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La patológica obsesión anti-Iglesia

Quema del Convento de los Jesuitas en la Gran Vía de Madrid.
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Quema del Convento de los Jesuitas en la Gran Vía de Madrid.

LA CRÍTICA, 3 SEPTIEMBRE 2020

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Uno de los primeros consejos que recibe todo aquel que viaja a un país anglosajón es el relativo a las relaciones sociales: “hablar de religión o de política es de mala educación” nos comentan. Nada que objetar a esta actitud pragmática y sí admitir que es una solución eficaz que obliga al creyente a no hablar de sus creencias y al no creyente a “pasar”, simplemente, de ellas. (...)

... Pues bien. No sé si los españoles hemos aceptado en el exterior tan recatado consejo. Pero la historia nos asegura que, dentro de "casa" no lo hemos aceptado ni respetado, dado que nuestros enfrentamientos en materia religiosa han sido, en no pocas ocasiones, extraordinariamente sangrientos. Así nos lo hacen ver, por ejemplo, comentarios tan demoledores sobre la persecución religiosa durante la II República española como los vertidos por Hugh Thomas «Posiblemente en ninguna época de la historia de Europa, y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión y cuanto con ella se encuentra relacionado»; por Gabriel Jackson «Las pasiones republicanas estaban en su cenit. Los sacerdotes fueron las principales víctimas del gansterismo puro»; o por Stanley Payne «El terror en España se parecía al de la guerra civil rusa … La persecución de la Iglesia Católica en España fue la mayor jamás vista en la Europa Occidental». Y así podríamos seguir con numerosas opiniones análogas de historiadores españoles y extranjeros.

No olvidemos tampoco algo que se sitúa entre lo ridículo y lo perverso en un mundo civilizado: el llamado Congreso anti-Dios celebrado en Moscú en 1934, con asistencia de 1600 delegados de 46 naciones, incluida nuestra comisión oficial que comunicó la pretensión del gobierno de la II República española de “hacer de España una tierra de ateos militantes”.

Pero no precipitemos la rápida conclusión de que los perseguidores han sido sólo de ideología marxista, que sí lo fueron y en abundante grado. También hubo persecuciones en épocas anteriores. Ya Muns y Castellet –hace dos siglos– nos daba cuenta de las 317 víctimas eclesiásticas brutalmente sacrificadas durante ochenta años del llamado “siglo de las luces”; recordemos también la exhumación de cadáveres, hace tres siglos, en el convento de religiosos franciscanos de Fuenteovejuna, con la pretensión de que eran niños asesinados por ellos; no digamos nada del asesinato posterior de 100 frailes por las masas embravecidas alegando la ridícula “especie” callejera de que “habían envenenado las fuentes”; etc, etc.

Es inevitable preguntarse ¿qué puede engendrar tanto odio cuando se tiene la libertad democrática de “apuntarse” o no a ser católico –a gusto del consumidor– y de “pasar” de aquello que no interesa? El propio Monseñor Antonio Montero, en su documentada tesis doctoral, se preguntaba «¿Cómo pudo darse en España, como hecho social, el odio contra la Iglesia?» ¿Qué hizo posible tal envilecimiento de las masas? Se me ocurren algunas hipótesis. Pero vaya por delante una previa afirmación teológica –me arriesgo a utilizar ese calificativo– que, en general, las sociedades, sean o no creyentes, no suelen cuestionar: la Iglesia como Institución, no como escalafón de personal, nos habla de la Verdad, del amor, de la justicia, de la paz, de la dignidad de la persona y de la caridad, entre otras cosas. De entrada, debemos reconocer que la Verdad suele ser muy “peligrosa” para los partidos que buscan el poder a toda costa. Por ello, se comprende –no se justifica– que se quiera silenciar, calumniar y, si es necesario, eliminar a la Iglesia.

Por otra parte, si hacemos memoria histórica de esta patológica obsesión, nos vemos obligados a reconocer que la Ilustración y el Marxismo fueron las dos grandes corrientes de pensamiento en las que anidó, entre otras cosas, el sentimiento generador del odio y de la subsiguiente persecución de la Iglesia Católica. Porque –sin duda– la Ilustración nos legó cosas buenas sobre la libertad. Por ejemplo, la separación de los tres poderes que una democracia exige. Pero hemos de reconocer que la Ilustración con su laicismo –que no laicidad– sembró los primeros y fuertes odios anti-Iglesia.

Pero, insisto, no centremos nuestra condena dialéctica sobre el marxismo. Porque, sin duda, algo tenía –y tiene– que ver en tal desenfrenado anticlericalismo la acción de esa secta que muchos pretenden negar: la masonería, de origen pretendidamente ancestral pero materializada primero en Inglaterra y posteriormente en Francia, cuya francmasonería centró sus objetivos y sus odios en la Iglesia católica. Claro está que su gran triunfo es haber conseguido inocular en la mente de millones de desinformados la idea de que su existencia es un delirio neuronal de los llamados conservadores. Pero la realidad nos ofrece una larga lista de ilustres masones españoles que incluye, entre otros, al conde de Aranda, Argüelles, Riego, el gran liberal Espartero, Prim, Castelar, Sagasta, Moret, etc. Todos ellos dieron nombre a calles relumbronas de Madrid. Por cierto –para gran sorpresa de los actuales Oficiales– es obligado recordar que, en el siglo XIX, no pocos militares de carrera pretendieron compatibilizar su espíritu militar con los ritos de las logias masónicas. Difícil mixtura, sin duda.

Pues bien, no debemos olvidar que la ya citada francmasonería, es la gran “tapada” de la Ilustración, reconocida por muchos, desconocida por más y utilizada por unos pocos, pequeños en número pero grandes en “peso”. Porque, como toda persona medianamente instruida sabe, la ideología marxista tiene siempre un objetivo final muy definido cual es la construcción de la sociedad marxista universal. En ella, “el partido único” funcionaría como un “Gran Hermano” controlador de la vida física, moral, intelectual, de costumbres y de pensamiento de las personas. Pero la historia registra que también la masonería está empeñada en el logro de ese gran objetivo final de destrucción de la Iglesia, precisamente la Católica, para sustituirla por su querido sincretismo iluminado que conducirá al nuevo orden mundial moldeado para todas las conciencias y también para todos los “capitales y haciendas”. Razón por la cual, observamos –y observaremos– que, en ocasiones, marxismo y masonería se coordinan con entusiasmo en la lucha conjunta por alcanzar ese objetivo destructor de altares.

Eso sí, fue el marxismo el que, además de generar la mayor tiranía de todos los tiempos –tan sangrienta como inútil– remató, con “sobresaliente cum laude”, los odios anti-Iglesia de la Ilustración y de la masonería. Recordemos que Marx no admitía “pasar”, soslayar o hacer caso omiso de la religión: él quería destruirla. Según Nicolás Berdiaev, notorio ensayista ruso, «Marx considera al proletariado organizado y dominando al mundo como el dios terrenal que debe reemplazar al Dios cristiano y destruir en el alma humana todas las viejas creencias religiosas».

Pero es el gran Shumpeter, famoso economista y sociólogo austriaco, quien nos explicó todo lisa y llanamente –en roman paladino– hace menos de un siglo, lo que realmente inspira al marxismo como azote de la Iglesia: «En un importante sentido el marxismo es una ‘religión´ …. Y, lo mismo que para cualquier creyente, es una ‘fe’ … El adversario no está simplemente en un error, sino en ‘pecado’». He aquí, por tanto, la razón del odio destructor: somos muchos millones de almas los que “estamos en pecado” y, por consiguiente, “nos merecemos ser castigados” por el infierno marxista.

Bien es verdad que –como consideración pragmática ampliamente compartida y clamorosamente refrendada por la historia– el odio a la Iglesia es el único objetivo ideológico que le queda “vivo” para aglutinar a sus seguidores, dado que el resto de sus objetivos ideológicos –económicos, políticos y sociales– lleva casi dos siglos fracasando estrepitosamente. No en vano nuestra televisión nos informó, hace menos de un año, de que Izvestia –órgano oficial de prensa ruso– reconoció 110 millones de muertos en la cuenta de resultados de los 72 años de tiranía comunista de la antigua Unión Soviética.

Valgan, por tanto, estas reflexiones –prioritariamente dirigidas a nuestra manipulada juventud– para alertar sobre el peligro de posibles acontecimientos distorsionadores de nuestra democracia y sobre ciertos vandalismos contra imágenes sagradas, en las que tenemos derecho democrático a creer y derecho democrático a que se respeten nuestras creencias.
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