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Los temores de Al-Andalus

'La rendición de Granada', de Francisco Pradilla Ortiz (1882), Palacio del Senado de España, Madrid.
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"La rendición de Granada", de Francisco Pradilla Ortiz (1882), Palacio del Senado de España, Madrid.

LA CRÍTICA, 11 ENERO 2022

Por José Mª Fuente Sánchez
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«Tuyos somos Rey poderoso y ensalzado. Estas son, señor, las llaves de este paraíso. Recibe esta ciudad, que tal es la voluntad de Dios».

Con estas palabras, Boabdil entregaba las llaves de Granada a los Reyes Católicos a fines de 1492 y esta actitud y estas palabras hacían suponer el cierre emblemático de un capítulo de nuestra historia que duró casi ocho siglos, durante los cuales las tribus bereberes, almorávides, almohades y benimerines invadieron sucesivamente nuestro territorio. Nadie pensaba (…)

… que lo que podríamos llamar yihadismo radical iba a intentar de nuevo su penetración en España, “avisando” previamente a Occidente, en Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, y “golpeando” directamente a nuestro país, en Madrid, el 11 de marzo de 2004. Quedaba suficientemente claro que Al-Andalus, integrado por la Península Ibérica y la Septimania francesa, bajo poder musulmán durante la Edad Media, era uno de los objetivos a reconquistar por la morería para la deseada –y buscada con perseverancia– sociedad islámica universal.

Y es que aquella etapa hispánica es calificada, todavía hoy, como la edad de oro del Islam, razón por la cual el mundo musulmán la añora. Todo parece indicar que, sin duda, Al-Andalus fue no solamente una región sino también la expresión más genuina de la forma y del estilo de vida islámico en aquel tiempo. Baste decir que sus contribuciones a la ciencia, a la literatura y a la arquitectura jugaron un papel importante en la historia de aquel Califato de Córdoba. Incluso se habla de que en el Al-Andalus de aquel tiempo se gestó una feliz combinación del pensamiento griego y del Islam, que generó un nivel de desarrollo de la ciencia y de la cultura islámicas superior al del mundo cristiano de aquella época.

Esta brillantez histórica pudiera justificar las frecuentes amenazas yihadistas a España que argumentaban la necesidad de “liberar” el antiguo territorio musulmán –Al-Andalus– que permanece aún ocupado por los “cruzados”. Incluso el propio Ayman al-Zahawiri, jefe de Al-Qaeda tras la eliminación de Ben Laden, llegó a equiparar la situación de Ceuta y Melilla con la de Palestina o Chechenia. Cabe recordar, al respecto, que un portavoz del argelino GSPC (Grupo Salafista para la Predicación y el Combate) ha asumido como propia la tarea de reconquistar Al-Andalus. Como puede colegirse a la vista del prolífico y creciente terrorismo islamista, estas amenazas no pueden considerarse como una simple “boutade”.

Lo que sí está claro es que la mera descripción de los hechos –de la que ya existe abundante literatura– y de los elementos que configuran el yihadismo no es suficiente para mantener nuestra seguridad frente al acreditado terrorismo islámico. Al enemigo hay que estudiarlo, como hacían Napoleón, Rommel y Montgomery. Es necesario tener una visión global y profunda del fenómeno –sus protagonistas, sus raíces, sus métodos y sus posibilidades– para poder llegar a conclusiones sobre cómo defendernos. Al respecto, decía Ortega y Gasset que «comprender es, por lo pronto, simplificar y sustituir la infinidad de los fenómenos por un repertorio finito de ideas». Intentaré empeñarme en esta tarea siguiendo tan atinado y autorizado consejo.

Para ello sería obligado plantease una serie de preguntas: ¿qué es el yihadismo?, ¿cuáles son sus motivaciones?, ¿cómo ha evolucionado a lo largo del tiempo?, ¿cuáles son sus raíces y sus objetivos?, ¿qué apoyos recibe?, ¿qué medios puede utilizar?, ¿cuáles son sus probables fuentes de abastecimiento?, ¿qué ejemplos actuales de yihadismo constatamos?, ¿qué respuestas concretas podemos dar?, ¿tenemos voluntad de hacerlo?, etc., etc. Especialmente si se tiene en cuenta que la evolución de la reciente Primavera Árabe parece que ha diluido las “supuestas” ansias democráticas del mundo islámico. Y, además, se sigue comprobando que la ONU –“saco de lobbies” que ocupó los últimos trece años de mi actividad profesional– sigue sin brillar por su eficacia. En cualquier caso, no debemos olvidar que no todos los musulmanes son sensibles a la llamada yihadista sino que la mayor parte –puede que los dos tercios– de los más de 1.500 millones que existen en el mundo es completamente pacífica y capaz de convivir con otras religiones y sociedades.

Sí es evidente que el yihadismo constituye un peligro serio para los llamados “cruzados” y para los no pocos jerarcas musulmanes que viven opulentamente sin acordarse demasiado de la ley islámica que tan cruelmente pretende imponer, a filo de espada, el terrorismo yihadista. Según The Encyclopedia of Religion, la Sharía o ley islámica se basa en cuatro fuentes: el Corán; los textos “Hadith” –que recogen las costumbres, leyes y normas que ya aceptaban las tribus antes de la aparición del Islam–; el llamado razonamiento analógico o “ijtihad”; y el consenso de la comunidad o “jima”. Como es sabido por todos los atemorizados de Al-Andalus, las dos principales formaciones –siempre enfrentadas– que componen el Islam son: los Sunitas, que suelen ser cultos, teólogos y con una línea de pensamiento más legalista, y los Chiitas, que consideran al Imam como jefe terreno ejecutor de las órdenes divinas. Al parecer, los Sunitas desprecian a los Chiitas por considerarlos seguidores de una religión más popular y menos racionalista, inspirada por Alí, primo y yerno de Mahoma. Sin entrar en profundidades, podría afirmarse que los grupos yihadistas más fanáticos de la Shariah se nutren en mayor proporción de voluntarios chiíes.

Sobre esta base de recursos humanos, se desarrolla la Yihad, que, según el Diccionario del Islamismo, es la guerra religiosa contra aquellos que no creen en la misión de Mahoma. Se trata de una persistente actividad bélica –que constituye un deber imperativo religioso– para promover el islamismo y proteger del mal a los musulmanes. Digamos que es su versión del apostolado.

Hasta el momento, quizá por falta de conocimientos técnicos, los yihadistas han utilizado tan solo armas convencionales o clásicas, sin que hayan empleado armas NBQR –nucleares, biológicas, químicas y radiológicas– lo cual elevaría exponencialmente el peligro y la mortalidad. Pero, en este momento, es, sin duda, el ataque suicida la acción más deshumanizada de las que emplea el yihadismo. Su utilización “descoloca” mentalmente a cualquier persona u organización civilizada que respete unos mínimos éticos, que le impiden, por ejemplo, arremeter contra varias docenas de pacíficos viandantes o contra una pizzería llena de escolares para conseguir supuestos efectos de conversión del enemigo. Pero hay que ser realistas. Es obvio reconocer que existen dos visiones del ataque suicida: la del agresor y la de la víctima. Esta es una característica clave del yihadismo, ya que, en cualquier otro tipo de atentados, el agresor suele saber que está haciendo algo punible, mientras que un terrorista islámico está absolutamente convencido de que lo que hace es bueno, ya que, según una interpretación de algunos textos religiosos islámicos, el suicida no sufrirá dolor y ascenderá al paraíso. Lo curioso es que el suicidio está prohibido por el Islam y quienes lo cometen no acceden al citado paraíso, salvo que se haga en el ejercicio de la “yihad”.

Pero los ataques suicidas no han aparecido con la llegada de Ben Laden y su organización Al-Qaeda, ya que se han empleado, durante décadas, en el eterno conflicto palestino-israelí de Oriente Próximo. Se afirma que «la elección del atentado suicida por la organización Hamas, que actuaba –y actúa– en ese conflicto, responde a un cálculo previo». Se trata de un método bélico de bajo coste: unos 200 dólares, más los cerca de 20.000 que reciben las familias de los llamados mártires. España, la nunca olvidada Al-Andalus, también ha sufrido los ataques del yihadismo; recordemos el histórico 11-M. Se asegura también que islamistas radicales vienen entrando en España desde mediados de los noventa, diseminándose por el valle del Ebro, Andalucía y Madrid y estableciendo células durmientes que han podido ser “mano de obra” útil en la citada tragedia del 11-M en Madrid. Todo ello sin perjuicio de que sean mayoría los musulmanes que viven pacíficamente en España.

Naturalmente, nuestra nación tiene derecho a su legítima defensa. Porque, frente a simplismos interesados, sí existe la guerra justa. Recordemos que el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas justifica nuestra legítima defensa frente a los ataques del yihadismo. Legítima defensa que puede calificarse de guerra justa, única que pueden desarrollar aquellos Estados que tengan un mínimo de ética. Así lo afirman personajes y organismos de relieve: desde Agustín de Hipona a la Organización de las Naciones Unidas, pasando por Santo Tomás de Aquino y la Ilustración liberal. Quizá sea en el Catecismo de nuestra Iglesia Católica donde con más concreción se recogen las condiciones que una guerra justa debe cumplir, a saber: que cualquier otro medio haya resultado ineficaz, que haya posibilidades serias de éxito y que el empleo de las armas no entrañe males mayores que los que se pretende eliminar. Argumentos sobradamente lógicos.

Sobre las bases anteriores, cabe afirmar rotundamente que guerra justa fue la que emprendieron los Reyes Católicos para reconquistar Granada, recuperando así nuestro solar hispano invadido por el moro durante casi ocho siglos. Guerra justa fue también la Segunda Guerra Mundial, en la que el general Eisenhower inició el camino hacia la victoria final sobre el nazismo con su planificación y dirección del desembarco en Normandía el 6 de junio de 1944. Otro tanto puede decirse de la OTAN que consiguió mantener la paz frente a la amenaza del imperialismo comunista soviético, que “pretendía redimirnos” de la supuesta “opresión capitalista” que, según ellos, conllevaba la economía de libre mercado.

Es de asunción obligada en las doctrinas militares la idea de que una guerra sólo se gana cuando existe una clara voluntad de vencer. Y es sobradamente conocida la gran influencia de la actitud de las retaguardias en los resultados de una guerra. Entendiendo por retaguardias la sociedad civil correspondiente, siempre condicionada por sus valores, su cultura, su identificación o no con la causa y, en ocasiones, su posible manipulación. Cabe plantearse, por tanto, si, en el momento actual, tenemos voluntad de vencer a este yihadismo agresivo y minoritario y convivir pacíficamente, al mismo tiempo, con ese mayoritario mundo musulmán moderado.

No parece estar tan claro en algunos lugares de Occidente. Es el caso de España, donde contamos con una eficaz Policía y Guardia Civil, que actúa con una gran profesionalidad tanto en la detección como en la neutralización de las amenazas terroristas, pero con unas clases dirigentes que sufren los estragos del “buenismo”, epidemia que conduce a tomar decisiones políticas basadas exclusivamente en la sensiblería puntual sin tener en cuenta sus repercusiones negativas sobre otros aspectos relacionados. Productos derivados del buenismo son, por ejemplo, el multiculturalismo, la corrección política, la hipertrofia interesada de la ideología de género, del “todo” medio ambiente, del animalismo por encima del humanismo y de la ingenua creencia de que todo en la vida de los pueblos puede ser resuelto mediante el diálogo, la solidaridad y la tolerancia, cosa claramente imposible –por ejemplo– en los imposibles diálogos con las tiranías comunista y nazi.

Pero la epidemia citada hace profundos estragos. Así, vemos –atónitos– como en nuestra España actual está penalizada la matanza de animales mientras se permite y se apoya el aborto. Vemos también que se asfixia al ciudadano con un exceso de normas medio ambientales sin que se conozca con exactitud qué organismos científicos internacionales han diagnosticado que la Tierra está a punto de colapsar y si es la Tierra la que tiene que prevalecer frente a la persona o es más bien a la inversa. Todo ello independientemente de que nadie medianamente racional y decente duda de que hay que cuidar la Tierra y respetar la vida de los animales. Pero todo tiene su medida y su orden.

También observamos cómo nuestro gobierno socialcomunista está muy ocupado “decretando” recortes en nuestras libertades democráticas con decretos como el 1150/2021 de 28 de diciembre de 2021, redactado por el Departamento de Seguridad Nacional que dirige un General designado para el cargo, que instaura la censura de aquellas noticias que nuestras autoridades califiquen como desinformación por la amenaza que representan para nuestra seguridad nacional. Huelga decir, por un lado, que las noticias serán las que difieran de la versión gubernamental; y que la amenaza a la seguridad nacional es un argumento muy del agrado de los países poco respetuosos de la democracia.

Podríamos seguir relacionando ocurrencias. Pero centrémonos en la utopía de las soluciones angélicas, que es el multiculturalismo. Como es conocido, el pluralismo reconoce y respeta la diversidad de ideologías de los diferentes grupos culturales pero los aúna e integra en el país receptor, desprovistos –por supuesto– de todo lo que vaya en contra de los derechos humanos. Pues bien, la versión más moderna de la fiebre buenista occidental es el llamado multiculturalismo, que surgió en EE.UU. durante el siglo XX y sus líneas maestras fueron asimiladas por algunos sectores sociales en Gran Bretaña, Canadá, Australia, Países Bajos y Suecia. En definitiva, el multiculturalismo –que acepta, en grado de equivalencia, todas la ideologías y costumbres, vayan o no contra los derechos humanos– viene a ser la sublimación de la secular “teoría del promedio”, como equidistancia sincrética de culturas, religiones, nacionalismos, opiniones, valores o ausencia de los mismos, etc. Me pregunto ¿se debe tolerar y respetar la “esclavización” de la mujer musulmana –ni escuela, ni ginecólogos, ni salidas en solitario, etc.–, y su consideración de tan sólo “objeto” necesario para la cocina u otros menesteres más íntimos?

Un elemento fundamental a considerar en la “medición” de nuestra posible voluntad de vencer es comprobar si tenemos clara conciencia de que los principios y valores culturales que profesamos y defendemos, son aquéllos con los que queremos vivir y por los que, incluso, estaríamos dispuestos a morir. Dicho en “roman paladino”, nuestro mundo “no saldrá de ésta” si no tiene clara la única estrategia eficaz a seguir: en primer lugar mantener la seguridad de nuestros ciudadanos deteniendo al yihadista; y, en segundo lugar, pensar en otras posibles medidas a aplicar a más largo plazo, como pudiera ser el diálogo fructífero –si posible– entre ciudadanos, naciones, sociedades, civilizaciones y culturas. Jamás debe actuarse a la inversa pues, en este caso, el orden de los factores sí alteraría el producto.

Todo lo dicho implica una obligada reflexión sobre las debilidades occidentales frente a la firmeza islamista. Y en este ejercicio intelectual, resulta muy conveniente recordar un comentario de permanente meditación y alerta sobre nuestras indolencias, recogido por Christopher Caldwell en su obra Reflexiones sobre la Revolución en Europa:

«Cuando una cultura insegura, maleable y relativista se topa con una cultura afianzada, segura y fortalecida es normalmente la primera la que cambia para encajar en la segunda».

Sobra decir que, por el momento, la primera parece ser la cultura occidental y la segunda, a todas luces, la del minoritario yihadismo radical. No confundir con la actitud de convivencia de la pacífica mayoría musulmana.

Madrid, enero de 2022

José María Fuente Sánchez
Coronel (R) de Caballería, DEM
Economista y estadístico, de la Asociación Española de Militares Escritores (AEME)
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