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China comunista, potencia global “democida”

Los líderes chinos Mao Tse-tung y Xi Jinping. (Montaje de www.asia.nikkey.com/AP/Reuters/Getty Images).
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Los líderes chinos Mao Tse-tung y Xi Jinping. (Montaje de www.asia.nikkey.com/AP/Reuters/Getty Images).

LA CRÍTICA, 22 JUNIO 2021

Por Manuel Pastor Martínez
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(...) No hay ningún misterio en el triunfo final de los comunistas de Mao en octubre de 1949 –militarmente bastante incompetentes, pero con los apoyos militares, diplomáticos y económicos decisivos de Stalin y Roosevelt (indirectamente mediante el generoso programa Lend-Lease)–, sino en el hecho de que tardaran cuatro años en derrotar definitivamente a Chiang Kai-chek y al Kuomintang, pese a haber sido éstos abandonados desde 1945 por sus aliados, refugiándose en 1949 hasta el día de hoy en la isla de Taiwan. (...)

He estado tentado a titular un artículo sobre Stalin “Maquiavelo en el Kremlin” tras la lectura de la fascinante obra de historia/biografía de Sean McMeekin, Stalin´s War (Basic Books, New York, 2021, 832 páginas), pero no quise abusar del nombre del famoso florentino después de usarlo recientemente en el título de otro artículo mío sobre el dictador portugués António de Oliveira Salazar (“El Maquiavelo de Coímbra”, La Crítica, Junio 2021). Al fin de cuentas parece que cierto maquiavelismo –entendido según el básico criterio schmittiano (distinción amigo/enemigo)– es un denominador común de todos los dictadores duraderos, independientemente de sus ideologías.

Un aspecto central en la tesis del libro de McMeekin es que la “guerra de Stalin” de veinte años comenzó en China (en 1929, ocupando militarmente parte de Manchuria) y concluyó en China (en 1949, también en Manchuria, con el final de la guerra civil entre nacionalistas y comunistas). Y en medio la convencional Segunda Guerra Mundial (1939-1945), dejando como su legado en Asia la brutal dictadura comunista de Mao Tse-tung y los satélites asiáticos (partidos comunistas, guerras civiles y dictaduras en Corea y en la península de Indochina), con sus diferentes reacciones posteriores ante el despótico imperio maoísta.

McMeekin documenta ampliamente y con rigor que el triunfo de Mao en China solo fue posible después de 1941 (tras la invasión nazi de la URSS, quebrantando el pacto totalitario de 1939 entre los “gansters” Hitler y Stalin), paradójicamente, gracias al apoyo político-militar, económico y diplomático incondicional de Churchill y Roosevelt a Stalin en el Este de Europa y en Asia. Las traiciones de los aliados occidentales –en concreto, de los gobiernos del Reino Unido y de los Estados Unidos– a los Chetniks en Yugoslavia y al Kuomintang en China, respectivamente en favor de Tito y de Mao, son el origen de esta gran tragedia.

Mi admiración total por la historia y la cultura democrática-liberal de los Estados Unidos no me ha cegado a la hora de reconocer la enorme responsabilidad del presidente F. D. Roosevelt y altísimos funcionarios de su administración (algunos hoy sabemos que eran agentes comunistas por la desclasificación de los documentos de VENONA: general George Marshall, secretario de Estado adjunto Dean Acheson, consejero Harry Hopkins, secretario del Tesoro Henry Morgenthau, subsecretario Harry Dexter White, consejeros Lauchlin Currie y Alger Hiss…), que actuaron en la sombra a favor de Stalin y de Mao, desde la conferencia de El Cairo (1943) hasta las de Yalta y de San Francisco (ambas en 1945).

Más de una decena de otros consejeros, funcionarios, académicos y periodistas, algunos poco conocidos y agentes de la Komintern (John Carter Vincent, Solomon Adler, Frank Coe, Raymond Faymonville, Edgard Snow, Agnes Smedley, Owen Lattimore, John K. Fairbanks, Philip Jaffe, etc.) terminaron trabajando o haciendo propaganda para la dictadura comunista de Mao, traicionando la alianza de los Estados Unidos con la China nacionalista de Chiang Kai-chek y del Kuomintang.

No hay ningún misterio en el triunfo final de los comunistas de Mao en octubre de 1949 –militarmente bastante incompetentes, pero con los apoyos militares, diplomáticos y económicos decisivos de Stalin y Roosevelt (indirectamente mediante el generoso programa Lend-Lease)–, sino en el hecho de que tardaran cuatro años en derrotar definitivamente a Chiang Kai-chek y al Kuomintang, pese a haber sido éstos abandonados desde 1945 por sus aliados, refugiándose en 1949 hasta el día de hoy en la isla de Taiwan.

La “Stalinofilia” progresista occidental entre 1941-45, se prolongará con la “Maofilia” y “Sinofilia” desde 1949. En los Estados Unidos impregnará a gran parte del Establishment, y especialmente a partir del viaje “triangulador” de Nixon y Kissinger a China en 1972, con sucesivas y llamativas deslealtades hacia la anti-comunista República de China en Taiwan incluso por los propios presidentes republicanos Nixon, Reagan, Bush Sr., Bush Jr., y hasta la pandemia el mismo Trump (todos visitaron oficialmente la República Popular de China). Con el presidente Biden, el “apaciguamiento” de la China comunista (seguramente bien pagado por anticipado mediante los negocios de su hijo Hunter Biden) tendrá su momento culminante.

La vieja ambición de China comunista por llegar a ser una potencia global casi ha sido alcanzada, y confirmada como potencia “democida” (término acuñado por el politólogo Rudolf Rummel) durante la epidemia global del coronavirus de Wuhan. Al récord absoluto en víctimas mortales, responsabilidad del maoísmo y post-maoísmo, sin contar la política estatal de abortos masivos –según los expertos en “democidio” R. Rummel, F. Dikötter, L. Edwards, etc. (F. Jiménez Losantos estimaba más de 82 millones en 2020)– hay que sumarle hoy los casi 4 millones de muertes originadas directa o indirectamente por la pandemia mundial, llegando a una cifra total realmente escandalosa cercana a los 90 millones.

En una obra monográfica R. Rummel llamó al siglo XX el “Siglo Sanguinario de China” (China´s Bloody Century, Transaction Pub., Piscataway NJ, 1991). El Proyecto 2049 de Xi Jinping (por el centenario del triunfo de la revolución maoísta) en que China sueña ser la primera potencia mundial, con seguridad seguirá ostentando el récord histórico de criminalidad comunista.

Con razón hay un clamor internacional de que China debe pagar por los desastres del coronavirus de Wuhan en las vidas y en las economías. El ex presidente Trump ha estimado que la deuda de China con el mundo es de más de diez trillones (americanos) de dólares (es decir, en español: más de diez billones de dólares). La cuestión es cuándo y cómo va a pagar esa deuda, especialmente si algunos grupos (además de los “China´s useful idiots” tipo Anthony Fauci, burócratas de la OMS y de Davos, o políticos mediocres e indignos como Pedro Sánchez) en los Estados Unidos y en la Unión Europea no están dispuestos a renunciar a las ventajas del mercado y de las inversiones del gigante asiático.

Manuel Pastor Martínez

Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

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