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SIGNO DE LOS TIEMPOS

Así se reescribe la Historia. El ejemplo español. 7) El Franquismo (I)

En el centro Manuel Azaña y a la derecha el general Franco.
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En el centro Manuel Azaña y a la derecha el general Franco.

LA CRÍTICA, 13 MARZO 2021

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El franquismo, hoy, para una gran mayoría, bien por desconocimiento o por convicción inducida, es la tercera patita del fascismo europeo –otros fascismos europeos parece que no cuentan porque en su momento lo hicieron poco– que, junto al italiano y al alemán, a partir de los años treinta se enfrentó con las armas a la democracia sin que, al término de la Segunda Guerra Mundial, desapareciera como ellos de la escena internacional vencido y humillado. (...)

... Este no final del franquismo ya de por sí inexplicable para tantos es sin embargo una primera cuestión a tener en cuenta para el desmontaje de la Historia amañada desde 1936 e impuesta a partir de la muerte del general Franco, en 1975.

Es incuestionable que el bando de los sublevados durante la Guerra Civil recibió importantes ayudas de Italia y de Alemania, cuyo precio fue abonado religiosamente durante años, que de gratis nada, como también las recibió el bando republicano de la Unión Soviética y de otros tantos, verbigracia Canadá, con sus correspondientes pagos –no olvidemos el famoso oro de Moscú, que más real no pudo ser a pesar de su negación o cuestionamiento por los nuevos contadores de historias–.

Es incuestionable también que la Guerra Civil fue prolongada innecesariamente por el bando de la República, con la esperanza vana de que el conflicto europeo y después mundial estallara a tiempo de llevarse por delante al bando de los sublevados, sin que finalmente la Historia les fuera generosa, retrasando el estallido unos cuántos meses, encontrándose, a más inri, en febrero y marzo de 1939, antes del final oficial de la Guerra, con el reconocimiento pleno del ya Gobierno Nacional por las grandes potencias.

En aquel primer marco internacional de finales de 1939 y primeros años cuarenta, el viento alemán rugía con violencia en Europa y cuando se extendió al este camino de Rusia, el Gobierno del general Franco, después de esquivar las insoportables presiones alemanas para su entrada en el conflicto y a su favor, cede y aporta la famosa División Azul al frente ruso, abriendo la posibilidad de desquite español contra ese comunismo que en gran medida había sostenido nuestro conflicto. Era julio de 1941. Intervención digna desde el punto de vista militar y tan denostada hoy, por los mismos que hasta hacía dos días veían con buenos ojos la alianza ruso-alemana y que por entonces la ambición y megalomanía de Hitler hacía saltar por los aires siendo, al final, esta locura el principio de su fin.

¿Pero qué pasaba en la España franquista desde el principio de la Guerra Civil, situación que se prolonga al final de la Guerra al resto de España, y que dura más o menos hasta el año 1945, coincidiendo con la finalización de la Segunda Guerra Mundial? La respuesta puede resumirse en tres puntos: uno, la recuperación y reconstrucción de los desastres producidos por la guerra; dos, la represión justiciera de los delitos y no delitos producidos en la zona controlada por la República antes (toda España) y durante la Guerra Civil; y tres, la fusión de las variopintas ideologías que habían actuado a favor de la sublevación del 18 de julio para dar paso al “Movimiento Nacional”, lejos del fascismo y con características propias que podrían resumirlo como “nacional-catolicismo” y que será el que lleve políticamente al Régimen en volandas hasta su extinción.

Aquí la Falange merece un apunte. De opción muy minoritaria en febrero de 1936, con la sublevación del 18 de Julio incrementa sus filas en cientos de miles, sobre todo en la zona en poder de los sublevados, que crece progresivamente, siendo que una parte de ellos –minoritaria o mayoritaria, cuestión sin esclarecer al día de hoy–, es la responsable y, ajena al control del poder del incipiente Estado Nacional, viene a protagonizar los luctuosos hechos resultantes de aplicar la justicia por su cuenta, cuestión esta a la que le costó trabajo al nuevo Estado controlar y someter. Pero que finalmente lo hizo sin miramientos. Caso muy parecido, aunque de menor dimensión, al caso francés en los estertores de la Segunda Guerra Mundial en Europa de mano de los vencedores, como veremos.

Otro apunte muy interesante es la cuestión relativa al Ejército. Desde la proclamación de la República, esta institución fue el extraño y enfermizo objeto del deseo de su primer ministro de la Guerra, Manuel Azaña, que día tras día, decreto tras decreto, con preámbulos justificativos de sus contenidos –más parecidos a sermones de gobernanta de internado de adolescentes que de una reflexión técnica y sensata de un ministro de la Guerra–, viene imponiendo, rectificando y anulando todas y cada una de sus características, llevándose por delante no solamente tradiciones seculares como pueden ser el nombre de las Unidades y sus símbolos identificativos, sino, y más allá de lo que pretendía ser una reorganización del Ejército eliminando sus “sobrantes” –pasando de dieciséis divisiones a ocho, eliminación justificada de haberse hecho con cabeza–, pone patas arriba los derechos adquiridos del numeroso colectivo de la oficialidad, jugando con los grados, ascensos, méritos, escalafones, juramentos de fidelidad o a la calle, retiros sí o sí y así hasta la extenuación en aras, todo, a republicanizar un Ejército a su medida que ya había dado pruebas suficientes de su fidelidad al permanecer en los cuarteles el 14 de abril de 1931. Conclusión: Azaña en pocos meses consigue un Ejército extraña y artificialmente dividido, amén de cabreado, que, si bien como ya he indicado el 14 de abril asumió el cambio de régimen, transcurridos pocos meses está en el punto mismo de la sublevación.

Un ejemplo paradigmático es el del general Sanjurjo, verdadero artífice de que la República se impusiera sin ruido al impedirlo él como responsable de la Guardia Civil, que incluso aconsejó al Rey Alfonso XIII que abandonara el país, y que dieciséis meses después, el 10 de agosto de 1932 protagoniza la primera intentona de golpe de Estado de los militares contra la República. La exquisita visión política de las élites republicanas tildaron este hecho de “Sanjurjada”, limitándose a aplicar la ley de Defensa de la República juzgando y condenando a los implicados, siguiendo en la ceguera de maltratar y humillar al Ejército en sus hombres que, bien o mal, siempre habían sido defensores de España y de los españoles.

La estulticia republicana respecto de los militares –entre otras razones, claro– hará que estos vuelvan a escena –prácticamente los mismos– el 18 de julio de 1936. ¡Incluido Sanjurjo! que muere accidentalmente al despegar el avión que le habría de conducir desde Estoril a Burgos para hacerse cargo de la sublevación dos días después de estallar esta, el 20 de julio de 1936. Quiero dejar constancia de que su cuerpo fue exhumado del Mausoleo de Los Caídos de Pamplona en 2016 en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, descansando sus restos en Melilla, en el Pabellón de Héroes Regulares del Cementerio. De momento. ¿Por qué he insistido unas líneas con el personaje? Porque, como no podía ser de otro modo, los nuevos contadores de historias se han inventado la especie de que, tanto la muerte accidental del general Sanjurjo como la posterior del general Mola, ambos a la cabeza de la sublevación, no eran sino un complot para llevar al general Franco al frente de la misma. Eso sí, sin dato alguno que avale la conjura.

Y para cerrar este apunte, recordarle al lector que tantos generales fueron fusilados en un lado como en el otro; tantos miembros del Cuerpo de Estado Mayor fueron fusilados en un lado como en el otro, etc., etc., sin piedad alguna. Unos por sublevarse y otros por no querer hacerlo. No voy a entrar en cifras pero sí indicarles que hay muchos estudios sobre esta y otras cuestiones referidas al Ejército en tiempos de la República, de los que entresaco dos, dignos de crédito y admiración por su objetividad y calidad: La Segunda República y el Ejército, del coronel de Caballería D. Eladio Baldovín Ruiz e Historia del Ejército Popular de la República, en cinco volúmenes, del general de Aviación Ramón Salas Larrazábal.

Volviendo a nuestro hilo, los desastres producidos por la guerra no solamente fueron de infraestructuras, habitacionales y de patrimonio, sino que afectaban en mayor medida al desarbolado de la sociedad tradicional y que, a sensu contrario, se fue recuperando a golpe de decreto. También nacen aquí, tempranamente, las primeras leyes fundamentales del nuevo Régimen, del Reino decían desde su inicio, que, bien visto, son el atisbo de una Constitución sui géneris y cuya vigencia, con retoques, llegó hasta su final.

De las siete Leyes Fundamentales cuatro fueron alambicadas en sus primeros tiempos: el Fuero del Trabajo (1938, antes de concluir la Guerra Civil), la Ley Constitutiva de las Cortes (1942), el Fuero de los Españoles (1945) y la Ley del Referéndum Nacional (1945 también), con lo que quedaban establecidos los derechos y deberes de los españoles como tales, de los trabajadores y su relación con los medios de producción, y la representación política en las nuevas Cortes, esta también sui generis, pues sustituía a los partidos políticos, la bicha del Régimen, por los sindicatos verticales, el municipio y la familia. El partido único, el Movimiento Nacional, ya hemos visto que fue la forma en que el Régimen se deshizo, de grado y por fuerza, de todas las facciones políticas que pululaban a su alrededor y que, en su orientación jerárquica y militarista, solo le ocasionaban dolor de cabeza, a la vieja usanza partidista. Un partido único sujeto, en definitiva, en sus principios fundamentales a los del Régimen ideado y puesto en marcha por el general Franco.

La represión justiciera

Desde el comienzo de la “Regresión”, marzo de 2004, los españoles nos hemos acostumbrado a percibir el franquismo –así nos lo han y vienen mostrando– como un régimen represor y genocida, en el que se identifica a Franco con los dos genocidas por antonomasia: Hitler y Stalin. Incluso la primera Ley de Memoria Histórica, después de un preámbulo esperanzador, a partir de su artículo uno deriva en ese sentido enmarcando el principio de los hechos luctuosos a resarcir precisamente en el principio del franquismo, dejando en el olvido legal los que le precedieron en el ámbito republicano.

Pero la Historia es muy diferente. Siendo que este no es espacio para rebatir generalidades, sí lo es para acercar dos realidades para que el lector reflexione. Una nuestra y otra de nuestros vecinos del norte, los franceses. Cómo actuaron los vencedores de ambas guerras (nuestra Civil y su Guerra Mundial) al término o casi al término, y después, de las mismas. Aquí se abrió la famosa Causa General y allí la Depuración. La Causa General fue un procedimiento judicial instado por el Ministerio de Justicia del Régimen que pretendió catalogar, a nivel provincial, las responsabilidades políticas y penales de cuantos, por el lado republicano, hubieran incurrido en ellas. Y actuar en consecuencia. La información fue facilitada por aquellas entidades y particulares que tuvieran algo que alegar y aportar abriendo, porque así es la condición humana, la puerta a las delaciones y venganzas oportunistas haciendo pagar, sin que podamos saber al día de hoy en qué medida, a justos por injustos.

Continuará en:

Así se reescribe la Historia. El ejemplo español. 8) El Franquismo (II)

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