos de riesgo ante el COVID-19, sino, también, por si tienen, ellos o sus contactos, montado un negocio de compraventa de informaciones privadas de sus familiares y amigos. Porque WatsApp jura por lo más sagrado ($ y €) que lo que comparte es el dato de que estamos de alta, la dirección IP desde la que nos conectamos, el terminal que utilizamos, informaciones, todas ellas, que puede que ya tenga Facebook si también estamos de alta allí; pero nuestros contactos pueden compartir el contenido de los mensajes.

Voy a intentar ilustrar mi punto de vista con un ejemplo que es un tanto extremo, sobre todo en días fríos: el nudismo.

Damos por supuesto que hay que evitar violaciones de la privacidad física, y, para ello, incluso cuando hace mucho calor vamos tapados por telas del cuello para abajo para que nadie sepa de la existencia de esa verruga o de lo flácida de nuestra piel. Salvo en la playa, claro. ¿Claro?

Una anécdota ilustrativa. Hace ya bastantes años, yo participaba, como empleado, en un importante congreso de informática en Palais des Festivals et des Congrès de Cannes. Los turnos de trabajo eran exigentes, y la reunión de final de jornada, a las 19:00, era inexcusable. Pero disponíamos de una mañana o una tarde libre cada dos días… al lado de la playa. El resultado es que, en la reunión de la tarde, donde se comentaban las incidencias del día y se planificaba la jornada siguiente, un@s iban todavía de riguroso traje formal, pañuelo de cuello para ellas y corbata para ellos, y había otr@s que se presentaban en bañador, lo cual en Cannes podía significar muy poquita ropa. Reconozco que era chocante, aunque ellas siempre se acordaban de ponerse la parte de arriba del bikini para entrar en la reunión.

Allí te dabas cuenta de que lo llamativo no era enseñar mucha piel, pues unos metros más allá, en la playa, lo escandaloso hubiera sido ver a alguien tomando el sol con traje y corbata. Lo que destacaba era la diferencia y lo que protegía era la inmunidad de rebaño tan de actualidad o, más bien, la privacidad de rebaño.

Sucede lo mismo si alguien trata de quedarse con el bañador puesto en una playa nudista: la incomodidad es extrema, y no sólo por tardar más en secarse al salir del agua o por los roces de las costuras. También allí se aprende otra importante lección: todos tenemos pieles flácidas, barrigas prominentes y cometemos muchos otros delitos estéticos contra el canon de belleza usualmente aceptado.

Llevando estas ideas a la biosfera de los datos, resulta que estamos haciendo esfuerzos (algunos grandes esfuerzos, yo no tanto) en cubrir nuestra vida digital para que nadie vea cosas que, en realidad, en la vida física no nos importa que se entere todo el mundo. Nos horroriza que Facebook se entere que nos hemos comprado un coche nuevo, pero lo exhibimos todo lo posible ante vecinos y familiares para presumir de coche nuevo. Nos interesamos durante un tiempo sobre posibles accesorios de nuestro nuevo juguete, pero nos escandalizamos si al leer las noticias nos aparece un anuncio de esos mismos accesorios.

Yo me rebelo ante todo esto: si alguien tiene algo que ocultar, que lo oculte, pero que no nos haga a los demás que cambiemos nuestras rutinas en aras de una privacidad que no nos aporta gran cosa.

Sin embargo, hoy tengo que instalar Telegram, que es propiedad de unos rusos, país de donde proviene una parte importante del correo basura y cuya protección de la privacidad ni se parece a la que tenemos en España, aceptando otras condiciones sin leerlas, porque también son más largas que una novela mediana. Y todo porque un grupo de discusión del que formo parte se migra allí, escandalizados algunos porque WhatsApp va a compartir, en EE.UU., los datos de sus suscritores (no los contenidos, con lo que podrían reírse de los chistes que compartimos) con la empresa matriz, Facebook.

Voy a rebatir, otra vez, otros argumentos que he oído por mis alrededores:

Es que ganan dinero con nuestros datos. Sí, y me parece muy bien, pues a cambio nos proporcionan unos medios (comunicaciones, búsquedas, informaciones) que cuestan millonadas, y que antes teníamos que suplir a base de teléfono, sellos de correo y visitas a las bibliotecas municipales.

Pueden pinchar nuestro inteligentísimo teléfono. Si alguien considera la posibilidad de volver al fijo, hay que recordarle que siempre fue muy fácil de pinchar. Ahora no tanto (aunque sigue siendo posible), porque se ha digitalizado y cifrado todo el trayecto, pero hasta hace muy poco, y todavía en grandes extensiones de la ‘España Vacía’, bastaba con unos conocimientos muy muy básicos y un teléfono sencillo para pinchar cualquier conversación en el armarito que hay a la entrada de nuestra urbanización. Y no nos escandalizábamos gran cosa, ni dejábamos por ello de hablar horas y horas, con la novia, de cosas muy muy íntimas.

Pueden llegar a saber mis enfermedades. Reconozco que aquí no soy tan radical, pero hay que pensarlo con cuidado, porque esa privacidad es lo que permitió al piloto del vuelo 9525 de Germanwings del 24 de marzo de 2015 asesinar a todo el pasaje al estrellar el avión: el médico, por el aquél de que eran datos de Salud, no pudo advertir a la compañía aérea que sufría depresiones y podía tener impulsos suicidas. 150 muertos en el altar de la Santa Privacidad. No hace falta irse a los Alpes para ver muertos sacrificados a la Intimidad de la Salud: ahora, a cualquiera que el test PCR le dé resultado ‘positivo’, puede a continuación dejar el niño en la guardería e irse a trabajar, no vaya a ser que el jefe se enfade, y luego a la compra, no vaya a ser que se ponga enferm@ de verdad y le pille con la nevera vacía.

Hay que decir que no a todas las peticiones de almacenar ‘cookies’, porque así no saben en qué páginas hemos estado. Bueno, ¿y qué? Si te avergüenzas de visitar una página, sería mucho mejor que no la visitases y, si no te avergüenzas, ¿qué más da? O es que nos molesta que los anuncios que adornan las páginas se refieran a cosas que sí que nos interesan. Claro que, a mí, no me llegan anuncios de viagra. Como digo que sí a todo, hay tantos candidatos a interesarme, que discutirán entre ellos durante largos milisegundos antes de que la publicidad que salga en una esquina de la pantalla, al menos, no me desagrade. De nuevo es una especie de inmunidad de rebaño. Como en los dibujos esos en los que hay que descubrir dónde está Wally: mis gustos están escondidos en una inmensidad de facetas que no paro de ampliar.

¿Realmente pensamos que somos personas tan interesantes?

Félix Ballesteros Rivas

18/01/2021

agente.provocador.000@gmail.com
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