Nació hacia 1260, y murió en Valladolid el 1 de julio de 1321. Entre ambas fechas se desplegó una de las trayectorias políticas más firmes de la Castilla medieval. Fue reina consorte, madre de rey, abuela de rey, señora de Molina y gobernante decisiva en una época de extraordinaria inestabilidad.
María pertenecía a la alta sangre castellana. Era hija del infante Alfonso de Molina, hermano de Fernando III el Santo, y de Mayor Alfonso de Meneses. Su nacimiento la situaba cerca del trono; su vida la convirtió en pieza fundamental de la monarquía. La historia la recuerda a menudo como reina prudente, mediadora y maternal. Esa imagen resulta cierta, aunque incompleta. María fue una mujer de Estado capaz de sostener la continuidad de Castilla durante dos minorías regias: primero defendiendo a su hijo Fernando IV, después protegiendo a su nieto Alfonso XI.
Para entender su grandeza conviene explicar antes el laberinto sucesorio en el que tuvo que moverse. María se casó con Sancho IV, hijo de Alfonso X el Sabio. Pero Sancho no llegó al trono en una situación pacífica. Su hermano mayor, el infante Fernando de la Cerda, había muerto antes que Alfonso X. A partir de ahí surgió una disputa decisiva: unos defendían que los derechos debían pasar a los hijos de Fernando de la Cerda, llamados Alfonso y Fernando; otros sostenían que el trono correspondía al siguiente hijo varón vivo de Alfonso X, es decir, Sancho. Aquella disputa no fue un pleito menor de familia. Los llamados infantes de la Cerda representaban una alternativa dinástica. Su causa fue utilizada por nobles descontentos y por reinos vecinos siempre atentos a la debilidad castellana. Sancho acabó reinando como Sancho IV, pero la herida quedó abierta. Años después, esa reclamación seguiría amenazando la legitimidad de Fernando IV, hijo de Sancho y María de Molina.
A esa dificultad se sumaba otra. María y Sancho pertenecían a la misma sangre real en grado próximo. María era sobrina de Fernando III el Santo; Sancho era nieto del mismo rey. Ese parentesco exigía dispensa pontificia para que el matrimonio quedara plenamente reconocido por la Iglesia. La boda se celebró sin esa dispensa previa, y sus adversarios utilizaron aquella irregularidad como arma política. Si el matrimonio podía discutirse, también podía discutirse la legitimidad de sus hijos. Y si la legitimidad de los hijos quedaba en duda, el trono se convertía en campo abierto para pretendientes, infantes, magnates y potencias vecinas.
Así quedó María de Molina en el centro de dos problemas graves: la antigua reclamación de los de la Cerda y la duda canónica sobre su propio matrimonio. Pocas mujeres medievales tuvieron que defender una Corona desde una posición inicial tan delicada. María no heredó una estabilidad cómoda. Recibió un reino atravesado por dudas jurídicas, ambiciones nobiliarias, presión internacional y una frontera granadina siempre viva. Sancho IV murió en Toledo en 1295. Su hijo Fernando tenía unos nueve años. Castilla quedó entonces en manos de un rey niño, de una reina viuda y de una nobleza que vio la oportunidad de acrecentar su poder. Alfonso de la Cerda seguía representando una alternativa dinástica. El infante don Juan, hermano de Sancho IV, manejaba también sus propias aspiraciones. Portugal, Aragón y Francia calculaban sus intereses. El reino podía quebrarse por dentro antes de defenderse por fuera.
María actuó con claridad política. Acudió a las Cortes, buscó apoyos en los concejos y convirtió la defensa de Fernando IV en una causa del reino. En Valladolid, en 1295, logró un respaldo esencial para la proclamación de su hijo. Aquel momento resulta decisivo para comprenderla. Frente a la oposición de una parte de la nobleza, la reina encontró fuerza en las villas, en las ciudades y en quienes necesitaban continuidad frente al desorden. Ahí aparece uno de los rasgos más inteligentes de su gobierno. María supo leer la energía de los concejos castellanos. Los grandes linajes podían cambiar de bando según conveniencia; las ciudades necesitaban justicia, caminos seguros, defensa de sus fueros, estabilidad fiscal y una autoridad reconocible. Mercaderes, artesanos, labradores acomodados, escribanos y hombres buenos de las villas no deseaban una Castilla convertida en botín de facciones. La reina fortaleció esa alianza, levantando una política de resistencia desde la legalidad y desde el mundo urbano.
La épica de María de Molina no estuvo en el estruendo de una batalla, sino en la conservación paciente de un reino amenazado. Gobernó ganando tiempo, acumulando reconocimientos, negociando con unos, resistiendo a otros y colocando la autoridad del rey niño por encima de las ambiciones familiares. Cada mes salvado debilitaba a los pretendientes. Cada juramento obtenido reforzaba la continuidad. Cada convocatoria de Cortes añadía una piedra más al edificio de la legitimidad. Su prudencia fue una forma de gobierno. María cedía cuando la cesión evitaba un daño mayor, resistía cuando la Corona estaba en peligro y mantenía abierto el diálogo incluso con hombres que habían conspirado contra ella. Esa capacidad de pactar desde la firmeza explica su supervivencia política. La Castilla de finales del siglo XIII era un territorio de lealtades variables, señoríos fuertes y violencia frecuente. La reina viuda tuvo que moverse entre parientes ambiciosos, prelados, ricoshombres, ciudades, fronteras y embajadas. Lo hizo sin perder el centro de su misión: mantener a Fernando IV en el trono hasta hacer irreversible su reconocimiento.
La regularización pontificia del matrimonio con Sancho IV reforzó después su posición. Hasta ese momento, sus enemigos habían utilizado la duda canónica como arma política. María gobernó durante años sobre una grieta jurídica, impidiendo que esa grieta se convirtiera en derrumbe. La confirmación de la legitimidad de sus hijos fortaleció lo que ella había defendido antes con actos, pactos y presencia. Hay un episodio que descubre mucho de su carácter. María de Molina fue acusada de haber manejado en provecho propio bienes y rentas de la Corona. La acusación buscaba desacreditarla ante su hijo y ante el reino, presentándola como regente interesada. Sin embargo, la revisión de cuentas mostró una realidad distinta: había empleado recursos propios en sostener la causa de Fernando IV y la dignidad de la monarquía. El dato resulta menos espectacular que una victoria militar, pero quizá más revelador. María defendió Castilla administrando, pagando, sosteniendo casas, viajes, fidelidades, pleitos, embajadas y necesidades políticas.
En una época de tesoros frágiles, rentas dispersas y fidelidades costosas, la reina entendió que la legitimidad necesitaba soporte material. Un rey niño requería servidores, escribanos, defensa, representación y presencia. La Corona debía comparecer, moverse, pagar, premiar y hacerse visible. María puso su patrimonio al servicio de esa causa, uniendo la dignidad dinástica a una administración concreta. Ahí reside una parte menos conocida de su grandeza: gobernó también desde la economía del poder. Fernando IV alcanzó la edad de gobernar, aunque su reinado mantuvo tensiones. María no desapareció. Su experiencia pesaba demasiado. La reina madre había atravesado intrigas suficientes para saber que la estabilidad nunca estaba asegurada. Su figura siguió siendo referencia en los años posteriores, aun cuando las circunstancias la apartaran por momentos del primer plano. Había salvado la minoría de su hijo, pero Castilla volvería a reclamarla.
En 1312 murió Fernando IV. Su heredero, Alfonso XI, contaba apenas un año. El reino regresaba a una situación peligrosísima: otra minoría regia, otro niño en el trono, otra ocasión para que los grandes linajes hablaran en nombre del rey mientras disputaban el poder efectivo. María de Molina, ya envejecida por las responsabilidades, volvió a ocupar un lugar esencial. Había defendido a su hijo frente a los pretendientes; ahora debía proteger a su nieto frente a nuevas facciones. Pocas figuras medievales ofrecen una continuidad política semejante. María atravesó tres reinados: esposa de Sancho IV, madre de Fernando IV, abuela de Alfonso XI. Su vida formó un puente entre la crisis sucesoria heredada de Alfonso X y la afirmación posterior de la monarquía castellana. Alfonso XI llegaría a ser un rey fuerte, protagonista de una etapa decisiva en la frontera y vencedor en la batalla del Salado. Antes de esa madurez estuvo la custodia de una mujer anciana que volvió a levantarse para defender la continuidad. Valladolid fue el escenario principal de sus últimos años. Allí había encontrado apoyos decisivos en 1295. Allí volvió a reunir voluntades. Allí dispuso sus últimas decisiones. Gravemente enferma en 1321, otorgó testamento el 29 de junio y murió el 1 de julio. La tradición histórica recoge que, poco antes de fallecer, encomendó a los caballeros del concejo vallisoletano la protección del pequeño Alfonso XI y de su hermana Leonor. Ese gesto resume toda su vida política: hasta el final pensó en el reino, en la sucesión y en la custodia de la Corona.
Fue enterrada en el monasterio de las Huelgas Reales de Valladolid, fundación estrechamente unida a su memoria. Su sepultura guarda a una gobernante que conoció el precio de la continuidad histórica. María de Molina dejó la imagen de una autoridad práctica, paciente y resistente. Su grandeza procede de haber impedido la dispersión de Castilla en dos momentos decisivos. Sostuvo la Corona ganando tiempo para dos reyes niños, fortaleciendo la alianza con los concejos, resistiendo la presión de los linajes y convirtiendo la legalidad en una fuerza política activa. Comprendió que un reino puede perderse sin una gran batalla, deshaciéndose poco a poco entre reclamaciones, pactos rotos, ambiciones familiares y ciudades abandonadas. Su obra consistió en evitar ese desmoronamiento.
María de Molina merece un lugar más visible en la memoria española. Actuó como esposa, madre y abuela, pero esas condiciones no la limitaron; las convirtió en instrumentos de gobierno. La maternidad regia le dio legitimidad afectiva. Su inteligencia transformó esa legitimidad en poder. Su señorío le aportó patrimonio. Su prudencia le permitió sobrevivir. Su voluntad mantuvo en pie la continuidad castellana cuando muchos la daban por vencida. En el gran relato de Castilla, María de Molina aparece como una figura de firmeza templada. Conservó la Corona cuando la Corona parecía expuesta a todos. Gobernó desde la paciencia, la administración, las Cortes, los pactos y la lealtad a una idea superior de reino. Su victoria no necesitó trompetas. Bastó con que Castilla siguiera en pie cuando ella ya no pudo sostenerla con sus manos.