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Ni Don Quijote ni Sancho Panza

Don Quijote y Sancho Panza. (Ilustración de Gustave Doré).
Don Quijote y Sancho Panza. (Ilustración de Gustave Doré).

LA CRÍTICA, 4 DICIEMBRE 2019

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Ni Don Quijote ni Sancho Panza deberían ser, a mi juicio, modelos sociales y con menor motivo ideales políticos. Joaquín Costa, con toda razón, propuso cerrar con doble llave ...

... el sepulcro del Cid (no entro ahora en la idealización excesiva del caballero castellano frente al injustamente demonizado rey leonés Alfonso VI). Ya es hora de que hagamos lo mismo con los famosos personajes de Cervantes.

En mi caso, aparte de reconocer la genialidad de ambos estereotipos como personajes de moderna ficción en la tradición española de la novela picaresca, criticando y superando las novelas pastoriles y de caballerías (y por supuesto con la altísima calidad literaria del autor), ninguno de ellos me han caído simpáticos.

No estoy seguro de lo que realmente significan “quijotismo” y “sanchopanzismo”, lo intuyo pero no me atrevo siquiera a insinuar unas definiciones tentativas. Debemos dejarlo para los expertos filólogos en la obra del ilustre manco de Lepanto, o para profundos pensadores de nuestra cultura (rastreando las interpretaciones que ya han sugerido Ganivet, Azorin, Unamuno, Ortega, Maeztu, Madariaga, Castro, Riquer, Rosales, etc.).

Ángel del Río (en 1928) intentó definir el “quijotismo”, y algunos hispanistas como Raymond Willis (en 1927), Hipólito Romero Flores (en 1952), Francisco Márquez Villanueva (en 1958), y Leif Sletsjöe (en 1961) se han esforzado imaginativamente en describir a Sancho Panza y el “sanchopanzismo”. Me limitaré aquí a unas nociones básicas del “quijotismo” como idealismo buenista y delirante, y del “sanchopanzismo” como materialismo vulgar y picaresco, en ambos casos transidos por un aparente sentido común a veces teñido de una especie de realismo mágico o de surrealismo.

La merecida fama literaria internacional de Don Quijote (y por asociación de Sancho, es decir, en última instancia de su creador literario, Miguel de Cervantes) ha inspirado –aparte del océano de los trabajos filológicos- profundos ensayos y opiniones de múltiples pensadores y escritores en todas las culturas modernas, desde los románticos alemanes Schlegel, Schelling, Tieck, Richter, y los británicos Samuel Johnson, Daniel Defoe y Alexander Pope en el siglo XVIII hasta los hispanoamericanos Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier y Octavio Paz, los estadounidenses William Faulkner, Lionel Trilling, Mark Van Doren, y el gran erudito cervantino también estadounidense –recientemente fallecido- John Jay Allen (1932-2019), en el siglo XX.

A finales del siglo XIX y principios del XX destacaron algunos autores de fama mundial que expresaron su interés por la novela de Cervantes y el singular personaje de Don Quijote: el novelista ruso Ivan Turguenev, el también novelista alemán Thomas Mann, el médico psicólogo/psicoanalista austriaco Sigmund Freud, y asimismo otros dos austriacos, el crítico literario Leo Spitzer y el sociólogo Alfred Schutz. Turguenev en su ensayo Don Quijote y Hamlet ya observó que, a diferencia de la actitud de los ingleses con los personajes de Shakespeare, los españoles siempre han mostrado una devoción casi religiosa con la figura de Don Quijote.

Entre los numerosos autores españoles quiero destacar sobre todo como representativos del pensamiento español a Miguel de Unamuno (Vida de Don Quijote y Sancho, 1905), José Ortega y Gasset (Meditaciones del Quijote, 1914), Ramiro de Maeztu (Don Quijote o el amor, 1924), incluso un jovencísimo Ramiro Ledesma Ramos, posteriormente fundador del fascismo español (El Quijote y nuestro tiempo, 1924), Salvador de Madariaga (Guía del lector del “Quijote”, 1943), Martin de Riquer (Aproximación al “Quijote”, 1967), y Américo Castro (Cómo veo ahora el Quijote, 1971; El Pensamiento de Cervantes, 1972).

Un ejemplo de lo que lo que pienso no debería ser una guía de conducta es la obra con título delirante del quijotesco profesor (¡carlista argentino!) Juan Bautista Avalle-Arce, Don Quijote como forma de vida (1976).

En general, dentro de la fauna política española, predomina el materialismo vulgar y picaresco de los Sanchos Panzas: intelectuales como José Félix Tezanos y su cocina del CIS, Ramón Cotarelo con su República “Barataria” Catalana y su discípulo podemita Juan Carlos Monedero, Enric Juliana y los oscuros “intelectuales orgánicos” del independentismo como campeones de la cultura política catalana (¡si Cambó levantara la cabeza!)… La lista de periodistas sería interminable, encabezada por agitadores como Antonio García Ferreras y sus cuates.

Y sobre todo, políticos de medio pelo y de notoria vulgaridad como Carlos Puigdemont, Joaquín Torra, Oriol Junqueras, Ada Colau, los “Jordis” y toda la patulea de los independentistas, Miguel Iceta y los suyos (obsérvese que la mayoría son catalanistas radicales, separatistas y golpistas), Susana Díaz, Patxi López, Ximo Puig, Miguel Ángel Revilla, toda la panda de palurdos peneuvistas encabezados por Andoni Ortúzar, Pablo Iglesias, Irene Montero, Alberto Garzón, etc., sin olvidarnos de los Sanchos Panzas clásicos: Felipe González, Alfonso Guerra, Manuel Chaves, José Antonio Griñán, José Bono, Rodríguez Ibarra, Jordi Pujol, etc.

El quijotismo en la política española ha sido más raro y dramático. Conviene que recordemos que el Don Quijote-Unamuno terminó doblegándose al Sancho Panza-Franco. En tiempos más recientes hemos visto claudicar a un Don Quijote-Tierno Galván ante el Sancho Panza-Felipe González. Incluso me atrevería a mencionar el frustrado y pueril quijotismo de Adolfo Suárez y de Aznar frente al sanchopanzismo respectivamente de Fraga y de Rajoy.

Asimismo, siguiendo en el ámbito de la política actual, los quijotismos de Rosa Díez, Albert Rivera, Inés Arrimadas, Pablo Casado, Cayetana Álvarez de Toledo, –y me temo que también pueda ocurrir lo mismo con el quijotismo de Santiago Abascal- fatal e inevitablemente se han estrellado contra el sanchopanzismo de Zapatero y de Sánchez. Los españoles deberíamos aprender de una vez por todas que el quijotismo no funciona en el país real de los “Botejaras”.

Manuel Pastor Martínez

Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

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