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El Cuervo, con mayúscula, pues de un nombre propio se trata. Se llamaba Manuel, como todo el mundo, y si hablo en tiempo gramatical pretérito es porque ya dejó de hacer sombra.

Pero para todo el pueblo era el Cuervo, por mal nombre. Repolludo y renegrido, pelo negro y ensortijado, de pocas palabras y de pocas luces, no se le entendía lo que decía, y le gustaba el vino. Los concursos de feos que se convocaban por las fiestas de la Virgen del Puerto tuvieron que dejarse de organizar porque ya no tenían gracia. Se los llevaba de calle el Cuervo, los ganaba todos casi se puede decir que sin oposición, hasta el punto de que a los últimos concursos ya no concurría nadie más que él mismo, ¿para qué se iba a presentar nadie más, sabiendo que no había manera de superar a tan invencible rival?

Se guarda en un bar del pueblo un retrato suyo al óleo, ya son ganas de desperdiciar lienzo y pintura en un modelo con semejante estampa. A saber quién le pintó, a saber quién le encargaría y con qué finalidad. Algún pintor costumbrista y extravagante, como aquéllos del Siglo de Oro, que pintaban mendigos, enanos, bufones, lisiados, y demás especímenes humanos desechables.

Venía yo un día por la carretera vieja en el viejo coche, es que yo nunca compro coches nuevos, sino de segunda mano siempre. Venía con mi joven esposa delante y con la niña de un año y pico en el asiento de atrás, cuando de pronto en un cruce a una docena de quilómetros del pueblo ahí veo al mismísimo Cuervo en persona dándole al dedo.

Según el reglamento local no escrito, cuando un conductor ve por la carretera a alguien del pueblo solicitando plaza en el coche que pasa, es de obligación parar y recogerle, y eso se viene cumpliendo más o menos sin remisión desde que hay automóviles particulares. De modo que paré el coche al borde de la carretera y le indiqué al Cuervo que abriera la puerta trasera y entrara, lo cual puso por obra sin más trámites. La niña, en cuanto le vio entrar, se llevó un susto de muerte, se puso a llorar y no calló hasta que llegamos al pueblo y se volvió a abrir la puerta del coche, esta vez para que el Cuervo con su torpeza habitual saliera a la calle liberadora de terrores infantiles.

Muchos definidores han intentado definir la belleza. Yo no acierto a sacar otra conclusión sino la consistente en cogitar que la belleza es algo subjetivo y determinado por el común de la gente, de acuerdo con no se sabe qué criterios personales. Los cánones de la belleza se aceptan de consuno y se establecen de forma convencional. Se ha dicho hasta la saciedad que la belleza física es la armonía de las formas. Pero es que entonces cabría preguntarse qué es la armonía, qué formas son armónicas y por qué, y cuáles no lo son y por qué no. ¿Por qué tales formas se consideran bellas, por qué tales otras no? No acierto a explicarme dónde está el criterio justo para determinar la belleza o su falta. Y es que además los cánones de belleza de las formas humanas han cambiado y siguen cambiando. Lo que antes se consideraba bello en una figura humana, hoy ya no tanto, y viceversa. La belleza en sí misma no puede ser variable, sino que varían los gustos subjetivos. Luego la belleza, pensaba yo, no es sino una apreciación nuestra. La belleza, por tanto, es siempre subjetiva, no puede estar en el mismo objeto.

Pero cuando la niña de año y medio se puso a llorar asustada al ver entrar de repente al Cuervo, comprendí que sí tiene que haber en la naturaleza formas de belleza objetiva e inmutable.

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