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La trayectoria de Miguel Ricardo de Álava y Esquível tiene algo excepcional incluso dentro de una época llena de figuras extraordinarias. Su nombre aparece unido a cuatro lugares que resumen una era entera: Trafalgar, Vitoria, Waterloo y París. Entre esos cuatro puntos se extiende una vida militar y política en la que se cruzan la última gran guerra naval del mundo borbónico, la resistencia española contra Napoleón, el final definitivo del Imperio francés y la recuperación de parte del patrimonio artístico español dispersado por la guerra. Miguel Ricardo de Álava pertenece a esa rara categoría de personajes cuya biografía parece escrita siguiendo el hilo mismo de la historia europea. No fue un militar de leyenda popular ni un nombre repetido en manuales escolares, pero estuvo presente allí donde el continente cambió de rumbo. Su vida enlaza el final del reformismo borbónico, la ruina naval española, la guerra peninsular, la derrota de Napoleón, la restauración europea y los primeros conflictos del liberalismo español. Hay hombres cuya trayectoria se mide por los cargos que ocuparon; la suya se mide mejor por los lugares donde estuvo: en la cubierta de un navío en Trafalgar, en el cuartel general de Wellington durante las campañas de la Península, en el campo de Waterloo y en los salones de París recuperando para España obras de arte arrancadas durante la ocupación francesa.
Nació en Vitoria-Gasteiz el 7 de febrero de 1772, en una familia de posición sólida y tradición de servicio al rey. España seguía aún bajo el orden reformista e ilustrado de Carlos III, y el aparato militar borbónico mantenía todavía exigencia técnica y disciplina. La educación de Álava fue la de un oficial preparado para servir de verdad: matemáticas, dibujo técnico, idiomas y una temprana familiaridad con la cartografía y la organización militar. Muy pronto eligió la marina. Su entorno familiar lo empujó en parte a ello, sobre todo por la influencia de su tío, Ignacio María de Álava, uno de los nombres respetados de la Armada. Su juventud coincidió con una época en la que España aún conservaba la apariencia de gran potencia, aunque sus resortes reales comenzaban a mostrar desgaste. En la marina española de finales del siglo XVIII aún se conservaba una cultura profesional rigurosa: navegación prolongada, cálculo astronómico, servicio duro y disciplina severa. Los arsenales de Cádiz, Ferrol o Cartagena formaban oficiales acostumbrados a largas campañas y a un tipo de mando muy exigente. Aquella primera etapa en la marina fue decisiva porque le dio una experiencia que muchos oficiales peninsulares nunca alcanzaron: navegación prolongada, contacto con mandos internacionales, comprensión exacta de la logística naval y conocimiento directo del peso real de Gran Bretaña en el mar. España seguía unida a Francia por una alianza dinástica que la arrastraba a una confrontación marítima superior a sus fuerzas. En ese marco, Álava fue ascendiendo en un cuerpo donde todavía sobrevivía una oficialidad técnicamente notable.
Ese mundo desembocó en 1805 en el gran combate naval de su juventud: Batalla de Trafalgar. La flota combinada franco-española salió de Cádiz en octubre con la presión de romper el dominio británico del mar y abrir una posibilidad estratégica a Napoleón. Al frente de la parte española estaba Federico Gravina; enfrente, la Royal Navy dirigida por Horatio Nelson. Aquella mañana el viento era irregular y el mar presentaba una calma engañosa. Las líneas avanzaban lentas, y durante horas pareció que el combate aún podía mantener la forma clásica de dos escuadras paralelas. Pero la maniobra británica rompió pronto ese esquema. Nelson lanzó sus columnas directamente contra la línea combinada. El choque fue brutal. Los navíos británicos penetraron entre buques españoles y franceses, cortando comunicaciones y obligando a combatir casi barco contra barco. En cubierta, el combate se convirtió en una lucha de resistencia pura: cañones a corta distancia, astillas disparadas como cuchillas, cubiertas envueltas en humo, jarcias rotas, aparejos incendiados y oficiales obligados a transmitir órdenes a gritos en medio de un estruendo continuo.
Álava combatió en ese escenario donde cada minuto podía decidir la supervivencia de un navío entero. Trafalgar no fue una derrota rápida: fue una destrucción lenta y visible. Muchos barcos resistieron durante horas con los palos abatidos, sin maniobra posible, disparando casi inmóviles. Los oficiales españoles mantuvieron en muchos casos una resistencia reconocida incluso por los británicos, pero el sistema de combate inglés se impuso con claridad. Cuando terminó la jornada, la flota combinada había perdido una parte decisiva de su fuerza. España comprendió que el mar quedaba definitivamente en manos británicas. Para Álava, aquella batalla dejó una enseñanza precisa: la superioridad técnica y táctica inglesa no era propaganda, era una realidad observada bajo fuego.
Trafalgar tampoco significó una simple derrota naval: fue la evidencia de que el dominio marítimo británico quedaba consolidado de forma irreversible. Álava vivió aquella jornada desde dentro, en medio de una lucha brutal donde la superioridad táctica británica y la rigidez del mando combinado franco-español terminaron por imponerse con claridad. Sobrevivió a la batalla y extrajo una comprensión muy precisa de la maquinaria británica: disciplina, velocidad de decisión y eficacia técnica. Esa observación resultaría esencial años después, cuando el destino lo colocó junto a quienes habían sido enemigos aquel día.
Tres años después el escenario cambió completamente. La crisis de 1808 llevó a España al centro de una guerra terrestre devastadora. Las Abdicaciones de Bayona alteraron el orden político, y la imposición de José Bonaparte abrió una guerra total. Álava, como otros oficiales formados bajo la monarquía anterior, atravesó inicialmente un breve momento de incertidumbre. Álava acudió a Bayona dentro del grupo de notables convocados por el nuevo poder, en un momento en que todavía no estaba claro hasta dónde llegaría la ruptura política. Pero el levantamiento español y el carácter rápidamente violento de la ocupación despejaron cualquier vacilación. Su adhesión pasó al campo nacional y se integró en el esfuerzo militar contra Francia. Sirvió en las primeras fases bajo generales españoles como Francisco Javier Castaños, en una guerra marcada por carencias extremas: falta de suministros, unidades incompletas, mandos heterogéneos y una enorme dificultad para sostener operaciones continuadas.
En 1810 llegó la decisión que transformó su vida: ser enviado a Portugal como representante español ante el ejército británico dirigido por Arthur Wellesley. Wellington lo observó pronto con atención. Acostumbrado a desconfiar de muchos mandos aliados, encontró en Álava una rara combinación de precisión, sobriedad y comprensión estratégica. No exageraba, no adornaba informes, no prometía lo imposible. Entendía además perfectamente las limitaciones españolas y sabía traducirlas en términos útiles para el mando británico. Álava, por su parte, reconoció en Wellington la extraordinaria capacidad de cálculo de un general que nunca arriesgaba más de lo necesario y que concebía la guerra como una sucesión de posiciones sólidas, desgaste gradual y oportunidad exacta. Desde entonces quedó prácticamente incorporado al entorno más próximo del mando aliado. La relación entre ambos fue creciendo hasta convertirse en una auténtica confianza personal. Álava presenció la campaña portuguesa, las posiciones defensivas de Torres Vedras y la manera en que Wellington concebía la guerra: economía de fuerzas, solidez del terreno y castigo progresivo al enemigo.
En Batalla de Buçaco vio uno de los ejemplos más claros del método británico. Las tropas francesas atacaron una posición elevada bien elegida. Wellington esperó inmóvil el ascenso enemigo y descargó fuego concentrado en el momento exacto. Álava comprendió allí que el general inglés no buscaba espectacularidad, sino desgaste irreversible. Más tarde acompañó las operaciones sobre Sitio de Ciudad Rodrigo. La toma fue rápida pero violenta: artillería intensa, brechas abiertas con precisión y asalto inmediato antes de dar tiempo a reorganizar la defensa. Participaba en consejos, transmitía información, interpretaba reacciones españolas y facilitaba una relación menos áspera entre aliados cuyas culturas militares eran profundamente distintas. Wellington terminó apreciándolo como uno de los pocos españoles cuya palabra podía darse por exacta sin necesidad de corrección posterior.
En Sitio de Badajoz la dureza fue todavía mayor. El asalto nocturno convirtió las murallas en un campo de sangre. Las columnas aliadas subieron entre fuego cruzado, escalas rotas, explosiones y defensa feroz. Wellington mismo reconoció después que pocas operaciones le costaron tanto. Álava permanecía cerca del centro de decisión. Su valor no era solo informativo: Wellington apreciaba su serenidad incluso cuando el combate se descomponía en caos. Esa relación alcanzó su punto más visible en Batalla de Vitoria. La batalla se libró en torno a la tierra natal de Álava. Allí el ejército de José Bonaparte quedó atrapado en una retirada mal articulada. Wellington desplegó un amplio dispositivo envolvente: columnas múltiples, presión simultánea sobre puentes, caminos y puntos de paso.
El terreno jugó un papel decisivo: ríos, alturas suaves, caminos estrechos y un inmenso convoy francés dificultaban toda maniobra de repliegue. Álava participó en la coordinación de sectores críticos y en la lectura inmediata de la situación local. La batalla fue una larga presión creciente. Los franceses resistieron con dureza en varios puntos, pero el peso aliado terminó quebrando la línea. Cuando el dispositivo francés cedió, apareció una imagen extraordinaria: centenares de carros, cañones, equipajes, archivos y tesoros abandonados en el campo. Wellington sabía que una victoria mal administrada podía convertirse en desorden general. Allí volvió a ser útil Álava: contener el impulso del saqueo y asegurar control político sobre la victoria. Aquella jornada consolidó definitivamente su prestigio.
La campaña continuó hacia Francia, pero ya entonces Álava era también un hombre diplomático. El gobierno español comprendió que poseía algo raro: un militar con autoridad ante británicos y europeos, con idiomas, experiencia internacional y criterio político. Fue enviado como representante español a los Países Bajos. En 1815, en Bruselas, volvió a encontrarse con Wellington ante el regreso de Napoleón desde Isla de Elba para de nuevo tomar el poder; Europa movilizó otra vez a sus ejércitos. Wellington lo incorporó otra vez a su entorno inmediato. Así llegó al 18 de junio de 1815, día de Batalla de Waterloo, donde estuvo junto al mando británico.
No acudía como simple invitado diplomático: Wellington valoraba su juicio militar y su serenidad en situaciones críticas. La batalla fue larga y oscilante. Desde la posición próxima a Wellington observó el ataque francés sobre Hougoumont, la lucha por La Haye Sainte. Desde allí contempló durante horas el empuje francés, las cargas masivas de caballería, la resistencia aliada bajo una artillería constante y el momento decisivo en que la llegada prusiana inclinó definitivamente el combate. La batalla fue larga, incierta y brutal. Álava permaneció junto al duque gran parte del día, bajo fuego cercano. Ese hecho le dio una singularidad histórica rara vez repetida: había estado presente tanto en Trafalgar como en Waterloo, las dos batallas que enmarcan el ciclo completo del ascenso y caída napoleónicos. Wellington permanecía frío, casi inmóvil, observando cada fase. Ese día se convirtió probablemente en el único español presente tanto en Trafalgar como en Waterloo. Pero aún faltaba París.
Tras la entrada aliada en París surgió un problema delicado: el inmenso patrimonio artístico reunido por Napoleón en el Museo del Louvre. España reclamó la devolución de las obras expoliadas durante la ocupación. Iglesias, conventos y colecciones aristocráticas habían sido saqueados durante años. La caída definitiva del Primer Imperio Francés en los campos de Waterloo en junio de 1815 no solo reconfiguró el mapa político de Europa, sino que también inauguró uno de los capítulos más intensos y simbólicos de la historia del patrimonio cultural universal. Álava recibió la misión de negociar la devolución del inmenso tesoro artístico español. El problema era diplomáticamente delicado porque la restauración borbónica francesa deseaba evitar humillaciones visibles. Se entrevistó con Luis XVIII, cuya respuesta fue ambigua: no autorizar expresamente la entrega, pero tampoco oponerse. El saqueo del patrimonio había sido tanto oficial, mediante los decretos del rey José I Bonaparte, como personal, a través de la rapiña de mariscales como Soult y Sebastiani.
La ambigüedad del rey francés respecto a la devolución, permitió una operación precisa y casi silenciosa. Con apoyo británico facilitado por Wellington, representantes españoles entraron en el Louvre, identificaron piezas y comenzaron su retirada ordenada. No fue un gesto teatral, sino una recuperación meticulosa: listas, comprobaciones, embalajes y vigilancia armada. Salieron de allí centenares de piezas españolas, muchas de las cuales, terminarían después en el Museo del Prado. Aquella escena tenía algo profundamente simbólico: Miguel Ricardo de Álava, el mismo hombre que viera caer navíos españoles en Trafalgar y avanzar ejércitos en Waterloo dirigía ahora la recuperación silenciosa de una parte del honor cultural español. Incluso en esas décadas agitadas siguió siendo percibido como un hombre de fiabilidad poco común: sin teatralidad, sin ambición estridente, sin afán de protagonismo doctrinal. El saqueo había sido dirigido por Dominique-Vivant Denon, el primer director del Louvre, quien coordinó comisiones técnicas que seguían a los ejércitos para seleccionar las mejores piezas de las colecciones reales, iglesias y conventos. En España, esta labor fue facilitada por la supresión de las órdenes religiosas, lo que dejó miles de obras de Murillo, Zurbarán y Velázquez a merced de los comisarios franceses. Solo de Madrid y Sevilla, se estima que salieron más de 2.500 cuadros de primer nivel. Uno de los saqueadores más notorios fue el mariscal Jean-de-Dieu Soult, quien aprovechó su control sobre Andalucía para amasar una colección privada que incluía algunas de las cumbres del barroco sevillano. Soult ocultó estas piezas en la residencia de su mujer cerca de París, poniéndolas fuera del alcance de las reclamaciones oficiales iniciales. Por otro lado, el «equipaje del Rey José», capturado por Wellington tras la Batalla de Vitoria en 1813, contenía más de 200 pinturas, dibujos y grabados que el monarca pretendía llevarse a Francia en su huida. La intervención en París durante el otoño de 1815, marcada por una entrada triunfal en el Musée Napoléon —actual Museo del Louvre— escoltada por bayonetas aliadas, no solo devolvió a España más de 250 cuadros de valor incalculable, sino que también sentó las bases para la creación del Museo del Prado y transformó la ética internacional sobre la restitución de bienes culturales.
La vida posterior de Miguel Ricardo de Álava, siguió ligada a embajadas, Cortes y responsabilidades políticas, pero lo esencial ya estaba escrito. Murió en 1843 en Barèges. Su biografía conserva hoy una rareza difícil de igualar: estuvo donde España perdió el mar, donde recuperó su territorio, donde Europa cerró el ciclo napoleónico y donde volvió a recoger parte de lo que la guerra había arrebatado. Su figura permanece singular porque representa una forma de servicio muy poco frecuente: la del militar que comprende el tiempo que vive sin necesidad de sobreactuarlo. Trafalgar le enseñó el límite del viejo poder naval español; Wellington le mostró la eficacia moderna del mando; Vitoria le dio la experiencia de una victoria decisiva en suelo propio; Waterloo le permitió asistir al cierre definitivo de Napoleón; París le dio ocasión de reparar una parte del daño sufrido por España. En todos esos escenarios actuó del mismo modo: con precisión, sobriedad y una inteligencia práctica que explica por qué fue uno de los españoles más respetados de su tiempo.
Iñigo Castellano y Barón
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