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Las amnistías de ayer y de mañana. El singular antecedente catalán

Lluis Companys declara el Estat Catalá en 1934. (Foto de archivo CORDON PRESS)
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Lluis Companys declara el Estat Catalá en 1934. (Foto de archivo CORDON PRESS)

LA CRÍTICA, 20 JUNIO 2021

Por Juan M. Martínez Valdueza
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Con motivo de los hechos acaecidos en Cataluña en 1934, el 16 de febrero de 1936, día de las elecciones generales, se encontraba en prisión el gobierno en pleno de la Generalitat[1] encabezado por Lluis Companys, con excepción de uno de sus miembros, el señor Josep Dencàs i Puigdollers[2], que se encontraba fuera de España, huido de la justicia. (...)

Al día siguiente, 17 de febrero, el sobrevenido gobierno del Frente Popular declara el estado de alarma en toda España llevando al limbo las garantías constitucionales de los españoles y, cinco días después, antes siquiera de haber concluido los procedimientos legales del recuento electoral, aprueba por decreto una amnistía –primer y más importante punto de su programa electoral–, que pone en la calle a los condenados –entre muchos otros– del gobierno de la Generalitat[3]. El estado de alarma se fue prorrogando, mes a mes, dando alas al gobierno del Frente Popular para ir gobernando a golpe de decreto, situación en que se encuentra España cuando llega la sublevación militar de julio de ese mismo año 1936.

Centrándonos en la madrugadora amnistía, justificada por el gobierno del Frente Popular en la necesidad de restaurar la convivencia en Cataluña y de esta con el resto de España, cerrando las heridas abiertas por los gobiernos de derechas –este argumento está hoy de actualidad–, a los pocos días se produce el regreso de los amnistiados a Cataluña en olor de multitud y laureles de victoria. Algarabía extrema y restauración de la Generalitat y sus poderes, intervenida desde el estrepitoso fracaso de su DUI un año y pico antes.

Permítanme mostrarles ahora, como si estuviésemos viviendo aquellos momentos, la crónica que ofrecía La Vanguardia de aquel domingo 1 de marzo de 1936 en que retornan a la ciudad de Barcelona Lluis Companys y su gobierno. Omitiré la despedida que le dio Madrid, el recorrido triunfal (en tren) por tierras de Castilla y por las poblaciones catalanas hasta llegar a Barcelona, así como las sucesivas paradas según se acercaba la comitiva a la sede del Parlament, donde comenzamos:

«La confirmación del cargo de Presidente de la Generalidad al Sr. Companys.
A los setenta minutos de haber entrado el señor Companys en el Parlamento, se trasladó, ya repuesto, al despacho del presidente de la Cámara, donde le esperaba éste, los consejeros de la Generalidad, los diputados, las personalidades que les acompañaban desde Casteldeféls y numerosos invitados, periodistas, reporteros gráficos. El señor Companys se sentó frente a la mesa del señor Casanovas, y éste, una vez hecho el silencio, pronunció el siguiente discurso:
«Honorable don Luis Companys: Considero como uno de los más altos honores de mi vida, el que me cabe en este momento y que me permite saludarle en nombre del Parlamento de Cataluña, con un título que es más vuestro que nunca: el título de presidente de la Generalidad.
El cumplimiento de una fórmula legal, llena de mezquindad y de recelo, ha tenido una cosa buena: nos ha procurado a los diputados de este Parlamento el gozo de ratificar públicamente, solemnemente, entusiásticamente, la confianza que os otorgamos el 31 de diciembre del año 1933.
Así no habrá ninguna duda; habéis tenido nuestra confianza antes del cautiverio, la habéis tenido en el cautiverio y no le falta ahora que volvéis a ser un hombre libre.
En estos dieciséis meses últimos, honorable señor presidente de Cataluña, habéis pasado por una gama bien completa de pruebas y emociones. Cada una de ellas han encontrado en usted una respuesta adecuada, una réplica repleta de coraje civil y de dignidad serena. Siempre, hasta en los minutos más graves y más peligrosos, habéis querido responder sin habilidad y sin subterfugio de vuestros actos en defensa de Cataluña y de la República. Vuestra figura se ha engrandecido y se ha enfortecido en la adversidad. De forma, que en vez de felicitarle a usted por su reinstauración en la suprema magistratura catalana, somos nosotros, vuestros electores, quienes nos sentimos orgullosos de tenerle por presidente y de veros otra vez rigiendo los destinos de la patria desde aquel palacio que habitan las sombras gloriosas de Pablo Claris y de Francisco Maciá.
Señores: ¡Viva el presidente de la Generalidad! ¡Viva la República! ¡Viva Cataluña!
Estos vivas fueron repetidos por todos los asistentes en medio de ovaciones. Acallados los aplausos, el presidente de la Generalidad se levantó, y dirigiéndose al señor Casanovas, pronunció el siguiente discurso:
«Señor presidente del Parlamento de Cataluña: Es en estas horas, aquí, en el Parlamento de Cataluña, donde la eclosión de nuestro sentimiento es más profundo. Acabamos de atravesar tierras de Castilla y tierras de Cataluña, recibiendo pruebas entusiastas del fervor de la multitud. Hemos entrado en Barcelona en medio de aclamaciones triunfales, y ahora nos encontramos en el Parlamento, donde acabáis de decirnos estas palabras que nos han llegado al alma. Es, por lo tanto, el pueblo, junto con el Parlamento, verdadera representación del pueblo... Recojo de ellas lo que hay de adhesión a mi persona y a la persona de mis consejeros; recojo de ellas lo que hay de adhesión a todos los perseguidos y a los emigrados por los hechos del 6 de octubre, que representaron un pensamiento político que hoy vuelve triunfante; recojo de ellas, señor presidente, la fuerza necesaria para que, poseído de la autoridad que me da el pueblo con estas aclamaciones y de la autoridad y legalidad que el Parlamento me ofrece con vuestras palabras, pueda realizar en lo futuro lo que es mi pensamiento por la libertad, por la justicia y por Cataluña. (Muy bien.)
Señores: es un esfuerzo para mí dirigir hoy la palabra; hago un esfuerzo muy violento. Aceptad toda la gratítud de mis consejeros y la mía, y pongámonos todos a trabajar por la grandeza de la patria. He dicho.»
Grandes aplausos acogieron las palabras del señor Companys, que fue abrazado por el señor Casanovas, dándose vivas a Cataluña, a la República y al presidente Companys. Seguidamente, el presidente de la Generalidad, acompañado del Parlamento, el alcalde, señor Pi y Suñer; todos los consejeros, diputados y comitiva, abandonaron el despacho presidencial y por la escalera de honor se dirigieron a la entrada del Parlamento, donde subieron a los coches oficiales que habían de conducirlos a la Generalidad. Tanto en el interior del Parlamento como en la plaza de Armas, las ovaciones y vítores por parte del público e invitados no cesaron, respondiendo el señor Companys y los consejeros con muestras de emoción.
Al salir el señor Companys, los mozos de escuadra volvieron a presentar armas. Durante largo rato permaneció numeroso público estacionado frente al palacio del Parlamento, en cuyos balcones, como hemos dicho, había instalados altavoces por los que se retransmitían los discursos que se pronunciaban desde la Generalidad. Al terminar éstos, el público prorrumpió en aplausos y vítores, disolviéndose pacíficamente. Era la una de la tarde». (La Vanguardia, martes 3 marzo 1936, pág. 9).

Lo que pasó después en Cataluña y en el resto de España se escapa de estas líneas.

Ochenta y cinco años después, o sea hoy, el paralelismo con la situación catalana es evidente. Con una vistosa diferencia: no me imagino a los señores Junqueras y Puigdemont dando vivas a España (o a la Monarquía) junto a los de Cataluña, emulando a los señores Casanovas y Companys en sus vivas a la República, como hemos visto más arriba.

¿La amnistía de mañana? Es lo que se reivindica por los independentistas catalanes, encabezados por el señor Aragonés, que los indultos no parecen ser suficientes para, como pretende el gobierno del señor Sánchez, el gobierno de España, curar las heridas abiertas en Cataluña por los gobiernos de derechas del siglo XXI.

Y ya hemos visto lo que sucede cuando estos gobiernos no son de derechas…

[1] La vista en el Tribunal de Garantías Constitucionales que los condenó, en la sede del Tribunal Supremo, tuvo lugar entre los días 27 y 31 de mayo de 1935, sin incidentes dignos de mención y con público mayoritariamente catalán. Como resulta que no se conserva ninguna copia del sumario, la transcripción de las actas (según nos indica Enric Fossas Espalader de la Universidad Autónoma de Barcelona en su trabajo " La respuesta de la República ante la rebelión del 6 de octubre de 1934 en Cataluña"), hay que buscarlas en las obras de Prats (1935: 119 y ss.) y La Publicitat (1935: 421 y ss.).

[2] Magnífico personaje que merecerá una atención especial si el tiempo no lo impide, paradigma de los Puigdemont que en la historia del independentismo catalán han sido y cuyo devenir puede, y esto sí que puede ser política-ficción, estar señalando el camino de nuestro fugado y acogido a la hospitalidad belga en Waterloo.

[3] Gaceta de Madrid, núm. 53, de 22 de febrero de 1936.

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