...
Hay momentos en la historia en los que un hombre parece avanzar solo, como si caminara hacia el extremo del mundo impulsado por una fuerza que no entiende ni podría detener. Así marchó Hernando de Soto cuando ya maduro, tras haber sido uno de los jinetes decisivos en la conquista de Perú y uno de los hombres más ricos de Castilla, decidió emprender la mayor aventura de su vida: cruzar Norteamérica de lado a lado en busca de un reino fabuloso que –como la mayoría de las quimeras– no existía.
De Soto pertenecía a ese linaje de hombres que jamás retrocedían. No era únicamente un conquistador: era un guerrero renacentista, ardiente, complejo, capaz de mostrar generosidad extrema un día y dureza feroz al siguiente. Había visto el brillo del oro inca, había cabalgado en la captura de Atahualpa y había regresado a España con honores. Podía haber vivido rodeado de lujos. Pero eligió lo contrario: eligió volver a partir.
En 1538 obtuvo de Carlos V la gobernación de Cuba y el permiso para explorar «La Florida», nombre vago y misterioso con el que los españoles designaban un continente entero. Su objetivo real era más ambicioso: encontrar otro imperio como el de los incas, quizá oculto en algún lugar del Norte, quizá custodiado por tribus poderosas cuyo nombre no figuraba en mapa alguno. Partió en mayo de 1539 con una flota de nueve barcos, más de seiscientos españoles y doscientos animales: caballos, puercos, perros de guerra. Era la mejor fuerza que jamás había desembarcado en aquellas tierras. Ningún europeo, antes ni después, atravesaría el continente con una hueste tan organizada y, al mismo tiempo, tan frágil ante lo desconocido.
Lo que encontraron al llegar fue un mundo inmenso, indómito, lleno de humedales interminables, bosques espesos como catedrales y ríos tan anchos que parecían mares. Nada se parecía a Castilla. Nada obedecía reglas familiares. El clima era brutal, la vegetación implacable y los pueblos indígenas poseían una estructura social distinta a la de las civilizaciones mesoamericanas. No había ciudades de piedra ni templos de oro. Pero sí había naciones orgullosas, guerreras, dispuestas a resistir.
De Soto no retrocedió. Era incapaz de hacerlo. Cruzaron Florida entre pantanos donde los hombres avanzaban con el agua hasta el pecho. Después atravesaron Georgia, luchando contra tribus que conocían el terreno como un libro abierto. Llegaron a las tierras rojas del actual Alabama, donde se libró una de las batallas más terribles de la historia norteamericana: la batalla de Mabila. Allí, los guerreros de la poderosa cultura Mississippiana rodearon a los españoles durante horas. Los dardos caían como lluvia ardiente, los caballos se asustaban y De Soto, herido, continuó dando órdenes. Los españoles resistieron gracias a su armadura, su disciplina y su desesperación. Fue un triunfo, sí, pero tan costoso que dejó a la expedición exhausta, sangrando.
De Soto siguió adelante. El invierno los sorprendió sin comida suficiente en las tierras de Arkansas. La expedición, antaño orgullosa, avanzó famélica, cubierta de harapos, buscando maíz en aldeas dispersas. El paisaje, sin embargo, era de una belleza salvaje: valles silenciosos, bosques nevados, ríos helados donde la luna parecía dormir. Era una América enorme, intacta, que nunca volvería a ser igual. En medio de aquel sufrimiento, él seguía creyendo en un reino escondido. Los indígenas hablaban de ciudades lejanas, ricas, apartadas en las montañas. Siempre había una promesa más allá del siguiente valle. De Soto, obsesionado, escuchaba todas. La expedición se convirtió en una búsqueda interminable: un sueño que se alimentaba a sí mismo.
Al fin en 1541, ocurrió lo imposible. Después de meses de marcha desesperada, de pronto, el paisaje se abrió como una puerta: ante los españoles se extendía un río tan inmenso que parecía inventado por un dios antiguo. Era el Misisipi. Las crónicas cuentan que los hombres quedaron mudos. Habían visto océanos, habían cruzado mares, habían navegado ríos imponentes, pero jamás algo así: aguas turbias que arrastraban troncos gigantes, orillas interminables, una anchura que desafiaba la imaginación. Era la columna vertebral de un continente que aún no tenía nombre.
En aquella orilla, Hernando de Soto ordenó construir barcazas. Cruzarlo se convirtió en un acto heroico. Mientras las flechas llovían desde la ribera contraria, los españoles avanzaron entre remolinos, sosteniendo los estandartes mojados, con los caballos temblando en balsas improvisadas. Allí, en aquellos días, De Soto tocó el cielo y el abismo de la grandeza humana: ningún europeo antes que él había visto ese río, ni lo vería como él lo vio, salvaje, inmenso, eterno. Pero la hazaña no trajo gloria. Al otro lado del Misisipi no había ciudades de oro. Solo más selvas, tribus desconfiadas y la enfermedad. El sueño empezaba a desvanecerse. La obsesión lo consumía, y, sin embargo, no se detuvo. Continuó hacia el oeste, hacia la nada, empujado por esa mezcla de orgullo y destino que caracterizó siempre a los grandes exploradores españoles.
En mayo de 1542, enfermo de fiebre y agotado por cuatro años de marcha continua, Hernando de Soto comprendió que su viaje había terminado. Murió a orillas del Misisipi, en algún lugar que la historia no ha señalado con precisión. Y entonces ocurrió uno de los episodios más misteriosos y poéticos de la exploración española en América. Los indígenas consideraban a De Soto un ser sagrado, quizá un hijo del sol. Si descubrían su muerte, la expedición podía ser aniquilada. Sus soldados tomaron una decisión imposible: en mitad de la noche, envolvieron su cuerpo en un manto, lo llevaron en secreto hasta una canoa y lo dejaron caer en el río que él había descubierto. El Misisipi, como una tumba inmóvil, lo engulló sin hacer ruido. Así murió el hombre que había buscado un imperio y encontró un continente.
La expedición regresó a duras penas a México después de recorrer más de diez mil kilómetros. Fue la travesía más larga y más inútil, según algunos cronistas, que España emprendió jamás. Pero también la más extraordinaria: reveló el corazón geográfico de Norteamérica, abrió caminos que no serían explorados de nuevo hasta siglos después y dejó un legado silencioso, sin ciudades fundadas, sin estatuas, sin monumentos. Solo una línea en el agua. Quizá por eso la historia lo olvidó. Porque De Soto no construyó virreinatos ni levantó catedrales. Porque su éxito no se midió en oro, sino en resistencia. Porque su victoria no fue tener, sino llegar. Fue un español que caminó donde no había caminos y buscó lo imposible aun sabiendo que lo imposible rara vez se deja encontrar.
Hoy, cuando Estados Unidos recorre con orgullo los lugares por donde avanzó –Florida, Georgia, Alabama, Arkansas, Luisiana– sus nombres indígenas se mezclan con aquel eco español que nadie en su tiempo supo valorar. Los museos muestran fragmentos de armaduras, puntas de lanza, pequeños objetos que quedaron atrás. Pero lo que realmente quedó fue otra cosa: el testimonio de que hubo un tiempo en que los hombres buscaban el mundo como quien busca un verso, un desafío, un destino. Hernando de Soto murió sin haber hallado el imperio de sus sueños. Sin embargo, su expedición fue la primera que atravesó Norteamérica con el propósito de comprenderla, dominarla y transformarla. Y aunque él no llegó a verlo, el continente que conoció comenzó a cambiar desde entonces.
A veces la gloria no reside en conquistar sino en avanzar hasta donde nadie ha llegado. Ese fue su legado: la idea de que un hombre –solo uno– puede abrir un camino para todos los que vendrán después. De Soto lo abrió en la frontera más vasta, indómita y hermosa de la tierra. Y lo hizo con la obstinación luminosa de los grandes exploradores españoles, esos que nunca miraban atrás porque estaban hechos para mirar hacia donde se acaba el mundo.
¡Memoria y Honor le sea dada!
Iñigo Castellano y Barón
Conozca a Íñigo Castellano y Barón
acceso a la página del autor
acceso a las publicaciones del autor