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LA ESPAÑA INCONTESTABLE

Pedro Caro y Sureda, III marqués de La Romana. Museo del Prado
Pedro Caro y Sureda, III marqués de La Romana. Museo del Prado

EL MARQUÉS ESPAÑOL QUE DESAFIÓ A NAPOLEÓN

LA CRÍTICA 26 JULIO 2026

Por Íñigo Castellano Barón
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La Guerra de la Independencia produjo figuras militares de extraordinario valor, algunas convertidas en leyenda popular y otras injustamente relegadas por el paso del tiempo en comparación a otros contemporáneos. Entre estas últimas destaca Pedro Caro y Sureda, III marqués de La Romana, uno de los oficiales más brillantes, cultos y singulares de su generación. Su nombre aparece asociado a una de las operaciones más audaces de toda la era napoleónica: el regreso de la División del Norte desde Dinamarca para combatir por la independencia de España. Sin embargo, reducir su figura a tan solo aquella célebre hazaña sería una mutilación histórica. (...)

Pedro Caro y Sureda nació en Palma de Mallorca el 8 de julio de 1775, en el seno de una familia ilustrada y de larga tradición militar al servicio de la Corona. Su padre mantenía correspondencia con destacados miembros de la Ilustración española. La familia, establecida en Valencia, se trasladó posteriormente a Mallorca tras el matrimonio con doña Dionisia de Salas, perteneciente a una de las familias más influyentes de la isla. Recibió una educación excepcional para su tiempo. Estudió en el colegio de La Trinité de Lyon, posteriormente en la Universidad de Salamanca y después en el Real Seminario de Nobles de Madrid. Además de gramática, filosofía e historia, dominó el latín, matemáticas y varios idiomas, entre ellos el francés y el inglés. Aquella sólida formación intelectual le convertiría en uno de los oficiales más cultos del ejército español.

Escogió la carrera de las armas, iniciándose como guardiamarina. Participó en la recuperación de Menorca y en las operaciones contra Gibraltar antes de pasar al Ejército de Tierra, donde alcanzó el grado de teniente general. Su prestigio profesional llevó a Carlos IV a confiarle el mando de la División del Norte, el cuerpo expedicionario enviado a colaborar con Napoleón en virtud de los compromisos derivados de la alianza hispano-francesa.

La División del Norte constituía la élite del ejército español. Integraba tropas procedentes de la Península y contingentes que servían en Italia. Su marcha a través de Europa fue una demostración de disciplina y profesionalidad. Existe incluso un curioso manual redactado para los oficiales en el que se detallaban las costumbres de los distintos lands alemanes por los que debían transitar. Se insistía en el respeto hacia las poblaciones locales, sus hábitos, su alimentación y sus tradiciones, prohibiendo cualquier comportamiento que pudiera ofender a los habitantes de aquellos lugares. Aquel documento refleja la concepción moderna que inspiraba a muchos mandos españoles de finales del siglo XVIII. La división llegó finalmente a Dinamarca. Allí, pese a encontrarse formalmente como fuerza ocupante, mantuvo excelentes relaciones con la población local. Numerosos testimonios daneses recuerdan la buena conducta de los soldados españoles. Incluso hoy perviven relatos populares, canciones y pequeñas leyendas vinculadas a los caballos y a los soldados que permanecieron en aquellas tierras.

Mientras tanto, la situación en España se precipitaba hacia el desastre. Napoleón había aprovechado la dispersión de las mejores tropas españolas por Europa para ejecutar su plan de ocupación de la Península. Tras el levantamiento del 2 de mayo de 1808, la División del Norte quedó aislada en Dinamarca bajo la vigilancia de las autoridades francesas. La correspondencia era censurada y las noticias llegaban filtradas. Sin embargo, los rumores comenzaron a extenderse entre oficiales y soldados. Poco a poco comprendieron que España estaba siendo ocupada por las tropas francesas y que la nación se encontraba en guerra. La situación se agravó cuando el mariscal Ney exigió formalmente a los soldados españoles el juramento de fidelidad a Napoleón. Fue entonces cuando intervino la diplomacia británica. A través de un sacerdote que actuó como intermediario, la Royal Navy estableció contacto con el marqués de La Romana. Los británicos ofrecían transportar a la División del Norte hasta España para que pudiera incorporarse a la lucha por la independencia. La operación requería un secreto absoluto. Las tropas españolas se encontraban dispersas por distintas islas danesas y cualquier filtración habría provocado su inmediato desarme. Para evitarlo, La Romana aceptó temporalmente una fórmula ambigua que permitió ganar tiempo hasta que la evacuación estuviera lista. La Romana diseñó entonces un plan de concentración progresiva de sus fuerzas utilizando diversos pretextos administrativos y militares

Finalmente, en agosto de 1808 comenzó la operación. Las tropas españolas se concentraron en diversos puntos de embarque mientras los buques británicos se aproximaban a las costas danesas. No toda la división pudo ser rescatada. Aquella evacuación, realizada entre el engaño, audacia y velocidad, constituyó una de las operaciones de rescate militar más brillantes de toda la Guerra de la Independencia. Algunas unidades quedaron aisladas o fueron rodeadas por fuerzas francesas antes de alcanzar los puertos de reunión. Otros oficiales no secundaron inicialmente los planes de evacuación. La Royal Navy bajo el fuego enemigo de los franceses y del propio ejército danés, reembarcan a las tropas españolas y ponen derrota hacia España. Dejan muchos pertrechos y caballos en Dinamarca, lo que aumenta la leyenda y las canciones infantiles, muchas de las cuales siguen vivas por generaciones en distintas regiones de Dinamarca. La dificultad y la hazaña, no consistieron únicamente en embarcar a los hombres, sino en coordinar en secreto una sublevación de tropas dispersas por centenares de kilómetros de territorio danés, bajo vigilancia francesa, sin telégrafo y con comunicaciones extremadamente lentas.

A pesar de todo, que nueve mil soldados alcanzaran los barcos británicos fue en sí mismo una proeza logística y política extraordinaria. Tras una escala en Suecia, los supervivientes desembarcaron en Santander y Santoña en octubre de 1808, el país atravesaba uno de los momentos más críticos de su historia. El regreso de la División del Norte tuvo además un efecto moral difícil de medir en cifras, pero enorme en sus consecuencias. Durante meses, los españoles habían contemplado cómo los ejércitos imperiales parecían avanzar sin oposición seria por Europa. Napoleón era considerado invencible. Sus mariscales habían derrotado sucesivamente a austríacos, prusianos y rusos. Frente a aquel coloso militar, la resistencia española parecía para muchos una empresa condenada al fracaso.

La llegada de los hombres de La Romana transmitió un mensaje muy distinto. Demostraba que no todos los ejércitos sometidos a la influencia francesa aceptaban resignadamente su destino. Mostraba también que el honor militar español seguía intacto. Aquellos soldados habían tenido la oportunidad de permanecer lejos de la guerra peninsular, pero eligieron regresar a una patria invadida y a un futuro lleno de incertidumbres. La noticia de la evasión recorrió Europa con extraordinaria rapidez. En Londres fue celebrada como un golpe estratégico de primer orden. En París provocó irritación y sorpresa. En España por el contrario, fue recibida como señal de esperanza. Muchos de aquellos soldados habían atravesado media Europa para volver a combatir bajo su bandera. Habían dejado atrás caballos, equipajes y pertenencias personales. Algunos jamás volverían a ver a compañeros capturados por los franceses. Sin embargo, comprendían que una generación entera estaba siendo llamada a defender la independencia nacional.

En cierto modo, la División del Norte regresó convertida en algo más que una unidad militar. Se transformó en un símbolo. Allí donde aparecían sus veteranos, las poblaciones veían hombres que habían escapado del propio Napoleón para volver a luchar por España. Aquella reputación acompañaría al marqués de La Romana durante el resto de su vida. El regreso de la División del Norte fue recibido con entusiasmo. España necesitaba desesperadamente tropas disciplinadas y mandos experimentados. Sin embargo, La Romana encontró un panorama mucho más complejo del esperado. La resistencia estaba fragmentada entre juntas provinciales, ejércitos improvisados y mandos que actuaban con escasa coordinación. Napoleón había cruzado personalmente los Pirineos al frente de la Grand Armée. Las derrotas españolas se sucedían y la capacidad militar del país parecía al borde del colapso.

Nombrado jefe del Ejército de la Izquierda, La Romana comprendió rápidamente que no podía enfrentarse en campo abierto a las veteranas tropas imperiales. Sus hombres sufrían una alarmante escasez de fusiles, pólvora, uniformes y calzado. Apenas una quinta parte de la caballería disponía de monturas. Ante esta realidad desarrolló una estrategia innovadora basada en la movilidad, el desgaste y la cooperación con las guerrillas. Evitó los enfrentamientos decisivos y desplazó constantemente sus fuerzas para impedir que fueran destruidas por los mariscales franceses. Aquella forma de hacer la guerra provocó críticas. Algunos miembros de la Junta Suprema consideraban excesivamente prudente su comportamiento. Sin embargo, La Romana comprendía que la supervivencia del ejército era más importante que la búsqueda de victorias espectaculares. Como señalaría en el siguiente siglo el teniente general Casinello, aquella estrategia contribuyó decisivamente al desarrollo de una nueva forma de combatir durante la Guerra de la Independencia, anticipando algunos de los rasgos de la guerra irregular que harían de España la tumba del mito de invencibilidad napoleónica

La escasez de recursos agravaba todavía más la situación. Los suministros llegaban con cuentagotas desde Inglaterra y desde algunas juntas provinciales. Además, los localismos dificultaban la movilización general de recursos y tropas. En Asturias por ejemplo, las autoridades se resistían a permitir que los soldados abandonaran la provincia para integrarse en operaciones de ámbito nacional. La tensión alcanzó tal nivel que La Romana terminó disolviendo la Junta de Asturias, enfrentándose indirectamente a Jovellanos y generando una controversia política que marcaría su trayectoria posterior. Hombre moderno y consciente de la importancia de la información, impulsó además la publicación del «Diario de la División», utilizado en ocasiones para difundir noticias destinadas a confundir a los franceses acerca de los movimientos reales de sus tropas.

A medida que avanzaba la guerra, su prestigio aumentó. Su capacidad para conservar intacto el núcleo de sus fuerzas y su visión estratégica llamaron la atención de Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington. El general británico, habitualmente crítico con muchos mandos españoles, encontró en La Romana a un militar culto, inteligente y extraordinariamente realista. Ambos colaboraron estrechamente durante las campañas de Portugal. Las tropas de La Romana participaron en la defensa de las Líneas de Torres Vedras, el formidable sistema defensivo que terminó frenando el avance del mariscal Masséna y contribuyó decisivamente al fracaso de la invasión francesa de Portugal. Los veteranos de la División del Norte, que habían escapado de las costas del Báltico apenas dos años antes, ocupaban ahora posiciones clave en una de las operaciones defensivas más importantes de toda la guerra.

Sin embargo, la salud del marqués se encontraba muy deteriorada. Las campañas continuas, las marchas forzadas y las privaciones acumuladas acabaron por quebrar su resistencia física. El 23 de enero de 1811 falleció en Cartaxo, durante la campaña de Portugal. La noticia causó una profunda impresión entre españoles y británicos. Wellington le dedicó uno de los elogios más sinceros pronunciados jamás hacia un general español, destacando tanto sus cualidades militares como su integridad personal. Llegó incluso a promover la erección de un monumento en su memoria. Los restos de Pedro Caro y Sureda reposan hoy en la catedral de Palma de Mallorca, en un magnífico sepulcro realizado por el escultor real Josep Folch.

La evasión de la División del Norte permanece como una de las operaciones militares más brillantes de toda la era napoleónica. Pero su legado va mucho más allá de aquella extraordinaria fuga. Pedro Caro y Sureda encarnó la figura del militar ilustrado, culto y patriota, capaz de anteponer el interés de España a cualquier conveniencia personal. Como los soldados de la «Anábasis de Jenofonte», aquella expedición de los llamados «Diez Mil» de mercenarios griegos que acompañó a Ciro el Joven en su intento de arrebatar el trono persa a su hermano Artajerjes II. Los hombres de La Romana regresaron desde los confines de Europa para reunirse con una patria amenazada. Pero a diferencia de aquellos, no volvieron simplemente para regresar a casa. Volvieron para combatir. Y en ese regreso se encuentra una de las páginas más nobles y admirables de la historia militar española.

La Romana no fue el héroe de una jornada, sino el arquitecto de una salvación. Mientras otros alcanzaban fama en los campos de batalla, él rescató un ejército entero de las garras de Napoleón. Quizá por eso merece ocupar un lugar más visible entre los grandes nombres de la historia militar de España.

GLORIA Y HONOR

Íñigo Castellano Barón

Escritor, historiador y articulista..

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