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MUJERTES HISPANAS

Ilustración de María De Estrada een Wikipedia
Ilustración de María De Estrada een Wikipedia

MARÍA DE ESTRADA, UNA ESPADA ESPAÑOLA EN MÉXICO

LA CR´TICA 11 AGOSTO 2026

Por Íñigo Castellano Barón
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La noche del 30 de junio de 1520, Tenochtitlan se convirtió en una trampa. Bajo la lluvia, entre los gritos, el estrépito de las armas y una multitud que atacaba desde las calzadas y las canoas, los hombres de Hernán Cortés intentaban escapar de una ciudad sublevada. Muchos españoles, cargados con cuanto oro habían podido recoger, terminaron hundidos en los canales. Otros murieron bajo las armas mexicas. Los supervivientes avanzaban como podían hacia tierra firme. Entre ellos iba una mujer. Se llamaba María de Estrada y aquella noche no huyó escondida entre bagajes ni aguardó protección de los soldados: tomó espada y rodela y combatió con ellos. (...)

No conocemos con certeza ni el lugar ni fecha exacta de su nacimiento. Distintas tradiciones la hacen andaluza, castellana o vinculada al norte de España, y alrededor de sus primeros años americanos surgieron relatos que la catapultaron a la leyenda y a la gloria épica. Estuvo en la conquista de México y los cronistas de aquel tiempo dejaron constancia de su excepcional comportamiento en combate. Bernal Díaz del Castillo, que participó personalmente en la empresa de Cortés y muchos años después escribió su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, la recuerda entre las escasas mujeres españolas que se encontraron en aquellos acontecimientos. Y no lo hace simplemente porque estuviese allí. Señala que en ella «jamás vimos flaqueza», una expresión extraordinaria en boca de un veterano que había conocido hambre, heridas, derrotas y algunas de las jornadas militares más terribles de su siglo. Otros cronistas, como Francisco Cervantes de Salazar, Juan de Torquemada o Diego Muñoz Camargo, ampliaron posteriormente la memoria de sus hechos.

La Noche Triste no terminó con la llegada a tierra firme. Cortés había perdido hombres, caballos, artillería y buena parte del prestigio que hasta entonces acompañó su avance. El ejército español y sus aliados indígenas emprendieron una retirada agotadora hacia Tlaxcala mientras fuerzas mexicas intentaban cerrarles el paso. Apenas una semana después, el 7 de julio de 1520, los supervivientes se encontraron ante un ejército enemigo en las llanuras de Otumba. María volvió a combatir, a caballo y armada con lanza. Su fama guerrera adquirió entonces, entre quienes protagonizaron aquellos acontecimientos, un icono en donde fijarse por su valor y destreza. No quedó asociada a una sola acción desesperada, sino a una sucesión de combates que culminarían en el regreso a México y el asedio definitivo de Tenochtitlan.

Precisamente entonces encontramos uno de los episodios que mejor retratan su carácter. Según Cervantes de Salazar, cuando se planteó que las mujeres permanecieran protegidas en Tlaxcala mientras los soldados regresaban a la guerra, María de Estrada se opuso. Aquellas mujeres habían compartido los peligros de los hombres y no aceptaban quedar apartadas en el momento decisivo. No todas combatieron de la misma manera: unas curaron heridas, prepararon alimentos, transportaron pertrechos o atendieron a los enfermos; otras empuñaron las armas. María perteneció a estas últimas. Su figura permite corregir además una imagen incompleta de la conquista americana. Aquellas expediciones no estuvieron constituidas únicamente por capitanes y soldados españoles. A su lado marcharon decenas de miles de aliados indígenas, intérpretes, religiosos, artesanos, criados y también mujeres. Sin los tlaxcaltecas y otros pueblos enfrentados al poder mexica, la victoria de Cortés difícilmente puede comprenderse. Y entre las españolas que atravesaron aquel mundo aparecen nombres como Isabel Rodríguez, Beatriz Bermúdez de Velasco, Beatriz de Palacios y la propia María de Estrada.

Tras la caída de Tenochtitlan, el 13 de agosto de 1521, la vida de María tampoco regresó a una cómoda oscuridad doméstica. Casada con Pedro Sánchez Farfán, participó en la consolidación española de territorios situados en torno al Popocatépetl. La documentación y las investigaciones sobre la zona la relacionan con Tetela del Volcán, Hueyapan y Nepopualco, territorios ligados posteriormente a la encomienda del matrimonio. María pasó así de combatiente a encomendera, una posición de considerable importancia económica y social en la naciente Nueva España. Cuando Sánchez Farfán murió hacia 1536, María quedó al frente de la encomienda de Tetela. Ya no era aquella mujer que cruzó bajo la lluvia las calzadas de Tenochtitlan con una espada en la mano, sino una propietaria con intereses que defender dentro de una sociedad nueva que se estaba formando sobre las ruinas del imperio mexica. Los documentos conservados prueban que su presencia no se desvaneció después de las batallas: seguía figurando como encomendera en 1537.

Hay algo particularmente admirable en María de Estrada. No necesitó que siglos después alguien reinterpretase su vida para convertirla artificialmente en heroína. Fueron hombres de armas de su propio tiempo quienes recordaron su valor. En un mundo donde la guerra pertenecía casi exclusivamente al ámbito masculino, consiguió que quienes habían combatido junto a ella considerasen digno dejar escrito su nombre. María de Estrada no mandó un ejército ni conquistó México por sí sola. Tampoco necesita semejantes exageraciones. Su verdadera grandeza resulta más interesante: cuando llegó el instante en que la muerte alcanzaba por igual a hombres y mujeres, eligió combatir. Sobrevivió a la terrible retirada de Tenochtitlan, atravesó Otumba, regresó con los vencedores y participó después en la construcción de aquella Nueva España que comenzaba a surgir al otro lado del océano.

Cinco siglos después, su figura permanece casi desconocida para muchos españoles. Quizá porque la Historia conserva mejor los nombres de quienes mandan que los de quienes resisten. Pero aquella noche de junio de 1520, mientras un ejército derrotado intentaba escapar de Tenochtitlan, María de Estrada llevaba una espada en la mano y con ella escribió una nueva línea de oro para la historia española y su propia posición en ella.

Íñigo Castellano Barón

Escritor, historiador y articulista..

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