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Dice la ciencia que besar es un comportamiento instintivo con raíces en la biología. Junto con la oxitocina y la dopamina que provocan afecto y euforia, besar libera serotonina, otra sustancia que incrementa el bienestar, la felicidad y la vida.
Total, que el Día Internacional del Beso se celebró el 13 de abril pasado, como cada año desde el 2013 en recuerdo a uno de los besos más largos de la historia, que consiguió ingresar al Libro Guinness de los récords. Aunque la efeméride sí es un tanto superficial, la celebración está destinada también a reconocer la importancia de los gestos afectivos en el mundo, no necesariamente entre parejas, sino incluso entre seres queridos, familia y amigos dado que es una manifestación universal de afecto y alegría que ya aparecía en el Antiguo Testamento.
Pero besar en público en algunos países, como Irán, está estrictamente prohibido incluso entre parejas casadas y las que se besan o tienen contacto físico cercano, como un abrazo, pueden enfrentar hasta la detención por parte de la "policía de la moral".
La confusión parte de la creencia de que la moral es un conjunto de normas establecido por alguna “autoridad” ya sea religiosa, cultural, política o de cualquier índole. Cuando es una ciencia y, por tanto, no puede ser dictada por ningún humano por muy “iluminado” o “autorizado” o “delegado” por Dios que se crea. Así como ninguna persona puede establecer las leyes de la física tampoco puede establecer las leyes morales.
Jacques Maritain afirma que la ley científica no hace jamás otra cosa que extraer, de manera más o menos directa, más o menos desenvuelta, la propiedad o la exigencia de un cierto indivisible ontológico, que no es otro que aquel que los filósofos llaman bajo el nombre de naturaleza o esencia.
Es decir, todo lo que la ciencia hace es descubrir y explicar lo que de hecho ya ocurre en la naturaleza, como la ley de la gravedad o las reacciones químicas. Así, la moral es la ciencia que estudia y describe las leyes de la naturaleza para que el ser humano se desarrolle plenamente.
Pero vayamos al origen de la confusión. La cultura occidental y global ha sido copada por el racionalismo que cree que no existe nada superior a la razón humana y, por tanto, con ella se puede crear todo, incluso las sociedades humanas, y hasta dios tal como Trump que se cree Jesucristo.
Y este racionalismo menosprecia a la metafísica ya que esta ciencia se dedica al estudio del orden del cosmos, de la naturaleza que es anterior y superior a la razón humana.
Por el contrario, la fantasía o imaginación según santo Tomás es un instrumento cognitivo que cree reales hechos solo pensados por la mente humana, he aquí el racionalismo que llega a la ridiculez de castigar a quienes realizan algo tan natural como besarse.
Como señala el epistemólogo Paul Feyerabend, suele ser mucho más acertado el sentido común de las personas, que las decisiones ─las fantasías─ de lejanos «expertos» racionalistas subidos en una torre de marfil ridículos al punto de decir que las demostraciones de afecto no son saludables.
Alejandro A. Tagliavini