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SANTOS CON HISTORIA

Santa Margarita María de Alacoque: las revelaciones de mayor influencia en la Iglesia

'Santa Margarita María de Alacoque'. Talla de madera policromada. Siglo XX. Anónima. (Museos Colonial y Santa Clara, Ministerio de Cultura, Colombia).
"Santa Margarita María de Alacoque". Talla de madera policromada. Siglo XX. Anónima. (Museos Colonial y Santa Clara, Ministerio de Cultura, Colombia).

LA CRÍTICA, 22 SEPTIEMBRE 2021

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No es posible entender el significado de la inmensa aportación que santa Margarita María de Alacoque hizo a la historia de la Iglesia y de la espiritualidad, sin conocer mínimamente el contexto histórico en el que vivió. En efecto, parte de su vida, durante el reinado de Luis XIV, convivió con varias herejías, pero la más insidiosa, (...)

... solapada y perjudicial de todas ellas, fue el jansenismo, con la que se enfrentó el propio Luis XIV, y cuyas consecuencias negativas han llegado hasta nuestros días.

El catedrático de Historia de la Iglesia, José Orlandis, siempre riguroso y objetivo en sus consideraciones y que tanto amó a la Iglesia, escribió:

“Es imposible seguir al detalle los avatares de la crisis jansenista… La bula Unigenitus (1713), condenatoria de los jansenistas, pusieron punto final a la historia externa del Jansenismo francés, mas no a sus deplorables consecuencias. En Holanda se formó una Iglesia jansenista, separada de Roma por el Cisma de Utrecht. Pero lo más grave fue que la crisis del jansenismo, nacida de un sincero aunque desequilibrado deseo de autenticidad religiosa y rigor moral, terminó por causar grave daño a la Iglesia y contribuyó a crear el estado de espíritu que abrió las puertas a la avalancha irreligiosa del siglo XVIII francés.” (José Orlandis, Historia de la Iglesia, Ed. Rialp, 2001, p. 132).

Por su parte, el gran hagiógrafo, Francisco Pérez, que con tanta delicadeza trata los posibles errores de todo lo que se refiere a la Iglesia, advierte con relación a esta herejía:

“El obispo se llamaba Cornelio Jansenio; murió en 1638; su principal obra Augustinus se publicó dos años después de su muerte y se condenó el 31 de mayo de 1653. Murió arrepentido de sus errores y en el seno de la Iglesia, pero la muerte había impedido su retractación pública. El contenido de su pensamiento era que Dios no había querido tanto a los hombres como para morir por todos ellos, presentándolo frío, lejano, impasible ante la conducta buena o mala de los hombres que obran el bien o el mal de modo irresistible; un juez más que un padre. Las consecuencias para la piedad cristiana fueron desastrosos: desde el desprecio de la oración hasta el olvido práctico de los sacramentos.” (Francisco Pérez González, Dos Mil Años de Santos, Ed. Palabra, Vol. II, 1999, p. 1284).

El reconocido historiador, Francisco Martín, uno de los máximos conocedores de la Historia Moderna de la Iglesia, afirma que, de todas las herejías que existieron durante el siglo en el que vivió Santa Margarita María de Alacoque,

“la de consecuencias más graves, por insidiosa y solapada, fue la doctrina del jansenismo… La obra, conocida con el nombre de Augustinus, fue publicada en Lovaina en 1640, y en ella se recoge todo lo que Jansenio pensaba sobre la gracia, la libertad humana y la justificación. Después del pecado original –viene a decir–, el hombre queda sin libertad y la voluntad humana permanece esclava de la concupiscencia, de la “delectación terrena” que la lleva al mal. Sólo una intervención divina es capaz de romper las ataduras de la concupiscencia: es la gracia eficaz que nos mueve necesariamente al bien… En consecuencia, Cristo no murió por todos los hombres ni todos pueden beneficiarse de la gracia; la gracia eficaz está reservada a un reducido número de escogidos… A Dios, pues había que temerle…” (Francisco Martín, Historia de la Iglesia, Vol. II, La Iglesia en la época Moderna, Ed. Palabra, 1999, p. 269).

Una última cita corresponde al hagiógrafo y liturgista, Enzo Lodi:

“En 1689 Margarita tuvo la dicha de ver brotar esta devoción… sobre la veneración del Corazón de Jesús, que sirvió para acabar con la frialdad paralizante de los corazones que el jansenismo de su tiempo inculcaba, alejando de la comunión eucarística y presentando un rostro casi cruel de un Dios vengador.” (Enzo Lodi, Los Santos del Calendario Romano, Ed. San Pablo, 1990, p. 421).

Como se sabe, el Dios de la religión cristiana es Amor. De hecho, su principal precepto, que resume todos los demás, es: “Este es mi precepto que os améis los unos a los otros como Yo os he amado.” (Ioh 15, 12). Así, Tomás Oubiña lo concreta, de forma tan simpática como profunda, en uno de los párrafos de su libro:

“… Dios me quiere así, ‘sin razones’, para que también yo pueda querer a los demás ‘sin razones’. Por eso, cuando comprendemos como nos quiere Dios, aprendemos a querer de verdad a nuestros hermanos. No tenemos en cuenta si nos caen bien o mal, si están de acuerdo con nuestras ideas o no, si pertenecen a nuestra cultura o a otra, si son ricos o pobres, cultos o incultos… Queremos a los demás ‘sin razones’, sin condiciones, como Dios nos quiere a nosotros.” (Tomás Oubiña Trigo, Dios te quiere y tú no lo sabes: Para darte cuenta de cuánto te ama, Kindle Amazon).

Es decir, el jansenismo constituye una de las adulteraciones más profundas del mensaje evangélico, el mensaje del Amor, que santa Margarita concretó en la devoción al Corazón de Jesús.

La futura santa Margarita nació el 22 de julio de 1647 y era la quinta de los siete hijos del notario real Claudio Alacoque, que falleció cuando ella tenía ocho años y su madre decidió enviarla, interna, a las clarisas. Margarita encajó muy bien con estas religiosas y se hubiera quedado con ellas toda la vida, pero a los 10 años tuvo unos dolores en los huesos tan intensos que la dejaron paralítica. Ofreció a la Virgen que si la curaba se consagraría como religiosa y lo cierto es, que cuando tenía 14 años y aparentemente ya no había esperanza alguna, curó repentinamente por lo que no sólo ella sino los que la rodeaban consideraron que se trataba de un milagro.

Pero los éxitos mundanos y los pretendientes que se le acercaron desde muy joven, hizo que retrasase hasta los 22 años su decisión de cumplir lo prometido. Así se lo dijo a sus familiares y para evitar dudas o problemas, les pidió que fueran ellos los que lo comunicaran a sus pretendientes. El obispo de Chalons le dio su conformidad y viendo la devoción que Margarita tenía a la Virgen le permitió añadir a su nombre el de María y así pasó a la historia como Margarita María.

Tardó dos años en poder decidirse, y su decisión de ingresar en la Orden de la Visitación de Santa María, de las religiosas salesas, ocurrió con motivo de una visita que las hizo a su monasterio de Paray-le-Monay, donde escuchó una voz interior, que decía: “Aquí es donde te quiero”. Corría el mes de mayo de 1671 y ya el Augustinus del holandés Cornelio Jansenio, obispo de Yprés, que se había publicado en 1640, era ampliamente conocido y tenía renombrados seguidores, a pesar de sus evidentes y perjudiciales errores doctrinales.

Margarita María lo primero que pidió a su maestra de novicias es que le dijera cómo se hacía oración. La respuesta: “Id a poneros ante nuestro Señor como un lienzo delante del pintor”. Pero como durante su noviciado Margarita María contaba sus experiencias interiores, la superiora, extrañada de aquellos favores extraordinarios, para probarla, la sometió a los peores trabajos y humillaciones. No hacía falta. Margarita María de natural se ofrecía, por ejemplo, diariamente a sus hermanas para ayudarlas en la cocina o a llevar leña o a lavar los platos y cacharros.

Sin embargo, cuando, tras un éxtasis en la capilla, comunicó las apariciones de Jesús y que deseaba que ella extendiera la devoción al inmenso amor que el Corazón de Cristo (el corazón en la Biblia es lo más íntimo, lo esencial de la persona, donde reside el amor) derramaba continuamente sobre los hombres y así mismo, la necesaria reparación, sobre todo de las faltas y desamores a la Eucaristía y las ingratitudes que provenían de personas, como ella, consagradas, la superiora se preocupó y pidió a los médicos y personas doctas que dictaminaran. El dictamen no pudo ser más terrible. La acusaron de visionaria. Ni ella ni la superiora podían dar crédito a esas revelaciones, le impusieron que se retractara y aumentaron sus obligaciones y vencimientos.

Margarita María padecía tirofobia grave (alergia al queso) y hubo de soportar grandes sufrimientos (como saben todos los alérgicos), superados de modo heroico. He aquí cómo lo cuenta:

“…No hablaré más que de una sola que era superior a mis fuerzas (comer queso). Era algo hacia lo cual toda nuestra familia tenía una gran aversión natural de modo que mi hermano exigió al firmar el contrato de mi recepción que no me obligarían jamás (a comer queso), lo que me concedieron sin dificultad, pues eso era algo indiferente. Pero en esto precisamente fue en lo que me obligué ceder… tanto más que me parecía mil veces más fácil sacrificar mi propia vida y, si no hubiera amado la vocación más que mi propia existencia, habría preferido abandonarla antes que resolverme a hacer… este sacrificio del cual dependían muchos otros”.

Pero venció, si bien la aversión y sus consecuencias duraron hasta que falleció.

La hermana Margarita María siguió detallando con sencillez, los grandes favores que Dios le dispensaba. La superiora, por el bien de toda la comunidad, alarmada por aquellas revelaciones que marcaban caminos extraordinarios para aquella hermana, decidió probarla aún más, imponiéndola faenas humillantes y penitencias muy opuestas a su manera de ser. Margarita María temió desfallecer antes de llegar a su profesión religiosa, pero venció una vez más y el 6 de noviembre de 1672 hizo su profesión: ya es religiosa en la Orden de la visitación de Nuestra Señora, y, ya le ha dado a conocer Dios la mayor parte de las gracias que disponía para ella, sobre todo las que se refieren a su Corazón. Margarita María, como siempre, siguió obedeciendo y realizando con esmero y alegría todas las humillantes faenas que la encomendaba su superiora, con su mejor buena voluntad hacia ella y hacia la comunidad, si bien lo hacía con un sufrimiento atroz dada su exquisita sensibilidad.

Afortunadamente, aquel mismo año, durante los Ejercicios Espirituales, tanto ella como la superiora conocieron al eminente sacerdote, el Beato Claudio de la Colombiére, que había sido destinado, como superior de la residencia que en Paray-le-Monay poseía la Compañía de Jesús. Escuchó a Margarita María, la creyó y la animó a cumplir lo que en sus revelaciones Jesús le había encomendado. Igualmente, otro jesuita, Croiset, también la creyó y la confirmó en la petición de difundir la devoción al Corazón de Jesús.

Desde entonces, la futura santa, ya con el permiso de su superiora, pudo dedicarse a esta labor apostólica en cuerpo y alma, sobre todo, a través de sus numerosísimas cartas en las que atendió, desde la reproducción del Corazón de Jesús tal y como ella lo vio, hasta dirigirse con peticiones llenas de espiritualidad al capellán de Luis XIV. Y en esta actividad le llegó la enfermedad mortal, que llevó ejemplarmente, y falleció invocando al Corazón de Jesús el 17 de octubre de 1690 (su festividad se celebra un día antes, por coincidir, el día 17, con la de san Ignacio de Antioquía).

Fue canonizada por el papa Benedicto XV en 1920 y la bula de su canonización menciona explícitamente la promesa de la perseverancia final para las personas que comulguen siete primeros viernes de mes seguidos.

Una biografía de santa Margarita María de Alacoque, que me ha parecido especialmente acertada y muy recomendable, finaliza afirmando su biógrafo, José Julio Martínez, S. I.:

“No hay Santo cuyas revelaciones privadas hayan ejercido en toda la Iglesia influencia tan profunda y tan bienhechora como las de Santa Margarita María de Alacoque”. (José Julio Martínez, S.I., Año Cristiano, La Editorial Católica, S.A. Biblioteca de Autores Cristianos, 1959, p. 144).

Pilar Riestra

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